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| 4/4/2015 10:00:00 PM

Luces y sombras del mercado de jóvenes futbolistas

Los papás los empujan, los clubes los necesitan y el público los aclama. El ‘boom’ de los niños futbolistas esconde un mundo poco transparente.

Dicen que Josué Burgos nació con un balón entre los pies. Recuerdan que caminó a los 7 meses, cuando se lanzó detrás de una pelota de caucho. Cuentan que ha metido más de 500 goles con su zurda prodigiosa. Un video de sus gambetas acumula 1,8 millones de vistas en YouTube. Lo han llamado del Porto, del Atlético Madrid y un europeo trató de llevárselo al Ajax holandés. Josué tiene solo 10 años y lo han llamado del Porto, del Atlético Madrid y un europeo trató de llevárselo al Ajax holandés.

Gustavo Santrich, presidente de la Fundación el Futuro Soy Yo, donde juegan Josué y decenas de niños más, dice que tanto en las canchas como fuera de ellas les dan una formación completa, deportiva y psicosocial. Y que busca proteger sus pupilos con asesorías legales, para evitar su explotación en el mercado del fútbol. Para Josué, en las polvorientas canchas de su natal Barranquilla, el fútbol sigue siendo un juego. ¿Por cuánto tiempo?

El boom de los niños futbolistas contagia el mundo entero y Colombia no es una excepción. En 2015 el país fue el tercero en el mundo que más exportó jugadores. En 2014 los traspasos de colombianos generaron 48.000 millones de pesos. Y el mercado quiere piernas cada vez más jóvenes para pulir, formar y vender rápidamente. En Colombia hay una inmensa reserva de 60 a 70.000 menores afiliados a ligas departamentales de fútbol, con la ilusión de transformarse en los nuevos James.

Aunque lo más probable es que solo un puñado llegue a ser profesional, los sueños son testarudos y el negocio jugoso. La aventura arranca en un potrero, pasa por las manos de un cazatalentos que descubre el niño futbolista y se lo lleva a las inferiores de un club. Ahí consigue un empresario, que si todo sale bien, lo exportará a Argentina o a Europa, donde tendrá la oportunidad de su vida.

Agustín Garizabalo tiene un ojo biónico. Este barranquillero descubrió a Juan Guillermo Cuadrado, Abel Aguilar y Luis Fernando Muriel, entre muchos otros. Desde hace 16 años recorre las canchas de la costa para el Deportivo Cali y a diario también recibe decenas de correos de padres, tíos y primos de posibles promesas. Pero su método no es el de la pesca con dinamita. Garizabalo se asemeja más a un francotirador que observa con precisión y ve más allá de la gambeta virtuosa. Explica que la clave es “acompañar el talento. Evaluarlos por su capacidad de crecer, de asimilar, de cómo manejan los conflictos, de su energía”.

Cada año escoge a dos o tres niños menores de 11 años, que sigue y asesora por varias temporadas. “Miro si necesitan mejorar la nutrición, si hay que meterles médico, les enseño manejo de redes sociales, me vuelvo amigo de ellos, de sus familias”. A los 16 años sus pupilos integran la cantera del Cali, que costea sus gastos y les da un auxilio. Con algo de suerte, llegarán a primera categoría y tal vez a Europa. Como Agustín, los principales equipos profesionales y las mejores escuelas de fútbol tienen sus veedores, en cacería permanente.

Así fue como Cristian Arrieta llegó al Envigado, uno de los clubes con las inferiores más estructuradas de Colombia. Con solo 13 años los directivos lo vieron y se lo llevaron a Medellín, donde entró a la escuela del equipo. Debutó en primera en enero. Para él, “sabía que era el todo por el todo pero en este club sacan jóvenes rápido, todos se quieren venir acá”.

Otros queman etapas y le apuntan al extranjero, donde el trampolín puede ser más veloz. El destino de miles de niños es Argentina, donde hay procesos infantiles sólidos, grandes inversiones en las bases y un camino labrado por ídolos como Falcao, Chicho Serna y James.

Esa es la apuesta del cucuteño Stephen Rayo. Su hijo Jafed de 13 años ya ha pasado por tres equipos en Argentina y otros más en Colombia. Es veloz, potente, tiene un excelente dominio del balón y además mide ya 1,75 metros. Sus videos en YouTube, una herramienta clave para promocionar los jóvenes talentos hoy en día, lo muestran metiendo goles, haciendo pases milimétricos, regateando.

Hace tres años pasó por River Plate y Boca Juniors, donde les ganó el puesto a más de 70 niños. Jugó año y medio en las escuelas xeneizes, pero como cuenta Stephen, “vendí todo lo que tenía y nos fuimos a Argentina. Pero pasamos las duras y las maduras, Boca no nos ayudó y volvimos a Colombia”.

En el país, Jafed jugó en el Pony Fútbol y se le acercaron varios empresarios empresarios para llevárselo a Nacional, Medellín o Envigado, pero prefirió seguir por el camino al sur. Ahora tienen un intermediario que los está ayudando a entrar a Racing y le busca trabajo y apartamento a su familia. Stephen asegura que “queremos estar seguros de haberlo intentando, de haberlo dado todo, no quedar con la ilusión”.

Eso mismo dice Andrés Felipe Gaviria. Con apenas 16 años, juega en las inferiores del Atlético de Madrid y espera algún día debutar en el equipo que dirige Diego ‘El Cholo’ Simeone. “La competencia es contra tus propios compañeros, ellos buscan lo mismo que tú, todos tenemos el mismo sueño, llegar a algo grande, tenemos que darlo todo”.

N
ació en Cali, pero a los dos años su familia se fue a España. Después de jugar en varios clubes, entró a las inferiores colchoneras, donde es volante de creación. El club asume la formación y les hace firmar contratos anuales. Para el futuro, su padre Fabián piensa que va a tocar conseguir un representante, dice que “en el Atlético casi todos los muchachos tienen, es importante para moverlo en la cantera, para buscar equipo, para muchas cosas”.

Y es que en el mundo de los niños futbolistas, todos los caminos llevan al agente deportivo. Son los que tienen los contactos, el tiempo y el dinero para buscarles un equipo. A cambio cobran un porcentaje del contrato y a veces son dueños de su pase. En Suramérica la cacería empieza temprano, pues ya los argentinos y brasileños de 17 años valen una fortuna y hay que buscar entre los más pequeños.

El venezolano Norman Capuozzo entró al negocio hace unos años. Su empresa GoPro Sport Management representa colombianos y venezolanos, entre los que están Juan Fernando Quintero y Tomás Rincón, capitán de Venezuela. También le apuesta a nuevos talentos. En 2014 empezó a trabajar con la academia La Mazzia en Medellín, donde desarrollan una formación tanto deportiva como social. Explicó que tienen una red de scouting que evalua “lo táctico, físico, técnico y mental. Después empieza un trabajo largo donde se refuerzan las falencias, se hace un plan de alimentación, se analiza el joven con un ‘software’ especializado e incluso le damos clases personalizadas vía Skype desde España”.

En paralelo el agente busca un club en el que piense que su jugador “no se trabe”, les lleva videos y los promociona. Cuando por fin llegan las pruebas, puede empezar la negociación. Las dos últimas perlas de Capuozzo son Luis Caicedo, un joven de 18 años de Apartadó que ahora se entrena en las inferiores del Sporting de Lisboa, y Yonathan Bedoya de una peligrosa comuna de Medellín que juega en la cantera del Espanyol de Barcelona.

La cara oscura del balón

Pero no todos los agentes hacen un trabajo profesional y transparente. Son vox pópuli las relaciones entre dirigentes y empresarios para firmar una promesa por debajo de cuerda o inflar su valor con una convocatoria a la Selección Colombia. A otros empresarios los han acusado de lavado de dinero y uno de ellos le dijo a SEMANA que “esto del fútbol infantil es como cuando se descubre una mina de oro. Detrás llegan las prostitutas y los bandidos. Hay mucha falta de compromiso, agarran a 50 niños, los meten en un saco y esperan que salga un profesional. El resto quedan botados”.

Fue lo que le pasó a Santiago. A los 7 años se matriculó en una escuela en Bogotá. Después de varias pasantías deportivas en Argentina, le dijeron que tenía madera para entrar a las inferiores de ese club. Le prometieron una prueba, pero le dijeron que mientras no se firmara nada tenían que correr con los costos de entrenamiento y manutención.

Santiago cuenta que “cuando llegamos nos dijeron que no tenían cupos para extranjeros. Me mandaron a entrenar en un potrero, en un equipo de barrio. La comida era muy mala, me trasteé diez veces en un año, me sacaban plata por todo. Al final nos dimos cuenta que no había convenio, que todo era una estafa”. Santiago finalmente pudo probarse en otro club donde entró a las inferiores. Pero al mes y medio se lesionó y lo abandonaron. Tuvo que volver a Colombia y hasta ahí llegó el sueño.

Este caso no es excepcional. El Deportivo Alavés de España avisó que estafadores en Colombia y Argentina les pedían dinero a jóvenes para hacer supuestas pruebas. El Club Chacarita Juniors de Buenos Aires también advirtió que falsos representantes estaban “reclutando” en Bogotá. La asociación francesa Foot Solidaire lleva varios años denunciando abusos con los niños futbolistas que incluyen abandonos por lesiones o porque no respondieron, reclutamiento a cambio de dinero, contratos abusivos y retención de los documentos de identidad.

En 2001 la Fifa trató de poner en cintura estos abusos y prohibió traspasos de menores salvo cuando los padres cambian de país por motivos ajenos al fútbol, si son mayores de 16 años y están en la Unión Europea, si el futbolista vive a menos de 50 kilómetros de la frontera y si el jugador lleva ya cinco años viviendo en el país. Pero hay muchas maneras de hacer el quite a las reglas.

Como explica Andrés Tamayo, experto en transferencias de la Federación Colombiana de Fútbol, “el estatuto de la Fifa solo vale si un jugador fue inscrito en una liga local. Una de las cosas que hacen es sacar al menor sin inscribirlo”. Dice que también se los llevan y los ponen a jugar en equipos de aficionados o no oficiales y esperan a que cumpla 18 años. “Así les perdemos el rastro y nos venimos a enterar por la prensa o por comentarios de colegas de que un niño de repente desapareció de Colombia y ahora está metiendo goles en las inferiores de un equipo de otro país. De 50 pelaos que hay en Argentina, 49 salen así”.

El verano pasado la Fifa sancionó al Barcelona por fichar menores de edad. Entre los que provocaron la decisión está el colombiano Giancarlo Poveda que el Barça compró en 2012 al Arsenal londinense. En octubre Poveda tuvo que irse a Inglaterra, donde entrena con el Bredford a la espera de cumplir 16 y volver a Cataluña. La Fifa también tiene en la mira al Real Madrid por los mismos pecados.

En Colombia no hay una legislación específica que se ocupe de los menores y el fútbol. Muchos niños, que podrían ser considerados como trabajadores, no cuentan con la protección adecuada. Y lo más sorprendente es que las autoridades no registran una sola queja por abusos ligados al mundo del fútbol.

Amparo Álvarez, del Grupo de Erradicación del Trabajo Infantil del Ministerio del Trabajo, aceptó que se deberían ajustar las leyes, pues el trabajo de los menores está enmarcado en condiciones muy específicas que en el mundo del fútbol pocas veces se cumplen. Advirtió que quienes violen la regla se exponen hasta a siete años de prisión.

Ember Estefenn, director de Niñez y Adolescencia del ICBF, dijo por su parte que no tiene proyectos especiales ligados al fútbol, pues consideran que hay asuntos más prioritarios pero que le preocupa que “las iniciativas que buscan buenas causas con los niños, no garantizan sus derechos. Siento que con el deporte, el problema es el interés comercial. Un menor no debería hacer nada distinto a desarrollarse, jugar y educarse”.

Condiciones que en el mundo del fútbol no siempre se cumplen. Pues en este deporte, los sueños infantiles son negocio. El periodista chileno Juan Pablo Meneses recorrió toda América Latina buscando comprar un joven para llevarlo a Europa. De este experimento salió el libro Niños futbolistas. El año pasado le dijo a SEMANA que lo triste es que en realidad “nadie triunfa. Messi es el gran culpable de lo que está pasando y él es un error estadístico. El fútbol es la telenovela de los hombres, pero nunca cuentan los finales tristes”.
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