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| 12/2/2006 12:00:00 AM

El espejo roto

Al presidente Álvaro Uribe le ha funcionado la táctica de compararse con sus antecesores. Pero el retrovisor parece no funcionarle más.

El presidente Álvaro Uribe ha vuelto a echarle mano a uno de los instrumentos más efectivos con los que, durante su primer cuatrienio, mantuvo altos niveles de popularidad y puso a raya a sus opositores presidenciales: el espejo retrovisor. Desde el curubito de su 70 por ciento de imagen positiva ha criticado a sus antecesores, todos los cuales rondan el 50 por ciento de percepción negativa, para fortalecer la imagen de que su gobierno ha sido el mejor. Ante el desafío que el escándalo de la para-política le ha impuesto a su famoso teflón, otra vez su gobierno puso a la opinión pública a mirar hacia atrás.

Los argumentos, en su boca, o en la de otros funcionarios como el alto comisionado Luis Carlos Restrepo, son varios. El principal es que el paramilitarismo no comenzó bajo su administración sino se había consolidado antes de 2002. Otro punto es el de la comparación con la guerrilla: antes de Uribe, los gobiernos eran tolerantes, tomaban whisky con los comandantes y eran tímidos a la hora de ponerse la camiseta del Estado. También ha criticado al M-19 por sus vínculos con el narcotráfico, a los ex presidentes porque detuvieron a los presos de privilegio en casas fiscales (gobierno Samper) o en la catedral (caso Gaviria), en vez del frío pabellón de alta seguridad que hoy abriga a los tres reos del 8.000 de los paras. En el debate del miércoles pasado, el comisionado Restrepo sugirió que la senadora Piedad Córdoba había tenido lazos con el ELN.

La apelación permanente al espejo retrovisor ha sido una táctica efectista que, sin embargo, en los últimos días ha mostrado señales de desgaste que ya empiezan a ser contraproducentes. Las comparaciones del gobierno para tratar de resaltar sus éxitos tienen una dosis de verdad, pero también hay muchos sofismas y no pocas inexactitudes. Y también tienen componentes de muy mala presentación.

Los argumentos que se podrían considerar como 'legítimos' por parte de este Uribe tienen que ver con cierto 'rabo de paja' a la hora de criticar a este gobierno. Andrés Pastrana, el artífice del despeje de la zona del Caguán a las Farc, no tiene mucha autoridad para cuestionar las concesiones de su sucesor con las autodefensas. Ernesto Samper, con la sombra del 8.000, no puede alertar sobre la gravedad del matrimonio entre política y paras. Y a César Gaviria, el que le dio privilegios a Pablo Escobar para que se sometiera a la justicia, no le cabe la camiseta de crítico mayor de la laxitud de las negociaciones con las AUC.

El cotejo con el pasado, no obstante, entra en arenas movedizas cuando se circunscribe al delicado tema de la narco-política. Una cosa es, como afirman Uribe y su Alto Comisionado, que las AUC se crearon en 1997 y se multiplicaron en los años previos a su llegada al poder, y otra, muy distinta, negar que el proyecto político de los paras se forjó alrededor de las elecciones en las que participó Uribe. Hasta el momento, los paras habían sido ejércitos ilegales de matones reunidos para contrarrestar a la guerrilla y -cómo no mencionarlo- cometiendo las masacres más atroces. Pero desde 2002 lanzaron un ambicioso proyecto político en las elecciones para incrementar su influencia en el Congreso, y tomarse el poder local en varios municipios y departamentos. Tanto en 2002 como en 2006, los candidatos que se enfrentaron a Uribe -Horacio Serpa, Luis Eduardo Garzón y Carlos Gaviria- alertaron y criticaron la ofensiva paramilitar en la política. Y como suele ocurrir en Colombia, los malos -en este caso los paras- buscaron el tren ganador, que en ambos casos tenía a Uribe como locomotora.

Tampoco es totalmente cierto que en el espejo retrovisor sólo aparezcan los antecesores de Uribe. Eso sólo pasa en los primeros meses de una gestión, y el actual Presidente ya lleva un cuatrienio encima. La gestión de los últimos cuatro años es responsabilidad del actual Presidente. Y en el retrovisor de finales de los años 90, escenario del mayor crecimiento de las AUC, el actual Presidente aparece en calidad de gobernador de Antioquia. Su jovial imagen de político entusiasta de entonces empieza a aparecer en el espejo.

Las comparaciones también conducen a exageraciones. Así como parece injusto que al presidente Uribe lo tilden de paramilitar porque se le midió al toro de negociar con los paras, es absurdo pensar que Pastrana es partidario de las Farc porque su gobierno dialogó con ellas o que Gaviria era cercano al cartel de Medellín porque trató de someterlo a la justicia. Pero estigmatizar a la izquierda de cercanía con la lucha armada es un recurso simplista más propio del macartismo de los años 50 y de la Guerra Fría. Más aun en el caso de ex guerrilleros como Antonio Navarro o Gustavo Petro, que han demostrado durante 15 años su respeto a la ley y a la institucionalidad. Que la guerrilla cometa excesos o que haya habido sectores civiles que en forma tan irresponsable como ilegal defendieron la combinación de formas de lucha no le resta al destape de la para-política.

Más allá de su precisión como parámetro histórico, la estrategia del espejo retrovisor parece que se está agotando. Ante la urgente necesidad de buscar un salvavidas en medio de la tormenta política de las últimas semanas, es comprensible que el gobierno se haya agarrado de esta tabla. Pero hay varias razones por las que esta estrategia está desgastada.

En otras oportunidades los presidentes de turno apelaban a otro instrumento muy diferente a la crítica de sus antecesores: los acuerdos nacionales. La consabida reunión de mandatarios y los comunicados sobre la unidad y sobre la patria por encima de los partidos fue siempre un epílogo a la conmoción producida por hechos como la toma del Palacio de Justicia, los bombazos del narcoterrorismo o los golpes de la guerrilla. Uribe ha sido un Presidente innovador en el estilo y en los mecanismos de comunicación. No es fácil imaginarlo renunciando a la creatividad o a la libre expresión de su impetuosa personalidad, que es más combativa que de buscar consensos formales.

Sin embargo, el espejo retrovisor se está resquebrajando. La semana pasada, el senador Gustavo Petro retó al Presidente a examinar, en forma paralela, los vínculos del M-19 con el narcotráfico, y el crecimiento de los paramilitares en Antioquia, en los años en que Uribe era gobernador. Dijo que estaba seguro de salir bien librado. Con razón o sin ella, la conminación demuestra que la permanente alusión al pasado puede terminar devaluando la majestad presidencial y transformando los asuntos de Estado en episodios más comparables a peleas de barrio. Una cosa era el espejo retrovisor en la frescura del primer cuatrienio, y otra, muy distinta, aplicarlo después de la erupción del escándalo de la para-política. Aunque todavía aparecen los magros rostros de Pastrana, Samper y Gaviria, está perdiendo brillo y le están apareciendo grietas.
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