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| 10/30/2004 12:00:00 AM

El cuerpo femenino: botín de guerra

Los recientes informes de Amnistía Internacional y de la Mesa Mujer y Conflicto Armado alertan sobre el creciente uso de la violencia sexual como arma de guerra.

Las mujeres y las niñas son las víctimas ocultas del conflicto. Se les ve llorando sobre los ataúdes de sus hijos y de sus esposos o pidiendo plata en las esquinas con un cartel de desplazadas en una mano y un bebé en la otra. ¿Pero quién menciona los crímenes sexuales cometidos en la guerra? De eso no se habla.

Y como de eso no se habla se cree que no sucede. Aunque no existen cifras oficiales para determinar qué tan generalizada es la violencia sexual, los relatos de mujeres sobre agresiones de soldados, policías, guerrilleros y paramilitares recogidos por Amnistía Internacional en su documento Cuerpos marcados, crímenes silenciados, y por la Mesa Mujer y Conflicto Armado, en su completo informe anual divulgado la semana pasada, son escalofriantes.

A 'Lidia', de 18 años, integrante de un grupo de mujeres jóvenes de Bello Oriente, zona nororiental de Medellín, el 24 de noviembre de 2002, seis hombres identificados con brazaletes de las AUC la interceptaron cuando caminaba por la calle. Tras vendarle los ojos, se la llevaron en un carro. Le preguntaron lo que hacía, presionándola para que confesara que era guerrillera. La violaron en grupo. Con una navaja le hicieron marcas en las piernas, en los senos y en las nalgas. Le marcaron el brazo con las siglas AUC. Le dijeron que se tenía que ir del barrio y que si hablaba la matarían a ella y a sus hermanos. 'Lidia', apoyada por una organización de mujeres, denunció ante la Fiscalía, pero -según Amnistía- hasta la fecha ningún responsable ha sido llevado ante la justicia. 'Lidia' y su familia se tuvieron que ir de la zona.

Como este caso, hay varios de mujeres castigadas por los paramilitares, por los guerrilleros o por Ejército por confraternizar con el adversario. "Cuando iba en la mitad del camino salieron cuatro muchachos, contó una de las jóvenes entrevistadas por Amnistía. Tenían la cara cubierta y me preguntaron si quería bailar. Me dio miedo. Dije que no. Entonces me preguntaron si en mi casa atendíamos al Ejército que acampaba al lado y les dábamos agua. Yo respondí que no podíamos negarle el agua a nadie y que si ellos nos pedían también les dábamos. Preguntaron si tenía novio en el Ejército. Les dije que no. De ellos, el que más hablaba me arrastró hasta una casa abandonada que quedaba más abajo y cuando me quise resistir me tapó la boca. Me dijo que si gritaba o si yo abría la boca, se desquitaban con mi familia o se llevaban a mis hermanitos. (...) Me quedé quieta, no hice fuerza por defenderme, ni les dije nada, ni grité nada porque tenía miedo. Él me violó y me dijo que eso era un recuerdito para que no olvidara que ellos no hablan en vano, que ellos cumplían su palabra".

Otras veces las mujeres son abusadas simplemente para "enrostrar la victoria a los hombres del otro bando que no han sabido proteger a sus mujeres", como dijo Radhika Coomaraswamy, relatora especial de la ONU sobre violencia contra la mujer, quien visitó Colombia en noviembre de 2001. Ella hizo constar en su informe sobre este país que "la violencia contra la mujer, en especial la de carácter sexual por parte de grupos armados, resulta habitual en el conflicto (...) grupos de hombres armados secuestran a mujeres a las que mantienen en detención durante algún tiempo en condiciones de esclavitud sexual, someten a violación y obligan a realizar tareas domésticas. (...) Tras ser violadas, algunas mujeres han sido mutiladas sexualmente antes de matarlas".

Durante la masacre de El Salado, en Bolívar, perpetrada por las autodefensas de Córdoba y Urabá entre el 18 y el 21 de febrero de 2000, "las mujeres fueron sexualmente humilladas, obligadas a desnudarse y a bailar delante de sus maridos. Varias fueron violadas y sometidas a diversas torturas", dice el informe de Amnistía. La mutilación de órganos sexuales y el empalamiento de una mujer embarazada, previamente sometida a violación en grupo, también fueron denunciados a Amnistía.

Aunque estaban advertidos de que se habían cometido abusos sexuales, los fiscales que exhumaron los cuerpos de 28 de las 49 víctimas no recogieron evidencias de las violaciones. De hecho, rara vez lo hacen. Los dictámenes sexológicos practicados por Medicina Legal -53.800 entre 1999 y 2002- no incluyen a los actores armados como posibles agresores. En los protocolos que utiliza Medicina Legal para practicar las necropsias en las zonas de conflicto armado no se indaga si hubo violación. Y los homicidios de mujeres suelen clasificarse como homicidios pasionales así hayan sido cometidos por un paramilitar o un guerrillero. "Tampoco se conocen cifras o informes oficiales de investigaciones penales a ninguno de los actores armados por violencia sexual", dice el informe de la Mesa Mujer y Conflicto Armado.

En los pocos casos en que los jueces se hacen cargo del caso, es frecuente que la sospecha recaiga sobre la mujer violada. "Se cuestiona a la propia víctima por su participación en el conflicto", dice la Mesa.

El caso de Rina Bolaño es quizás el más aberrante, pero no es el único. Esta bacterióloga que trabajaba con los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta fue secuestrada por las Farc en agosto de 2003. Cuando fue liberada, denunció al jefe guerrillero Ómar López Beltrán por violarla durante su cautiverio de 15 días. "Cuando me liberaron yo quería echarme agua y quitarme toda esa asquerosidad, pero yo me había empeñado en denunciarlo. Muchas mujeres secuestradas en el Cesar son violadas, pero no hablan", dijo Bolaño a Amnistía. Pese a su valentía, pues fue la primera denuncia pública de violación a manos de un grupo armado, el caso dio un insólito giro. El 12 de septiembre, Rina Bolaño fue detenida por orden de la Fiscalía 23 de Valledupar, acusada de rebelión. El guerrillero 'Beltrán', el mismo que la había violado, se había reinsertado y ahora, protegido por el Estado, la acusaba de haber sido guerrillera y de haber tenido un romance con él. Después de estar presa durante 46 días, la justicia exoneró a Rina Bolaño de toda acusación, pero la investigación por el delito de violación sigue en veremos, como tantos otros.

El círculo vicioso

Las agresiones y vejámenes contra la mujer en la guerra están íntimamente ligadas con la violencia doméstica, que empuja a muchas de ellas, sobre todo a las campesinas, a irse a la guerrilla para escapar del maltrato familiar. 'Isabel' ingresó a los 12 años a las Farc porque su papá abusaba sexualmente de ella desde los 5 años. "Mi padre fue a buscarme a la guerrilla pero no volví. Las Farc me dieron un AK-47 con tres proveedores, ropa y botas. Ya no podría (mi padre) hacerme daño", contó a Amnistía la joven de Norte de Santander, ahora reinsertada.

Las mujeres como 'Isabel' huyen de un padre abusador para caer en los tentáculos de otros machos iguales o peores. Amnistía Internacional recogió testimonios de mujeres y niñas desertoras del ELN y de las Farc que relataron cómo ambas guerrillas obligan a sus combatientes, en algunos casos niñas de tan sólo 12 años, a abortar y a utilizar anticonceptivos. Información que coincide con una investigación de la Defensoría del Pueblo: en un grupo de 65 niñas ex guerrilleras todas habían sido obligadas a usar dispositivos intrauterinos, algunos puestos en contra de su voluntad y sin ningún tipo de información.

Aunque muchas mujeres entran a la guerrilla porque creen que les ofrecen una mejor opción de vida, otras tantas son secuestradas para ocuparlas en lavar la ropa y cocinar. Cuando no tienen tanta suerte, las secuestran para obligarlas a servir de esclavas sexuales de los jefes guerrilleros y paramilitares. En 2002, en Medellín -dice Amnistía- 10 prostitutas fueron secuestradas por las Farc y forzadas a prestar sus servicios sexuales.

En un barrio del noreste de la capital antioqueña, dos adolescentes fueron secuestradas por los paramilitares. Este es el relato de la mamá de una de ellas: "A mi hija de 13 años se la llevaron por ocho días. Cuando fui a la Policía me dijeron que de pronto aparecía. La niña logró hacerme una llamada, lloraba, decía que no podía decirme nada. Me la regresaron en un taxi por la noche. A ella la tuvieron en una casa de prostitución que los paramilitares controlan. La chica no quiere hablar, tiene como miedo de contar. A otra chica de 14 años, igual. La tuvieron vendada en una casa de citas por 15 días. (...)La chica quedó embarazada y ahora el niño tiene mes y medio. Esos (los paramilitares) las buscan niñitas".

Por su precaria situación económica y sicológica, las mujeres desplazadas también corren mucho más peligro de ser víctimas de agresiones sexuales o de verse obligadas a prostituirse. Según los datos del Ministerio de Protección Social, una de cada tres mujeres desplazadas ha sido forzada a tener relaciones sexuales con desconocidos. "Las niñas y adolescentes desplazadas en Mocoa, que trabajan como empleadas domésticas, muchas veces son víctimas de abusos sexuales o colocadas en prostíbulos", dice el informe de Amnistía y agrega que algo similar ocurre en Puerto Asís y Puerto Leguízamo, también en el Putumayo.

El cuerpo de la mujer se convierte así en otro territorio a controlar por los grupos armados. Sus normas para regular la convivencia de los pueblos bajo su dominio apuntan ineludiblemente a controlar -entre otras cosas- la moralidad de las mujeres. En Barrancabermeja, una organización de mujeres denunció que "los esposos o compañeros en muchos casos presionan a las mujeres so pena de 'echarles' los paracos". Los paramilitares les han quemado los pies con agua hirviendo a las infieles. En Puerto Asís, una mujer denunció que una muchacha se acostaba con su marido. Como castigo, los paramilitares desnudaron a la joven y la pasearon por todo Puerto Asís con un cartel, documentó Amnistía.

Aunque es imposible afirmar que todos estos actos forman parte de las estrategias de guerra -dice Amnistía-, se trata de delitos generalizados y por consiguiente constituyen crímenes de guerra, susceptibles de ser investigados por la Corte Penal Internacional. "Es una batalla entre hombres que se libra en los cuerpos de las mujeres", afirmó la relatora Coomaraswamy.
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