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| 1/12/2003 12:00:00 AM

El fin del orden mundial

Para el autor Estados Unidos habría dilapidado, con la invasión a Irak, la legitimidad de su liderazgo en el mundo.

En medio de la actitud de un Estados Unidos resurgente, agresivo, el único desarrollo internacional de importancia en 2003 fue la destrucción de las condiciones que habían permitido hasta ahora la hegemonía norteamericana. La aceptación casi universal del dominio de Estados Unidos había sido el eje de un orden mundial relativamente estable y pacífico, pero ese orden se halla ahora al borde de la desintegración. La hegemonía implica aquiescencia por parte de las potencias más débiles, y faculta a la potencia dominante alcanzar sus objetivos, sin una coerción manifiesta que es la marca del imperialismo, del cual debe ser claramente distinguido. Se revela en la influencia del país dominante sobre los puntos de vista mundiales de otros países, especialmente en relación con la política internacional y las relaciones económicas. Aunque Estados Unidos ha sido acusado con frecuencia de arrogancia y no ha sido siempre aceptado como modelo de buen gobierno, generalmente la hegemonía norteamericana ha sido saludada con cierto beneplácito a escala mundial. Se consideraba que Estados Unidos constituía la principal fuerza mundial para mantener el orden; un orden iniciado en el caldero de la Segunda Guerra Mundial, construido a la sombra de una rivalidad entre superpotencias y gradualmente consolidado en el entorno más hospitalario de la distensión con la Unión Soviética. Se convirtió en la realidad fundamental de cualquier gobierno interesado en los asuntos internacionales. Con todos sus defectos, ese orden mundial era una estable sociedad de naciones, la más perdurable que el mundo haya visto en los últimos tres siglos. Se reconocía que Estados Unidos era el principal arquitecto, y muy pocos dudaban que su dominación era crucial para respaldar ese orden. China, Rusia y los principales países se sentían relativamente cómodos con este sistema geopolítico. No había señales de que algunos de ellos hubieran preferido su desaparición. Luego de las convulsiones de la primera mitad del siglo XX, este sistema geopolítico comenzó gradualmente a adquirir una vigencia propia, reduciendo el temor y haciendo de la buena vecindad una norma internacional en muchas partes del mundo. Pese a la sobrevivencia de regímenes dictatoriales en abundantes partes del mundo, las nociones de democracia y de derechos humanos han comenzado a filtrarse de manera gradual en los organismos gobernantes, grupos de oposición y medios periodísticos en países donde previamente ni siquiera existía la terminología para formularlos. Esa amplia aceptación de la hegemonía estadounidense se basaba en la creencia de la fortaleza norteamericana y en la confianza en sus intenciones y su racionalidad. De manera más específica, la mayoría de los gobiernos europeos y asiáticos creían que Washington consideraría sus intereses a largo plazo entrelazados con la continuación del orden mundial que dominaba. En otras palabras, confiaban en que Estados Unidos no perdería la cabeza. Esa confianza cesó en 2003, con la decisión del actual gobierno de involucrarse en una "guerra preventiva" y en el proceso de romper con la tradición norteamericana de respeto de los principios políticos y violar acuerdos internacionales de importancia, incluida la Carta de las Naciones Unidas. Los gobiernos del mundo entero no pueden imaginar cómo esa acción puede servir algún concebible interés nacional, pues sus consecuencias solo han puesto en peligro la seguridad de Estados Unidos. Tal vez impulsados por la necesidad sicológica de rechazar la locura como un motivo, y para encontrar razones en todas estas cosas, algunos analistas han señalado presuntos intereses nacionales como el abastecimiento de petróleo, la retirada de tropas estadounidenses de Arabia Saudí o simplemente, la obtención de ganancias de la guerra. Pero nada de eso parece ser la razón última, ni se compara en importancia con lo que Estados Unidos ha perdido. De hecho, la Alianza Atlántica ha sido abolida. Los ex aliados de la Guerra Fría descubren ahora que se les ofrece solo un sistema de vasallaje. Las consultas estipuladas en el Tratado del Atlántico Norte han sido reemplazadas por una simple orden. El Medio Oriente, ahora más inestable que nunca, se ha convertido en un rico terreno de reclutamiento para terroristas, y la proliferación nuclear ha vuelto a ser una vez más una amenaza global. Washington está perdiendo de manera incesante el control informal que había poseído en alguna época sobre varias agencias internacionales. La fe internacional en la fortaleza de Estados Unidos ha sufrido mucho como resultado de la ocupación de Irak, inclusive tras la captura de Saddam Hussein, pues su autoridad política nunca se basó simplemente en el uso de la fuerza, y las alarmantes limitaciones de Estados Unidos son ahora ostensibles. Hasta ahora, la respuesta de los círculos dirigentes europeos para poner fin a la hegemonía norteamericana ha sido ambivalente. Muchos partidarios de la alianza atlántica se hallan en el mismo estado de negación que la mayoría del público estadounidense. Pero en los últimos meses, el público europeo en general se ha mostrado prácticamente unánime en su desconfianza de Estados Unidos. Gobiernos asiáticos, élites y poblaciones han comenzado a temer lo que consideran una destructiva actitud arbitraria de Estados Unidos. En Corea del Sur, en una época un sólido aliado con una población pro norteamericana, resulta difícil encontrar inclusive un puñado de personas que todavía confíen en Washington. Como Francia, Alemania y Rusia, junto con Brasil y otros países menos influyentes, gobiernos asiáticos se han visto obligados a repensar sus objetivos diplomáticos y estratégicos a largo plazo. La vasta mayoría de los estadounidenses, entre ellos su élite política, nunca advirtieron la forma como asiáticos y europeos se observaban entre sí y contemplaban los eventos mundiales, a través de filtros norteamericanos. Aunque critican las tendencias unilaterales del gobierno de Bush, la mayoría de sus opositores parecen no haber advertido el daño causado al sistema mundial. Eso se debe al triunfo de la teoría sobre la experiencia. Conjeturas arraigadas, derivadas de teorías "realistas" y "neorrealistas" que han nutrido los estudios académicos de relaciones internacionales, bloquean la visión de los autores de la política de guerra preventiva y de sus críticos. Esas doctrinas fueron inspiradas por un mundo que desapareció con la Segunda Guerra Mundial, y que desde entonces han sido aceptadas con base en la creencia, no a una evaluación clara de las recientes condiciones mundiales. La metáfora del balance del poder, núcleo de la herencia del 'realismo' que fue relevante en la política de disuasión de la Guerra Fría, parece haber sido el estímulo de los estrategas norteamericanos que intentan convertir a Estados Unidos en un poder militar imposible de desafiar. Herederos de la tradición de la excepcionalidad estadounidense rechazan la inevitabilidad de un desafío emergente -núcleo de toda doctrina realista- y se concentran en crear condiciones con el fin de impedir que la teoría se transforme en realidad. Es verdad que nunca ha existido una nación tan poderosa como lo es Estados Unidos en la actualidad. Pero debido a una errónea lectura de las realidades globales, y como resultado de la paranoia nacional y la explotación política de la llamada "guerra contra el terrorismo" -así designada porque la naturaleza del terrorismo vuelve imposible una verdadera guerra-, Estados Unidos ha pasado rápidamente su apogeo y ha comenzado a marchitarse como un poder mundial. La creación de un imperio genuino destinado a sustituir la hegemonía está fuera de su alcance. No tiene los medios burocráticos o materiales para mantener uno. Su clase dirigente no tiene la capacidad intelectual para gobernar uno y el pueblo estadounidense lo frenará en el momento en que advierta que la administración actual intenta erigir uno. En contra de las acusaciones de los seguidores de Bush, muy pocos europeos observan los últimos acontecimientos como una oportunidad para regocijarse. Muchos han tratado de suprimir su naciente advertencia de una catástrofe mencionando la capacidad estadounidense de enmienda, mientras continúan esperando que a escala internacional las cosas de algún modo vuelvan a la normalidad. Pero la traición de la confianza crea fracturas irreparables y es muy poco probable que un orden mundial estable fundado en la hegemonía estadounidense pueda alguna vez retornar, aun si Washington reanuda una política exterior multinacional. Todos estamos en un apuro a causa de las dificultades de Estados Unidos. Esto significa no solamente la regresión de una gran cultura política, sino también la emergencia de una inseguridad global crónica de un tipo que no habíamos visto desde 1945. *Profesor de política comparativa y de instituciones económicas en la Universidad de Amsterdam, en Holanda. © New York Times Syndicate
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