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| 9/7/2013 1:00:00 AM

El karma del vandalismo

Los reclamos legítimos de los campesinos terminaron opacados por la violencia desatada por unos cuantos que destruyeron lo que encontraron a su paso. Lo peor es que nada indica que esa forma de actuar vaya a desaparecer.

La mañana del 29 de agosto, la ola de protestas campesinas alcanzó a Bogotá. Miles de personas colmaron la Plaza de Bolívar y algunos capitalinos solidarios asistieron con la ruana puesta. La manifestación arrancó con carteles y arengas y parecía pacífica. 

Pero al mediodía, el escenario cambió. Algunos jóvenes ajenos al movimiento empezaron a retar a los policías, primero verbalmente y luego con piedras y empellones, y desataron una batalla campal. Las escenas del gas lacrimógeno, las piedras y los miembros del Esmad arrinconados contra el atrio de la Catedral Primada e impotentes ante la furia de los vándalos circularon en los medios. Los violentos no huyeron sin antes destrozar una estación de TransMilenio. Al final, la plaza quedó vacía.

Las protestas llevan semanas en varias regiones, pero la metamorfosis de la Plaza de Bolívar se repite como si fuera un karma. El vandalismo nada tiene que ver con la razón de ser de la manifestación pública, y sin embargo, la agresividad de pocos termina por afectar negativamente los objetivos legítimos de muchos. Salir a la calle se convierte en un sinónimo de tirar piedra y boicotear. ¿Qué queda al final? No los reclamos de los manifestantes sino los daños materiales, psicológicos y sociales causados por los vándalos.

Estos parecían desconectados de los motivos de la manifestación, y aunque se entregaron a la violencia sin un objetivo claro, arrastraron a algunos de los manifestantes campesinos a seguir sus pasos. Los choques dejaron 89 heridos, algunos por golpes de piedras, otros por asfixia. Los excesos no vinieron solo de los manifestantes sino también de los antimotines. Al final, la Policía capturó a 14 personas y el alcalde Gustavo Petro decretó el toque de queda en varios sectores.

Todo ello plantea la pregunta de si esa es la única forma viable para expresar el inconformismo social o económico en Colombia. No lo es. Las manifestaciones multitudinarias del movimiento estudiantil de 2011 demostraron que es posible salir a la calle y hacer reclamos de otra manera. Cientos de miles de estudiantes salieron a protestar de forma pacífica en el segundo semestre de ese año y demostraron que así, con absoluta legitimación y sin violencia, se pueden alcanzar grandes cosas.

Pero como quedó demostrado en días pasados, la actitud de esos estudiantes fue excepcional, y lo común en la historia reciente del país han sido los disturbios de la semana antepasada. Basta pensar en las protestas contra TransMilenio de marzo de 2012, que sumieron a Bogotá en el caos y dejaron daños millonarios y varios heridos; o en los disturbios de la Universidad Nacional de 2008 tras la aprobación del estatuto estudiantil. O en la escena, triste pero cada vez más cotidiana, de hinchas de fútbol rompiendo lo que se les atraviesa cuando están camino al estadio.

Cuando los ánimos se caldean, cuando algunos instigan y otros están dispuestos a seguir y levantar una espiral de agresiones, el vandalismo gana la batalla. Los sociólogos y antropólogos coinciden en que se trata de un problema complejo, que abarca de todo: fallas del Estado, rasgos culturales, mecánica de grupos, ideas políticas y, como siempre, dramas personales.

Las razones del vandalismo están arraigadas en la cultura. Y muchas veces, más allá de los instigadores e infiltrados, la violencia surge porque algunos piensan que hay una causa justa para desfogarse. Según la nueva Encuesta de Cultura Ciudadana del centro de pensamiento Corpovisionarios, hoy cuatro de cada diez bogotanos desobedecerían la ley si consideraran que es la única manera de luchar contra una injusticia. Y uno de cada diez justifica la violencia en este caso. Esto equivale a 80.000 personas, la mayoría hombres entre los 14 y 25 años.

Una pregunta clave es si el vandalismo debe ser un delito autónomo castigado con penas que vayan más allá de los daños en cosa ajena. Es tan difícil definirlo que los expertos no se atreven a generalizar, pues dependiendo de razones tan subjetivas como la posición política o los intereses personales alguien puede decir hasta que un grafiti artístico es vandálico. 

Hay algunos como el antropólogo Eduardo Restrepo, de la Universidad Javeriana, que lo considera un término “peyorativo”, que puede ser manipulado políticamente para legitimar la represión. Rubén Darío Ramírez, del Centro de Estudios Convivencia y Seguridad, considera que quienes caen en el vandalismo son “inconformes”, que eligen la violencia por razones políticas o ideológicas.

Según la experta Sayra Aldana, uno de los problemas es que nadie considera propio el espacio público y que las autoridades no lo hacen respetar porque tampoco tienen esa conciencia. Algunas capas marginales de la población sienten que al destruir ese espacio se están vengando de un Estado opresor, a lo que se une la percepción de que la autoridad es incapaz de reprimirlos. En otros países –casi todas las naciones democráticas sufren vandalismo– se judicializa a los responsables, se aplican multas y, en caso de maltrato físico o asesinato, se castiga con cárcel.

En Colombia no es así. La Policía difundió la semana pasada un afiche con fotos de 48 vándalos, pero solo diez han aparecido. Aunque capturó a 648 personas y 93 están en prisión provisional, nada garantiza que serán castigados, pues es raro que los vándalos sean condenados. Incluso en casos que han terminado en homicidios, la Justicia ha parecido estar paralizada. 

En agosto de 2000, un encapuchado lanzó una papa bomba que estalló en la cabeza de un patrullero y lo mató. Muchos colombianos recuerdan las imágenes de los noticieros, pero pocos saben que el responsable –un profesor de un colegio de Soacha– anduvo libre durante 12 años, hasta que el año pasado la Policía lo capturó. 

El castigo podría ayudar, pero estaría lejos de ser la única solución. Detrás de las capuchas se esconden historias de frustración y mentes con un gran potencial que no quieren conocer otra forma para expresarse que la violencia. 

La psicología y la sociología se baten desde hace tiempo sobre la pregunta de si es posible pensar que lo que pasa con la psiquis de una persona le sucede también al espíritu de un pueblo. Quien creció en la violencia será violento, dice la sabiduría popular. Ojalá no sea este el destino de Colombia. 
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