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| 7/2/1990 12:00:00 AM

EL DEBUT DEL TARJETON

Los resultados electorales demuestran que el voto no amarrado es más impredescible de lo que se esperaba.

En general se dice que "después de la tempestad, viene la calma". Sin embargo, en el caso de las pasadas elecciones, después de la tempestad, vino mas tempestad. Y no sólo por el descalabro del social-conservatismo frente a la candidatura de Alvaro Gómez y al gallito de pelea que resultó ser el M-19, sino por la considerable disminución del caudal electoral y el repunte de la abstención.
El términos porcentuales, los resultados electorales habían sido vaticinados por las encuestas, pero la comparación entre las elecciones de marzo y mayo, en cifras absolutas, no dejó de ser una sorpresa. En primer lugar, después de la elevada movilización electoral del 11 de marzo ( 8.2 millones para alcaldías; 7 millones para Congreso y 5.5 millones para consulta popular), nadie pensaba, ni remotamente, que en mayo, cuando tradicionalmente hay mayor participación, se produjera esta vez la mayor abstención de los ultimos 20 años - el 58% - y que César Gaviria, hoy Presidente electo, obtuviera la más baja votación de las últimas elecciones presidenciales.
La pregunta que se hacen tirios y troyanos es por qué fue tan alta la abstención tras la masiva votación del 11 de marzo. Y aquí caben múltiples interpretaciones, pero independientemente de ellas, lo que queda claro es que la abstención afectó considerablemente a los dos partidos tradicionales y mas concretamente al candidato liberal, que llega al poder con una fuerza electoral muy por de bajo de las expectativas. Si se comparan estas elecciones con las de 1986, el conservatismo disminuyó su votación en 500 mil votos, mientras el liberalismo perdió 1.4 millones.
Las causas que se han dado de la abstención son múltiples y variopintas. La más socorrida, la de la intimidación por el terrorismo. Y aunque puede ser válida especialmente en lo que se refiere a las ciudades más duramente golpeadas por el fenómeno, también hay otros factores para tener en cuenta. Por una parte, como ya había sucedido en 1982, los barones trabajaron arduamente para las parlamentarias, pero una vez asegurada su curul le escurrieron el bulto a las presidenciales. Los caciques no sólo no tuvieron la voluntad, sino que fueron despojados de los instrumentos para amarrar votos. El tarjetón eliminó la compra-venta de sufragios. A esto se agrega que la campaña, por las condiciones de orden público y seguridad, no se orientó, como en épocas pasadas, a mover las pasiones partidistas del electorado y, por el contrario, se limitó a cuñas y a alocuciones televisadas conciliadoras y poco emotivas de candidatos que no sabían leer con teleprompter. La falta de competitividad, debate y plaza pública afectó los resultados. Desde otro punto de vista, como lo dijo El Tiempo en uno de sus editoriales, el peso de las amenazas y de la violencia creó una especie de autocensura entre los medios de comunicación que no les sacaron a los candidatos los trapos al sol, y entre los mismos candidatos que evitaron las agresiones personales y las críticas violentas. La consigna parecía ser la de no echarle mas leña a la candela. Por cuenta de ésto, bajó la motivación del electorado que, en general, no respondió como se esperaba a los planteamientos de los aspirantes a la Presidencia de la Republica.

¿ MANDATO CLARO ?
Las expectativas con respecto a Gaviria eran inmensas y los resultados no las colmaron. En plata blanca fueron malos para el candidato liberal, que había salido de las elecciones del 11 de marzo con aura de triunfador absoluto. A Gaviria le operó, esta vez en contra, un fenómeno que lo había favorecido en la consulta popular. En esa ocasión la gente no hizo lo que le tocaba hacer, votar por Durán Dussan, y votó como le dio la gana, por Gaviria. En esta oportunidad, cuando le tocaba votar por Gaviria, votó por Gómez y Navarro o se abstuvo, lo cual se tradujo en una considerable disminución de la votación liberal. Todo ésto permitiría afirmar que la consulta popular es mas un mecanismo de legitimación de una candidatura, que de unión de un partido. De haber sido ésto último, los votos canalizados el 11 de marzo por Durán y Samper habrían debido desembocar en esta oportunidad en Gaviria, y no lo hicieron.
A pesar de que quienes están cerca aseguran que Gaviria tiene el calibre de estadista, la gente común y corriente no lo siente así. Para muchos, Gaviria llegó porque asesinaron a Galán. No lo ven, ni mucho menos, como un gigante en un país que definitivamente está buscando uno. Para la mayoría es apenas un hombre joven, de sonrisa fresca, con una señora querida y unos niños inquietos como los de todos los colombianos, al que le toca enfrentar la situación mas grave de orden público de los últimos años, pero que, al menos de percepción, está lejos de llegarle a los talones a un Alberto Lleras Camargo o a un Carlos Lleras Restrepo. De hecho, un aumento en su votación de marzo a mayo de sólo 100 mil votos no lo acredita propiamente como un monstruo electoral. En realidad de verdad, su capacidad de movilización entre las dos elecciones fue muy baja. Con un atenuante: las condiciones de orden público y las amenazas que pesan sobre su vida lo mantuvieron alejado del pueblo y de las plazas por razones de seguridad.
Pero a pesar del descenso electoral, del peso negativo que pudo jugar el hecho de que Gaviria cargó con el desgaste de un gobierno identificado con una guerra que no ha podido ganar y responsable en parte del caos institucional, el partido liberal se las arregló para sacar una clara mayoría. Gaviria ganó ampliamente sobre el segundo candidato, con una ventaja de 1.4 millones de votos. Son muy pocos los que con estas cifras a la mano se atreven a decir que su mandato no es claro. Y no sólo es claro por la diferencia frente a Gómez, si no también frente a los barones electorales que, al parecer, le fallaron. Por ésto algunos consideran que Gaviria se enfrenta a la clase política tradicional con cierta autonomía de vuelo.
El mandato de Gaviria es, pues, claro. El manifestó durante la campaña que iba a llamar a su gobierno a otras fuerzas políticas, y los resultados de las otras fuerzas políticas distintas al liberalismo le imponen ese mandato. Nunca desde las elecciones en las que se enfrentaron Pastrana (40%), Rojas Pinilla (38%), Belisario Betancur (11%) y Evaristo Sourdís (8%), se había visto a cuatro candidatos en contienda con posibilidades de obtener votaciones superiores al 10%. Esta ha sido una de las elecciones más pluralistas y aunque tres de los candidatos no tenían opción de ganar, sí representaban fenómenos políticos no despreciables. Es algo que Gaviria tendrá en cuenta y no precisamente por imposiciones de incisos constitucionales.
Pero aparte de la fórmula que aplique Gaviria para conformar el gabinete, su mayor dificultad la enfrentara con la Asamblea Constitucional. Para muchos es la papa caliente que recibe el 7 de agosto, pues en el proceso de sacarla adelante, que no estára exento de obstáculos y escollos, puede llegar a comprometer su capital político si los resultados no colman las inmensas expectativas que se han abierto con ese proyecto.

EL CRUCIFICADO
Aunque nadie puede salir a cantar a voz en cuello una victoria, el hecho es que el principal descalabro lo sufrió el Partido Social-conservador. No tanto en términos de cifras, pues disminuyó menos su votación( suma das las dos vertientes ) que el Partido Liberal, sino en términos políticos. Perdió terreno frente al Movimiento de Salvación Nacional que, aunque acaudillado por quien fuera dos veces candidato del conservatismo, esta vez representaba una opción contra el establecimiento del partido. Alvaro Gómez se autolanzó como el candidato sin maquinarias y ganó. Y aunque el que pagó el pato fue Lloreda, quien tuvo que cargar con todo el peso del antipastranismo, lo cierto es que el juicio de responsabilidades se dirige principalmente hacia su jefe natural, Misael Pastrana Borrero.
Pero Pastrana, quien tiene acostumbrado al país a no perder una, con sus extraordinarias dotes de alquimista ha querido convertir en victoria la derrota, a transmutar el cuarto lugar en segundo, y a salirse por la tangente de las responsabilidades: "El gran vencedor fue el partido, porque nos colocamos a 500 mil votos del candidato liberal, cuando hace 4 años quedamos a un millón y medio .(...) Seguimos siendo la segunda fuerza política del país (...) Yo no he tenido la jefatura del partido, he ejercido una labor de consulta y orientación. Yo no estaba de por medio en este debate, no recibí plata del gobierno, no tuve garantía de movilización en avión".
Sin embargo, a pesar de la operación maquillaje que intentó realizar Pastrana, el hecho es que las huestes social-conservadoras no estaban tan seguras de su victoria. Se convocó una junta extraordinaria de parlamentarios que sesionó el jueves pasado, pero no sacó nada en claro, salvo la creación de unas comisiones, entre ellas una "para hacerle coquitos" a Gómez.
Es evidente, pues, que la crisis de los goditos va para largo, pues el mismo Gómez ha dicho que su compromiso es seguir adelante con el Movimiento de Salvación Nacional. Por esta razón, los observadores políticos aseguran que el principal crucificado en esta crisis va a ser Andrés Pastrana. El ex- alcalde, quien se perfilaba como carta segura de su partido para las elecciones del 94, seguramente verá frenada su carrera por cuenta de la derrota de su padre.

LOS "ANTI"
Sin duda alguna, los vencederos de la contienda, aunque en términos relativos, fueron los candidatos de los movimientos que se alejaron de los dos partidos tradicionales y que representaron papeles diferentes a los que habían jugado en el pasado: Gómez, quien dos veces compitió por la Presidencia, apoyado por las maquinarias de su partido, se presentó como el candidato anti-clientelista y en oposición al establecimiento de su propia colectividad; Navarro, por su parte, que había sido durante muchos años guerrillero, se presentó defendiendo la vía de las urnas frente a la de las armas.
Lejos de representar opciones extremas de derecha o izquierda, Gómez y Navarro, cada uno en su propio estilo, escogieron discursos conciliadores y buscaron centrarse para canalizar, como efectivamente lo hicieron, una opinión cansada del bipartidismo tradicional que, sin duda alguna, fue el que más salió golpeado de la contienda del 27 de mayo.
En lo que se refiere a Gómez, a pesar de que en esta oportunidad su nombre obtuvo menos votos que en las elecciones del 74 y del 86, es el dirigente que mejor salió librado y, lejos de considerarselo un muerto político, como ocurrió en las campañas anteriores, hoy está vivito y coleando. Tanto, que no se descarta que Gaviria le de mayor participación en su gobierno que al sector pastranista. Algo de ésto ya se vió en los nombramientos que hizo el nuevo alcalde de Bogotá, Juan Martín Caicedo Ferrer, que llamó a colaborar a los alvaristas no solamente porque el pastranismo llevaba ya dos años de reinado, sino porque la victoria de Gómez fue contundente en la capital.
Navarro es el mayor triunfador relativo de las elecciones. Con apenas 20 días de campaña por televisión, logró multiplicar por mil y repetir fenómenos parecidos a los del MRL en 1962, la ANAPO en 1970 y el Nuevo Liberalismo en 1982. El candidato del M-19 fue moderado y lucido en el análisis de la situación nacional. Pero sobre todo, lo ayudó el hecho de que su movimiento fue claro en la desmovilización, entregó las armas, salió del monte y decidió medirse en las calles con los votos. Era el reconocimiento de que la vía de las armas estaba agotada como instrumento de cambio. Y lo atestiguaba ahora un Navarro de Everfit con muchos años de experiencia en la guerrilla. El 12% que obtuvo en la votación, superó con creces el 4% alcanzado por Jaime Pardo Leal en 1986, el porcentaje más alto logrado por la izquierda en la historia del país. Navarro canalizó parte de los votos que perdió Gaviria, pero fundamentalmente, como dice Ramiro Lucio, uno de sus asesores," recogió el acumulado de los magnicidios".
Queda por verse si, una vez asimilados los resultados y superada la carga emocional que los influyó, el golpe electoral se mantiene y consolida o si sufre el mismo desinfle que experimentaron movimientos como el MRL y el Nuevo Liberalismo, que acabaron volviendo como hijos pródigos al redil oficialista, o como la ANAPO que simplemente desapareció.
Pero independientemente de todas las consideraciones anteriores, otra cosa quedó muy clara. Fueron las elecciones más peculiares y diferentes de los últimos tiempos por cuenta de la televisión y, especialmente, del tarjetón.
El tarjetón fue la verdadera revolución del 27 de mayo. Gracias a este nuevo sistema, las elecciones se desamarraron, porque se perdieron los mecanismos electorales tradicionales. El tarjetón acabó con el control que tenían los caciques y así la gente pudo votar como le dio la gana. Y fueron las expresiones por fuera de las maquinarias y de los partidos tradicionales las que triunfaron, lo cual hace evidente que, independientemente de Gaviria, el verdadero triunfo fue el de la opinión.
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