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| 7/10/1995 12:00:00 AM

EL JEFE NATURAL

Durante 20 años Gilberto Rodriguez Orejuela consolidó un liderazgo que todos en el cartel de Cali habían aprendido a reconocer y a respetar.

LA SUYA NO ERA UNA JEFAtura impuesta a sangre y fuego. Tampoco era un liderazgo jerárquico ejercido desde la cima de una pirámide. La suya era, si se quiere, la fuerza tranquila de un hombre a quien -a diferencia de Pablo Escobar en el cartel de Medellín-le tenían más respeto que temor.
Tal como sucede en los partidos políticos, en los que por encima de caciques y directorios siempre emerge la figura de un patriarca que aconseja y orienta, en el cartel de Cali también había un jefe histórico y natural llamado Gilberto Rodríguez Orejuela.
Por esa razón, Rodríguez siempre era escuchado por los casi 3.000 grandes y pequeños narcotrafieantes que componen la organización, y sus planteamientos eran acatados sin vacilaciones. Así, hace tres años, cuando por primera vez se habló de su posible sometimiento a la justicia, Rodríguez convocó a una cumbre clandestina a la que asistieron más de mil personas. En ella impartió dos órdenes terminantes. La primera, que había que evitar que una escalada de violencia -generada por el dinero fácil obtenido por personas recien llegadas al negocio asolara a la región, porque si ello sucedía el cartel perdería las simpatías que había despertado en el Valle del Cauca y porque además estaba convencido de que eso desencadenaría una respuesta del Estado cóntra la cual, hasta ahora, ninguna organización criminal por poderosa que fuera le había ganado una guerra. Y la segunda, que en caso de que llegaran a abrirse las puertas para una negociación de él y de su familia con la Justicia, los demás narcos tendrían que trasladar sus laboratorios y pistas de aterrizaje fuera del Valle del Cauca. En dicha reunión el cabecilla del cartel dijo que no iba a soportar más que cualquier cosa que ocurriera en el occidente del país se la achacaran a él y a su familia.
A pesar de que el comienzo de su carrera delictiva fue violento -su primera aparición pública fue en 1969 cuando las autoridades lo señalaron como integrante de una banda conocida como 'Los Chemas', que había secuestrado a dos ciudadanos suizos- Gilberto Rodríguez no tardó en darse cuenta de que el verdadero poder podía alcanzarse concentrando los esfuerzos, más que en crear una organización militar, en establecer una red de banqueros y abogados que se dedicaran a limpiar su dinero y sus delitos.
Pero cuando fue necesario, Rodríguez también fue un hombre de guerra, cuya organización acudió al sicariato y hasta al terrorismo, especialmente para enfrentar a su enemigo mortal Pablo Escobar. Sin embargo, a diferencia de éste, Rodríguez evitó militarizarse, y por el contrario acudió a una alianza estratégica con los enemigos del jefe del cartel de Medellín. Se alió entonces con los miembros de algunas instituciones del Estado encargadas de perseguir a los terroristas de Medellín, y con grupos paramilitares del Magdalena Medio y la Costa.

EL HOMBRE DEL BUEN CONSEJO
Así, Rodríguez hizo casi todo bien: lo absolvieron en sus procesos, lavó grandes cantidades de dinero, consiguió amigos influyentes en diversas esferas estatales, aceitó a punta de dinero una maquinaria de apoyo político que le permitió dictar más de un artículo en la ley penal, y logró que lo quisieran en su tierra. Y contrario a lo que Pablo Escobar había hecho al convertirse en un tirano que reprimía a sus subalternos a punta de terror, Rodríguez fue entonces el hombre del buen consejo y la cabeza fría a la hora indicada.
Pero cometió un grave error, el que a la postre produjo el desenlace del viernes pasado. Creyó que su alianza con sectores institucionales en contra del cartel de Medellín se convertiría en estructural y que ello, combinado con el respaldo de sus amigos políticos, lo llevaría a obtener el perdón y olvido por parte de la Justicia. Y quizás lo habría conseguido si los hombres que manejaban las instituciones con quienes hizo la alianza hubieran permanecido en sus cargos. Sin embargo, los cambios que se dieron en las autoridades policiales y judiciales dieron al traste con la idea de Rodríguez de cobrar a su favor la ayuda prestada para acabar con Escobar.
Rodríguez no tuvo en cuenta que al morir Escobar las presiones internas, y sobre todo las externas, sobre las autoridades colombianas iban a obligar a la fuerza pública a volcarse sobre Cali. Cuando se preparaba para un arreglo jurídico, lo que se le vino encima fue una enorme ofensiva policial, mientras él y su hermano Miguel alegaban públicamente que les debían respetar lo que llamaban reciprocidad por la colaboración que ellos creían haber prestado entre 1990 y 1993 en la guerra contra Escobar.
Semejante error de cálculo produjo la paradójica escena del viernes en la tarde: Gilberto Rodríguez Orejuela, el hombre considerado por las revistas internacionales de negocios como una de las 10 personas más ricas del mundo; el hombre señalado por las agencias antidrogas de E.U. como el jefe de una organización que controla el envío del 80 por ciento de la cocaína que ingresa anualmente a Norteamérica; en fin, el hombre más buscado del mundo, había caído en manos de las autoridades apenas tres meses después de iniciada su búsqueda. Y lo habían cazado escondido. sin protección, en una caleta en la que apenas si podía respirar. Era la prueba de que incluso en un país tan desinstitucionalizado como Colombia, cuando un Estado asume la decisión política de perseguir a un criminal, los días de gloria de éste están terminados.
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