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| 1/19/2008 12:00:00 AM

El juego de Chávez

La intervención del Presidente venezolano en el conflicto colombiano tiene dos motores: aplicar una solución centroamericana a Colombia y cobrarle el 'portazo' a Uribe.

La noche del jueves 10 de enero, Hugo Chávez se fue a dormir con el mundo a sus pies. Después de la debacle de la irónicamente llamada 'Operación Emmanuel', las Farc por fin le habían cumplido al liberar a dos secuestrados. Las imágenes de las recién liberadas en Caracas, al frente del Palacio de Miraflores, estaban dando la vuelta al mundo. Los efusivos agradecimientos de Consuelo González y Clara Rojas al Presidente venezolano por su gestión humanitaria eran reproducidos por todos los medios: "un demócrata, un humanitario". Gobiernos europeos y latinoamericanos elogiaban el esfuerzo de Chávez. Hasta el mandatario colombiano, Álvaro Uribe, quien en noviembre lo había tildado de expansionista, reconoció no una sino cuatro veces la labor del jefe de Estado venezolano. Chávez parecía estar a las puertas de su redención como un intermediario extraordinaire.

El viernes 11 de enero, en palabras de la escritora colombiana Laura Restrepo, el mandatario se hizo el "autogol más patético" que se haya visto. Ese día, ante la Asamblea Nacional, anunció su decisión de darle un estatus político a las Farc y el ELN y promover su reconocimiento como fuerzas beligerantes. En cuestión de horas, los mismos medios y gobiernos que antes lo habían ensalzado ahora buscaban la manera más expedita para distanciarse de la propuesta del líder bolivariano. Ni en Francia -el país más interesado en el intercambio-, ni en Ecuador -el otro vecino colombiano más afectado por las Farc y aliado chavista-, ni en Argentina -cuya Presidenta se había jugado su prestigio local sumándose al show del final del año en Villavicencio- tuvo eco la iniciativa de darle un espaldarazo bolivariano a las Farc.

No es la primera vez que Chávez se ha pifiado en su cálculo geopolítico. En octubre de 2006, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, dijo que George W. Bush era el "diablo". Una frase que generó el aplauso de los más radicales antigringos y anti-imperialistas -muchos de los mismos grupos que consideran a la guerrilla colombiana una fuerza legítima-, pero que le costó los votos de los países que Venezuela necesitaba para que fuera elegida al Consejo de Seguridad.

Al igual que entonces, no hay señales de que Chávez esté dispuesto a recoger sus palabras. Eso quedó más que confirmado el jueves pasado, cuando la Asamblea Nacional en Caracas apoyó la decisión de darle estatus político a la guerrilla colombiana.

Que el Presidente venezolano siga empeñado en seguir por ese camino polémico en medio de un amplio rechazo internacional, e incluso de varios sectores en su país, ha generado múltiples interrogantes sobre sus motivaciones. Hay interpretaciones para todos los gustos e ideologías. Desde los que le creen cuando dice que su único objetivo es la liberación de los secuestrados y la paz en Colombia, hasta los que consideran que todo es parte de un plan maquiavélico para expandir su revolución bolivariana. Y otros, para quienes toda la alharaca de Chávez es sólo una cortina de humo para desviar la atención de sus graves problemas internos. La respuesta, como suele ocurrir en el mundo real, es una combinación de todos los anteriores.

Aunque parezca inverosímil, hay razones de peso para que Chávez se preocupe por la situación de Colombia. Como lo dijo a SEMANA una ex funcionaria chavista, el conflicto colombiano es el único que persiste en América Latina. Lleva medio siglo y afecta a sus vecinos, como lo reconoció la misma Cancillería colombiana en su comunicado del miércoles pasado. Ninguna guerra en la región se resolvió sólo con bala, dicen. En todas hubo una negociación política.

Dada esta experiencia histórica, Chávez cree que la única solución es un diálogo entre el Estado colombiano y la guerrilla. Y el primer requisito para que esto se pueda dar es que las Farc y el ELN dejen de ser consideradas organizaciones terroristas, una calificación que los chavistas consideran un invento de Washington que no aplica en América Latina. Es entendible que Chávez no comparta la llamada guerra contra el terrorismo liderado por Bush y menos sus desviaciones como la invasión a Irak. Una posición que comparten, obviamente, las Farc. Tal vez por tener esa convicción profunda, el Presidente venezolano no midió el impacto de su solicitud pública.

Como lo dijo el congresista norteamericano Jim McGovern a SEMANA, logró exactamente lo contrario: ningún país de la Unión Europea ni latinoamericano con pretensiones de ser considerado una potencia del primer mundo -Brasil, Argentina, México- le jalaría ir en contravía de una política antiterrorista que se construyó sobre las ruinas de las torres gemelas. Una política que está apoyada en la Resolución 1373 del 28 de septiembre de 2001 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y que es de obligatorio cumplimiento para todos los países. En los meses subsiguientes tanto Estados Unidos como la Unión Europea incluyeron a las Farc y al ELN como organizaciones terroristas.

Y aunque hubo júbilo en varios países por la liberación de Clara y Consuelo, no es posible cambiar esa percepción de la noche a la mañana. Por eso es diciente que la Asamblea Nacional venezolana le hubiera dado más importancia a la otra solicitud de Chávez: respaldar la petición de darle un carácter beligerante a la guerrilla colombiana.

Aunque esta petición es la que más ansiedad generó en Colombia, según los chavistas es apenas otro requisito sine quan non para una negociación de paz. Para Chávez prima mucho su interpretación de las experiencias tanto del Frente de Liberación Farabundo Martí (Fmln) en El Salvador como del Frente Sandinista para la Liberación Nacional en Nicaragua. Ambas guerrillas lograron ser reconocidas como fuerzas beligerantes en los años 80. Para el círculo chavista, según consultó SEMANA en círculos políticos de Venezuela, allí está el trazado que llevaría a Colombia a la tierra prometida. Son tantos su entusiasmo y su nostalgia por los procesos de paz de Centroamérica, que hasta está pensando en convocar un Grupo de Contadora, modelo 2008. El Grupo de Contadora, del cual formó parte Colombia, jugó un papel importante en promover una solución negociada en Nicaragua y El Salvador.

Pero esa visión chavista, que ha sido acogida por la senadora Piedad Córdoba, tiene varias dificultades para ser aplicada a la Colombia de hoy. Para empezar, cuando se les otorgó beligerancia al Fmln y al Fsln, esas guerrillas luchaban contra dictaduras, controlaban claramente un porción de territorio y representaban a una porción de la población. Y el reconocimiento otorgado tuvo consecuencias radicalmente diferentes: cuando Francia y México apoyaron de frente al Fmln en agosto de 1981, pensaban que el conflicto estaba en su punto final. Se equivocaron: la guerra duró hasta 1989. En el caso de Nicaragua, el respaldo del Pacto Andino al Fsln fue otorgado apenas un mes antes de la victoria sandinista.

Pero posiblemente lo que más ha cambiado desde entonces son las reglas de la guerra o, en otras palabras, lo que la comunidad internacional considera un comportamiento aceptable de grupos armados ilegales. Y allí, las Farc se rajan de pies a cabeza. Como curiosamente lo reconoce hoy el mismo Chávez, quien en los últimos días ha intensificado su condena al secuestro como método de lucha.

Para muchos colombianos y opositores venezolanos, toda esa carreta pacifista de Chávez es apenas eso: 'carreta'. La presencia de las Farc en Venezuela ha sido documentada y demostrada (por ejemplo, Rodrigo Granda). Lo que hizo Chávez con su discurso fue reconocer lo que era un secreto a voces, legalizar de alguna manera una situación irregular. Para algunos analistas, incluso, el interés del Presidente venezolano apunta hacia las elecciones presidenciales de Colombia en 2010. Estaría buscando generar las condiciones para apoyar un candidato afín como ya lo hizo en Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Perú. Aunque en un principio los chavistas pensaban que ese líder podría salir del Polo Democrático Alternativo, ahora las apuestas están por los lados de la senadora Córdoba. Desde su perspectiva, ella representa lo mejor de la oposición colombiana, aunque esa aspiración parezca un exabrupto, dadas las negativas reacciones que ha generado en la opinión pública la actuación de Piedad en estos días.

Desde cuando Hugo Chávez asumió la presidencia de Venezuela en 1999, el Gobierno colombiano siempre lo miró de reojo, tanto por su simpatía con las Farc, como por sus ideales bolivarianos. Sin embargo, hasta agosto de 2007, esa ambición chavista había sido contenida. Con algunos incidentes graves, pero dentro de una relación de cordialidad. Incluso se habló mucho de una química personal entre Uribe y Chávez. Esa relación entre esos dos polos opuestos ideológicos les había servido a ambos países: por algo se multiplicó el comercio y la inversión. Y aunque según una ex funcionaria chavista, a Venezuela le preocupaba el conflicto, había confianza en Uribe.

Pero cuando el Presidente colombiano invitó a su colega venezolano a participar en las gestiones humanitarias, se trastocó esa delicada balanza. Chocaron los intereses fundamentales de los dos mandatarios: la seguridad democrática del colombiano y la expansión de la revolución bolivariana del venezolano. Chávez comprendió rápidamente que con esa mediación podría proyectarse no sólo en la región, sino en Europa (Francia) y hasta en Estados Unidos. Y cuando Uribe se dio cuenta de que esa mediación podría oxigenar demasiado a las Farc, decidió cortar por lo sano. Pero ya era tarde.

En Venezuela, tanto chavistas como opositores coinciden en que el actual malestar entre los dos gobiernos se debe a que Chávez sigue ofendido con Uribe. No le perdona que lo hubiera sacado a los trancazos de su mediación. Y que cada acción mediática -la 'Operación Emmanuel' con Oliver Stone incluido, el himno colombiano en Miraflores y las declaraciones destempladas contra Colombia- busca cobrarle a Uribe esa afrenta.

Algunos analistas dicen que toda esta pelotera busca distraer la atención de los problemas internos. "Es huir hacia adelante para evadir su responsabilidad y refugiarse en propósitos de mayor envergadura, explica el analista político Ángel Oropeza, de la Universidad Simón Bolívar. Si estoy enfrentado al mayor imperio de la tierra, o dedicado a resolver el tema de la paz en Colombia, no pueden reclamarme que arregle los huecos, o resuelva los problemas de una escuela o de un hospital".

Pero los dividendos para Chávez. no parecen tan claros y, de hecho, podrían perjudicarlo. "Ese vínculo turbio que él revela con las Farc aquí ha caído pésimo, incluso entre sus propios partidarios. Las Farc no gozan de mucha simpatía en este país. Son tan poco simpáticas como en Colombia, más ahora que se ha revelado el trato que les dan a los secuestrados", le dijo a SEMANA el dirigente opositor Teodoro Petkoff, director del diario Tal Cual.
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