Martes, 2 de septiembre de 2014

EL FINAL DE CASTRO

| 1992/08/31 00:00

EL FINAL DE CASTRO

Escándalo mundial por best seller de Andrés Oppenheimer, en el que sostiene que el fusilamiento del general Ochoa fue motivado por razones políticas y que sus compañeros fueron engañados para que confesaran ...

ERA EL 13 DE JUNIO DE 1989, POCO ANtes del amanecer. Los seis jóvenes soldados habían sido desertados sin mayor explicación y llevados a un campo desolado en las afueras de La Habana. Al llegar quedaron casi cegados por la luz de poderosos reflectores. Un camarógrafo se paseaba nerviosamente a su alrededor buscando el mejor ángulo para filmar la escena.
Frente a ellos se erguía un poste de madera de nueve pies de alto. Después de esperar un rato en medio del silencio de la noche veraniega, los soldados escucharon el ruido de una furgoneta que se acercaba. Cuatro prisioneros esposados fueron ayudados a salir del vehículo.
Fue sólo entonces cuando los reclutas comprendieron el motivo de su presencia allí: sería el pelotón de fusilamiento. Mientras sus rostros ensombrecían de horror, un capitán les entregó un fusil AK47 a cada uno.
Los dos oficiales de menor graduación, el capitán Jorge Martínez Valdes y el mayor Amado Padrón Trujillo, serían los primeros en ser ejecutados. Martínez se negó a moverse. Imploró clemencia a gritos, su voz quebrada por los sollozos. Dos soldados lo agarraron por los brazos y lo arrastraron hasta el poste. Allí le esposaron las manos detrás del palo y le cubrieron los ojos con una venda negra.(...) El mayor Padrón se resistió con igual vigor.
Plantó, los pies en el suelo y gritó con desesperación mientras era llevado al poste. Su cuerpo resbaló convulsionándose ante el impacto de los proyectiles.
El coronel Antonio "Tony" de la, Guardia respiró profundamente y caminó hacia el poste sin ayuda de nadie. Después que le esposaron las manos a la espalda cerró los ojos y contuvo el aire. A una orden del oficial que dirigía el pelotón de fusilamiento, sonó la descarga de fusilería. Su cabeza se inclinó y su cuerpo se agitó violentamente en todas direcciones antes de desplomarse.
El general de división Arnaldo Ochoa había decidido morir con dignidad. Cuando le llegó su turno, caminó firmemente, con la resolución de un soldado dispuesto a no dejar que las proezas militares de toda su vida fueran eclipsadas por unos segundos de pánico antes de la muerte. Primero pidió que le permitieran dar la orden de su propia ejecución, siguiendo la tradición de los héroes cubanos ejecutados por los españoles durante las guerras independentistas.
La solicitud fue denegada. Cuando Ochoa pasó frente al pelotón de fusilamiento se detuvo, se volvió hacia los soldados y les dijo: "Muchachos, cumplan su misión. No tengo nada contra ustedes. Sólo están cumpliendo órdenes".
Ochoa dió media vuelta y se dirigió hacia el poste, escoltado por dos oficiales. Cuando se le preguntó si tenía algo que decir, levantó las cejas y, con voz temblorosa, dijo a sus ejecutores: "Sólo quiero que sepan que no soy un traidor".
Después, respiró profundamente y se encogió de hombros en un gesto de resignación, como expresando no saber que más podía decir o hacer. Al grito de "Fuego", los disparos de los AK7 terminaron con su vida.
Horas más tarde, observando el fusilamiento en un video que le habían llevado los médicos militares, Fidel Castro se sobresaltó ante la descarga. Con expresión de pesar, permaneció con la vista fija en la pantalla del televisor unos segundos. Finalmente, dijo melancólicamente: "Murió como un hombre".

"DESCUBRI personalmente la gran popularidad de Ochoa poco después, durante mi primer viaje a Cuba, tras las ejecuciones. Varios días después de llegar a La Habana conduje mi carro hasta la casa de Ochoa, en la calle 24 del barrio de Nuevo Vedado. Era una vivienda sencilla de dos plantas, pintada de blanco, con un pequeño jardín en el frente donde apenas había espacio para estacionar un vehículo y sembrar unas pocas plantas.
Pase frente a la casa varios días seguidos, a diferentes horas, pero siempre había alguien de guardia, sentado en la acera. Finalmente, una noche, no viendo a nadie en la calle, estacioné mi Nissan alquilado a varias cuadras, caminé hasta la casa y toqué a la puerta. La encontré nerviosa pero dispuesta a hablar. (...) Conversé con Maida hasta bien entrada la noche. Una cosa era evidente: lejos de convertirse en una paria, Maida estaba recibiendo el apoyo casi general del pueblo cubano. En el Instituto Pedagógico donde es profesora, los estudiantes a menudo le llevaban regalos.
En la bodega, los encargados la reconocían y le entregaban alimentos racionados bajo cuerda. (...)

"LA HISTORIA que culminó con la ejecución del general de división Arnaldo Ochoa y el coronel De la Guardia había comenzado tres años antes.
De la Guardia, un hombre elegante que acostumbraba a vestir jeans y llevaba un Rolex en la muñeca, estaba esperando en su despacho al narcotraficante cubano exiliado Reinaldo Ruiz y su primo Miguel Ruiz Poo. Se estrecharon la mano y empezaron su reunión.
Primero hablaron sobre cómo exportar tabacos cubanos a Estados Unidos eludiendo el embargo. Minutos después se enfrascaron de lleno en el tema que más les interesaba: el tráfico de cocaína.
(El exiliado cubano buscaba autorización para usar a Cuba como punto de transbordo para enviar cocaína desde Colombia al sur de Florida. De la Guardia, un alto oficial del Ministerio del Interior, estaba dispuesto a autorizar la operación a cambio de cobrar parte de las ganancias).
Ese fin de semana, De la Guardia invitó a Ruiz a hacer un paseo en su yate de pesca, El Tomeguin, de dos motores.
Era una hermosa tarde de domingo, con un cielo claro y suficiente brisa para sentarse al sol sin sufrir calor. De la Guardia, Ruiz Poo y Ruiz estaban bebiendo refrescos, con los pies extendidos sobre el puente del yate, mientras disfrutaban la vista de la costa de La Habana, que se movía en la distancia.
"Tony", le preguntó Ruiz en un momento cuando ya había pasado la risa: "¿El señor sabe de esta situación?".
"Claro, chico", le respondió el coronel, deseoso de asegurar a su huésped que no se estaba metiendo en problemas.
Fue la única vez que el exiliado cubano le preguntó directamente a De la Guardia si Fidel Castro estaba al tanto del plan de tráfico de cocaína. No había necesidad de mencionar a Fidel por su nombre. En el lenguaje callejero de los cubanos de ambos lados del Caribe, no había posibilidad de duda de quién era "el señor" en Cuba.

...
"EN UNA de las cenas de fin de año (1988) en la Casa No.1 del estado mayor cubano en Luanda, capital de Angola, el general Ochoa confió a sus más estrechos amigos lo que pensaba de las "órdenes militares de Fidel". Sentados alrededor de la mesa con Ochoa y su esposa Maida estaban el general de brigada Patricio de la Guardia, su esposa María Isabel, conocida por "Cucusa", y dos otros altos mandos oficiales con sus esposas.
"Fidel se ha vuelto loco", dijo Ochoa comentando las órdenes de Fidel de trasladar una brigada a Cuito Cuanavale, en Angola." Está completamente chocho".
Los huéspedes, asombrados, levantaron la vista de sus respectivos platos.
"Arnaldo, estás loco", le dijo "Cucusa", sonriendo. "¿Cómo puedes hablar así? ¡Te has vuelto loco!"...

...
"RAUL CASTRO ordenó a Ochoa que se presentara en su despacho el 29 de mayo de 1989. Sobre su escritorio había tres carpetas con el rótulo "Gen. Div. Arnaldo Ochoa". (Uno era un legajo del caso de Patricia de la Cruz. Otro tenía una serie de documentos relacionados con transacciones de márfil y piedras preciosas en el mercado negro de Angola. El tercero contenía transcripciones de conversaciones grabadas secretamente en la fiesta en casa de Diocles Torralba en que Ochoa había hecho referencias despectivas a la situación en Cuba).
Minutos antes de la reunión el ministro de Defensa había leído el material mientras caminaba por toda la oficina al borde de la histeria. Había decidido comunicarle a Ochoa que tenía serias reservas sobre ascenderlo a la dirección del Ejército Occidental.
Raúl Castro confrontó a Ochoa con varias acusaciones. Ochoa se defendió diciendo que nunca había comprometido la seguridad de Cuba ni se había enriquecido en transacciones.
"Estas tratando de crear un caso de corrupción para distraer la
atención del verdadero problema, que son las dudas que existen en el alto mando sobre el futuro de la revolución", indicó Ochoa.
"El único que tiene grandes dudas eres tú, le respondió Raúl Castro. "Te has echado a perder. Las medallas se te han subido a la cabeza".
"El mundo está cambiando, no podemos seguir aislándonos cada vez más. Tenemos que abrirnos a las economías de mercado, estimular el turismo, buscar nuevas fuentes de divisas", continuó Ochoa, hablando por encima de su jefe.
"La Unión Soviética está haciendo eso. Polonia está haciendo eso. Todos están haciendo eso. Nosotros estamos haciendo los avestruces, escondiendo la cabeza en la arena".
Raúl Castro estalló en un ataque de rabia. A gritos calificó a Ochoa de prima donna, de niño mimado de la revolución. Lo que Ochoa estaba diciendo era poco menos que traición a la patria.
"Mira, Fidel es nuestro padre", dijo Raúl Castro golpeando el escritorio con el puño. "Si Fidel Castro no hubiera nacido, ni tú ni yo estaríamos sentados aquí".

"APROXIMADAMENTE a las nueve de la mañana (del 12 de junio de 1989) Ochoa y los otros tres oficiales (Tony de la Guardia, Patricio de la Guardia y Amado Padrón) salieron de la oficina de Padrón, se montaron en el auto de Tony y se dirigieron a la unidad de Tropas Guardafronteras de Jaimanitas, en las afueras de La Habana.
Caminando sin prisa y conversando informalmente, se dirigieron a los muelles. Tony senaló con la mano la lancha de alta velocidad que había confiscado poco tiempo atrás a un grupo de narcotraficantes. Tenía las llaves. "Echemos una mirada", dijo.(...) ¡Esta era su oportunidad de huir! Pero estaban nerviosos. La deserción conjunta a Estados Unidos de los oficiales militares y de inteligencia más prestigiosos de Cuba sería el mayor revés en la historia del régimen de Castro. Sabían que el gobierno lanzaría de inmediato sus más veloces lanchas y aviones para interceptarlos. Llegarían a Miami o morirían en el intento.
Actuando con naturalidad, como si estuvieran planeando un paseo de fin de semana, Tony hizo girar la llave del encendido, prendió la radio de comunicaciones militares e hizo señas a Padrón para que soltara la amarra. Ninguno abrió la boca. Pero justo, en el momento en que Padrón echó mano a la amarra, la radio militar irrumpió con un frenético mensaje de alerta que dejó a los cuatro hombres fríos.
"Alerta a todas las unidades, alerta a todas las unidades", dijo la voz. "Cuatro sospechosos están abordando una lancha en el muelle de Guardafronteras en Jaimanitas para un viaje no autorizado. En la embarcación hay oficiales del Minfar y el Minint".
Tony bajó la cabeza, como un niño a quién sorprenden robándose un caramelo. Tomó el micrófono.
"Aquí había el coronel Tony de la Guardia, del Minint", dijo. "Quién está hablando tanta mierda? ¿Quién está hablando de un viaje no autorizado? Aquí estamos los generales Ochoa y Patricio de la Guardia y yo. Estamos revisando el bote que entregue la semana pasada al general de brigada Pascual Martínez Gil (viceministro del Interior).
No estamos yendo a ninguna parte".(...)
(Horas más tarde, los cuatro oficiales fueron arrestados. Ochoa fue citado nuevamente al despacho de Raúl Castro, donde fue arrestado. Tony de la Guardia fue llamado al Ministerio del Interior a las ocho de la noche, donde fue detenido. Minutos después, Patricio de la Guardia recibió una llamada telefónica en su casa, donde esperaba a Ochoa y a Tony esa noche para comer y celebrar los cumpleaños de Tony y el suyo. Debía presentarse de inmediato en el Ministerio del Interior).

...
"TARDE EN la noche (varios días después del arresto de los cuatro oficiales) el coronel Tony de la Guardia recibió una visita inesperada en su celda.
Era Fidel Castro en persona. El comandante estuvo por lo menos tres horas hablando con su antiguo protegido. Después de hablar sobre la familia de Tony, la conversación se centró en el juicio. Fidel estaba preocupado por el testimonio de los acusados.
Castro, cuya visita a De la Guardia en la cárcel nunca fue revelada por el régimen cubano, prometió ser indulgente con su antiguo amigo si se declaraba único responsable del tráfico de drogas en Cuba. Le pidió a De la Guardia que exonerara a sus superiores Abrantes, ministro del Interior, y Fidel de toda responsabilidad. Cuando De la Guardia aceptó, Fidel le dió una palmada en el brazo.
"No te preocupes, todo quedará en familia", le dijo Fidel a De la Guardia cuando se marchaba. Tony de la Guardia le contaría a su hija Ileana, sobre la promesa que le hizo Fidel, cuando esta lo visitó en la cárcel poco después. De la Guardia le dijo a Ileana que se animara, que había buenas perspectivas de que le perdonaran la vida.
"Mi padre parecía tranquilo", dijo Ileana más adelante, recordando aquella conversación con su progenitor, una de las últimas antes de su ejecución.
"Fidel le había dicho que si no implica sus superiores, todo terminaría bien".

"MAIDA, LA viuda de Ochoa, se movía en una mecedora en la penumbra de su casa escogiendo cuidadosamente las palabras mientras conversábamos hasta bien entrada la noche sobre la suerte de su difunto esposo.(...) Ya habían pasado varios meses desde la ejecución y Maida estaba empezando a llevar una vida normal. Había regresado a enseñar química en el Instituto Pedagógico. El gobierno había confiscado todo el efectivo que tenía Ochoa, y también el marfil y sus medallas, pero le habían dejado el Lada rojo. (...)
¿Había conspirado Ochoa contra Castro?, le pregunté. La respuesta, en resumidas cuentas, fue: Si y no.
Maida dijo que su esposo había caído en desgracia porque estaba impaciente ante la dolorosa realidad de Cuba y porque había criticado cada vez más abiertamente la situación.
El bloque socialista se derrumbaba. El Tercer Mundo estaba abrazando políticas de libre comercio. El mundo entero estaba cambiando. La vida en Cuba se deterioraba cada día más, y los hermanos Castro rodeados de aduladores se aferraban a viejas políticas estalinistas que habían probado ser un fracaso total. Ochoa no conspiró contra Fidel ni contra la revolución, dijo Maida. Por el contrario, quería salvar a la revolución de su propia destrucción.
"Arnaldo decía que dependíamos demasiado del bloque socialista, que necesitábamos buscar nuevos mercados, que había que desarrollar el turismo, que debíamos realizar acuerdos con países capitalistas", me dijo. "Quería las mismas cosas que la mayoría de los cubanos quieren, y que el propio gobierno puso en marcha pocos meses después".

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