Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1996/12/30 00:00

EL INQUILINO

Un joven de 17 años asesinó al hijo de sus arrendadores y luego fingió un secuestro para tratar de cobrar rescate por el niño.

EL INQUILINO

Las campanas de las iglesias de Popayán repicaron al unísono a las 12 en punto del viernes pasado. La ciudad estaba de luto. Por sus calles desfilaban, como en las procesiones de Semana Santa, cientos de escolares acompañados de sus padres portando banderas blancas. Sólo se escuchaba el eco de un coro que no paraba de repetir: ¡Justicia! ¡jJusticia! ¡Justicia!... No era para menos. Un pequeño de apenas siete años, hijo de una humilde familia, había sido asesinado brutalmente por un adolescente de 17 años. Los payaneses no entendían cómo había ocurrido un hecho tan atroz en su ciudad. Por eso pedían a gritos la pena de muerte para el culpable del homicidio, que a esa hora confesaba su delito ante las autoridades.La cruel historia había comenzado el lunes 25 a las ocho de la mañana. El pequeño acompañaba a su madre, Susana, como lo hacía todos los días, en la tienda que habían montado en la sala de su casa. De un momento para otro el niño desapareció. Doña Susana primero lo buscó en su casa, luego recorrió varias calles a la redonda, pero su búsqueda fue infructuosa. Al finalizar el día el matrimonio Alvarez Ortega no tenía noticia alguna de su hijo."Pasamos la noche en vela. No entendíamos qué había pasado. El martes a las 10:30 quedamos paralizados cuando el teléfono sonó", relató con voz apesadumbrada uno de los tíos del pequeño Alvarez Ortega. Al otro lado de la línea una voz chillona exigía 10 millones de pesos por la liberación del niño. Y sentenció que si el dinero no era entregado de inmediato ocurriría una tragedia.La familia Alvarez quedó estupefacta. Ellos apenas tenían una tienda con la que sostenían su humilde hogar y la cifra exigida por el secuestrador era imposible de conseguir. Ese día el hombre llamó en cuatro oportunidades para exigir el pago del rescate. En la última llamada le dijo a los Alvarez que pronto recibirían una prueba de supervivencia del pequeño. "El tipo dijo que fuéramos a la cancha de fútbol del polideportivo que está ubicado a unas pocas cuadras de la casa y debajo de una piedra nos dejaría la sudadera que ese día tenía puesta el niño. Corrimos para allá y no encontramos nada", señaló el tío.El miércoles 27 el secuestrador volvió a comunicarse. En esa oportunidad le dijo a la familia Alvarez que las condiciones habían cambiado. Que si le entregaban tres millones de pesos dejaba en libertad al niño. Tenían que meter el dinero en una bolsa y dejarla en una de las cestas de basura de la cancha de fútbol del polideportivo. "Nosotros decidimos que a cambio de la plata le escribiríamos una carta exigiéndole una prueba de que el niño estaba vivo. Pero desde ese momento no volvimos a tener comunicación", agregó el tío del pequeño Alvarez.El resto de la historia es más que trágica: el jueves 28, a las cuatro de la mañana, de nuevo timbró el teléfono en la casa de los Alvarez. Don Alejandro, el padre del pequeño, recibió la comunicación. La voz del hombre que había llamado desde el martes le dijo que en la puerta de su casa acababa de dejar al pequeño. Todos corrieron al encuentro del niño. Pero la escena fue macabra. En una bolsa de plástico estaba su cadáver. Había sido maltratado y estrangulado. Horas después el dictamen médico demostró que su muerte había ocurrido tres días antes.Frente a la indignación de la ciudadanía, la Policía desplegó un amplio operativo en busca del asesino. Cinco horas después fue capturado Alexander Mafla Rojas. Un joven de 17 años. Inquilino desde hacía cuatro años de los Alvarez. Doce horas después el adolescente confesó el crimen y contó que había asesinado al pequeño ese mismo lunes 25 cuando le pidió que lo dejara jugar en su Nintendo. Fríamente reconoció que ocultó el cadaver durante tres días debajo de su cama

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