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| 10/27/2003 12:00:00 AM

El gran perdedor

Su fracaso el domingo pasado le indica a Enrique Peñalosa que la Presidencia de la República no va a ser tan automática.

Pocas semanas antes de las últimas elecciones presidenciales comenzaron a circular en el país unos volantes que decían: Uribe 2002-2006, Peñalosa 2006-2010. Parecía tan lógico que el continuador del actual Presidente fuera el ex alcalde estrella que no pocos llegaron a entusiasmarse con esos ocho años de autoridad y gerencia.

Todavía es posible que eso suceda, pero no va a ser tan fácil. La política tiene una dinámica tan impredecible que cuando apenas empezaba la luna de miel de la mano dura y el corazón grande los votantes enviaron un mensaje que dejaba claro que su admiración por Alvaro Uribe y Enrique Peñalosa no significaba un cheque en blanco a la corriente ideológica encarnada por ellos. El mayor perjudicado de este mensaje fue el ex alcalde pues Uribe al fin y al cabo ya había coronado. De los cuatro candidatos a alcaldía apoyados por Enrique Peñalosa en las principales ciudades del país sólo uno, el de Medellín, salió elegido. Donde el ex alcalde se jugaba sin embargo era en Bogotá. En las otras ciudades en el fondo era un invitado de honor. Al fin y al cabo cada candidato tenía grupo propio. Pero en Bogotá era el dueño del balón. La derrota de Juan Lozano es simple y llanamente una humillación para él.

La humillación no durará mucho. La popularidad de Peñalosa permanece intacta y la dimensión de su obra como alcalde es un hecho de mucho más peso que el revés electoral del domingo pasado. Pero así como el triunfo de sus cuatro candidatos lo habría catapultado a la Presidencia de la República, la derrota de Juan Lozano en Bogotá, de Kiko Lloreda en Cali, de Guido Nule en Barranquilla y hasta de su candidato en el Guaviare le quita ese aura de invencibilidad que algunos le atribuían. Peñalosa perdió el toque de Midas. Puede que él siga siendo el rey en Bogotá, pero no todo lo que toca se vuelve oro. Las razones de su humillación no son en realidad tan graves. El electorado urbano es tan independiente que nadie tiene capacidad de endoso. Pero cuando alguien apuesta a que tiene esa capacidad, se expone a que se la cobren duro cuando la apuesta no resulta.

Las implicaciones inmediatas de lo sucedido son más sicológicas que cualquier otra cosa. Cuando un jefe político impone sus candidatos los parlamentarios y los medios de comunicación toman nota. El oportunismo entra en acción y el vagón de la victoria coge impulso. En el caso de Peñalosa, a ese impulso esta semana le metieron el freno de mano.

Afortunadamente para el exalcalde el oportunismo funciona para los dos lados. Peñalosa tendrá su revancha. Su imagen favorable del 59 por ciento que es la más alta del país después de la del Presidente, probablemente no se verá afectada por las derrotas de sus amigos. Esas cosas las notan más los jefes políticos y los periódicos que la opinión pública. Cuando se hagan encuestas presidenciales seguramente quedará de primero. Y en ese momento el vagón volverá a arrancar. La Presidencia de la República sin duda alguna todavía está a su alcance. Pero le va a tocar lucharla centímetro a centímetro.

Seguramente se enfrentará al recién fortalecido Antonio Navarro, a Germán Vargas y a Antanas Mockus. Ninguno de los tres es manco y no le van a dar ningún tipo de ventaja. Así como Juan Lozano tenía la ventaja de aparecer durante meses como único candidato y se veía inatajable, lo mismo le puede estar sucediendo a Enrique Peñalosa. Hasta ahora ha sido el único precandidato y por ello había gozado de las ventajas del unanimismo que genera esa situación. Pero el estruendoso fracaso del domingo lo baja del Olimpo en que se encontraba a la realidad terrenal.
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