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| 1/15/2011 12:00:00 AM

El fatídico kilómetro 34

Desde el 16 de diciembre, Barrancabermeja y sus 350.000 habitantes están prácticamente aislados, tras la desaparición repentina de 2,2 kilómetros de carretera.

Las desgracias de muchos reconfortan a algunos. Eso lo tiene hoy en día más claro que nunca Pedro Jaimes, un campesino de 23 años que desde el 19 de diciembre dejó de rebuscar entre sembrados de mandarina y limón, para irse al tramo de la vía Barrancabermeja-Bucaramanga que desapareció sin que se sepa todavía muy bien por qué.

Es el kilómetro 34 y es justo donde empieza, para los viajeros entre las dos ciudades más importantes de Santander, un penoso recorrido a pie de 2.200 metros bajo una temperatura de 28 grados centígrados. En un trecho, el camino es tenebroso; son barrancos de hasta tres metros. En otro, es insoportable el olor fétido de aguas rancias y oscuras. Y también hay que atravesar pedregales, gigantescos trozos de asfalto y barrizales.

La zona luce como si hubiera caído un asteroide descomunal, y por ahora no hay forma de comunicación entre esas poblaciones. Allí, Jaimes hace de todo: carga bultos, levanta niños, señoras, ancianos y motos, lava zapatos y pies, tiende tablas sobre charcos, alquila botas y construye escalinatas en los barrancos para que las cerca de tres mil personas que en promedio surcan a diario puedan hacerlo con mayor facilidad.

"En el campo a veces ni el jornal hacemos. Acá uno se va mínimo con 60.000 pesos. Vea, ella la pasó mal cruzando, pero a mí me sirven los 2.000 pesos que me va a dar", dice Jaimes mientras les pega la última enjuagada a las sandalias de una mujer madura que trae la cara sudorosa y el cuerpo jadeante.

La mujer se llama Martha Bedoya y va hacia Barranca. Salió de Bucaramanga, y después de una hora y 15 minutos en bus llegó a La Renta, el sitio desde donde todos, sin excepción, deben empezar a caminar, mínimo, 45 minutos hacia La Leona, donde se reanuda en vehículo el viaje hacia el puerto petrolero, todavía a una hora de camino.

Martha tiene en sus manos una bolsa negra con obleas y pandequesos, "es una encomienda de mi mamá". Juan cargó su maleta. Se trata de un hombre que esconde sus 52 años en una musculatura de halterofilista y con el que Martha pactó un precio de 15.000 pesos por el 'favor'. Como este maletero hay carnetizados otros cincuenta.

A las cinco de la mañana del 16 de diciembre, coinciden campesinos de La Leona y La Renta, se escuchó una gran explosión en el valle que recorre el río Sogamoso. Se hicieron grietas en la vía y en cuestión de dos horas crecieron hasta convertirse en zanjas que se tragaron diez casas y al menos tres fincas. "Los doctores que han venido dicen que el terreno siempre ha sido malo y que con las lluvias se agravó la joda, pero po'acá creemos que fue por tanta dinamita que le tan metiendo al río", dice una mujer que vende mazorcas 'nevadas'. Ella se refiere al gigantesco proyecto que Isagén construye a unos cinco kilómetros de allí: Hidrosogamoso. El gobernador, Horacio Serpa, por el contrario, asegura que ya está claro que se trata de una combinación de falla geológica con invierno.

Barrancabermeja desde ese día está incomunicada por tierra con Bucaramanga, de donde se aprovisiona en el 70 por ciento, y sus habitantes lo han sentido en el bolsillo y en el estómago. Ya para el tercer día de novena navideña, Barranca, de 350.000 habitantes y 36 grados centígrados en promedio, agotó existencias. "Para el cuarto día -recuerda Henny Navarro, una profesora pensionada- comenzó a conseguirse huevo, pero a 500 pesos, el doble de lo normal. No había habichuela, apio, zanahoria y tomate".

Lo grave es que por ahora no hay una solución cercana. En los seis recorridos que Horacio Serpa ha hecho por el sitio del desastre, dice que la situación se agrava más.

Los únicos que no ven con tan buenos ojos una eventual apertura de la vía son los cerca de 200 rebuscadores que, como Pedro Jaimes, encontraron en la desgracia de muchos una forma de hacer pesos, así sea lavándoles los pies a los viajeros.
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