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| 5/30/2009 12:00:00 AM

"El mal absoluto no puede ser reparado"

Yolande Mukagasana es una tutsi que sobrevivió al genocidio de Ruanda y se convirtió en símbolo de las víctimas de su país. Vino a Colombia para dar su demoledor testimonio.

Hace exactamente 15 años Ruanda estaba convertida en un infierno. En abril de 1994, el horror se desató en su capital. En menos de tres meses los hutus acabaron con una quinta parte de la población de este país africano, a punta de machetes. En total murieron 800.000 y se escribió uno de los capítulos más depravados de la historia de la humanidad. Vecinos mataron a vecinos de toda la vida y otros a sus hermanos. Yolande Mukagasana, de 55 años, estuvo esta semana en Medellín, en el Congreso Internacional de Víctimas, y contó su conmovedora historia.

SEMANA: ¿Quién era Yolande Mukagasana antes del genocidio?

YOLANDE MUKAGASANA: Trabajaba como enfermera en un centro de salud en Kigali, atendiendo a todo el mundo. Allí conocí el amor junto a mi marido y a mis hijos, y la amistad con mis vecinos.

SEMANA: ¿Qué pasó en abril de 1994?

Y.M.: El genocidio no se puede contar, fue el encuentro miles de veces con la muerte. Los que eran mis amigos, mis hermanos, se volvieron el mal absoluto. Para ellos no era un genocidio ni una masacre, era sólo un trabajo más, un deber patriótico. Mis vecinos, mis amigos, incluso un chico al que crié, asesinaron a mi marido, mis hijos, mis hermanos.

SEMANA: ¿Cómo logró sobrevivir?

 Y.M.: Una mujer hutu me escondió 11 días debajo de su fregadero. Después huimos juntas porque un hutu que no mataba tutsis se volvía otro enemigo. Caminamos tres semanas seguidas, descalzas, con ropa que les robábamos a los cadáveres, refugiándonos en casas abandonadas de donde sacábamos cuerpos. Tenía amigos en Bélgica, pero en ese momento no pensaba que la amistad fuera posible .

SEMANA: ¿Cómo reconstruyó su vida después del genocidio?

Y.M.: En Bélgica empecé a trabajar en un ancianato, necesitaba calor humano, quería sentirme útil, ganar mi dinero. Pero renuncié por que no había amor en ese sitio.

SEMANA: ¿Cuándo empezó a escribir?

Y.M.: En 1997 terminé mi primer libro, que empecé a escribir en medio de la matanza, La muerte no quiere de mí. Dos años más tarde saqué No tengas miedo de saber, y en 2001 hice mi tercer libro, Las heridas del silencio, que fue difícil de publicar, pues trato de mostrar los dos lados, el de la víctima y el del victimario. Ahora tengo otros dos libros por publicar que denuncian la culpabilidad y la complicidad de la comunidad internacional en el genocidio.

SEMANA: Usted también tiene una asociación...

Y.M.: Se llama Nyamirambo-Point d'appui, que era el nombre de mi barrio. Empezamos en 1998, ahora trabajamos con huérfanos y mujeres violadas, infectadas por el sida. Además tenemos una escuela para que los jóvenes sepan qué pasó, que no lo vuelvan a repetir.

SEMANA: ¿Cuándo volvió a Ruanda?

Y.M.: Un año después de la masacre volví. Había una mujer que negaba haber matado a decenas de personas y fui a presentar mi testimonio ante la justicia. Ahora voy cada vez que puedo. Sin África, estoy muerta.

SEMANA: ¿Usted adoptó huérfanos también?

Y.M.: Crié 21 huérfanos del genocidio de Ruanda, pero no soy yo quien los hizo vivir, sino ellos a mí, me devolvieron mi estatus de madre. Vivo con tres, los otros ya están grandes, hay uno que hace política en Ruanda y uno que quiere ser cura.

SEMANA: En sus viajes a Ruanda usted vuelve a ver a los victimarios así como a las víctimas. ¿Cómo lo vive?

Y.M.: En Ruanda la gente cohabita en los mismos sitios como si no hubiera pasado nada. Mi hermano se casó con una hutu y el hermano de ella mató a sus propios sobrinos, porque eran mestizos. Es familia, estamos obligados a vivir juntos, a tender la mano al otro. He llorado junto a los supervivientes. También era necesario que viera a los asesinos para entender, para recuperarme, para renovar el vínculo social en este país destrozado. Toca humanizar el genocidio, que no sea algo abstracto de cifras. De todos modos, no vamos a dividir el país en dos, hay que encontrar una solución.

SEMANA: ¿La presencia del Tribunal Penal Internacional para Ruanda (Tpir) le ha significado reparación, justicia?

Y.M.: El mal absoluto no puede ser reparado, nunca me van a devolver a mis hijos. Se pueden reparar las consecuencias, pero no el genocidio. Hay que reparar huérfanos, mujeres con sida, gente que perdió su casa, su tierra. Las soluciones son simples, pero se ha hecho muy poco.

SEMANA: ¿Cómo las víctimas pueden aprender a exorcizar su resentimiento?

Y.M.: Lo primero es ir a ver otras víctimas, sacar toda la tristeza que tienen dentro. Hay que llorar en los brazos de gente que nos entiende, que ha pasado por lo mismo que nosotros. Además, hay que asociarse. No hay que dejar que las cosas se olviden, que las cosas pasen. Nadie más nos va a defender.

SEMANA: ¿Cuál tiene que ser el rol de la justicia en estos casos extremos?

 Y.M.: No hay humanidad sin perdón. No hay perdón sin justicia. Y no hay justicia sin humanidad. Es un círculo básico, la justicia está en medio de todo. Yo no puedo perdonar un crimen en el lugar de la justicia. Se pide, como si fuéramos niños, que perdonemos, cuando el victimario ni siquiera pide perdón.

SEMANA: ¿Cómo puede todavía tener confianza en el género humano?

Y.M.: El asesino quiso poner el odio en mi corazón, pero mientras no lo haya logrado, no ha tocado mi humanidad y perdió.

SEMANA: ¿Cuál es el papel de la memoria?

 Y.M.: Para mí la memoria individual es necesaria, pero destructora. La memoria tiene que ser colectiva, constructiva para que incluso los asesinos empiecen a conmemorarla. Hay que reconstruir el crimen, que se vuelva parte de nuestra historia, para que digamos que eso nunca más puede volver a suceder.

SEMANA: ¿Le tiene miedo a la muerte?

Y.M.: Ya estoy muerta. No le tengo miedo a nada. 
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