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| 5/5/2003 12:00:00 AM

El laberinto del escritor

Gabriel García Márquez es objeto de críticas por su silencio ante las recientes condenas en Cuba.

Gabriel Garcia Marquez, el escritor vivo más importante del mundo, resume las razones de su oficio con una frase demoledora: "Escribo para que mis amigos me quieran más". Con semejante confesión de afaecto sus amigos saben que pueden contar con él incondicionalmente. En las buenas y en las malas. Esa certeza la cultiva el presidente de Cuba, Fidel Castro, hoy blanco de muchos intelectuales que lo censuran por los recientes encarcelamientos de disidentes y el sumario fusilamiento de tres ciudadanos que secuestraron un barco y mantuvieron a sus ocupantes como rehenes. Debido a su silencio ante estos hechos Gabo pasó a ser objeto de las críticas de algunas de las voces más respetadas del mundo. Por si fuera poco, ha sido dibujado en caricaturas de influyentes diarios de Estados Unidos, en los que lo pintan dándole gracias a Fidel por los favores recibidos, como la casa que el escritor usa en La Habana. Gabo no apoya a Fidel por un simple interés material, que en realidad no necesita, sino por amistad pura y sincera, algo que no tiene precio. Entre los dos cultivan una relación que se remonta a muchos años atrás, cuando el comandante recién había derrocado a Fulgencio Batista, junto a un puñado de barbudos mal armados, y el escritor era apenas un entusiasta periodista que tenía en borrador una novela corta: El coronel no tiene quien le escriba. En aquel entonces Gabo despertaba el interés de una reducida crítica especializada por su obra La hojarasca, recién editada. Y Fidel encantaba al mundo con un proyecto lleno de romanticismo. Gabo entró con un fervor inusitado a trabajar a la agencia oficial de Cuba Prensa Latina. En sus viajes a la isla empezó a frecuentar a Fidel en citas que trascendían la política. Conversaban hasta el amanecer como buenos hombres caribes, intercambiaban historias de América Latina y se refugiaban en la pesca como dos compadres. Son cuatro décadas de amistad en las que uno se inmortalizó con la literatura y el otro con el poder de la política. Nada los ha separado. Esos lazos de afecto son los que hoy tienen al premio Nobel acosado como tal vez en ningún momento antes le había ocurrido. La semana pasada la posición de Gabo se complicó porque varios de los escritores e intelectuales que siempre se mostraron leales a Fidel tomaron distancia. En algunos casos se trató de una crítica prudente y en otros de la separación definitiva. El premio Nobel José Saramago, el escritor uruguayo Eduardo Galeano, el cineasta español Pedro Almodóvar y el cantante brasileño Caetano Veloso son apenas algunas de la más respetadas voces que se levantaron para exigirle a Fidel un cambio en su actitud con los opositores. "Cuba no ha ganado ninguna heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones", escribió Saramago. "Basta ya de escudarse en las atrocidades del enemigo para cometer impunemente las propias", sentenció un influyente grupo de destacados artistas e intelectuales de España. Pero el asunto realmente alcanzó a Gabo en lo personal con las críticas que Susan Sontag le lanzó desde su exposición en la Feria del Libro de Bogotá: "Admiro a García Márquez como un gran escritor, pero no me parece correcto que guarde silencio ante lo que está ocurriendo en Cuba", dijo la escritora estadounidense, considerada como una de las principales opositoras a la política exterior de su país. Creo que su obligación como gran escritor es salir a la palestra. No puedo excusarlo por no hablar. El valor de su voz pudo ayudar a muchos individuos que luchan, agregó. Pero me pregunto: ¿qué va a decir Gabriel García Márquez? Temo que mi respuesta es: no va a decir nada". Gabo sintió el golpe y rompió su silencio para decir que estaba en contra de la pena de muerte "en cualquier lugar, motivo o circunstancia". Reveló que él ha ayudado durante 20 años a salir de Cuba a numerosos presos, disidentes y conspiradores. "Muchos de ellos no lo saben, y con los que lo saben me basta para la tranquilidad de mi conciencia", añadió. El mensaje de Gabo, sin embargo, fue utilizado por varios medios que escribieron que el colombiano se sumaba al grupo de intelectuales que se distanciaron de Cuba. Entonces de nuevo tuvo que reaccionar: "Algunos medios de comunicación están manipulando y tergiversando mi respuesta a Susan Sontag para que parezca contraria a la revolución cubana. Este es un indicio más de que las muchas declaraciones sobre la situación cubana -aun de buena fe- pueden estar aportando y aun magnificando datos que Estados Unidos necesita para justificar una invasión a Cuba". Ante la explicación de Gabo el escritor peruano Mario Vargas Llosa, también estrella de la Feria del Libro de Bogotá, se fue en su contra lanza en ristre: "Es un escritor cortesano de Fidel Castro, al que la dictadura muestra como una coartada en el campo intelectual, y él se ha acomodado hasta ahora muy bien con todos los abusos, los atropellos a los derechos humanos que ha cometido la dictadura cubana, diciendo que en secreto él consigue la liberación de algunos prisioneros políticos. Sí, seguramente ocurre eso. Sabemos que Fidel Castro regala a sus cortesanos presos políticos de vez en cuando. A él le parece que eso le lava la conciencia; a mí más bien me parece una declaración de un cinismo repugnante". Las palabras de Vargas Llosa tuvieron gran resonancia pero al cierre de esta edición Gabo había guardado silencio sobre el virulento ataque. Pero lo cierto es que Gabo no está solo en su apoyo a la revolución cubana. La semana pasada se conoció un manifiesto firmado por 165 intelectuales, entre ellos cuatro premios Nobel, que denuncia el acoso a que está siendo sometida La Habana, lo que tras la aplastante invasión a Irak es una señal peligrosa. Más allá de cualquier reacción Castro sabe que en el autor de Cien años de soledad siempre va a encontrar un aliado, un amigo incondicional. Una amistad que proviene desde cuando eran felices e indocumentados y que aún alimentan con todo el fervor hoy, cuando ambos viven los años dorados de la vejez.
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