Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2009/01/31 00:00

El malabarista

Rodrigo Rivera irrumpió en el uribismo con un 'test' exótico para candidatos presidenciales. ¿Está equivocado de escenario?

Rodrigo Rivera tiene una larga trayectoria política: ha sido presidente de la Cámara, senador y precandidato presidencial

EL DOMINGO PASADO EL Tiempo tituló en primera página "Uribe no iría por reelección". El artículo, citando fuentes anónimas, decía que el Presidente se la iba a jugar por un candidato de unidad y que incluso había elaborado un test para medir la pureza de la sangre uribista de los pretendientes a su trono. El periódico especulaba que el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, y el ex senador liberal Rodrigo Rivera, picaban en punta de aplicarse este examen con rigor. Las cuatro preguntas del test elaborado por Rivera, y a las cuales había que contestar con un rotundo 'No' para ganarse la bendición del actual inquilino de Palacio, son: ¿Aceptaría crear zonas de despeje? ¿Está dispuesto a renunciar al rescate militar de los secuestrados? ¿Reduciría la presencia militar en pueblos y carreteras por razones fiscales? ¿Aplicaría a las Farc un rasero diferente al utilizado con las autodefensas para cualquier proceso de paz?

Más allá del titular -que fue repetido curiosamente por El Colombiano el jueves- y que nadie cree del todo, llamaron la atención dos elementos nuevos: el test y el nombre de Rodrigo Rivera en la primera línea de sucesión.

El test ha generado comentarios de todo tipo, muy pocos favorables. La razón es sencilla: es un insulto a la inteligencia de otros candidatos uribistas, pues trata como niños de colegio a personas que se consideran estadistas. Por esto ninguno quiso contestarlo, ya que su contenido es inocuo.

La opción de un despeje del territorio caducó con el éxito de la Operación 'Jaque'. Es inmensamente impopular y su utilidad práctica quedó desvirtuada con las liberaciones unilaterales de los secuestrados por las Farc.

Sobre el rescate militar hay un consenso casi de Perogrullo; si funciona -como ocurrió con Íngrid Betancourt-, todo el mundo lo apoya. Si fracasa, como es el caso del ex gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria, no es recomendable. Sin embargo, ningún mandatario puede por ley renunciar a perseguir a los delincuentes. Sería como darle una patente de corso al secuestro. Y al igual que el despeje, es un asunto cada vez menos relevante en la coyuntura actual. Algo parecido acontece con el tema de la seguridad de carreteras, que recuerda más la campaña de 2002 que la de 2010. En últimas son disyuntivas ya superadas por los hechos.

En lo que puede haber mayor debate es si a las Farc se les debe aplicar el mismo rasero que el de las autodefensas. La única respuesta responsable es: depende. Ninguna resolución de un conflicto ha sido igual en el mundo. Quedarse con una sola alternativa sería absurdo.

Rivera dice que elaboró el test porque encontró en su reciente gira por 21 capitales que mientras todo el mundo apoya la seguridad democrática como concepto, en los detalles hay grandes diferencias. El debate es válido, pero con el test se trivializó y se volvió objeto de ridículo.

Con sus acercamientos recientes al gobierno y su apoyo a la segunda reelección, Rivera también corre el peligro de perder el prestigio que acumuló en el Partido Liberal, cuando contra todos los pronósticos recibió 550.000 votos en la consulta de 2006. Su partido está inmerso en una fuerte oposición a Uribe y en especial contra la perpetuidad del Presidente en el poder.

Pensar, en cambio, que Rivera por arte de magia pueda ser hoy el ungido por Álvaro Primero es poco realista. Para empezar, es muy probable que Uribe no haga un guiño público. El Presidente sabe que hacerlo generaría fricción innecesaria en los partidos de la coalición y tampoco es claro que garantizaría la victoria del candidato escogido. Al no ser miembro de ningún partido de la coalición, Rivera jugaría de visitante en la competencia por la candidatura uribista.

Donde sí tiene posibilidades es en su Partido liberal: en una consulta sería un contendor de cuidado. Pero si sigue aspirando a ser el protegido de Uribe, el sucesor más puro y confiable, puede terminar mal parado en las toldas de su partido. Lo que está haciendo Rivera es un acto de malabarismo digno del Cirque du Soleil: siendo un precandidato del partido de oposición va a Palacio a elaborar un test para ver quién es el más digno sucesor del gobernante que su partido critica. En el liberalismo puede ser visto como un traidor, y en el uribismo, como un paracaidista sin credibilidad. El que mucho abarca…

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