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| 11/3/2003 12:00:00 AM

El hombre del Plan B

La contraparte del Presidente de la República en la negociación para sacar adelante el paquete tributario será el presidente del Congreso. El futuro político de ambos está en juego.

Todo el mundo ha registrado que después del hundimiento del referendo el Presidente ha quedado, por lo menos transitoriamente, debilitado. Lo que no se ha registrado con la misma claridad es que el Congreso salió fortalecido. Fuera de dos preguntas económicas, las otras 13 del referendo tenían como objeto quitarle poderes a la clase política tradicional. El hecho de que ninguno de esos puntos pasara dejó a los congresistas no sólo intactos sino envalentonados. Al no tocarlos a ellos el referendo todo lo que el Presidente quería lograr por mandato del pueblo tendrá que buscarlo a través del Congreso.

Las relaciones entre el gobierno y el Congreso no son buenas. El Ejecutivo siempre había controlado al Legislativo a través de una fórmula de prebendas para los que lo apoyan y ayuno para los que no lo hacen. Esta combinación de garrote o zanahoria no ha sido practicada por el binomio Uribe-Londoño, lo cual ha dejado a los parlamentarios a la deriva e inconformes. Como si esto fuera poco, la estrategia detrás del referendo fue denigrar al Congreso y esto dejó heridas abiertas y un ánimo de revancha.

El paquete tributario que el Presidente necesita que le aprueben es de vida o muerte para la economía. Al haberse ahogado los puntos del referendo sobre congelación de gastos del Estado y regímenes especiales de pensiones, el gobierno no quiere hacer por decreto lo que no pudo hacer por mandato popular. No sólo no tendría buena presentación sino que en algunos casos, como el de la congelación de salarios, sería inconstitucional.

Ante esa nueva realidad el gobierno tiene que buscar alternativas para conseguir un billón y medio de pesos este año y tres billones el año entrante. Esto para no pasarse de los topes de déficit fiscal acordados con el Fondo Monetario Internacional. Cuatro billones y medio de pesos son una cifra enorme. Equivale a más de dos veces lo que se recaudó por el impuesto al patrimonio para financiar la política de seguridad democrática. De ese tamaño será el golpe tributario, con la diferencia de que esta vez no se le cargará sólo a los 600.000 declarantes de renta sino a todo el pueblo colombiano. Y en momentos en el que el malestar social está creciendo y la economía apenas está despegando, estas medidas serán muy difíciles de vender en el Congreso de la República.

Por lo tanto se inicia una nueva etapa en la relación entre el gobierno y el Congreso que será determinante para que el país pueda salir del hueco negro en que se encuentra. El nuevo tercio que definirá qué porcentaje de las iniciativas gubernamentales terminarán finalmente siendo aprobadas tiene dos protagonistas principales: el presidente de la República, Alvaro Uribe Vélez, y el presidente del Congreso, Germán Vargas Lleras. Estos personajes tienen mucho en común. Los dos han sobrevivido a atentados contra su vida, los dos son muy bravos, ambos tienen un ego considerable y el uno y el otro tienen su futuro en juego en este episodio. Para el primero lo que está sobre el tapete es ni más ni menos que el éxito de su gobierno. Para el segundo el futuro de su candidatura presidencial.

Como dato curioso, las relaciones entre los dos están pasando por su peor momento. Habían sido aliados políticos cuando Vargas Lleras, quien se anticipaba iba a ser uno de los pesos pesados en la campaña de Horacio Serpa, cambió súbitamente de bando y se alineó con Uribe. Los dos habían criticado por igual el proceso de paz de Andrés Pastrana y eso los posicionó frente al electorado. El resultado fue el sorprendente triunfo de Uribe en la primera vuelta para la Presidencia y una altísima votación por Germán Vargas para el Senado. A partir de ahí tuvo lugar un noviazgo político entre ambos que desembocó en que Vargas fue uno de los líderes de la bancada uribista durante el primer año de gobierno, lo cual le permitió eventualmente ganar la presidencia del Senado. Después de eso hicieron causa común con el referendo y con Juan Lozano.

Pero como todas las victorias siempre tienen muchos padrinos y todas las derrotas siempre son huérfanas, después del hundimiento del referendo los novios comenzaron a pelear como casados. En el sanedrín del Presidente se considera que Vargas no se excedió en esfuerzos por el referendo. Sin embargo los hirió, más que eso, el hecho de que a las 24 horas de la derrota de éste Vargas Lleras permitió que se votara en la plenaria del Senado el hundimiento de la reelección presidencial cuando en su condición de presidente del Senado podría haberla aplazado. Y para poner el dedo en la llaga, al día siguiente salió por la radio y anunció su candidatura presidencial.

Germán Vargas tiene una perspectiva diferente de estos hechos. Afirma que echarse culpas recíprocamente no conduce a nada. Que los parlamentarios que apoyaron a Juan Lozano también podrían decir que el Presidente no se excedió en la ayuda a esa candidatura al no salir a votar el domingo sino hasta dos horas antes del cierre de las mesas. Sin embargo, para él el meollo del asunto no es personal sino institucional. Considera que el problema es que no hay fluidez en las relaciones entre el Congreso y el gobierno. Agrega que, al no tener representatividad política ninguno de los ministros y no existir interlocución adecuada con los parlamentarios, se está generando un resquebrajamiento en lo que debería ser una causa común. En resumen, que el Congreso puede sobrevivir sin puestos y sin auxilios pero que requiere un respeto que el gobierno no le está dando.

Esta confrontación es lo último que necesitaba el país en momentos en que la unidad de su clase dirigente es indispensable. El incidente entre el Presidente de la República y el representante Germán Barón, en la junta de parlamentarios uribistas el miércoles de la semana pasada, mostró la sensibilidad que existe sobre el tema. Barón, quien es el primer violín de Vargas Lleras en la Cámara, pidió la palabra en esa reunión para formularle al Presidente quejas de carácter político. Uribe le reviró con una agresividad inesperada y lo llamó "manzanillo perfumado de cuello blanco" y procedió a regañarlo por politiquero y clientelista. Barón le preguntó si podía seguir hablando y Uribe contestó escuetamente "¡NO!". El representante, entonces, se retiró del recinto. Un poco más tarde Germán Vargas trató de conciliar un poco las posiciones entre el Presidente y el Congreso, pero el primer mandatario le puntualizó que la reunión era para hablar de la situación económica y no de política.

En el trasfondo de todo esto hay un problema de supervivencia política para los parlamentarios uribistas. El uribismo fue derrotado en casi todo el país. Además de Bogotá con Lucho Garzón, en Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga y muchas otras ciudades los parlamentarios que se la jugaron por el gobierno perdieron las elecciones. En departamentos como Antioquia, Valle, Quindío y Nariño, no sólo perdieron la capital sino también la gobernación. Esto les ha hecho pensar que si eso sucede después de un año de gobierno con más del 70 por ciento de favorabilidad de imagen presidencial ¿qué se puede esperar para el final del cuatrienio después de tres años más de guerra y ni un peso para invertir?

El patriotismo que invoca el Presidente puede funcionar a nivel de opinión pública pero no a nivel de parlamentarios. Ellos están más preocupados por el oxígeno que requieren del gobierno para ser reelegidos que por la solución a los grandes problemas nacionales. La conclusión de muchos es que si militar en el uribismo no representa ningún beneficio, fuera de ser accionista en una empresa política en Ley 550, no es descartable la opción de buscar suerte en otros lados. Sobre todo si se tiene en cuenta que mientras el gobierno nacional no tiene un centavo, el Polo Democrático, en ciudades como Bogotá, va a contar con importantes presupuestos para gobernar y los va a utilizar, con algo de populismo, para demostrar que la izquierda sí puede producir resultados.

En lo anterior hay mucho de oportunismo. Pero el oportunismo siempre ha sido uno de los motores de la política. Por lo general los gobiernos son más responsables que los Congresos. La pela que se está dando el Presidente es tan grande que sólo puede ser interpretada como un acto de responsabilidad admirable. Después de varios gobiernos que no se le han medido a soluciones de fondo para tapar el hueco fiscal, Uribe lo está haciendo a costa de su prestigio personal. Las medidas que propone son drásticas. Pero aunque se les pueden hacer algunos ajustes, no hay alternativas menos dolorosas. Subir el IVA, ampliar la base gravable, aumentar el impuesto a la renta y gravar las pensiones no son sapos fáciles de digerir. Por eso es fácil hacer populismo en contra de estas iniciativas. Pero no es muy constructivo y lo que está de por medio es la necesidad de evitar un colapso económico.

Afortunadamente Alvaro Uribe no es el único responsable en este proceso. Germán Vargas también lo es. Los dos entienden que cualquier diferencia personal es insignificante frente a lo que está en juego. Lo primero que tienen que hacer es fumar la pipa de la paz y comenzar a trabajar juntos. Al fin y al cabo sólo tienen seis semanas para sacar adelante los proyectos de esta legislatura. Para eso es necesario que el Presidente sea un poco menos intransigente y reconozca que tiene que hacerle algunos ajustes a su forma de gobernar. Está bien que no haga politiquería. Pero es necesario que haga política. Hacer política no es dar puestos y auxilios sino dialogar, crear acercamientos y armar consensos. Y esta actitud no puede ser sólo del jefe del Estado sino también de sus ministros.

Del manejo que se le dé a estos factores dependerá el porcentaje de iniciativas gubernamentales que serán aprobadas por el Congreso. Alvaro Uribe tiene que ser realista y darse cuenta de que así como el público no le aprobó lo que presentó en el referendo, tampoco puede pretender que el Congreso le apruebe a ojo cerrado el ciento por ciento de su paquete tributario. Pero si hace política bien hecha le pueden llegar a aprobar 80 ó 90 por ciento. Y si la hace mal hecha, esa cifra puede llegar a no superar el 50 por ciento. Y en la diferencia que hay entre esos dos porcentajes, los colombianos se pueden estar jugando que el país salga adelante o no.

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