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| 5/15/2010 12:00:00 AM

El hombre del poder

Juan Manuel Santos se ha preparado toda la vida para las elecciones de este año. Se está jugando todas sus cartas.

Si la vida fuera como una partida de póquer, se podría decir que Santos está jugando las cartas con las que se ha preparado 58 años.

La repartida inicial fue excepcional para Juan Manuel. Es el tercero de cuatro hermanos, nacidos en una de las familias más poderosas e influyentes de Colombia. Su tío abuelo, Eduardo Santos, fue presidente de la República y fundador del diario El Tiempo, periódico del que su padre –Enrique Santos– fue editor general y al que casi toda su familia ha estado vinculada. Periodismo y política son dos palabras que durante toda su vida se conjugaron sin distinción.

Desde niño Santos parecía revestido del destino manifiesto de buscar la presidencia. Cuentan algunos de sus familiares que era aplicado, serio y disciplinado. Tanto que cuando estaba en plena juventud tomó la iniciativa de terminar su bachillerato en la Escuela Naval, de donde se graduó como cadete. Obtuvo su formación académica al estudiar Economía y Administración en la Universidad de Kansas y posteriormente con cursos de posgrado tanto en la London School of Economics como en la Universidad de
Harvard. Mientras los de su generación coqueteaban con el hippismo, la izquierda o el arte, a él únicamente le interesaba leer sobre economía y política, y escuchar por largas horas a hombres mucho mayores que él, como los dirigentes cafeteros Arturo Gómez, Alfonso Palacio Rudas y el ex presidente Alfonso López Michelsen. “Aprendió mucho de ellos y eso le ahorró años de experiencia”, dice uno de sus amigos más cercanos.

Era evidente que Santos entendía que no le bastaba con tener en sus manos unas buenas cartas, sino que dependiendo de cada jugada, obtendría el desenlace deseado.

A los 24 años fue nombrado representante de Colombia ante la Organización Mundial del Café. Estuvo allí durante siete años de una gestión muy destacada, tiempo que también aprovechó para hacer una maestría en el London School of Economics. Al regresar al país, en 1983, fue nombrado subdirector del periódico de su familia. Eran las épocas en las que El Tiempo era la voz del establecimiento (no un grupo económico como ahora), y su posición tenía realmente incidencia en la política. Santos estaba al frente de las páginas editoriales, la que por antonomasia era la más influyente de las posiciones del diario.

El paso por el periódico era un eslabón más en su carrera hacia la presidencia. Esa ambición política que emana Santos hizo que en 1988 el escritor Carlos Fuentes, mientras daba una conferencia en Harvard, lo observara entre el público: “...lo que me impresionaba, aun antes de tratar a Santos, era su presencia en primera fila del auditorio. Su mirada felina, sus ojos de gato transformado en puma, b arómetro de una sonrisa franca, permanente y, por ello, casi amenazante”. Esta nada angelical descripción, que aparece en el prólogo del libro Jaque al terror, no fue obstáculo para que surgiera entre ambos una entrañable amistad.

Porque a Santos la seguridad en sí mismo que lo caracteriza, le ha permitido conocer personalidades de talla mundial como el ex primer ministro británico Tony Blair o el ex presidente de Israel Shimon Peres, además de que hace parte de influyentes centros de pensamiento en Estados Unidos.

Santos dejó el periodismo cuando César Gaviria lo nombró ministro de Comercio Exterior. Desde ese momento el delfín político mostró las capacidades que lo han acompañado siempre: su talante de tecnócrata que arma buenos equipos y su disciplina.

En 1993 ocurriría el episodio más importante en la carrera política de Juan Manuel. “El momento más feliz de su vida”, dice un amigo suyo. Usando una mezcla de periodismo, manzanilla e intenso cabildeo consiguió ser nombrado designado del presidente Gaviria, con lo que dejó en ascuas al veterano cacique liberal William Jaramillo, quien se daba por seguro en ese cargo. Lo ayudó en ese momento el famoso grupo de la Contraloría liderado por Rodolfo González, Eduardo Mestre, y Rodrigo Garavito. El cargo era lo de menos. Lo que realmente lo hizo feliz, como buen jugador, era que de una posición perdedora logró imponerse, y a sus 42 años ya estaba en el partidor presidencial.
La ambición es inherente a todo aspirante a la presidencia. Pero el exceso de ella puede llegar a ser el gran talón de Aquiles. La ambición lleva a los jugadores a apostar todo en una sola jugada. Si sale bien, como le salió a Santos lo de ser designado, se le llama audacia. Si le sale mal, se le dice oportunismo. Posiblemente llevado por un exceso de ambición y por el vértigo y el impulso de apostar fuerte, Juan Manuel Santos terminó señalado de conspirador.

Cuando el gobierno de Samper estaba en su peor momento, en 1997, Santos se
reunió con Carlos Castaño para proponerle un proceso de paz simultáneo de autodefensas y guerrilla, en el marco de una posible transición política. También lo hizo, gran paradoja, con Raúl Reyes, de las Farc, en Costa Rica, y en la cárcel de Itagüí con miembros del ELN. Aunque Santos dijo que no era un intento de golpe sino un plan de paz, en realidad quedó claro que era una idea sin aval, y aun en contra del Presidente.
 
Quería aparecer como un adalid de la paz justo cuando se estaban definiendo las elecciones de 1998, que creía eran las suyas, y todos los candidatos eran conscientes de que la negociación era el as del momento.

Por muchos años Santos llevaría el mote de “conspiretas”, y se puede decir que este es el más grande error político de su vida.

Con sus cartas diezmadas, sin mucho margen de maniobra, entró al gobierno de Pastrana en una posición marginal, como acompañante del proceso de paz. Entre tanto, buscó reinventarse a sí mismo desde su columna de El Tiempo, con su Fundación Buen Gobierno y con su libro La Tercera Vía, que tenía también la rúbrica de Tony Blair.
 
Cuando Pastrana propuso revocar el Congreso, y este a su vez, revocar también al Presidente, se creó una crisis de gobernabilidad que Santos aprovechó sin despecho. Se ofreció como mediador y terminó nombrado ministro de Hacienda. Un cargo que le vino como anillo al dedo. El elemento de Santos es el riesgo. Por eso se crece en la confrontación, pues donde casi todos dudan, él se la juega.

El país estaba en una grave crisis fiscal y Santos se propuso frenarla, so pena de que se viniera un desplome como el que tuvo Argentina. En una gira internacional y de manera muy audaz puso en el exterior bonos de deuda pública, con el compromiso de que haría reformas fiscales de fondo, que eran muy impopulares, como la de recortar las transferencias. Pero a Santos no le asusta que lo odien. Al final se le cuestionó haber revivido los auxilios parlamentarios, como zanahoria para pasar sus reformas.

En el gabinete de Pastrana tuvo muchas controversias con el entonces ministro de Trabajo y ex sindicalista Angelino Garzón, pero lograron varios acuerdos. En esa época Santos definió a Garzón como “mi nuevo mejor amigo”, amistad que se cristalizó en esta campaña con Angelino como su fórmula para la vicepresidencia.

Durante el periodo de Pastrana, una vez más se demostró que el Santos ministro era menos errático que el Santos del juego político. Los ministerios han sido su camino más seguro. Se podría decir que Santos también sabe cuándo sus cartas no son las mejores para arriesgar una mano y sabe esperar la próxima barajada. Y eso hizo con Uribe.

Uribe buscaba su reelección, y la coalición de gobierno se sentía fuertemente golpeada por el escándalo de la parapolítica y por las triquiñuelas que se hicieron para aprobar la primera reelección. Aunque son muy diferentes, los dos se necesitaban. Uribe a Santos, como un puente con el establecimiento ante ‘el pecado original’ de su grupo político.
 
Santos a Uribe, porque ante un fenómeno de masas como el que representaba el Presidente, su única opción era montarse en esa ola. Su nombramiento como ministro de Defensa fue exactamente lo que buscaba.

En el Ministerio entendió muy pronto dónde estaban las debilidades y empezó a hacer cambios. Nombró en la justicia penal militar a una abogada civil, obligó a los comandantes de las fuerzas a contener sus celos mutuos, le dedicó los mejores esfuerzos a la inteligencia y se puso como meta golpear al secretariado de las Farc. No se limitó a administrar sino que se metió de lleno en la estrategia militar. Manejó con filigrana las relaciones con los militares basado en el trato que suele darle a todo el mundo: distante pero cordial.

Tomó riesgos muy altos basados en la confianza que les tiene a sus subalternos. El más grande de ellos fue el bombardeo a Reyes en territorio ecuatoriano. Esta operación, así como Jaque –en la que se utilizaron emblemas humanitarios– y otras de menor envergadura, ratificaron la idea de que para Santos lo importante son los fines y que no repara en los medios que tenga que usar para llegar a ellos. Una lógica que se conoce como la del mal menor que puede ser efectiva pero éticamente muy cuestionable.

La operación contra Reyes fue un éxito en la lucha contra las Farc pero afectó duramente las relaciones de Colombia con Ecuador y Venezuela, los dos países con los que años atrás él había propiciado la integración. Le echó sal a la herida que el presidente Hugo Chávez mantiene con Santos, que ha sido desde siempre uno de sus más enconados críticos, y lo tiene enredado en un proceso judicial en Ecuador, que sigue su curso.

Si bien todo el mundo sabe que Juan Manuel es un buen jugador, la pregunta es si su juego es limpio. Pregunta que muchos se hacen alrededor del tema de las ejecuciones de civiles indefensos ocurridas incluso durante su paso por el Ministerio. Santos se le adelantó a la investigación judicial con una medida administrativa y separó de la institución a 27 militares, entre ellos tres generales.

Esa drástica medida le ha costado hasta hoy la animadversión de sectores tradicionales de las Fuerzas Armadas y de la derecha recalcitrante. Pero también de muchos defensores de derechos humanos que consideran que se pudo evitar tanta muerte, dado que los incentivos para matar estaban vigentes hace tiempo, y que no se hizo lo suficiente adentro.

Durante la era Santos se aprobaron mecanismos que reglamentan el uso de la fuerza y se adelantaron las investigaciones de la Fiscalía para crímenes cometidos por fuera de combate.

La Operación Jaque le dio a Santos el impulso final para lanzarse por fin a la presidencia. Su experiencia en campos como la economía, la política y la defensa suscita confianza, especialmente entre inversionistas, que conocen su solvencia en el manejo de los temas públicos y su audacia.

Pero otros creen que es un lobo vestido de oveja, para quien el poder es un fin en sí mismo, y sin escrúpulos. No obstante, lo que define a Juan Manuel Santos es el vértigo y la tensión de apostar, más que las ganancias que obtiene. Al fin y al cabo el poder nunca le ha sido ajeno. Más bien la campaña electoral lo ha puesto a recorrer el país pueblo por pueblo, pidiéndole a quien encuentra a su paso, por humilde que sea, que lo elija. Y es en los estratos más bajos y en las regiones donde irónicamente las encuestas le auguran mayor votación.

“Yo no elegí la cuna en que nací, pero sí donde trabajar y servir”, dice. Por eso estas elecciones son la apuesta de su vida.
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