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| 7/22/2002 12:00:00 AM

El desencanto

Aunque el Presidente se propuso todo lo contrario entrega una guerrilla fortalecida en lo militar y deslegitimada en lo político.

El presidente AndrEs Pastrana intentó durante todo su mandato seducir a la guerrilla. Lo hizo primero con galantería y luego con la amenaza de que si no aprovechaba esta oportunidad se quedaría para siempre sin pareja.

A través de su primer alto comisionado de Paz, Víctor G. Ricardo, el gobierno durante el primer año desmilitarizó una zona de 42.000 kilómetros cuadrados, acordó una agenda cuyo primer punto fue la generación de empleo, un tema clave para unas Farc ávidas de congraciarse con las clases más urbanas, y llevó al presidente de la Bolsa de Nueva York, a los 'cacaos' y a los europeos a hablar con los guerrilleros en el Caguán.

Hasta ese momento la estrategia de Pastrana para ganarse el corazón de la guerrilla más vieja del mundo fue abrirle un espacio para que ganara confianza en su habilidad política más que en su fuerza militar. El Presidente confiaba, además, en que 'Manuel Marulanda', quien había mantenido correspondencia con su padre, Misael, durante muchos años, cedería a la buena química que había entre los dos y le concedería los 'hechos de paz' que clamaban los colombianos como cuota inicial para realizar reformas más profundas.

Pero las Farc, como novia resabiada, exigían mucho más para entregarse. La guerrilla, que venía fortaleciéndose durante los últimos 15 años con dineros ilimitados del narcotráfico y contaba con casi 500 soldados y policías en su poder, pedía que el Establecimiento diera muestras concretas de su capacidad de compromiso a través de reformas profundas. Del otro lado, los colombianos esperaban que la guerrilla diera muestras de que sus verdaderas intenciones eran pacíficas. Y en esto se fue la negociación, que salvo la importante liberación de más de 400 retenidos, no logró sacar adelante ningún otro acuerdo de fondo.

Pastrana cifró en el éxito del proceso de paz todo su mandato pero careció del liderazgo necesario para concertar con la clase dirigente una oferta sólida para hacerles a los guerrilleros. Sus primeros negociadores se reunieron con el Presidente sólo tres veces y en ninguna de ellas recibieron instrucciones precisas sobre qué era negociable. El Alto Comisionado de Paz fue percibido por lo opinión pública más como mediador entre guerrilla y militares que como vocero de los intereses de los colombianos y, más de una vez los embajadores que acompañaban el proceso se quejaron de no saber exactamente qué se esperaba de ellos. Aunque hay que reconocer que la participación de la comunidad internacional en el proceso es uno de sus aspectos más rescatables.

Los colombianos, defraudados ante la falta de resultados del proceso de paz e indignados de ver al Presidente abrazándose con los que a la vez secuestraban niños y los llevaban a una zona despejada, supuesto laboratorio de paz, le quitaron su apoyo al mandatario, que se fue quedando sin margen de maniobra para negociar la agenda.

Así las cosas, el presidente Pastrana abandonó la esperanza de seducir a las Farc y le apostó más al garrote, que también formaba parte de su estrategia para convencerlas de que les convenía negociar ahora.

Para principios de 2000 el Congreso de Estados Unidos aprobó su paquete de ayuda al Plan Colombia por alrededor de 1.000 millones de dólares, representado en su mayoría en equipos militares como helicópteros, radares y munición.

Esta ayuda vino a complementar el proceso de modernización de las Fuerzas Armadas, uno de los grandes logros del actual Presidente. Durante su cuatrienio se reemplazaron soldados regulares por profesionales, ahora con seguridad social, que duplican los 22.000 que había al inicio de su mandato; se incrementó la Fuerza Pública en 10.000 soldados regulares y 10.000 policías; la Fuerza Aérea, la Armada y el Ejército comenzaron a trabajar coordinadamente, lo cual, junto con la nueva Fuerza de Despliegue Rápido, le permitió al Estado recuperar la iniciativa militar y evitar derrotas como las que sufrió en el pasado en Patascoy, Puerres y El Billar. Hoy, en general, la Fuerza Pública está en una situación mucho mejor que hace cuatro años, lo que obligó a la guerrilla a regresar a las emboscadas y a recurrir cada vez más al terrorismo.

Si en un inicio todo el proceso de paz apuntaba a politizar a los guerrilleros, comenzando el tercer año con un mejor Ejército y con la expectativa de poder utilizar los recursos del Plan Colombia para combatir la guerrilla- la estrategia del gobierno se dirigió a desenmascararlos, presentándolos ante los colombianos y ante el mundo como una organización que había sacrificado sus ideales políticos ante sus intereses económicos en el negocio del narcotráfico.

Los ataques del 11 de septiembre reforzaron esta nueva posición del Presidente, ya hastiado, como la mayoría de colombianos, con las atrocidades de la guerrilla. Con la destrucción de las Torres Gemelas nació la nueva cruzada mundial contra el terrorismo y las Farc terminaron de perder la escasa legitimidad política que tenían.

La zona de distensión, que desde que empezó el proceso se volvió más importante que la misma negociación, cuadraba perfecto dentro de la definición de 'guarida de terroristas', cuya eliminación en todo el mundo se convirtió en uno de los objetivos de la nueva cruzada. El tiempo corría ahora en contra de las Farc. Pastrana aprovechó esta circunstancia y se jugó con éxito su penúltima carta. Con el Acuerdo de San Francisco de la Sombra, firmado unas semanas después del 11 de septiembre, logró alterar el orden de la agenda de negociación y amarrar las reformas económicas a un eventual cese del fuego y de hostilidades.

El acuerdo, sin embargo, fracturó internamente a las Farc. Súbitamente se encontraron con que la zona de distensión estaba condicionada a que la negociación avanzara en la dirección de bajarle la intensidad al conflicto. Como las Farc sólo confían en el poder de sus fusiles no lograron dar el salto político que les planteaba la Comisión de Notables, que sugería convocar una asamblea constituyente como fin del proceso. Se dedicaron a dilatar la negociación mientras escalaban la confrontación militar. Haciendo un cálculo político errado las Farc secuestraron al senador Jorge Gechem en un avión y le dieron el tiro de gracia a un proceso que nació agónico.

El presidente Pastrana registra como un éxito de su gestión de paz la deslegitimación que sufrió la guerrilla. Las Farc llegan al final de este gobierno con pueblos enteros que se levantan para resistir sus embates; incluidas en las listas de terroristas de Europa y Estados Unidos; con un referendo popular en su contra de más de seis millones de colombianos que votaron por su principal antagonista, Alvaro Uribe Vélez, y metidas en una política desesperada de atacar civiles, como los alcaldes, dado que la superioridad militar del Ejército las obligó a retroceder en su guerra de posiciones.

Pero aún no se conoce a cabalidad el impacto que tuvo la desmilitarización de 42.000 kilómetros cuadrados en el sur del país sobre su capacidad militar. Es un hecho que crecieron en combatientes (el Ejército cree que en 8.000), que se reentrenaron, que fortalecieron sus finanzas con los cultivos de coca en la zona de distensión y la eliminación de los 'chichipatos' que compraban al por menor y que se acercaron a ciudades como Ibagué, Neiva y Popayán. Su poder de intimidación no mermó y hoy los colombianos se sienten más inseguros que hace cuatro años. De otra parte, los paramilitares tuvieron un crecimiento exponencial en hombres, en control territorial y en apoyo popular, otro fracaso de este gobierno.
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