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| 10/5/2012 12:00:00 AM

El hombre de Dios que sobrevivió a la masacre de El Placer

El padre Nelson Cruz tiene 59 años de los cuales vivió 23 en la parroquia de El Placer, Putumayo. Cuando llegó al pueblo, la guerrilla mandaba y se vivía el dorado de la coca. Años después presenció la entrada de los paras y las masacres; fue testigo de cómo las mujeres eran violadas sistemáticamente. Esta es su historia.

Nació en Boyacá un 25 de diciembre y no recuerda haber dicho alguna vez una grosería. Estudió hasta cuarto de bachillerato y concluyó sus estudios en un instituto técnico agrícola. Desde niño sintió inclinación por el sacerdocio, le gustaba la oración y sus padres eran muy religiosos. El camino de Dios estaba marcado. Así que cuando terminó sus estudios buscó un territorio para cumplir su misión.
 
Era 1985 y el hombre, que no alcanza el metro sesenta de estatura, vestido con su sotana y cleriman aterrizaba en El Placer, Putumayo. “Llegué después de haber recorrido varias parroquias de la diócesis. Pedí seis meses para conocimiento y después solicité incardinación, es decir, la vinculación definitiva a la Iglesia”, recuerda el padre Nelson Cruz.
 
El Placer es una de las siete inspecciones de Policía que conforman el municipio del Valle del Guamuez, en el Bajo Putumayo. Queda a 30 minutos en carro de La Hormiga, la cabecera municipal, a cuatro horas de Puerto Asís y a dos horas de la frontera con Ecuador.
 
Eran sus años dorados. En esa década se consolidó la producción de cocaína y El Placer se convirtió en el centro de mercadeo de la pasta de coca de la región. El dinero llovía. “No había ni un solo negocio que estuviera cerrado. Eso eran supermercados, heladerías, tiendas, fuentes de soda, billares, bares. Las calles eran llenas, había seis fuentes de soda, trago fino. Llegaban camiones de pollos, carnes. Ese tiempo era una cosa hermosa, un gentío todos los días”, relata uno de sus habitantes cuyo testimonio está recogido en el libro Mujeres, coca y guerra en el Bajo Putumayo, publicado por el Centro de Memoria Histórica.
 
El padre Cruz había llegado con la orden de fundar una parroquia en el pueblo que vivía de la coca. “No había nada más que no fuera coca, muy poquitas personas cultivaban productos para la alimentación, el plátano y la yuca tocaba traerlas de Ecuador y las verduras de Pasto”.
 
La producción de la coca les podía representar a los grupos armados hasta 1.500 millones de pesos semanales. Cobraban impuestos al que vendía, al que producía, al intermediario, al que cristalizaba la pasta, a todas las personas que intervenían en el recorrido de un kilo de coca tenía que pagar.
 
A su llegada arrendo una casita y durmió en el piso hasta que una familia le regaló una cama. La capilla que encontró era pequeña, con techo de madera y seis bancas, tres de cada lado. Los feligreses eran pocos, la gente prefería los bares y el domingo sobraba espacio en la Iglesia.
 
“Los fines de semana había muchos muertos, heridos, peleas, la gente iba muy poco a la misa, los niños llegaban hasta la puerta y salían corriendo, no entraban porque no les atraía”. Los muertos de El Placer eran por distintos motivos. Peleas entre borrachos, deudas, ajustamientos de la guerrilla o simplemente se trataba de un trabajador que no quería pagarles a sus empleados y lo mandaban a matar.
 
Este territorio, que fue colonizado en la década de los 60 por campesinos nariñenses, fue desde un principio el epicentro de la comercialización del narcotráfico y el escenario de la confrontación armada entre el frente 48 de las FARC, la fuerza pública y el Bloque Sur Putumayo de las AUC.
 
La primera piedra

Para atraer feligreses el padre tuvo que trabajar y ser imaginativo. Al tiempo que construía la iglesia que le recomendaron empezó a colocar piedras en la entrada de la puerta. Los niños curiosos comenzaron a llegar. Los adultos, escépticos, no se preocupaban por lo que pudiera estar tramando este “loco”.
 
Los niños que preguntaban por las piedras, se empezaron a interesar también en las panderetas, güiros, maracas y otros instrumentos que el padre había llevado después de un viaje a Bogotá. Detrás de los niños llegaban los adultos. El milagro empezaba a tomar forma.
 
La gente empezó a trabajar con el padre. Cortaban el césped del potrero que había frente a la iglesia, le ayudaron con la capilla e incluso comenzaron con el difícil trabajo de construir la carretera principal.
 
Su afición por las piedras significó también el inicio de un particular museo que recoge los horrores que vivió esta región. “Empecé recolectando piedras que tuvieran color, olor y sabor. La de sabor era unas que había llevado de la mina de Zipaquirá, la pueden probar, les dije”, recuerda picarón, y sigue: “la de olor era una del Valle de Sibundoy (Putumayo) que si la golpeas suelta un olor a azufre. Y una piedra que era negra, negra y si la golpeabas hacia el sonido de una campana”.
 
Después siguió coleccionando piezas de la guerra: morrales, uniformes de guerrilleros y paramilitares, brazaletes, proveedores, lanzagranadas, una radio de comunicaciones, el manual de las claves de la AUC, incluso un revólver que después se perdió y con el que empezaron a atracar en el pueblo.
 
Llegó la violencia

El 7 de noviembre de 1999, El Placer cambió. Ese día, dos niños que regresaban a su casa con los huevos del desayuno se toparon con un camión azul de carpa negra que paró a la entrada del pueblo. Se bajaron 38 hombres con uniformes camuflados del Ejército y brazaletes con las letras AUC en blanco y portando distintas armas: Fall, M-16, Galil-762, AK-47 y AK-45, una ametralladora M-60 y armas cortas, que solo llevaban ‘Óscar’, ‘Druppy’ y ‘Guillermo’, los comandantes paramilitares. Aproximadamente 240 combatientes se establecieron en el pueblo.
 
Ese día hubo combates por dos horas y el padre fotografió ocho muertos. Lo más difícil fue ver a una persona con la cabeza abierta. “La gente llorando gritando, desesperada, los niños aterrorizados”. Hacia el medio día desaparecieron los paramilitares, después llegaron la Cruz Roja, la Defensa Civil y después el Ejército.
 
“La guerrilla había anunciado esto, ellos sabían que iban a venir y estaban reuniendo a la gente, les pedían que se armaran. Yo les decía que no debían hacer eso, que no sabían manejar un arma y que ellos no estaban preparados para la guerra. Además que los cristianos no están para matar sino para hacer la vida. Pero que si alguien quería coger armas que se fuera con un grupo armado”, recuerda.
 
Pero eso sólo fue el comienzo de los enfrentamientos. La gente empezó a irse, los que tenían carro se iban a la Hormiga y los que no tenían donde irse se refugiaban en el templo. “La iglesia la respetaron, sólo quedó un impacto de bala en la puerta durante todos esos años de guerra”.
 
Después de 15 días, los paramilitares que se habían replegado en las veredas volvieron al pueblo. Hicieron trincheras en las calles, se tomaron el edificio más alto y decretaron el toque de queda. A cualquier sospechoso que caminara por las calles lo mataban.
 
La dinámica del negocio también cambió. Todas las familias le tenían que vender la coca a los paramilitares, de lo contrario, los mataban. Lo mismo hacía la guerrilla, si alguien le vendía a los ‘paras’ le robaban todo o lo expulsaban del pueblo o lo mataban.
 
Durante los siete años de dominio paramilitar en El Placer y sus veredas se calcula que hubo 1.500 muertos.
 
Convivir con el horror

Durante los enfrentamientos, el cuerpo de la mujer se convirtió en un objeto de deseo y control por parte de los paramilitares. La cohabitación de las mujeres locales con los paramilitares implicó una serie de prácticas de terror y nuevas formas de convivencia.
 
Las personas tuvieron que cambiar sus vidas, había que hacer un plan para convivir en medio de la guerra. Las rutas de circulación, los horarios, la manera de caminar, de mirar, todo era una táctica de supervivencia.
 
Eran muy pocas las mujeres que iban a la iglesia. “Eso fue horrible, la prostitución estaba por todos lados, a otras las secuestraban en las discotecas y las retenían ahí. Pero lo más grave era cuando les tocaba caminar hasta el puesto de salud donde les hacían el examen del sida, eso era lo más vergonzoso para ellas. A las infectadas las expulsaban, se tenían que ir para Ecuador o para otro lado”.
 
El dominio paramilitar permaneció durante siete años. Durante esos tiempos difíciles el padre construyó 30 capillas en diferentes veredas y celebró cada año los ‘Congresos de vida en el espíritu’, eventos en los que se realizaban oraciones de sanación y a los que con el apoyo del Minuto de Dios, logró llevar predicadores, artistas y realizaba conciertos.
 
El padre permaneció en El Placer hasta el 2008, no se quiso irse antes a pesar de que los propios guerrilleros le pidieron que se fuera para que no lo mataran. “Yo sabía que podía hacer algo y creo que mi acompañamiento fue decisivo para la sanación de los espíritus y de alguna manera para que con la oración la gente pudiera sobrevivir a todo ese horror”.

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