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| 2/12/2006 12:00:00 AM

El Katrina colombiano

Este año ha sido lluvioso y el drama de los ríos regresa. En gran medida las causas son controlables. ¿Hasta cuándo se repetirá la tragedia?

Tal vez Fox News y CNN no le dediquen más de 10 segundos al día a la tragedia invernal que vive Colombia. Tal vez ningún experto mida la velocidad de los vientos ni cada minuto haga predicciones acerca de la posible ruta que va a seguir una enorme nube con forma de espiral. Pero el resultado es el mismo. Vastas extensiones de cultivo inundadas, miles de casas destruidas, decenas de miles de damnificados que lo han perdido todo. Al cierre de esta edición, en 20 departamentos se sentían los efectos de las inundaciones y los deslizamientos. Las cifras de la Cruz Roja y la Defensa Civil son alarmantes: 70 muertos. Sin hablar, claro está, de los daños materiales imposibles de evaluar y de las decenas de miles de familias que lo perdieron todo y padecen de hambre y de miedo. Una tragedia recorre el país: 36 muertos y 20 desaparecidos en un deslizamiento en Bello, al norte de Medellín; emergencia de la región de La Mojana, Sucre, se calculan 10.000 damnificados, 6.000 hectáreas de cultivo destruidas y, de seguir el ritmo de lluvias, unos 300.000 damnificados antes de terminar el año. El Magdalena Medio está en estado de alerta porque en cualquier momento se desborda el río; en los Llanos los deslizamientos han provocado derrumbes que tienen bloqueadas varias carreteras; en Buenaventura, además de fuertes lluvias, también ha habido vendavales. En Santander 87 municipios se declararon en alerta y la carretera Barrancabermeja-Bucaramanga estuvo bloqueada. Un trágico final para un año que había comenzado mal, pues en la temporada de lluvias de febrero a mayo murieron 120 personas, otras tantas resultaron heridas y 100 resultaron damnificadas. Una tragedia que apenas comienza porque el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) pronostica que en noviembre y diciembre seguirán las lluvias. Como suele suceder, las posibilidades de los organismos del Estado resultan insuficientes y por esa razón el propio presidente Álvaro Uribe hizo un llamado de solidaridad a los colombianos. Sin embargo, estas medidas, aunque alivian de manera temporal las angustias inmediatas de los damnificados que reciben las ayudas humanitarias, resultan a todas luces insuficientes porque las causas de estas tragedias son ante todo ambientales. No basta con consolarse porque en esta ocasión se trate de un año un poco o bastante más lluvioso que el anterior. En gran parte, la tragedia humanitaria es consecuencia del pésimo manejo ambiental que históricamente se le ha dado al país. La destrucción de páramos y bosques andinos ha alterado los sistemas de regulación de quebradas y pequeños tributarios de los grandes ríos del país. Páramos y bosques andinos cuentan con sistemas de regulación de agua: acumulan los excedentes de las temporadas de lluvia, que mantienen los caudales cuando llegan las estaciones secas. Cuando la capa vegetal desaparece, la lluvia se lleva los suelos (lo que empobrece la tierra) y los sedimentos llegan a los ríos, que se colmatan y pierden su profundidad natural, lo que incrementa el riesgo de inundación cuando llegan las lluvias torrenciales. En las tierras bajas la desecación de ciénagas y de los caños que las conectan con los ríos ha alterado este complejo sistema de regulación del agua. Al interrumpirse el circuito, los ríos se desbordan e inundan amplias extensiones de tierras planas. Pero el principal problema que se debe resolver, y de manera inmediata, es el de centenares de miles de colombianos obligados a vivir en zonas de riesgo. Reconstruir los ecosistemas de Colombia es una tarea que, de emprenderse, ocuparía a varias generaciones. Pero una reforma agraria responsable y solidaria podría ayudar en gran medida a que los pobres, si bien sigan en la pobreza, al menos vivan en lugares seguros y no se pongan en riesgo inminente cada vez que en Colombia empieza a llover.
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