Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/06/02 00:00

El lento regreso

Aracataca recibió a García Márquez como si se tratara de una estrella de rock, del mismísimo Papa. Un día imposible de olvidar para quienes estuvieron allí.

El lento regreso

Eran las 2:58 de la tarde. Veintitrés años, cinco meses y 20 días después de su última visita oficial a Aracataca, el Tren Amarillo que traía desde Santa Marta a Gabriel García Márquez y a su comitiva se detuvo frente a la minúscula estación que había sido desbordada por una multitud imposible de calcular.

Un tren amarillo que hacía a la inversa el trayecto de la canción El testamento, de su gran amigo Rafael Escalona, un tren que daba vueltas en la cabeza del escritor desde cuando era el reportero estrella del diario El Espectador y estaba a punto de publicar La hojarasca, su primera novela. En 1954, el poeta Arturo Camacho Ramírez lo invitó a Cuál es su hobby, un programa de la emisora Hjck, y en él García Márquez le habló del presagio del tren amarillo, “algo así como un tren de juguete construido mentalmente con todas las cosas inútiles. Un tren que tarde o temprano ha de llevarnos al país de la buena suerte”.

Un tren que interrumpió por varias horas la operación de los trenes carboníferos que van de la Jagua de Ibirico a Santa Marta y que tantos dolores de cabeza les causan a los habitantes de Aracataca.

Era un día perfecto para que se hiciera realidad la premonición del tren amarillo que llevaba a García Márquez a su país de la buena suerte, el que inspiró gran parte de su obra literaria. Aquel miércoles 30 de mayo se celebraban 40 años de la primera edición de Cien años de soledad, que publicó Editorial Suramericana en Buenos Aires, Argentina.

Los cataqueros lo esperaban desde hacía horas con pancartas, voladores, equilibristas, la música de bandas en vivo que se mezclaba con la que salía de enormes parlantes y hasta una exposición de pintura en la sala de espera de la estación. Exposición que tuvieron que desmontar a las carreras para salvar los cuadros de la estampida de la gente.

Era un recibimiento que, en tercera persona y no la propia, el propio Gabriel García Márquez, gran amigo de los presagios, ya había descrito en 1962 en su cuento Los funerales de la Mama Grande: “Calvo y rechoncho, el anciano y enfermo Presidente de la República desfiló frente a los ojos atónitos de las muchedumbres que lo habían investido sin conocerlo y que sólo ahora podían dar testimonio verídico de su existencia”.

El viaje había comenzado casi a las 11 de la mañana en las instalaciones de la Sociedad Portuaria de Santa Marta, en el extremo norte de la bahía. El Tren Amarillo, que en realidad era gris metálico y azul, lo componían la 1047 (antigua 747) una locomotora diesel-eléctrica Babcock & Wilcox fabricada en Bilbao en 1969 que utilizan para trabajos de mantenimiento, y tres vagones que habían traído en tractomulas desde Medellín y que habían llegado a las 2 de la madrugada de aquel día.

El verdadero alboroto comenzó hacia las 10:30, cuando el escritor y su comitiva de amigos-guardaespaldas (“la guardia amarilla”, como la denominó el director de cine Salvo Basile, uno de sus miembros) llegaron en una buseta verde al enorme patio del puerto donde se descargan los containers. Allí lo esperaban periodistas, músicos, funcionarios del puerto y de los ferrocarriles...

Al salir del puerto, trabajadores y maestros que estaban en la jornada de protesta les gritaban a los periodistas “¡vendidos!, ¡sapos!”, mientras lanzaban consignas contra Uribe, la Ley de Transferencias y el Plan de Desarrollo.

Pero las consignas no llegaban al vagón del Nobel, donde sólo se oían las voces de las señoras que les contaban a sus amigas por celular que estaban “ajá, con Gabito, en el tren par’ Acataca” y la música del Trío Nueva Generación. El whisky Old Parr, la cerveza, butifarras, chicharrones, envueltos y empanadas hacían un poco más soportable el calor.
Salir de Santa Marta en taxi o en buseta es una cosa, y en tren, otra muy distinta. El tren amarillo avanzaba a unos 10 kilómetros por hora bajo el calor inclemente de una mañana de bochorno. El trayecto entre el puerto y el aeropuerto, que en taxi toma unos 10 ó 15 minutos, el tren lo cubrió en una hora y media. Una caravana de motos, ciclistas y uno que otro carro de los noticieros acompañó el paquidérmico avance del convoy por las avenidas paralelas al ferrocarril.

Los periodistas que no lograron colarse al atosigado vagón central donde era imposible moverse, viajaban en el delantero y trataban de al menos asomar la cabeza para tomarle una foto al homenajeado.

Pero lo lindo pasaba allá afuera. Niños de los colegios, familias enteras, ancianos, habitantes de los barrios de desplazados que invadieron el corredor férreo, empleados de hoteles, todos saludaban con pañuelos, banderas de Colombia y con sus sonrisas el paso del tren, que anunciaba el comienzo de un servicio regular de pasajeros entre La Dorada y Santa Marta, que Andrés Uriel Gallego, ministro de Transporte, anunció para finales de 2007.

A las 12:10, luego de haber dado un largo rodeo por detrás de los cerros que dominan a Santa Marta, el tren llegó a Pozos Colorados y reapareció la brisa marina que tanta falta hacía.

En una corta parada a la entrada del aeropuerto, García Márquez se asomó por la ventana, momento que registró el enjambre de fotógrafos y camarógrafos. Poco después el tren dejó atrás la zona turística del sur de Santa Marta y comenzó a tomar velocidad. Acababa de entrar a la zona bananera, donde centenares de personas con papayeras y tamboras, con disfraces, banderas y pancartas, esperaban el paso de García Márquez. En caseríos, en pasos a nivel; en Orihueca, en Sevilla, donde el tren se detuvo 10 minutos y García Márquez se asomó por la ventanilla para saludar a la gente que estaba enloquecida por la emoción y gritaba “¡Gabito, Gabito, que se asome, que se asome!”.

A partir de ese momento la locomotora redujo la velocidad. El riesgo de que atropellara a alguien era alto, pues a lado y lado de la vía corrían los niños, pasaban bicicletas, burros, vacas...

Lo que nadie advirtió es que, dos kilómetros al sur de Sevilla, el tren pasó de largo junto al ramal Macondo, una de las tantas derivaciones ferroviarias que les permitían a los vagones y locomotoras entrar a las plantaciones en los años 20.

Cuando el tren por fin se detuvo en Aracataca era tal la cantidad de gente al borde de la histeria, que García Márquez tuvo que esperar varios minutos para tocar, por fin, el suelo de su pueblo natal. No era fácil tomar la decisión. Sin embargo, él la asumió. Y al ver su figura en la portezuela del vagón, los habitantes de Aracataca, que han nacido y crecido con la historia mil veces contada de que gracias a García Márquez su pueblo es conocido en todo el mundo, entraron en un éxtasis colectivo que rayaba con lo sobrenatural. Era un espectáculo macondiano, como repetían una y otra vez todas y cada una de las personas de la comitiva. Pero también era un espectáculo rollingstoniano, maradoniano, wojtyliano. Puro fervor mariano.

Bajó con dificultad del vagón. Vestido de blanco, con el pelo canoso y una tonsura como de santo de la Edad Media, avanzaba por la trocha que le abría un primer cinturón de soldados que lo protegía como si se tratara de una imagen religiosa. Les sonreía a todos, les tocaba las puntas de sus dedos, y dejaba ver que lo embargaba una emoción infinita.

Tal vez en ese momento García Márquez pudo comprobar en el terreno, más allá de las adulaciones retóricas que tanto se repiten, que su fama es la que sólo alcanzan cada siglo dos o tres pensadores que desbordan las fronteras propias de sus vidas y obra para convertirse en un ícono universal. Como Albert Einstein o Ernesto Che Guevara.
Todos se comportaran como si a Aracataca hubiera llegado el mismísimo Papa. El papamóvil (en este caso un gabomóvil) era un coche tirado por un caballo, desde el cual García Márquez y su esposa saludaban a la gente apostada en las calles como si se tratara de la reina Isabel II el día de su jubileo real.

La romería recorrió las calles del pueblo que unen la estación con el parque central. Unas dos cuadras más atrás, un cortejo menos numeroso, pero igual de entusiasta, acompañaba al maestro Rafael Escalona. A medida que avanzaba, la bulla se hacía más insoportable. Una mezcolanza de música a la que se agregaban gritos. Si lo que quería García Márquez era recorrer las calles de su pueblo para volver a ver casas y calles, y rememorar nombres y anécdotas, aquel Aracataca desbordado debió parecerle uno de los sitios del mundo más ajenos a sus recuerdos.

En el parque principal habían instalado una tarima con músicos, niños disfrazados como personajes y alegorías de sus novelas. La Policía intentaba controlar a la gente para que no cruzaran unas barreras. Pero fue en vano. Todos ellos, muchos de ellos desde hacía ni idea cuántas horas se quedaron esperando porque García Márquez no pudo llegar hasta la tarima. Era demasiado tumulto y demasiados decibeles juntos. Era pedirle demasiado a un hombre de 80 años que desde hace 40 está más allá del bien y del mal.

El regreso de García Márquez a su pueblo terminó a unas 10 cuadras de allí, más allá de la línea del ferrocarril y de la carretera Santa Marta-Bucaramanga, en un colegio que lleva su nombre. Almorzó a las 4 de la tarde, atosigado por cámaras y micrófonos que no lo dejaron ni un segundo en paz. Hacia las 5 pasadas, cuando los negros nubarrones que cubrían la Sierra Nevada de Santa Marta se acercaban más y más a Aracataca, Gabriel García Márquez se montó en un bus con vidrios polarizados que lo llevó de regreso a Santa Marta. Un bus que nadie salió a la carretera a saludar.

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