Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1989/02/13 00:00

EL MAESTRO

Como homenaje al ex presidente Darío Echandía, cuya vida se está extinguiendo en Ibagué, SEMANA publica el magistral perfil escrito por Juan Lozano en 1943.

EL MAESTRO

Veo un sensible y plausible progreso en el ambiente pero el hombre es el mismo, al través de los años y los lustros. Aquí está Dario Echandia en casa propia, y en casa señorial por cierto. No hay fausto, pero hay gusto; cada cosa en esta residencia es la expresión de un modo de pensar y de sentir la vida, una proyección exterior de la personalidad.
Filas de libros y más filas de libros, que se levantan hasta el techo y que van invadiendo las habitaciones, como el agua que se filtra en una mina.
Reproducciones de cuadros clásicos desde los primitivos umbríos hasta la madurez floremina; viejas estampas; lámparas venecianas; porcelanas, cobres, cueros, encajes; retratos de filósofos y artistas. Presidiéndolo todo, una preciosa copia antigua de la Venus de Médicis, tibia y áurea casi, con esa vitalidad peculiar que la pálina del tiempo imprime al mármol latino. En medio de ese ambiente humanista se muve con propiedad y gentileza la esposa de Echandía, doña Emilia Arciniegas, rubia, pálida y fina, con un delicado toque prerrafaelista en la faz suavemente angulosa.

Y aqui está Dario Echandía, departiendo con su coterráneo, amigo y compañero de siempre, Alejandro Bernate Echandía, primer vicepresidente de Colombia, ministro de gobierno, ex embajador ante el Vaticano, ex candidato a la presidencia, ex presidente del Senado, ex presidente de la dirección liberal, titular y antiguo titular, a los cuarenta y cinco años de su vida, de cuanta posición de brillo y de responsabilidad exista en el país. La vida lo ha empujado hacia arriba, hacia los puestos que la ambicion codicia y que raramente consigue, teniendo, en el caso de Echandia, que vencer difícilmente su inercia y su retraimiento. Aquí está Darío Echandía, con su casa, lejos de la oficina y la política y el gobierno, rodeado d lo que es auténticamente suyo; y tal como era, sólo que en un ambiente más amplio, hace diez años y hace veinticinco años. Los honores han crecido a su rededor, su vida interna, que es su vida verdadera, sigue idéntica a sí misma, y su modo de ser no se desvía ni modifica.

Habla y acciona en un modo peculiar, que a las gentes que no conocen la pequeña aldea patricia del Chaparral, aparece original, pero que es la manera usual de expresarse en ese rincón escondido de la patria. Tiene el mismo dejo tolimense de siempre; el mismo encogimiento; las mismas peculiaridades de expresión de su tierra; ello, después de varios años de tajinar con otros idioma, con otros hombres, con otros usos, en el vasto mundo. En la conversación familiar no dive "para", sino "pa" como buen hijo de la llanura, que no desdice de su origen. Permanece casi indiferente a los hechos, a los hechos palpitantes y urgentes que caen directa y oficialmente bajo su jurisdicción; y de ellos sólo le interesa su aspecto fenomenológico, dentro de una concepción general del mundo, que le es propia, fiel como es a su vocación de humanista. Sólo en cuanto la conversación roza con la implicación ideal o humana de los hechos presentes, toma Echandía una apasionado interés en ellos. Entonces, hoy como ayer, Echandía deja su habitual apaltía se levanta de su asiento, pasea como un león enjaulado por la sala; alza la voz, discute, manotea, lanza espontáneamente su culminación polémica; se exalia en nombre y representación de Kant, de Santo Tomás de Aquino de Hegel, de Leonardo, de los Padres de la Iglesia.

Es el mismo Darío Echandia de siempre, a quien ninguna circunstancia exterior remueve de su posición original ante la vida y el universo. El hombre que no da las cosas por sentadas, sino que refiere las insignificancias y también las tragedias de la actualidad, a los principios generales del pensamiento filosófico. Yo lo recuerdo hace veinticinco y más años, como condiscípulo suyo en el Colegio del Rosario, y a él especialmente liga do por vinculos de coterraneidad, de afinidad espiritual y política, de amistad familiar., y aun de vecindad urbana. Debimos hacer por años un largo trecho de calles, del centro de la ciudad a San Diego, dos veces de ida y dos veces de vuelta, cada día. Desde entonces empezó este diálogo sobre el mundo y sobre la patria, que en un fragmento reciente e infinitesimal, se reproduce en seguida. Dario Echandía, fulgurante estudiante, iba un poco adelante de mi en el orden de los estudios; llegó a ser colegial y por ello pasante, y tuvo el privilegio de habitar en pieza separada cuando fue alumno interno. Esa celda, un poco monástica, era como el germen pobrisimo de su casa de ahora. Libros y más libros; retratos de filósofos y poetas y pintores, recortados de los periódicos, y prendidos con goma en las paredes. En las horas libres en ese ambiente se amodorraba Echandía ante los hechos de la rutina escolar, y se levantaba y se paseaba como un tigre en cuanto se mencionara a Santo Tomás de Aquino, el ángel de las escuelas, cuya ala agitaba sobre nosotros Monseñor Carrasquilla. Muy más delgado que ahora, con la fisonomia incipiente de los jóvenes; y con los pantalones altos, angostos, tubulares y transversalmente arrugados, creación de un afamado sastre chaparraluno .

Todo había progresado un poco, diez o doce años después, cuando Echandía, juez o ex juez, habitaba hacia 1930 en el Holel del Pacifico, frénte al Colegio del Rosario, una pieza bastante amplia, que tenía, a guisa de muebles, una alta estantería de madera sin barnizar, a todo el rededor; una cama de sirvienta, que parecía una hamaca según se rebullia al sentarse uno en el borde; y un taburete, eno cuyo espaldar unos pantalones mejores que los de marras, pero que todavía dejaban mucho que desear, permitían que los tirantes barriecen el suelo. No sabia entonces Dario Echandía, ni sospechaba, ni habria creído si se,lo hubiesen dicho, ni lo habría deseado si se lo hubiesen sugerido, la ola de buenos éxitos que montaba por esos pantalones arriba.
Echandía leía acostado casi todo el día; y así recibía a los pocos amigos que íbamos a visitarlos sólo se levantaba, amarrándose angustiosamente los calzones del piyama, y paseándose como un felino por la pieza, cuando la conversación rozaba con la filosofía peripatética o con la escultura clásica, o con la pintura florentina.

El actual presidente López era por entonces (1932), jefe del liberalismo y autorizado por alguna convención para nombrar directiva, y debiendo ausentarse en breve tiempo, al constituir el cuerpo asesor, incluyó en él a Echandía y a mí. Con buen acuerdo político, no pensaba López que debía perjudicarse la legalidad del triunfo liberal, y su estabilidad futura, en aquellos días de estreno del poder y de perspectivas inciertas, con la modificación revolucionaria de la constitución, efectuada por una constituyente ad hoc que muchos pedían; sino que creía que la constitución del 86 debía reformarse por el procedimiento en ella previsto; actitud contraria diametralmente a la que adoptó diez años más tarde con relación a los esatutos del partido. López envió a la nueva directiva un mensaje en aquel sentido. Pero los marxistas de la dirección liberal, sin consultar con los liberales, como el maestro Luis Zea Uribe y yo, en vez de obrar en consecuencia con quien los había nombrado, resolvieron consultar el punto, en forma de plebiscito, con los directorios departamentales. No sólo hicieron eso, sino que también enviaron contemporáneamente con la consulta oficial, una carta particular en que indicaban a los directorios subalternos la conveniencia y la urgencia de que contestaran que debía provocarse la reunión de la constituyente. Y para esa carta, presentada a la firma entre un legajo de papeles de rutina, recogieron la firma del inocente Echandía; a quien, de resto, se le puede sacar la firma para un pagaré de cincuenta mil pesos, sin que lo note.

Se descubrió el pastel, vino el escándalo, algunos miembros renunciamos aparatosamente. López se puso furioso por la deslealtad de aquel procedimiento; y Echandía quedó consternado, y perdido ante López. Recuerdo que un poco más adelante salíamos de la cátedra de economía política en la Escuela de Derecho, López, que era el titular, yo, que era el substituto, y las numerosas personalidades políticas y financieras que asistían a las conferencias de López.
En ese momento entraba Echandía siempre distraído, a dictar su cátedra, y al topar de manos a boca con López en un corredor, fue tanta su confusión que, sin saludar ni decir palabra, dio media vuelta, y se devolvió a la calle, a paso apresurado. Así empezaron las relaciones de López y Echandía. El presidente, que gusta de lo original, intempestivo e ilógico, nos sorprendió más tarde con el nombramiento de Echandía para ministro de educación nacional, al retirarse el profesor López de Mesa. Pierna arriba del pantalon arrugado de Echandía ha trepado la fortuna política, por más que él se la haya sacudido, como para librarse de un animal incómodo.
Un buen día. colmado de puestos y honores, se le "acabó" un Ministerio. Entonces aspiró de nuevo a ser juez municipal del Chaparral. De esa determinación lo salvó Carlos Loza no al ofrecerle el puesto de secretario de la Comisión Penal, con $120 mensuales. De alli pasó de nuevo a la gran política.

Aquí estamos Echandia y yo, para reanudar el diálogo de una vida. Nos acompañan la señora de Echandía y Alejandro Bernate. Pregunto a Echandía si él fuera rey de Colombia, cosa que no tiene nada de raro, si se, piensa en su carrera; es decir, si pudiera disponer omnímodamente del país, qué haría por el pueblo. Dice Echandía:


"Yo le enseñaría a cada colombiano un oficio. La civilización consiste en una elaboración de agencias de un principio fundamental, de una visión peculiar de la vida, y esas agencias son los oficios. Nosotros tenemos un principio fundamental, de una visión peculiar de la cultura de Occidente: Lo católico, lo clásico, lo liberal. No la podemos desarrollar ni conducir mientras no aprendamos los oficios connominantes. Este circulo de necaje veneciano que está sobre esta mesa es la expresión práctica de una cultura. Es obra anónima, es obre de un pueblo que amó el fausto de la decoración, y que la decoración y su fausto los derivó de una operación sensual y pagana de la vida. Cualquierta que sea el concepto que se tenga sobre la visión veneciana del mundo, es lo cierto que esa visión o cualquiera otra, sería privilegio espiritual de una oligarquía de pensadores y magantes en cuanto no se tradujese en oficios que la interpretaran y desenvolvieran; en cuanto no se tradujese en vida vivida y por la colectividad. Nuestro pueblo no sabe ningún oficio, fuera de los rudimentos de la cultura y el pastoreo. Y los oficios tampoco se aprenden en los libros, ni en clases, por lo menos en su sentimiento; los oficios son cuestión de ambiente, de endósmosis, de estímulo colectivo. El paso revolucionerio que nosotros podríamos dar hacia la creación de una vida más alta, sería la importación de millares de hombres que, sabiendo un oficio, se quedaron sin oficio en Europa después de la guerra. Las leyes de la inmigración se pondráan entonces en vigencia en Colombia, y así se formará una sociedad mejor, después del paso de una gneración".

Hago notar a Echandía el peligro inmediato cierto drástico que una inmigración en masa de gentes capaces representaria para la incipiente capacidad de trabajo del país y Echandía replica:
"Desde luego que los inmigrantes capaces barrerían con nuestro nacionales; los dejarían sin posibilidades de ganarse la vida; pero habría que arriegarse una generación, que, por lo demás, solo cuenta por un minuto en la vidapermanente del pueblo. Pero habría que intentar algo fundamental, en vista del bienestar futuro. ¿Qué son las guerras? ¿Esta guerra del mundo y las guerras civiles del siglo pasado en nuestro país? El sacrificio, bien o mal dirigido, que un pueblo decide hacer de una de sus generaciones en beneficio de las generaciones siguientes. Yo pieso que bien opodríamos intentar nosotros este sacrificio doloroso pero incruento, en vista de crear la civilización en que se prolonga nuestra cultura; de otro modo la cultura es decir, loa democracia, es decir, la moral cristiana, es decir, la inclinación humanística de las clases dirigentes se volverá anémica y desaparecerá."

Hay algo que aclarar en esto del humanismo y de la moral cristiana nombrados a un tiempo con la democracia. El humanismo supone el margen de ocio y los medios pecuniarios aptos al cultivo de la inteligencia, supone también una entera libertad de mente. Lo primero implica la creación de clases oligárquicas, contrarias al concepto democrático de convivencia social lo segundo, pugna con el dogma, que es base de la moral cristiana. Dario Echandía se siente picado en lo vivo de su espiritu de controversia; se levanta de su asiento, pasea, manotea, y trata de explicar su pensamiento:
En primer lugar a fuerza de covivir en una sociedad, los elementos culturales antagónicos se mellan unos con otros, se ajustan, tienden a fundirse; se hacen humanos. Así se han formado diversas civilizaciones, las cuales no nacieron en un fiat, sino que son la interpretación por un pueblo de elemenetos diversos y dispares. Habría que recordar los elementos que entran a la civilización española, por ejemplo: lo romano, lo visigólico, lo arábigo, lo caballeresco, lo renacentista; todo ello invadido, colonizado, permeado por el fanatismo religioso.
Pero en este caso particular, la democracia no pugna con la cultura. Una de las expresiones más típicas de la democracia es la industria, que pone cada día más extensamente y en forma más barata la cultura al alcance del pueblo. Evidentemente había una distancia sideral entre la corte de León X y la vida de las gentes en los burgos vecinos al Vaticano. Ello se debía a que la cultura estaba, si bien en su esplendor intrínseco, en su embrión social; apenas empezaba a convertirse en una civilización popular; no había sido difundida por el concepto político democrático. Esa civilización ha atravesado un largo camino, y llega a su expresión contemporánea en la vida norteamericana. A los Estados Unidos debemos bien pocos conceptos filosóficos, bien pocos principios científicos, bien pocos postulados artísticos; no les debemos una cultura sino una civilización. Pero ¡qué civilización! La civilización de la cual la democracia es el soporte invaluable. La oleografía a muchas planchas reproduce en forma casi perfecta los cuadros de los maestros; y ha llevado a Leonardo a la casa del obrero. El gramófono nos da una versión perfecta de las grandes sinfonías de Beethoven la rotativa y el linotipo editan en millones de ejemplares, a precios ínfimos, las obras de Platón y de Sócrates; el cinematógrafo transporta todos los paisajes del mundo, todas las escenas de la vida, a un telón, por cincuenta centavos. La democracia, fundada en lo económico, en la sociedad anónima y en la posibilidad de la grande industria, es el desarrollo lógico de la cultura, cultura que antes implicó oligarquía. No se opone el refinamiento intelectual a la democracia. Y el concepto cristiano, socialista en su acepción general, de la vida, hace posible el consenso social para la extensión de los privilegios de la cultura y la riqueza".

A quien tan apasionado admirador se muestra de un status económico, el del gran capitalismo y el monstruoso maquinismo, cabria recordarle en qué quedan sus veleidades de izquierda cómo concilia el socialismo con el capitalismo. Echandia dice:

"No es indispensable que el capitalismo y el industrialismo sean de propiedad particular, y sobre todo de propiedad particular incontrolada. Puede haber un capitalismo y un industrialismo de Estado, como sucede en Rusia; aun cuando yo no soy partidario de ese régimen, en cuanto implica un correlativo régimen político, contrario a la inteligencia. Pero puede haberlo. Y, sobre todo, puede y debe haber una vigorosa supervigilancia del Estado sobre la actividad particular, afin de que ningún interés particular se desvie del interés social.
Creado el maquinismo técnico, después de una gestión un tanto arbitraria y aun criminal toca al Estado, que es el apoderado de la sociedad en general, racionalizarlo socialmente; y eso es lo que está sucediendo en el mundo contemporáneo; y ese, aun cuando en plano de minima importancia, es el concepto fundamental que el liberalismo ha traido al poder".

Anotó a Echandía como la intervención, cualesquiera que sean sus méritos o deméritos, es concepto diametralmente contrario al liberalismo; y como él, un intelectual, no puede caer en ese compromiso, y no puede llamarse liberal, siendo socialista o fascista. Le agrego que el intervencionismo tiene que marchar hacia la absorción, o no funciona en medio de una legislación liberal de garantia a los derechos individuales; y que esa absorción lenta o rápida, pero fatal, es el comunismo, que implica un régimen político contrario a los fueros de la inteligencia. Le anoto muchas otras cosas pero Echandía, ya en el apogeo de la dialéctica, no me permite continuar. Y dice:
"El liberalismo tiende a asegurar la libertad, en el sentido de la no opresión. En cuanto cualquier fuerza social, ya provenga de los militares, o del clero, o de una casta racial, o de los sindicatos, o de las fábricas, pretenda desviarse de su función social de servicio, y, de intercambio de servicios, para constituirse en árbitro de condiciones sobre las demás, el Estado liberal tiene que asegurar la libertad de los grupos sociales, y poner cortapisa a la opresión. El capitalismo puede desviarse, como puede desviarse el EJército, y puede hacerse opresor, como ha sido frecuentemente el caso. En ese momento el Estado liberal interviene para impedir un alza inmoderada de precios, o una extorsión del trabajador, o una falsificación en el producto, así como interviene para debelar una conspiración.
Interviene en beneficio de todos, para asegurar la libertad de todos contra la opresión de unos pocos. Y el intervencionismo no tiene por qué marchar hacia el comunismo. Es un régimen político definido, como lo es el comunismo; y precisamente tendiente a impedir las reacciones populares violentas y arbitrarias que proceden de la opresión y que buscan estabilizarse, una vez detentado el poder, en regímenes como el comunismo y el fascismo, edificados sobre la demagogia. El liberalismo es un principio:
el principio que tiene la libertad como punto de referencia. Si el problema del día es el problema clerical, tiende a asegurar la libertad de pensamiento contra la teocracia; y esa fue nuestra lucha del siglo pasado. Si quien oprime es el capitalista, como es el caso presente, toma la defensa de la libertad del consumídor y del obrero. Así se entiende el liberalismo en los Estados Unidos".

Es conducente, o inevitable, hablar de los Estados Unidos. Preguntó a Echandía si ese recorte de la libertad de trabajo y de industria, esa suspensión de la garantía individual para quien se supone que se ha extralimitado peligrosamente en el uso de la libertad, es admisible entre pueblos, y en materias de soberanía. Si una racionalización superestatal no se impone en la liquidación de la guerra; y si en esa suerte de regimentación internacional nosotros no vamos a quedar convertidos, como decía Valencia, en la minúscula rueda de un inmenso engranaje. El problema de nuestras relaciones con los norteamericanos está sobre el tapete. Echandia dice:
"Ha sido una dádiva de la suerte que nosotros seamos vecinos de los Estados Unidos, que son un pías humano, y no de Alemania o del Japón; porque las consecuencias de la vecindad del rico y del pobre, del fuerte y del débil, del civilizado y el atrasado son inevitables. Si nosotros quedáramos cerca de Alemania, habríamos sido invadidos veinte veces, como Bélgica; y en la paz habríamos tenido que sufrir su influencia incontrasable. Estamos cerca de los Estados Unidos, y es fatal que el antiguo concepto de soberanía tenga que sufrir recortes. Ese proceso se ha precipizado con esta guerra, que es de continentes. Cualquiera que sea el resultado de la guerra, aun suponiéndo lo favorable a Alemanía, cosa que hoy está descartada, la liquidación será una delimitación de zonas de influencia; en el peor de los casos, a los Estados Unidos le exigirían que se quedara en este lado, con sus americanos de arriba y de abajo, y que no se metiera en Europa. Nosotros somos una ineviable zona de influencia de los Estados Unidos, y esa circunstancia nos incorporará en actos internacionales que disminuyen nuestra capacidad de acción soberana. Esta es una desgracia o un privilegio, como haber nacido bonito o haber nacido feo. Estamos vinculados a los Estados Unidos, y sobre esa base real e inmodificable debemos orientar nuestra vida nacional.

"Pero yo no creo que sea una desventura esta circunstancia. Los Estados Unidos son un país democrático, que sin dejar de perseguir su beneficio, como es natural, tiene un concepto humano y justo de las relaciones internacionales; son un país del cual podemos aprender muchas cosas, y entre ellas los oficios de que hablaba; son un país cuya prosperidad se refleja naturalmente en su vecindario. Y en cuanto se refiere a la satisfacción espiritual de formar una nacionalidad definida y aparte, nosotros podemos procurár afianzar por la educación constante, por la acción de los dirigentes, por todas las agencias posibles, los valores tradicionales cuya trama constituye nuestra nacionalidad".

Tengo que dejar a Dario Echandía, porque es tarde, y él tiene que asistir al ministerio, aun cuando sea un momento, para firmar. Bernate, que adora a Echandía, se ha mantenido suspenso de su palabra. Salimos.
Echandía ha aterrizado en el automóvil, y nota que el chofer no toma por la vía habitual para ir al ministerio.
Entonces le dice paternalmente: "Ola, mijo, ¿p'onde vamos?". -

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