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| 3/5/2001 12:00:00 AM

El delator

La DEA le puso conejo al hombre que delató a Gilberto Rodríguez. Hoy se encuentra atrapado en un callejón sin salida y decidió contarle toda su historia a SEMANA.

Andres Ríos, más conocido en el mundo de los informantes como Andy, había sido la pieza clave del rompecabezas que le permitió al Bloque de Búsqueda capturar a Gilberto Rodríguez Orejuela el 9 de junio de 1995. La información que les entregó a los agentes de la DEA, que operaban entonces en Colombia, fue suficiente para que durante un mes los miembros del Bloque de Búsqueda de la Policía Nacional siguieran, como sabuesos, los pasos del hombre más buscado del país.

Dos meses después de la captura del capo la DEA le entregó un tiquete de ida a Miami, a donde llegó el 20 de septiembre de 1995. Sabía que muchas cosas estaban en juego en ese momento. En primer lugar su seguridad. Sabía que el cartel de Cali le había puesto precio a su cabeza. Y en segundo lugar, tenía que entrar a Estados Unidos para cobrar la recompensa que le habían prometido los agentes de la DEA en Colombia: tres millones de dólares.

Minutos después Andy se encontraba frente al terminal de taxis. Ya tenía su rumbo definido: el Banco City Bank de Doral, a 15 minutos del aeropuerto. Una vez en el banco fue conducido directamente al salón VIP, reservado para los mejores clientes. Lo esperaban un alto funcionario de la entidad bancaria y un hombre de la DEA. “El agente sacó una carpeta con unos documentos y un cheque. Me dijo que me iba a hacer entrega oficial de la recompensa que había ofrecido el gobierno colombiano. Sacó un cheque por 680.000 dólares y me lo entregó”. Sentado en un pequeño café, en el sur de la Florida, en la mañana del domingo pasado, Andy continúa su relato a los reporteros de SEMANA. Es el quinto encuentro en dos semanas. Por su seguridad no permaneció más de media hora en el mismo lugar. Trata de ocultar su rostro tras unas enormes gafas negras. Habla con susurros. Una vez más retoma el hilo y continúa: “Tomé el cheque, miré la cifra y luego lo puse encima de la mesa y le dije al agente: eso no fue lo convenido. Ustedes fueron muy claros cuando hicimos este pacto. Ustedes mismos le pusieron un precio a mi información: 1.500 millones de pesos que era la plata que ofrecía la Policía en Colombia. Y otros 1.500 millones que la DEA me daría si les entregaba la información que los condujera a la captura de don Gilberto Rodríguez. Yo cumplí con mi parte. Ahora les toca a ustedes cumplir con la suya. ¿Por qué razón me están entregando apenas una cuarta parte de la plata que me prometieron?”.

Mientras apura su tercera taza de café se vuelve a parar de la mesa y pide suspender por unos minutos la entrevista. Las manos le sudan. La paranoia lo invade. Quería cerciorase, por quinta vez, que nadie lo hubiera seguido hasta el lugar acordado para este encuentro. “No quiero aparecer flotando en la bahía de Biscayne”, dice cuando regresa a la mesa para continuar con su relato de lo ocurrido esa tarde en las instalaciones del City Bank: “El agente me contesta: Ese fue el dinero que nos entregó la Policía. Ellos eran los que manejaban la plata y no nosotros. Y a usted le correspondió esta cifra. El dinero, el ofrecido por mi agencia, le será entregado más adelante. Usted debe entender que hay que seguir unos rigurosos trámites y eso todavía se demora. Ahora, usted elige: o toma lo que le estoy ofreciendo. O lo deja y puede irse por la puerta que entró”.

Ese día de septiembre de 1995 Andy entendió que no tenía otra salida y sin pensarlo mucho aceptó el ofrecimiento monetario que le hacía ese agente a nombre de la DEA y decidió sentarse en un sofá para firmar los documentos que protocolizaban la entrega de los 600.000 dólares.

De nuevo en la calle Andy tuvo la certeza de que en adelante estaba más solo que nunca. Uno de los tantos cazarrecompensas que deambulan por las calles de la Florida, Nueva York y Los Angeles. Uno de esos hombres que todos los días tiene que recordar su pasado para esquivar la muerte a la vuelta de la esquina.



Primeros contactos

Andrés Ríos no se convirtió en informante de la DEA por suerte. Desde mediados de 1990 había entrado en contacto con algunos de los más influyentes cabecillas de la organización del narcotráfico en el Valle del Cauca. Muy pronto se encontró trabajando para ellos. “Mi cargo era bajar dinero del norte y traerlo a través de Suramérica a manos de los jefes”. En otras palabras, Andy se convirtió en uno de los mayores expertos en lavado de dinero. “Por mis manos pasaban entre 35 y 50 millones de dólares en menos de tres meses. Los ríos de dólares invadieron a Colombia porque a la gente metida en este negocio le gustaba tener la plata en la mano. Olerla. Mirarla. Sentirla. Y después meterla debajo del colchón o enterrarla en las famosas caletas”.

Montó su organización en varios países de Suramérica. Uno de ellos fue Ecuador, que era el último tramo que recorría el dinero que venía procedente de Estados Unidos. “Por esa frontera entraba todo. Y personalmente me encargaba de esa operación porque era la más complicada de todas”.

Y fue en Ecuador donde fue descubierto por agentes de la DEA, quienes lo venían siguiendo desde hacía varios meses. “El agente que me cogió con las manos en la masa me dijo: usted tiene dos opciones. O lo extraditamos para Estados Unidos, donde lo espera una larga condena, o comienza a trabajar para nosotros como informante”. Andy no lo pensó demasiado. Ese mismo día tenía un nuevo jefe: Nelson González, un agente de la DEA que llevaba varios años en Ecuador. Andrés Ríos pasaba a formar parte del selecto grupo de confidential informants.



La propuesta

Ríos parecía acomodarse fácilmente a su nueva vida: entregaba información a la DEA para que asestara los golpes y a la vez continuaba ‘bajando’ el dinero del norte para sus jefes en Cali. Pero las cosas cambiaron de la noche a la mañana: “Un día me reuní con Nelson González y me dijo: no te puedo prometer nada, pero hay un caso muy grande en Bogotá y la gente nuestra te necesita”.

Lo que no se imaginó Ríos es que ese viaje a Bogotá le iba a cambiar para siempre su vida. Ahora, en un nuevo sitio de encuentro, esta vez a medianoche, Andy comienza a relatar lo que ocurrió en mayo de 1995. “No recuerdo con precisión la fecha pero partimos de Quito una mañana rumbo a Bogotá. Me acompañaba otro agente de la DEA, quien era el contacto con sus colegas en Colombia. Cuando salimos del aeropuerto en Bogotá un carro blindado de la embajada nos esperaba. Raudo recorrió la avenida 26 y muy pronto se detuvo frente al Hotel Embassy Suites”.

Un nuevo café llega a la mesa para calmar el frío que por estos días sopla en las costas de la Florida. “Recuerdo que a las 2:00 de la tarde, cuando ya estábamos instalados en una habitación, llegó un hombre alto, muy fornido y que hablaba medianamente el español. Se presentó como Rubén Prieto, agente de la DEA. Sin mayores rodeos me dijo: Nosotros tenemos información para capturar a Gilberto Rodríguez, tenemos que llegar primero a donde su secretario privado. Y para poder llegar a donde él teníamos que llegar primero a donde usted. Por lo menos esa tarea ya la hicimos. Ahora queremos que usted nos lleve al segundo eslabón”.

Rubén Prieto, uno de los agentes más curtidos de la DEA, había permanecido por cinco años en Colombia siguiéndole el rastro al cartel de Cali. Tenía reputación de rudo. Campeón nacional de boxeo en su país. Experto en artes marciales y tropero como pocos, se había ganado el liderazgo dentro del centenar de agentes que se encontraban en Colombia. “Si usted colabora —le dijo Prieto esa tarde en el cuarto del hotel a Andrés Ríos— yo le prometo una buena recompensa. Y después agregó: La oferta es la siguiente: 1.500 millones de pesos que ofrece la Policía de Colombia. Y otros 1.500 millones que ofrece mi agencia en Estados Unidos. Eso en dólares puede ser entre 2,5 y tres millones”.

Ríos picó el anzuelo. “¿Cuándo en mi vida iba a tener esa plata para mí? Había visto muchos millones pero esos eran ajenos. Y con el sólo hecho de pensar que me podía volar con el dinero que lavaba sabía que tenía una lápida a mis espaldas”.

El agente de la DEA le dio tiempo para pensar en la oferta. Salió de la habitación y dejó a Ríos solo. Cinco minutos después estaba de regreso. “Cuando Prieto ingresó de nuevo yo le dije que tenía unas condiciones. Si las cumplía estaba dispuesto a ayudarles: Sólo me entiendo con usted. No quiero un solo policía metido en este tema. Después de la operación quiero protección para mi familia y visas para vivir en el exterior. Que el dinero me sea entregado en Estados Unidos. No acepto una sola foto con el general Serrano y mi nombre no puede aparecer en ningún registro”.

Prieto respondió de inmediato. “Trato hecho. A partir de este momento, me dijo, su clave para comunicarnos será la de Andy. Me entregó un beeper, los números telefónicos donde lo podía localizar, 800.000 pesos de viáticos y un pasaje para que me fuera de inmediato para Cali”. Ese mismo día, en la noche, Andy viajaba rumbo a Cali. Tenía en claro que pagaría cualquier imprudencia con su vida.



El Flaco

Pero, ¿quién era ese hombre tan importante que la DEA estaba dispuesta a pagar casi tres millones de dólares por su paradero? Alfredo Madrid Mayor, alias El Flaco, era el secretario privado y la sombra de Gilberto Rodríguez. Había estudiado administración de empresas y junto con dos hermanos trabajaba desde mediados de 1990 para Rodríguez Orejuela. Era un hombre bien parecido: 1,78 de estatura, 35 años e impecablemente vestido.

Su nombre se había escuchado por primera vez cuando aparecieron los narcocasetes con las conversaciones entre los hermanos Rodríguez Orejuela y el periodista Alberto Giraldo. El era quien contestaba el conmutador cada vez que el ‘Loco’ Giraldo llamaba a Gilberto Rodríguez. Los agentes de la DEA y del Bloque de Búsqueda habían oído hablar mucho de El Flaco Madrid. Sabían que esa era la clave para dar con Gilberto Rodríguez. Pero tenían un problema: no conocían su cara. No tenían ni idea de quién era.

El que sí lo conocía bien y desde hacía muchos años era Andy. En el lavado de dinero y en el reporte que tenía que hacer cada vez que traía dólares del norte se fueron haciendo grandes amigos. Ahora lo iba a traicionar. Eso ocurrió el penúltimo domingo de mayo. Andy había acordado encontrarse con El Flaco esa mañana antes de misa. Habían transcurrido unas dos semanas desde el encuentro de Andy con Prieto. Este último estaba desesperado por la falta de noticias de su informante y por eso decidió viajar a Cali para ir a buscarlo.

“El momento más complicado fue cuando Prieto se apareció en mi casa. Quería información. Estaba fuera de sí. Yo no sabía qué hacer. Era un acto suicida. Le dije que tenía que irse. Que tenía que esconderse porque El Flaco estaba a punto de llegar. Que estuviera pendiente que en su momento le daría el santo y seña. No acababa de irse Prieto cuando escuché a El Flaco que me llamaba a gritos. Hacía un par de meses que no lo veía. Hablamos un rato y prometió regresar después de la misa”.

Cuando Madrid abordaba el Mazda rojo que lo estaba esperando Andy le mandó un mensaje en clave a Prieto que aguardaba cerca de allí en una cafetería. “Prieto, frente a usted tiene a su hombre”. El agente de la DEA decidió seguir el pequeño automóvil familiar que se enrumbó en busca de la iglesia de Ciudad Jardín.

Para uno de los agentes del Bloque de Búsqueda que tuvo a su cargo el operativo de seguimiento de Alberto Madrid, a las 12:00 en punto recibieron un mensaje de Prieto que les pidió que se movilizaran a la iglesia del lujoso barrio. “Iniciamos un intenso seguimiento. Esta ha sido una de las misiones más complicadas de realizar. El Flaco era un tipo muy sagaz. Demasiado astuto. Con gran facilidad se nos perdía a la vuelta de una esquina. En un taxi o en el paradero de un bus. Un mes necesitaron los agentes para rastrear sus pasos. Hasta que el 17 de junio los condujo a donde siempre habían soñado que los llevaría: al escondite de Gilberto Rodríguez”.



La encrucijada

Esa tarde Andy se encontraba donde unos amigos cuando vio por televisión la captura de uno de los jefes del cartel de Cali. A las 7:00 de la noche se dirigió al bar Oasis, en la avenida sexta de Cali. Desde el teléfono público le envió un mensaje a Rubén Prieto y le mandó un número para que le respondiera. Segundos después el teléfono de la administración del bar repicaba: “Prieto me dijo: véngase ya para Bogotá. Y yo le contesté: ¿Y mi familia? El me dijo: ¿Corre peligro su familia? No, pero tengo un grave problema: Ellos no tienen ni idea de lo que hice. Y si los dejo aquí botados y yo me pierdo, los matan. Tengo que continuar aquí mientras se calma la tormenta”.

Y la tormenta se desató en las siguientes semanas. La gente cercana a Rodríguez Orejuela tenía una lista conformada por los posibles ‘sapos’ que hubiesen colaborado con la DEA y la Policía para dar con el El Flaco y después con Gilberto Rodríguez. En esa lista estaba Andy. “Esa información me la corroboró el propio Rubén Prieto en dos encuentros que tuvimos unos días después de la captura de don Gilberto. Una de ellas fue en la embajada de Estados Unidos. Por primera vez ingresé a las oficinas de la DEA y recuerdo que allí había una foto grande de don Gilberto y debajo de ella un enorme letrero que decía: el golpe de Rubén Prieto”.

Esas reuniones también sirvieron para aclarar varios temas: dos de ellos de vital importancia para Andy. La plata y la ubicación de él y su familia en Estados Unidos. “En las reuniones que les mencioné, Prieto me hizo firmar una serie de formatos oficiales donde queda el registro del pago a los informantes. Pero esos formatos no te-nían una sola línea escrita del valor que iba a recibir. Prieto me dijo que era una simple formalidad que ellos se encargarían del resto. Después me dijeron que me darían visa múltiple mientras me solucionaban del todo mi situación y la de mi familia”.

Ese era el siguiente problema: la familia. Andy viajó de nuevo a Cali. Y una noche se reunió con sus hermanos para contarles lo que había hecho y lo que ahora venía para ellos. “Cuando terminé la historia mi hermano mayor me dijo: Eso es problema suyo y no nuestro. Nosotros no nos vamos para ninguna parte y aquí nos quedamos”. Pero las cosas cada vez se ponían más calientes. Los rumores en Cali volaban y todos apuntaban a que Andrés Ríos había sido el informante. “Entonces decidí tomar el toro por los cuernos. Había llegado la hora de partir. Los amigos quedarían atrás para siempre”.



Verdades a medias

Dos meses después de la captura de Gilberto Rodríguez, el 20 de septiembre de 1995, Andy llegó a Miami. De eso ya han transcurrido seis años. Y el presentimiento que tuvo cuando salió del City Bank de que las cosas no iban a ser color de rosa lo ha confirmado en estos años. “De la plata que me ofreció la DEA apenas recibí una mínima parte. Una vez me llamaron de la central de Nueva York para decirme que me tenían un bono navideño. Eso fue en diciembre de 1995. Cinco meses después me volvieron a buscar para que fuera a recibir la famosa recompensa. El cheque que me dieron era de 350.000 dólares. Mis tres millones de dólares se habían convertido en uno”.

Otra vez se repetía el episodio del banco en Miami. “Busqué a Rubén Prieto, quien para entonces ocupaba un destacado cargo en la sede de la DEA en Washington. Me dijo que eso era lo único que me podían dar porque eso era lo que había aprobado el Congreso. Sobre mi problema de ubicación me dijo que eso era posible con la condición de que tenía que seguir trabajando para ellos. Yo me enfurecí y le contesté que si acaso no le había entregado el premio mayor y que ahora qué quería”.

Desde entonces Andy ha emprendido una batalla con la DEA en Estados Unidos. El problema no es por la plata sino por su ubicación. “Después de que se me venció la visa múltiple me dieron una por un año. Esta finaliza en junio. Y no tengo otra opción diferente a la de abandonar Estados Unidos”.



La respuesta

Rubén Prieto fue localizado por SEMANA en República Dominicana, ahora es el director de la DEA en ese país. “Ojalá a ese tipo se lo lleven para Colombia. Ese tipo es un adicto al crack. Superdifícil de controlar”, señaló al explicar porqué no se le había solucionado la ubicación a su informante. Sobre el tema del pago de la recompensa dijo: “Tenía más de un millón de dólares en sus manos y los desperdició”. Sobre el resto del dinero, para completar los tres millones, añadió: “Si no lo tiene por escrito, nunca ocurrió. Fue por accidente que llegamos a El Flaco. Andy era un idiota”. ¿Pero si era un idiota por qué le dieron un millón de dólares? “Yo le había prometido un tanto. Tenía mi palabra empeñada. Yo no iba a actuar como un cualquiera”. ¿Y si era un doble informante —preguntaron de nuevo los reporteros de SEMANA— por qué usted se movió en el Congreso y por todas partes para cumplirle con el pago del dinero ofrecido? Prieto, salido de casillas, respondió: “Sí, es verdad. Luché dentro del Departamento de Estado, les escribí cartas a los congresistas. Hablé con todos los que pude. Pero ese tipo me pagó mal. Me hizo abrir una investigación en asuntos internos y se me dañó un ascenso en Washington, donde me iban a nombrar en un alto cargo en la DEA en Colombia”. Sobre los documentos que Andy firmó en blanco dijo que no sabía nada de eso. “Yo no estaba presente cuando Sandy Smith y Tim McCormick le hicieron firmar los tres formatos en blanco. Pero puedo asegurar que eso no estaba en blanco. Eso sería una grave violación”.

Los periodistas le comentaron también que Andy había sido sometido a un detector de mentiras por la DEA en Nueva York para confirmar si estaba diciendo mentiras sobre la plata y que el resultado había sido 99 por ciento seguro. “Sí, mis agentes me dijeron que había pasado el detector. Pero yo mismo me he puesto un detector y sé que eso no es confiable”, contestó. Por último, sobre la plata que ofrecía la Policía colombiana para quien diera información sobre Gilberto Rodríguez, Prieto dijo que “otras personas se quedaron con esa plata en el gobierno colombiano. No voy a mencionar nombres”.

Pero el agente Nelson González, el primer jefe de Andy en la DEA, que ahora se encuentra en Houston, tiene una opinión muy diferente sobre el informante. “Era un hombre confiable. Me daba muy buena información. Sí se le prometió ayudarle aquí en Estados Unidos”. Uno de los oficiales de la Policía que participó en la captura de Gilberto Rodríguez señaló que “la Policía nunca manejó, ni tuvo contacto con este informante”. Y agregó: “La Policía no sabía que agentes de la DEA le habían ofrecido un millón de dólares al informante Andy porque nunca lo conoció”.

Sin embargo el informante, que fue pilar en la captura de Gilberto Rodríguez, tiene un pie por fuera de Estados Unidos. “Estoy en grave peligro. La confidencialidad se rompió. Ahora la historia la conocen más de 20 agentes de la DEA y no sé cuál de ellos puede estar torcido y voy a terminar con un tiro en la cabeza”.
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