Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/07/17 00:00

El inquisidor

A punta de clientelismo, habilidad política y sentido de la oportunidad Javier Cáceres ha acumulado suficiente poder para arrinconar al gobierno.

El inquisidor

El jueves de la semana pasada, durante la fiesta en el Castillo de San Felipe con la que Andrés Pastrana agasajó a los mandatarios y a las delegaciones que asistieron a la cumbre del Grupo de Rio, un dirigente local se acercó a conversar de manera informal con el Presidente. En medio de la charla salió a relucir el tema del senador cartagenero Javier Cáceres, las denuncias que ha hecho y que han estremecido al gobierno. Resulta irónico el hecho de que se encontraban justo en un lugar que Cáceres conoce como la palma de su mano. Trabajó de planta en el Castillo, uno de los sitios donde desarrolló su carrera como guía turístico. El dirigente terminó la charla informal con un clásico apunte costeño: “Contrátelo —le dijo al Presidente— para que se autoinvestigue y así lo meten preso”.

Aunque al Presidente el chiste no le hizo gracia, lo cierto es que para muchos cartageneros el espontáneo conversador dio en el clavo. Por un lado exaltó la capacidad del senador para sacar a la luz escándalos, por el otro insinuó que Cáceres también tiene rabo de paja.

Este senador, a la vez villano y paladín contra la corrupción, ha hecho honor a la máxima napoleónica que reza: “Que hablen bien o mal, pero que hablen”. El locutor Fernando Marimón, uno de sus mejores amigos, cuando lo presenta en sus espacios radiales dice: “Va a hablar la voz del pueblo y la voz del pueblo es la voz de Dios, va a hablar Javier Cáceres… ”.



El fenómeno Cáceres

La política en Cartagena gira alrededor del renovado Parque Bolívar. En ese céntrico lugar del Distrito, en uno de cuyos costados queda el Concejo y muy cerca la Gobernación, se encuentran bajo las palmeras lustrabotas, vendedores ambulantes, ancianos que juegan ajedrez o matan el tiempo acompañados por el ruido de fondo de cuatro fuentes de agua. Pero los auténticos colonizadores de este sitio, los que le roban protagonismo a la figura ecuestre del Libertador Simón Bolívar, son otros. “Allí llegan los ‘politólogos’, que son los varados amigos de los políticos, que se la pasan hablando todo el día de política”, le dijo a SEMANA un abogado cartagenero que no quiso ser identificado. La comidilla diaria durante las últimas dos semanas han sido las denuncias de Cáceres contra los directivos de la campaña regional de Pastrana por su relación con la cuestionada compañía Dragacol.

En ese escenario Cáceres ha vuelto a ocupar un espacio que siente propio como ningún otro y que conoció muy bien durante los períodos que estuvo como concejal de la ciudad. “Ese era mi comando, me quedaba ahí al aire libre o en un café cercano. Atendía a la gente de siete de la mañana a seis de la tarde los jueves, viernes, sábados y lunes”, cuenta con tono nostálgico.

Algunos de sus contradictores lo tildan de populista. Pero eso no parece afectarlo. Es más, se diría que se siente cómodo haciendo este tipo de cosas. No obstante sostiene que ya no es lo mismo que antes porque las denuncias que ha hecho lo han obligado a cambiar su vida y no puede exponerse tanto. Además siente cierta intranquilidad desde que William García, amigo personal y candidato suyo al Concejo, fue secuestrado en extrañas circunstancias. García ya fue liberado, según le dijo el propio Cáceres a SEMANA.

En realidad su vida personal y política es una sucesión de giros de 180 grados que lo han llevado del barrio San Francisco, un sector pobre de Cartagena levantado sobre un antiguo basurero, al Congreso de la República, en el corazón del poder del país. Su historia personal es pintoresca y de tanto repetirla los cartageneros está adquiriendo ribetes de leyenda.

Cáceres fue uno más de siete hijos en un hogar humilde, decidido a sobrevivir por medio del rebusque. Así fue como vivió un tiempo de gamín, embolador o vendedor en diferentes partes de la región. “Para vivir yo le tiraba carreta a las personas, les decía que mi mamá se había muerto, que mi papá vivía con otra mujer y me pegaba mucho y que por eso me había ido. Y la gente me ponía a hacer cosas, limpiar el jardín, y me pagaban. Luego regresé a la casa a los 16 años y me dediqué a estudiar para guía. Duré 10 años de guía”, recuerda Cáceres.

En esta actividad lo descubrieron los caciques políticos cartageneros. Uno de ellos, Alvaro Benedetti, fue quien lo metió de lleno en ese mundo. A los 24 años fue suplente de un diputado del grupo de Benedetti en la Asamblea de Bolívar. Benedetti llegó a ser presidente de la Cámara de Representantes y fue vinculado al proceso 8.000, sindicado de recibir dineros del cartel de Cali durante su campaña para el Congreso.



Corralito de piedra

¿Cómo llegó Javier Cáceres a convertirse en uno de los protagonistas de la historia reciente de Cartagena? La capital de Bolívar es una ciudad excluyente. “Las murallas y el Corralito de Piedra no son sólo un espacio físico”, dice el concejal Nicolás Pareja. En una sociedad dominada por los habitantes de sólo cuatro barrios la única manera de ascender, sostiene Pareja, “es hacer política. Cáceres no sería un personaje si no se hubiera metido en política”.

En este campo el hoy senador alzó vuelo con rapidez. Primero fue suplente de Benedetti en el Concejo y cuando éste fue elegido a la Cámara de Representantes, lo cual era permitido por la vieja Constitución, asumió como principal. En ese puesto se consolidó hasta tener el poder suficiente para hacerse elegir como cabeza de una lista propia. El Concejo fue su escuela y su catapulta política. “El Concejo de Cartagena es una escuela en el más amplio de los sentidos. Ahí se aprende de todo”, dice un cartagenero raizal.

En cuestión de años Cáceres logró codearse con los caciques tradicionales del Distrito y del departamento. Incluso hay quienes sostienen, con la condición de permanecer en el anonimato, que el senador es “un lugarteniente que aprendió las mañas de las grandes familias, las mejoró y ahora las desplazó”.

En el Concejo Cáceres armó mayorías y obtuvo la presidencia del mismo. Para mantener el control dicen que se apoyó en sus colegas Alberto Barbosa, José María Imbett y Alfonso Anaya Lorduy. Este grupo fue denominado en la ciudad, aunque Cáceres dice que nunca se enteró de este mote y que no cree que sea cierto, “los cuatro jinetes del Apocalipsis”.

Como presidente del Concejo dirigió la sesión del 10 de diciembre de 1996 que definió el título del proyecto de acuerdo “por el cual se dictan normas específicas para el proyecto integrado de Chambacú y se derogan normas anteriores”.

Esa participación activa del concejal Cáceres en la destinación de los terrenos de Chambacú es una de las cuentas de cobro que le pasan hoy en día sus contradictores políticos de Cartagena. “¿Por qué Cáceres nunca habla de Chambacú?”, dicen.

Como buen político tradicional, el concejal Cáceres ha tenido claro que la política se hace con puestos. Es por ello que gracias a su talento y a sus buenas relaciones poco a poco se fue convirtiendo en uno de los caciques electorales de la ciudad. Su principal fortín burocrático fue la Contraloría Distrital, que manejó durante casi una década.

Dos de los contralores que estuvieron en esta época, Mauricio Portnoy y Evaristo Ujueta, están siendo investigados por la justicia. Hoy el senador dice: “No tengo un puesto, cuando fui concejal sí, siempre lo he dicho. No tengo ningún poder en el municipio ni en el departamento”.



Poder relativo

En 1998 Javier Cáceres dio un salto descomunal del Concejo de Cartagena al Senado de la República. Pese a que era un cacique local su elección fue muy sorpresiva. Nadie daba un peso por ella, teniendo en cuenta que su candidato al Concejo había obtenido sólo 2.573 votos. En cualquier caso, a la hora decisiva, fue respaldado por más de 20.000 votos, la mayoría de los cuales estuvo concentrada en la comuna dos, una de las más populares de la ciudad.

Entonces respaldaba a Pastrana y por eso llama tanto la atención el que se haya convertido en el más duro contradictor del gobierno. ¿Qué lo llevó a tomar esa decisión? Para el gobierno el asunto es más sencillo de lo que parece: todo fue cuestión de puestos.

Al parecer Cáceres aspiraba a que el gobierno designara en la Dian a uno de sus recomendados políticos. Así lo denunció en el propio Senado el ex secretario general de la Presidencia Juan Hernández cuando Cáceres le hizo un debate por la adjudicación de varios contratos millonarios a una empresa de la familia de su esposa.

Pero más allá de los intereses que pueden estar moviendo a Cáceres, lo que no se puede desconocer es que este ex boxeador y lustrabotas se ha convertido en figura de la política costeña, en “uno de los duros” del Partido Liberal.

El fin de semana pasado se reunió por segunda vez con Juan José García (esposo de la senadora Piedad Zucardi), Nidia Turbay (esposa de José Félix Turbay, vinculado al proceso 8.000) y Alberto Bernal (concejal y presidente del directorio liberal de la ciudad), para sentar las bases de un acuerdo que permita elegir un candidato único del liberalismo a la Alcaldía.

En este momento hay seis posibles candidatos y a Cáceres le gustan dos en particular: Carlos Díaz, ex concejal que además cuenta con el apoyo de Juan Manuel Santos, y Alberto Barbosa, concejal y amigo del alma suyo. “Queremos que se haga una consulta, de eso es de lo que se ha hablado. Es muy difícil que en la ciudad se elija un alcalde conservador. Cartagena es una ciudad liberal”, dice Cáceres.

La idea es que quien resulte elegido sea apoyado por los otros dos y enfrente al conservador Miguel Navas y a la ex concejal Judith Pinedo, que se lanzó esta semana como independiente. Hay quienes sostienen en Cartagena que las denuncias de Cáceres más que apuntarle al presidente Pastrana, por quien dice que siente mucho afecto personal, estaban dirigidas al corazón de Navas, su rival político. Y que, sin duda, logró su propósito con la caída de la popularidad de Navas. Pero puso en jaque a un rey para matar a un peón.

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