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| 3/14/1994 12:00:00 AM

EL ENREDO DE JUANCHACO

Lo ùnico claro en el lío jurìdico y político que se generó por la presencia de los soldados gringos, es que el gobierno se lo hubiera podido ahorrar de haber aclarado las cosas a tiempo.

EN LA NOCHE DEL MARTES DE LA SEMANA pasada, dos meses de problemas del gobierno de César Gaviria tocaron fondo. En efecto, luego de que la muerte de Pablo Escobar elevó el nivel de popularidad de la administración, y de que la mayoría de los colombianos asumió que Gaviria iba a tener un cierre de mandato tranquilo, surgieron como por encanto un sinnúmero de enredos. A finales de enero el gobierno se encontró con diferentes debates que iban desde la forma como parecía estarse concentrando la riqueza en el país, hasta la presencia calificada de inoportuna y poco clara de 150 soldados estadounidenses en Juanchaco, pasando por la utilización del avión presidencial para transportar de Valledupar a Bogotá a un grupo de músicos vallenatos que debían amenizar la fiesta de cumpleaños de la primera dama.
De todos estos asuntos, el primero en empezar y el que parece haber ido más hondo es el de Juanchaco. Desde principios de diciembre había saltado a las primeras planas de los periódicos, pero sólo el martes de la semana pasada alcanzó su clímax, cuando el Consejo de Estado calificó de insatisfactorias las explicaciones dadas por el Presidente a las dudas que dicho tribunal había planteado sobre las razones que habían conducido al gobierno a no pedirles permiso al Senado ni al propio Consejo para permitir la llegada de los soldados estadounidenses.
El comunicado de prensa del martes en la noche en el cual el Consejo de Estado expresaba su insatisfacción colocaba además en manos de la Comisión de Acusaciones de la Cámara y de la Procuraduría General de la Nación una investigación de tipo disciplinario y político en contra del Presidente. Para el gobierno la casa estaba ardiendo.

FUERTES CAMINOS
La declaración del Consejo de Estado marcaba un nuevo capítulo sin duda el más crítico de una historia que bien podría definirse como una comedia de equivocaciones en la cual se mezclaron la falta de información oportuna del alto gobierno sobre las maniobras en Juanchaco el ambiente cada vez más caliente de la campaña electoral la agresiva actitud de las autoridades estadounidenses -que exigen un mayor compromiso de las colombianas en la lucha contra el cartel de Cali- y hasta el deseo del mismo Consejo de sacarse varios clavos en la muy difícil relación que ha llevado desde 1990 con Gaviria.
El asunto comenzó como la mayoría de los que se convierten en un lío, silenciosamente. El 29 de octubre del año pasado el ministro de Defensa Rafael Pardo y el embajador de Estados Unidos Morris Busby, firmaron un memorando de acuerdo para desarrollar lo que se conoce en el argot de la cooperación militar como "un ejercicio combinado de ingeniería".
Con el sugestivo nombre de Fuertes Caminos 94 el memorando acordaba la construcción de una escuela de cuatro aulas con baño y la de un puesto de salud de igual número de habitaciones con baño por un valor de 100 mil dólares (unos 80 millones de pesos). El costo de los trabajos la mano de obra y buena parte de los materiales correrían a cargo del gobierno estadounidense. El colombiano por su parte brindaría parte de la mano de obra los planos y especificaciones de la escuela y el puesto de salud y ofrecería las instalaciones de la base naval de Bahía Málaga -a pocos kilómetros de Juanchaco- para la estadía de los gringos. Los soldados que iban a llegar serían parte de la United States Task Force una fuerza especial de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos integrada básicamente por ingenieros militares.
De acuerdo con una fuente del gobierno colombiano la idea original surgió de la disponibilidad que los estadounidenses tenían de unos fondos presupuestales para este tipo de cooperación. Cuando el Ministerio de Defensa de Colombia se enteró de ello consideró según la fuente "que tendría mucho sentido que esos recursos se invirtieran en alguna obra social en la zona de influencia de la base naval de Bahía Málaga, pues desde la construcción de estas instalaciones militares la región aledaña no había obtenido ningún beneficio de tipo social, y eso podría estarcreando cierta animadversión entre los habitantes y el personal de la base".
Hasta ahí todo iba bien. Las cosas comenzaron a cambiar con la muerte de Pablo Escobar el 2 de diciembre. Con la prepotencia que suele caracterizar las declaraciones de algunas autoridades estadounidenses cuando se refieren a la lucha antinarcóticos de países como Colombia la DEA y otras agencias estatales de Estados Unidos subvaloraron el éxito logrado por las autoridades nacionales al dar de baja a Escobar y dijeron que el cartel de Medellín ya no tenía importancia pues el verdadero gran enemigo era el cartel de Cali.
Pocas horas después de muerto Escobar dichas declaraciones de Washington habían logrado indignar al generalmente sereno ministro de Defensa Pardo. En un rifirrafe con el polémico jefe de la DEA en Miami Tom Cash y después de que éste declarara a los periodistas que con la muerte de Escobar las gentes del cartel de Cali "deben estar de fiesta", Pardo respondió que "donde deben estar de fiesta, como siempre, es en Miami, consumiendo cocaína".
El asunto mereció la intervención del embajador Busby quien trató de darle algunas explicaciones a Pardo. Cash, por su parte recibió una reprimenda de Washington y una orden en el sentido de no volver a hablar con periodistas colombianos. Pero el daño estaba hecho. El ambiente de la opinión pública en Colombia se había alterado y soplaban algunos aires de antiyanquismo. Fue en esas circunstancias como se conoció que a mediados de diciembre comenzaría la operación Fuertes Caminos 94 en Juanchaco precisamente en el departamento del Valle base del cartel de Cali la organización contra la cual Estados Unidos quería que arremetieran ahora las fuerzas antinarcóticos.
Era imposible no atar cabos. Si Estados Unidos quería enfilar baterías contra el cartel de Cali, parecía evidente que tras la humanitaria operación de la escuelita y el puesto de salud de Juanchaco se escondía una secreta misión antinarcóticos.
El viernes 10 de diciembre, ocho días después de la muerte de Escobar y cuando la opinión no sabía que estaba por iniciarse la operación de Juanchaco, Pardo y Busby se reunieron en el Ministerio de Defensa. En la agenda estaban el tema de las controvertidas declaraciones de Tom Cash y la forma como debía anunciarse la llegada de los soldados estadounidenses. Se ha especulado que el encuentro fue tenso y que el origen de las diferencias pudo ser el hecho de que Pardo deseaba que lo de Juanchaco, en medio del ambiente caldeado, se aplazara. Tanto Pardo como Busby lo niegan, pero la especulación ha cobrado fuerza debido a que pocas horas después de su cita con el embajador, el Ministro de Defensa sufrió un grave problema cardiaco que lo tuvo al borde de la muerte, y lo obligó a convalescer en la clínica Shaio y luego en su casa hasta mediados de enero.

UN GENERAL DE BAJO PERFIL
La enfermedad de Pardo acabó de enredar las cosas. El gobierno designó al comandante de las Fuerzas Militares, el general Ramón Emilio Gil Bermúdez, como ministro encargado. Gil es, como todo oficial formado en la escuela de inteligencia, un hombre especialmente parco en declaraciones. Además, estaba convencido de que su interinidad, al ser él un militar en la era de los Ministros de Defensa civiles, lo obligaba a sostener un perfil realmente muy bajo.
El lunes 13 mientras Pardo permanecía en cuidados intensivos de la Shaio, la embajada estadounidense divulgó un comunicado en el cual anunciaba la llegada de los soldados a Juanchaco para pocos días después. En medio de la molestia que reinaba entre algunos sectores de opinión por declaraciones como las de Tom Cash, el anuncio fue como encender un fósforo en una habitación saturada de gas. Nunca como en ese momento se necesitó que el Ministerio de Defensa reaccionara con explicaciones y declaraciones. Pero la postura reservada de Gil no permitió que esto se produjera.
Fue entonces cuando la Presidencia de la República cometió su primer grave error. En vez de tratar de suplir la timidez de Gil con una ofensiva de información que permitiera detener la creciente marea de malentendidos, sospechas y suspicacias, optó por dejar el asunto en manos de un Ministerio cuyo titular estaba en una clínica. Cada pregunta de los medios y de los políticos en campaña era más difícil de contestar que la anterior. ¿Por qué, si solo se trataba de construir una escuelita y un puesto de salud, había desembarcado la asombrosa cifra de 150 soldados de Estados Unidos? ¿Por qué se planeaba esta operación justamente en el Valle del Cauca, base de operaciones del cartel de Cali? ¿No sería que se estaba instalando equipo de vigilancia secreta contra ese organización? ¿O sería que se estaba preparando una operación de comando para secuestrar a sus cabezas y llevarlas a Estados Unidos?
Con la llegada de las fiestas de diciembre, los colombianos se fueron de vacaciones con esas preguntas sin contestar. Y el gobierno también, convencido de que la temporada de descanso haría olvidar el asunto. Y ese fue el segundo grave crror: el gobierno perdió de vista el hecho de que con el año nuevo vendría el inicio de la etapa más caliente de la campaña electoral, y que el tema de Juanchaco era un boccato di cardinale para hacer populismo.
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