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| 8/12/1996 12:00:00 AM

EL IMPERIO CONTRAATACA

No menos que los problemas de Ernesto Samper preocupa la arrogancia de la nueva política internacional de los Estados Unidos.

Independientemente de qué concepto se tenga sobre Ernesto Samper Pizano, y sobre lo que pasó con la financiación de su campaña, lo que es indiscutible es que la decisión adoptada por el gobierno de Estados Unidos de quitarle la visa, dice tanto sobre el acusado como sobre sus acusadores. Porque si este episodio se saca de su contexto inmediatista local, lo que queda en claro es que la política de Estados Unidos está regresando a épocas de arrogancia e intervencionismo que se consideraban superadas. Cuando el mundo era bipolar _Estados Unidos vs. Unión Soviética_ la política del gran garrote tenía que ser manejada con mucha prudencia. Cualquier país que se sintiera atropellado por el Tío Sam, tenía la alternativa de entregarse a los brazos del Oso Soviético. O por lo menos 'cañar' con eso; era el margen de acción política y diplomática que la guerra fría concedía a los países débiles. Un cambio de bando podía convertir a una nación como Cuba, pequeña y subdesarrollada, en un jugador de las grandes ligas de la diplomacia mundial. Así las cosas, las superpotencias debían moverse con cautela para evitar las deserciones y el rompimiento de ese frágil equilibrio. Con el desplome de la URSS y la caída del muro de Berlín, todo esto terminó. La desaparición de la amenaza del comunismo transformó el mundo bipolar en otro unipolar. Y aunque han surgido poderosos bloques económicos regionales, como la Unión Europea, el poder político y militar decisorio del planeta se centralizó en una sola nación: Estados Unidos. Este desarrollo de la política mundial es, sin embargo, muy reciente y hasta ahora se comienzan a asimilar sus efectos. No hay que equivocarse: lo que recientemente le pasó a Ernesto Samper tiene algo que ver con todo esto. Desde que no existe el fantasma del comunismo, Estados Unidos puede hablarle más duro a Colombia. Puede darse el lujo de ser indiferente frente a cualquier sentimiento antiyanqui. Y puede, inclusive, sacarla de su órbita porque no hay otra alterna. O se cumple con Estados Unidos, o se expone a retaliaciones o medidas unilaterales. Colombia, sin embargo, no es el único país que está viviendo esto. Si bien, cada caso es diferente y con cada país existen particularidades especiales, la nueva dimensión de Estados Unidos se siente en todas partes, como en el caso del Irak de Saddam Hussein, que a pesar de que han pasado varios años desde la guerra del Golfo, no ha logrado el levantamiento de sanciones en su contra. En el caso cubano, por su parte, todo ha cambiado en los últimos tiempos. Por primera vez en 36 años de bloqueo económico, esta medida empieza a funcionar de verdad porque ya no existe el subsidio de la URSS y los precios preferenciales a los productos cubanos, especialmente el azúcar, ya no se aplican. De esta suerte, las consecuencias del embargo antes neutralizadas por la cooperación con el bloque socialista, se empiezan a sentir con intensidad en la isla a nivel de la economía y la población en general. Pero más allá, el gobierno y el Congreso norteamericanos recrudecen el embargo hacia la isla mediante la aprobación y sanción de la Ley Helms-Burton. Según ésta, las empresas de cualquier país que realicen negocios o comercien con Cuba, podrán ser objeto de sanciones. Antes, el embargo se limitaba a sancionar solamente a las empresas estadounidenses. Ahora, el nuevo criterio es extraterritorial abarcando a cualquier país que tenga tratos comerciales con el gobierno de Fidel Castro. Esto ha generado un duro enfrentamiento de Estados Unidos no solo con los países latinoamericanos, sino con las naciones de la Unión Europea. Todos consideran que se trata de una legislación que viola los más elementales principios del derecho internacional, como el de la soberanía de los Estados, y los que sustentan la Organización Mundial de Comercio. Recientemente en la última Asamblea General de la Asociación de Estados Americanos, OEA, reunida en Panamá, todas las naciones, con excepción de Estados Unidos, aprobaron una declaración en contra de la aplicación de dicha ley. Estados Unidos respondió, sin más comentarios, que era un asunto interno, que no reconocía la jurisdicción de la OEA para abordar este tema y que continuaría sin pausa alguna aplicando esta medida contra Cuba. A tanto llegaron, que a finales de la semana pasada el Departamento de Estado le suspendió la visa a los altos funcionarios y a sus familiares de la compañía canadiense Sherrit International, que se asoció con los cubanos para la explotación del níquel. En este caso, el gobierno norteamericano ha desafiado a sus vecinos del hemisferio y a las compañías de un aliado tan importante como Canadá. El episodio de las visas ha causado indignación en ese país. De otra parte, la relación entre Estados Unidos y México es muy especial. Al igual que con Colombia, el narcotráfico obsesiona a Washington, pero en ese caso teme dañar los nexos comerciales con esa nación o que surja un sentimiento antiyanqui en la opinión pública. Según el periodista argentino Andrés Oppenheimer en su último libro titulado En la frontera del caos, estos grandes intereses económicos entre los dos países hacen que México tenga que ser tratado con más respeto que Colombia, aunque ambos tengan problemas comparables. "La administración Clinton _dice_ era reacia a hablar públicamente sobre los carteles de la droga mexicanos pues temía que cualquier revelación desagradable diera armas al senador ultraderechista Jesse Helms y a otros republicanos conservadores para criticar el paquete de rescate de 20.000 millones de dólares que Clinton había dado a México, y que amenazaba con perjudicarlo en su campaña presidencial. Desde una perspectiva más histórica, también había una cultura innata en el gobierno norteamericano de actuar con precaución _los críticos dirían negación_ con respecto a las críticas a México". Según Oppenheimer todos estos sentimientos se intensificaron con motivo del Tratado de Libre Comercio suscrito entre ambas naciones, el cual no podía ser puesto en peligro por cuenta de denuncias norteamericanas a la corrupción mexicana. La conclusión del periodista es que Colombia debía pagar el pato de esta luna de miel comercial: "Era mucho más fácil para los funcionarios estadounidenses denunciar a los cuatro vientos el narcotráfico en Colombia que escándalos relacionados con las drogas en México. La política antinarcóticos con Colombia era de confrontación; la política con México era de persuasión. La explicación era que Colombia a diferencia de México no era un país vital para la seguridad nacional de Estados Unidos". Colombia está en cierto modo pagando lo que representa no ser vital para Estados Unidos. Su mayor utilidad es la de ser país ejemplarizante. Como la lucha contra el narcotráfico es el tema electoral para la contienda de este año, enfrentar a Colombia representa una fórmula políticamente rentable y con pocos riesgos. Se le envía un mensaje al mundo de que el narcotráfico será frenado a cualquier costo fuera de las fronteras de Estados Unidos. Esto tiene la ventaja de conseguir votos en Estados Unidos sin afectar las relaciones con México. Todo esto no disculpa lo sucedido en la campaña de Ernesto Samper. Da claridad sobre las motivaciones de Estados Unidos y la intensidad con que las está aplicando.
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