Martes, 24 de enero de 2017

| 2002/02/19 00:00

El crimen de la 85

Nadie sabe quién ni por qué mataron a Tamara Tulkin, una sicóloga bogotana caritativa, asesinada a golpes de extintor en su consultorio., 49363

El crimen de la 85

Tamara Tulkin conocía y manejaba muy bien el tarot. Desde hacía varios años esta sicóloga y enfermera utilizaba los 22 arcanos mayores y los 56 menores de estas cartas como una herramienta de crecimiento personal. “Era un vehículo que la ayudaba muchísimo”, dice Pedro Rojas, su profesor y guía en el arte de interrogar e interpretar los símbolos de este misterioso naipe. ¿Advirtió Tamara en las cartas, por medio de las figuras de ’La muerte’, ‘El colgado’ o ‘La torre’, en combinación con ‘La rueda de la fortuna’, del trágico destino que la aguardaba en su consultorio el pasado 5 de febrero? ¿O una lectura equivocada de la figura de la ‘Templanza’, una mujer que vierte agua de un recipiente a otro, la hizo desestimar la invitación que hace esta carta a tener cuidado y precaución ante situaciones peligrosas o enemigos ocultos? Estas preguntas se quedarán para siempre sin respuesta.

Lo cierto es que la mañana de ese 5 de febrero Tamara se veía muy tranquila. “Llevaba varios días con una expresión de transparencia y alegría en su mirada”, recuerda Carmenza Arce, una de las últimas personas con las que conversó la sicóloga horas antes de ser asesinada. Carmenza fue la secretaria personal del reconocido médico bioenergético Santiago Rojas, amigo personal del presidente Andrés Pastrana, con quien Tamara trabajó durante los últimos 11 años. “Ella era mi mano derecha, un lujo de mujer”, dijo Rojas, apesadumbrado, desde Madrid, España, donde en la actualidad realiza funciones consulares. El día del crimen Tamara llegó al centro médico donde trabaja Carmenza, escribió en una hoja un mensaje y le pidió a ésta el favor que se lo enviara al correo electrónico de Santiago. Antes de irse tenía afán de llegar a su consultorio en la calle 85, un grupo de médicos que la conocían se acercó a saludarla. Uno de éstos fue muy cálido con ella y al verla le dijo: “Hoy voy a dar abrazos porque estoy como una yerbabuena”.

Al otro lado del Atlántico Rojas leyó el mensaje de su amiga sin sospechar que sería el último de su vida. En el correo la sicóloga lo actualizó sobre el estado de salud de algunos pacientes y le contó de los papeleos que llevaba a cabo para crear una fundación que se encargara del cuidado de los enfermos terminales. Estas personas, para quienes siempre tenía una sonrisa o un consejo y a las que visitaba con frecuencia a domicilio, se habían convertido en la razón de su vida. Para ayudarlas mejor Tamara había tomado un curso de tratamientos paliativos en Inglaterra y ahora estaba metida en el proceso de aprender a hacer velas. “Quería enseñarles a los pacientes a hacerlas para que tuvieran un sentido de vida”, recuerda Carmenza. El médico Rojas no contestó el mensaje. Horas más tarde se enteró del extraño homicidio de su asistente, quien el próximo primero de marzo cumpliría 47 años.

Quienes conocieron a Tamara coinciden en señalar el bajo perfil que siempre tuvo. Santiago dice que vivía entregada a los pacientes sin ningún afán de protagonismo. Carmenza dice que era una mujer humilde y callada, que no hacía ruido. Pedro, hermano del médico, dice que por su forma de ser se involucraba en historias en las que siempre los demás se aprovechaban de ella y terminaba desvalida. Y Beatriz Uprimny, una terapeuta que tuvo a Tamara de profesora en un taller de esencias florales y de compañera en un curso de metafísica, la recuerda como “un ser humano muy bonito que daba la sensación de ser frágil. Tenía todo el potencial para ser una gran protagonista, pero no quiso serlo. Hubiera podido recorrer la vida siendo invisible”. Sin embargo es difícil pasar inadvertido cuando se tiene un nombre tan sonoro y se le pone una pasión tan grande a lo que se hace.

Piscis invisible

Tamara Tulkin nació en Estados Unidos. Fue hija única de una familia con posibles antepasados rusos pero tenía ciudadanía colombiana. Era soltera y vivía en un apartamento vecino al de su mamá, de 82 años, en Chapinero. Santiago dice que no era una persona adinerada, que vivía en una forma muy austera con lo que ganaba en su trabajo. Su bien más conocido era un viejo Volkswagen escarabajo azul, en el que siempre llevaba algo de comida para regalarles a los indigentes. Algunos de éstos la conocían y la saludaban porque sabían que podían contar con su ayuda si era necesario. Este afán por socorrer al prójimo, un rasgo distintivo de su personalidad pisciana, sólo era equiparable a su deseo de formarse y superarse. “Era una guerrera en ese sentido”, dice Pedro. Eso explica que fuera juiciosa lectora de libros de crecimiento personal y disciplinada estudiante del tarot y bioenergética corporal.

Desde el viaje de Santiago a España, Tamara se dedicó de lleno a sus pacientes. Su consultorio era uno de los 10 ubicados en una antigua casa residencial transformada en centro médico, en la calle 85 con carrera 16A. El día del crimen la sicóloga llegó al sitio vestida con un pantalón escocés verde de algodón, un chaleco de lana color crudo, un saco, también verde, del mismo material, y zapatos negros. A la hora del almuerzo Gloria Tovar, quien hace las veces de mensajera y empleada del aseo en ese lugar, tocó a la puerta del consultorio de Tamara para preguntarle si quería que le trajera algo de almuerzo. Como no obtuvo respuesta siguió su ronda por los otros despachos.

A las 3 de la tarde Gloria volvió a tocar en la puerta de la sicóloga. Nadie respondió. Intentó abrirla, pero estaba asegurada. La mensajera le preguntó a una de las recepcionistas por “la doctora”. La secretaria le dijo que ella estaba ahí. La respuesta sorprendió a Gloria porque Tamara nunca cerraba el consultorio con llave mientras estaba en consulta y si no tenía paciente lo dejaba abierto de par en par. Intrigada, miró por el ventanal hacia adentro del cuarto. Por un resquicio de la cortina vio a la sicóloga botada en el piso. Pensó que estaba durmiendo. Volvió a golpear. Como no le abrían comenzó a preocuparse y le comentó la situación al doctor Fernando Martínez Rey, el jefe del centro médico. Algo no estaba bien.

A las 3:15 de la tarde forzaron la puerta. En el interior del consultorio encontraron el cuerpo todavía tibio, pero ya con signos de rigidez, de Tamara. La sicóloga murió como consecuencia de los tres golpes que le propinó su atacante, en la cabeza y en la cara, con un extintor de color azul. Esa tarde fue descubierta el arma homicida, con restos de sangre y cabello, dentro de un clóset del centro médico. Al día siguiente las autoridades encontraron escondido en el cajón de un viejo escritorio de madera un teléfono de teclas blanco, manchado de sangre, que había desaparecido de la escena del crimen. Era lo único que faltaba en el consultorio. Al parecer el asesino esculcó las pertenencias de la sicóloga y dejó un reguero de papeles sobre el piso, pero no se llevó nada. Los investigadores le envolvieron las manos a Tamara en papel mantequilla y las cubrieron con bolsas plásticas para proteger cualquier evidencia que haya quedado entre las uñas de la víctima y que pueda ser útil en manos de los patólogos. El viernes de la semana pasada dos testigos del caso rindieron una declaración libre y espontánea ante la Fiscalía.

Los fiscales que investigan el asesinato, que parece de una novela de Agatha Christie, no quieren hablar del tema. Sólo dicen que está muy enredado y que, como suele suceder cada vez que hay un muerto en algún lugar del norte de Bogotá, han recibido muy poca colaboración. Esta semana van a llevar a cabo un escaneo de la escena del crimen en busca de nuevas huellas que les permitan encontrar al responsable o responsables de éste. El tarot de Tamara se quedó en silencio, pero si alguien se animara a sacar una carta de su baraja con seguridad saldría el arcano mayor número ocho: ‘La justicia’.

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