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| 9/9/2017 10:15:00 PM

“El liderazgo en Colombia es hoy personalista”

El experto Álvaro Forero hace una radiografía sobre el efecto de la crisis de los partidos, la corrupción y el fin del conflicto en el surgimiento de nuevos líderes en el país.

SEMANA: La apatía de la sociedad civil y la crisis de la política permiten pensar que hay una crisis de liderazgo en el país. ¿Es así?

ÁLVARO FORERO: Parece, pero en realidad es un exceso de liderazgo individual y una ausencia de liderazgo colectivo. Definiría la crisis como una crisis de confianza, en parte porque los liderazgos preponderantes son divisivos: los de Uribe y Santos. Sin embargo, ese tipo de liderazgos tienen una vida limitada y en Colombia esos dos ya están debilitándose: Santos con bajos niveles de confianza y Uribe bajando bruscamente según las últimas encuestas.

SEMANA: Además de divisivos, ¿qué otro elemento caracteriza a esos liderazgos? ¿Por qué generan tantas tensiones políticas?

A.F.: Porque son liderazgos enfrentados. Un liderazgo de cambio hacia adelante y otro de cambio hacia atrás. Uno reformista y otro retardatario. Uno que tiene como bandera la esperanza de abandonar una historia trágica y otro el temor de dar un paso al vacío.

SEMANA: De los liderazgos se espera que generen consensos, pero usted dice que pueden ser polarizantes. ¿Cómo lo explica?

A.F.: El liderazgo es un instrumento de cambio, y muchas veces el cambio no puede hacerse por consenso porque implica desafiar el statu quo. Por ejemplo, los liderazgos que en Colombia condujeron al fin del conflicto alimentaron otros liderazgos reactivos. Y es que tendemos a creer que solo hay liderazgo cuando se crean consensos, pero en el mundo de hoy hay pocos que los crean. El del papa, por ejemplo, es uno de ellos. Pero, aun así, el radicalismo hace que algunos lo descalifiquen por cuenta de su compromiso con la igualdad, el medioambiente y con la paz negociada. Entre los presidentes, muy pocos de los poderosos generan consensos internos. Putin, de mano dura, es uno de ellos.

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SEMANA: En una reciente columna en SEMANA, María Jimena Duzán calificó a la colombiana como una “sociedad bloqueada” por cuenta de la falta de liderazgos políticos e institucionales y de una sociedad civil pasiva. ¿Cuál es su percepción?

A.F.: No sería tan drástico. Creo que en Colombia pueden estar surgiendo liderazgos transformadores. Solo a nivel electoral existe la posibilidad de que gane un candidato con la bandera anticorrupción, y esta lucha sería profundamente transformadora en un sistema clientelista y capturado por la corrupción. Hace siete años, cuando Antanas Mockus líderó la ola verde sin las maquinarias tradicionales, comenzó a vislumbrarse que el país estaba esperando nuevas formas de liderazgo.

En cuanto a la coyuntura, los liderazgos y las emociones políticas están pasando del odio a las Farc al odio a los corruptos, y en la política colombiana de los últimos años las emociones han sido determinantes en las elecciones.

SEMANA: Colombia es un país de personalismos. Se habla del santismo, del uribismo, el vargasllerismo… ¿Cómo se asocian los personalismos al liderazgo?

A.F.: En América Latina los liderazgos tienden a desembocar en caudillismo y populismo. Hasta hace poco el caso de Colombia había sido diferente. Después de las malas experiencias con el populismo de Gaitán y Laureano, que desembocaron en violencia, el país recurrió al institucionalismo para prevenir el caudillismo y populismos personalistas. Esa tradición, en la que ganaban los partidos y no los candidatos, duró más de 40 años. Sin embargo, se rompió cuando Uribe derrotó al bipartidismo y privilegió el personalismo. Después de su gestión, el Partido de la U se conformó en 2005 con el único propósito de reelegirlo. El país regresó al personalismo y la polarización radical de los años cuarenta. En todo caso, la personalización es un fenómeno mundial, consecuencia del desgaste del modelo económico global y su efecto sobre la democracia. En Francia, Macron derrumbó a los partidos y Trump los capturó. Las redes sociales y el desencanto con la política favorecen los personalismos sobre los partidos.

SEMANA: ¿A qué fenómeno de la historia política colombiana asocia la polarización y personalización actuales?

A.F.: Las tensiones políticas de hoy se parecen mucho a las que se dieron cuando Laureano Gómez trató de frenar las reformas modernizantes de López Pumarejo. No sabemos si para responder a estas tensiones en 2018 vendrá un gobierno antipolarizante y antipartidos, o si más adelante se dará una tregua de corte frentenacionalista. Lo que es claro es que al establecimiento mismo no le conviene esta radicalización. En el caso de los empresarios, esta ha afectado gravemente el clima de negocios.

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SEMANA: ¿Qué tipo de liderazgos se necesitan para sacar adelante las reformas que el país necesita?

A.F.: En el tema puntual de la reforma a la justicia el que representa la imposición de una rama del poder sobre otra, de los políticos sobre los jueces. Estos consideran que esa es una venganza por haber capturado, quitado la investidura y destituido a cientos de exministros, parlamentarios, alcaldes y gobernadores.

Esa confrontación solo se resolverá con liderazgo colectivo que represente las dos ramas y al Ejecutivo. Hasta la paz se pudo hacer con liderazgos divisivos y en medio de tensiones, pero las reformas institucionales de fondo, como una constituyente, solo funcionan si son de consenso. La pregunta es cómo y cuándo surgirá en el país un liderazgo colectivo. No lo tengo claro.

SEMANA: En medio de tantos escándalos de corrupción, la sociedad civil se manifiesta poco. ¿Cuál es la razón de esa apatía?

A.F.: La política ha tenido monopolizada la agenda pública porque la radicalización no deja espacio para voces moderadas. Así mismo, el conflicto no permitió el surgimiento de una sociedad civil activa durante décadas. Pero hay síntomas de que la sociedad civil va a aumentar la participación. Paros responsables y exitosos como los de Quibdó o el aumento en las consultas populares son prueba de ello. La misma explosión de candidatos presidenciales, obligados a hacer coaliciones para sobrevivir, es una muestra de que con el fin del conflicto hay un descongelamiento político que podría incentivar la llegada de nuevos liderazgos.

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SEMANA: Hay una sensación colectiva de que tocamos fondo, y de que la política colombiana es un desastre. ¿Eso se debe a la falta de liderazgos colectivos?

A.F.: El sistema político está en una transición. Vivió de un factor de legitimación que era el conflicto, y este está desapareciendo. El mejor ejemplo es el Partido de la U: surgió y logró ser el más votado gracias a la bandera anti-Farc. Desaparecida la guerrilla se quedó sin bandera, sin candidato presidencial y está en riesgo de desaparecer. El fin de la guerra, sin duda, generará una transformación democrática. Los discursos y los temas de campaña nunca serán los mismos.

SEMANA: La lucha contra la corrupción se perfila como el tema alrededor del que girará la campaña presidencial. ¿Qué tipo de liderazgos se necesitan para que ese tema vaya más allá de los lugares comunes y argumentos electorales?

A.F.: Por su complejidad y la indignación que generan las denuncias, el tema de la lucha contra la corrupción se presta para el populismo. Más aún cuando todos los políticos tratan de subirse en ese bus. La gente sabrá, sin embargo, quienes tienen las manos limpias y no lavadas. Mientras el uribismo trató de tomarse esa bandera con una marcha que no le funcionó, los verdes han sido más estratégicos al convocar firmatones y consultas.

SEMANA: Que existan 30 candidatos presidenciales, ¿es reflejo de mucho o poco liderazgo político?

A.F.: Hace 15 años Colombia era bipartidista. Hasta hace poco, multipartidista. Ahora personalista. Sin embargo, la multiplicidad de candidatos es reflejo de nuevos liderazgos, aunque aún incipientes.

SEMANA: Sorprende que algunos de  los candidatos que tienen más posibilidades en las encuestas, también tienen una imagen negativa alta. Desde la perspectiva del liderazgo, ¿cómo se combinan los factores de imagen e intención de voto?

A.F.: En sistemas muy competitivos, de alto fraccionamiento, la imagen negativa deja de ser un obstáculo para ser elegido. De otra parte, la imagen favorable no necesariamente se convierte en intención de voto. Trump ganó con más imagen negativa que positiva. En escenarios polarizados, los políticos radicales tienen mayores condiciones a favor y sus posibilidades dependen poco de la imagen y más de su viabilidad.

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