Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2008/02/23 00:00

El inamovible

A pesar del creciente atraso en infraestructura y de la falta de credibilidad del ministro de Transporte, Andrés Uriel Gallego, el presidente Álvaro Uribe lo mantiene. ¿Por qué ?

EN ESTE QUINQUENIO, EL MINISTRO HA CONJUGADO DEMASIADAS VECES EL VERBO APLAZAR Y pronunciado el sustantivo prórroga

En los círculos políticos? se acuñó un término para describir a aquellos que estuvieron con el candidato Álvaro Uribe cuando comenzó su primera campaña a la Presidencia, en 2001. Son los del '2 por ciento', en referencia al apoyo que registraba en las encuestas en ese momento. Personas que creyeron en el mandatario cuando era un desconocido para la opinión pública. Uribistas de primera fila. Y de este selecto grupo, sobresale Andrés Uriel Gallego, ministro de Transporte desde agosto de 2002. El uribista de los uribistas (con disculpas para 'uribito', el ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias). Andrés Uriel es tan fiel y devoto al Presidente, que el uribismo hace parte de su ADN.

Para un jefe de Estado como Uribe, que exige tanta lealtad -es una de las condiciones sine quan non para trabajar de cerca con él-, Andrés Uriel es una bendición de Dios. Un Ministro que haría lo que fuera por el Presidente, como lo ha demostrado en numerosas ocasiones desde cuando entablaron su amistad a finales de los 80.

Un funcionario que aún hoy no escatima palabras para expresar su admiración por el hombre que le dio la oportunidad a un "provinciano", como él se describe a sí mismo, de ejercer uno de los cargos más estratégicos del Estado -el Ministerio de Transporte- y por el mayor tiempo en la historia de Colombia. Nunca antes alguien había ejercido esa posición por cinco años y pico. Una posibilidad sin precedentes para transformar el país, para pensar en grande, para conectar las regiones, para convertir las carreteras en autopistas, los puertos en superpuertos, los aeropuertos en ejes regionales (hubs). En fin, para preparar a Colombia para los avatares de la globalización.

Lamentablemente, en opinión de empresarios, políticos, gremios y expertos en el sector, no fue así. En sus primeros años, el Ministro dedicó demasiado tiempo a la micro -como pavimentar vías secundarias con su flamante plan 2.500- y no a lo fundamental -los megaproyectos-. Más a lo urgente -y lo políticamente rentable-, que a lo importante.

Las críticas no son nuevas: comenzaron casi desde que tomó posesión, cuando hizo propuestas como promover la pavimentación de larga vida, proponer construir puertos como el de Málaga y el Tribugá, cuando otros existentes como el Buenaventura estaban a punto de colapsar. Y continúan hoy con el desastre que es el aeropuerto El Dorado, la falta de dobles calzadas, la crisis de los puertos, la casi inexistente navegabilidad del río Magdalena, la precariedad de los corredores férreos, el fracaso de la licitación para el túnel de La Línea -ninguna empresa colombiana quiso medirse a la convocatoria y el Ministerio se vio obligado a convocar a otra en abril, esta vez con participación extranjera-. Aunque el Ministro no se inmuta -le dijo a SEMANA que los colombianos desaprovecharon una oportunidad para adquirir una "utilidad en experiencia", mas no económica-, es otra demora de una obra estratégica. En un país donde el atraso en infraestructura es endémico, cada noticia de un aplazamiento de un proyecto o de una concesión es un golpe letal a las aspiraciones del país de ingresar con la frente en alto al siglo XXI.

Y en este quinquenio, el Ministro ha conjugado demasiadas veces el verbo aplazar y pronuciado el sustantivo prórroga. Como si no hubiera afán. Todo llega tarde. Sólo reactivó las cuatro concesiones estructuradas en el gobierno de Andrés Pastrana en 2005 -como la doble calzada Bogotá-Sogamoso-. Se demoró con la renovación de las concesiones portuarias y sólo reaccionó cuando colapsó el puerto de Buenaventura en abril de 2006. Dirigió un tortuoso y prolongado proceso de licitación para el aeropuerto El Dorado, el cual no dejó a nadie contento. Ni a él mismo: hoy reconoce que habrá que volver a hacer un diseño, que incluya la construcción de un nuevo terminal.

Para Andrés Uriel todo tiene una justificación: que las concesiones de vías de Pastrana había que reformarlas, que en la de los puertos había que obrar con cuidado, que lo de El Dorado va por buen camino. Que el plan 2.500 -que también se demoró dos años para arrancar- terminará pavimentando 3.136 kilómetros. Que en Semana Santa de 2009, ya habrán sido contratadas todas las vías esenciales que necesita el país. Que lo uno, que lo otro. Habla con tanta convicción, que es muy difícil refutarlo. Como le dijo a SEMANA el representante a la Cámara Juan Carlos Granados, quien ha sido uno de sus contradictores en el Congreso, "el presidente Uribe tiene convencido al país. Y el ministro Gallego, tiene convencido al Presidente".

Difícil encontrar un sector más uribista que el empresariado. Se siente inmensamente beneficiado por los éxitos de la política de seguridad democrática y por eso los empresarios son temerosos en el momento de lanzar cualquier crítica pública a la administración Uribe. En privado, sin embargo, son menos diplomáticos. El malestar con el Ministro es evidente. Es tema obligado de las reuniones gremiales, que ven cómo, por un lado el gobierno firma y firma tratados de libre comercio, al tiempo que el hombre eje para que esos TLC sirvan para algo más que una foto, anda en su propio cuento. En el mismo gobierno, Andrés Uriel tiene sus detractores; sus diferencias con los titulares de Hacienda, Comercio y Planeación, pasados y presentes, son el pan de cada día. Su credibilidad va en picada.

Son frecuentes los regaños y los llamados de atención del Presidente -en consejos de ministros, en consejos comunales, en reuniones gremiales-. Un empresario le dijo a SEMANA que no entiende cómo el Ministro aguanta tanto palo, que él habría renunciado hace tiempos. Otro se mostró extrañado de que Uribe, un líder que exige tanta eficiencia y resultados de sus subalternos, dejara en el cargo a un hombre con tantas deficiencias en ejecución. No es el único; hasta altos funcionarios del gobierno se han tomado el atrevimiento en años pasados de plantearle al Presidente la necesidad de cambios en esa cartera. Pero nada, de nada. Hoy, según le comentó a SEMANA un conocedor de los intríngulis de la Casa de Nariño, ya ni se habla. Es un caso perdido.

¿Por qué tan firme?

Que Andrés Uriel esté tan atornillado no es gratuito. Más bien es la combinación de factores filosóficos, personales y políticos. Antes de Uribe, las crisis ministeriales eran frecuentes y parte integral de cómo gobernaban los presidentes. Uribe rompió esa tradición; los cambios en el gabinete son esporádicos y con sangre. Como le dijo a SEMANA un ex alto asesor del mandatario, "al Presidente no le gusta que la gente se vaya. Siente que lo menosprecian". Y el Ministro de Transporte haría cualquier cosa antes que generarle esa angustia y ese daño a su mentor y Mesías.

En Medellín se dice que Andrés Uriel le juró amor eterno a Álvaro Uribe cuando se conocieron en el Instituto de Estudios Liberales. No dudó en apoyar la candidatura de Uribe a la Gobernación de Antioquia en 1993 y lo acompañó como su secretario de Obras Públicas durante los tres años de su mandato. Hasta pudo haberle salvado la vida. El día antes de las elecciones locales de octubre de 1997, persuadió al entonces gobernador de no subirse a un balcón de una casa durante una manifestación en San Francisco (Antioquia). Después se supo que había un francotirador de la guerrilla listo para dispararle a Uribe. Andrés Uriel minimiza su rol: dice que fue la voluntad de Dios.

Es evidente la empatía entre el Presidente y su Ministro. Comparten el amor por los caballos, por las costumbres de la Antioquia rural y por la geografía -conocen los más recónditos lugares y vías del país-. Al igual que su jefe, que más de una vez se ha quejado de tener que asistir a cumbres presidenciales internacionales "inútiles", a Andrés Uriel le pica viajar al exterior. No le parece tan importante: "a través de los libros se conoce el mundo. Gracias a ellos he visitado casi todo el planeta".

Como a su jefe, a Andrés Uriel, un ingeniero civil de la escuela de minas de la Universidad Nacional, le fascina enterarse de la letra menuda de los contratos y de los problemas más insignificantes de las obras. Pero hay otro gusto que une al primer mandatario y al primer uribista del gabinete: la política. Y es allí donde se explica mejor por qué al Presidente no le parece tan mala la gestión de su Ministro.

El plan 2500, que busca conectar las zonas alejadas a las vías nacionales, fue muy criticado, principalmente por dos razones: era pensar en chiquito cuando el país requería grandes proyectos de infraestructura, y porque muchas de esas obras las podrían hacer los departamentos y los municipios, que en 2002 y 2003 tenían sus finanzas saneadas.

Era una oportunidad para descentralizar más. Pero desde la perspectiva política, el plan 2500 era un cabezazo: es una verdad de a puño que no hay una manera más fácil de ganarse la corazón de un pueblo -y de mucho político regional- que con obras como la pavimentación de vías secundarias. Muchas de ellas llevaban años en abandono. Fue una bendición para las alcaldías de los mil y pico municipios y las gobernaciones de los 33 departamentos. Habría obras, empleo y a un costo de cero pesos.

Por algo, el Ministro es recibido como un héroe cuando hace sus giras por el país. Y tampoco le hace daño al Presidente. Al contrario, aunque es difícil cuantificar cuál fue el impacto de esas obras en la reelección, que influyó, influyó.

Andrés Uriel no le ve nada extraño ni inconveniente en dedicarles tantos recursos a temas locales. "Soy el Ministro de todos los colombianos, no sólo de unos cuantos grandes empresarios, dice. Soy un populista racional". Se ufana que todos los municipios colombianos tienen hoy algo del gobierno de Uribe: una vía, un muro de contención. Para un Presidente que cada semana se somete a unos consejos comunales donde prima lo local, que el Ministro de Obras Públicas (como se llamaba antes el de Transporte) tenga esa mentalidad de resolver lo micro, es de un valor inmenso, casi incalculable.

Pero sí hay un hecho que preocupa a algunas personas cercanas al Presidente, y al mismo Uribe: la falta de una gran obra. La historia ha demostrado que a los gobernantes muchas veces los recuerdan más por lo que dejan en concreto, que por éxitos intangibles. Eso ayuda a explicar que en los últimos dos años se desenredaran las grandes concesiones viales y portuarias y que el Ministro pareciera más abierto a darles prioridad a esos proyectos, que necesitarán de una gran inversión privada, tanto colombiana como extranjera.

La pregunta, según le dijo a SEMANA un empresario, es si es posible que un Ministerio que ha operado más como una secretaría de obras de un municipio o departamento, está capacitado para llevar a cabo esa transformación. Preocupa, por ejemplo, que el Instituto Nacional de Concesiones (Inco), que fue creado en 2003 para atraer capital privado, haya tenido ocho directores en ese corto tiempo; algunos renunciaron en medio de escándalos, otros fueron cuotas burocráticas. O que la informalidad administrativa que ha aquejado históricamente al Ministerio siga carcomiendo la entidad.

Para el Ministro el problema es que hay personas que quieren hacer las cosas a las carreras, y ese es un error, como lo han demostrado los múltiples pleitos contra la Nación que tuvo que resolver en sus primeros cuatro años. Esta explicación de los atrasos en las obras -que había que poner la casa en orden- también la comparte el Presidente. Y eso, al fin al cabo, es lo que le importa a Andrés Uriel.

Llama la atención que el mayor y más frecuente elogio que le hace Uribe, y también sus detractores, es que el Ministro es honesto. "Un hombre clínicamente bueno", le dijo a SEMANA un ex asesor de la Presidencia. Un hombre que, nadie duda, regresará a Medellín de inmediato el día que Uribe le indique. Un hombre profundamente religioso que es recordado por los funcionarios de la Casa de Nariño porque regaló un Cristo para la cocina, y que a los pocos días de llegar el secretario de prensa César Mauricio Velásquez a Palacio, le envió otro para que lo acompañara y lo protegiera.

Dados el creciente atraso de Colombia en infraestructura y la evidente imposibilidad de que haya cambios en el Ministerio, ya que estamos en Cuaresma habrá que esperar a que Andrés Uriel haga un acto de contrición y reflexione sobre si a punto de caminos vecinales el país puede enfrentar los retos de un mercado globalizado.

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