Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 12/6/2008 12:00:00 AM

El milagro de Andrés

Tras sobrevivir al carro bomba del Centro 93 ocurrido hace 15 años, Andrés Felipe Pinto decidió ponerle la cara a su tragedia para que el país jamás olvide esos años de terror.

Apesar de llevar en su cuerpo y en su rostro las secuelas de su furia asesina, Andrés Felipe Pinto nada siente cuando ve las imágenes de Pablo Escobar. Hace 15 años sobrevivió de milagro a uno de los atentados terroristas más sangrientos que cometió el capo en su guerra con el Estado colombiano: un poderoso carro bomba que explotó, antes del medio día, en plena carrera 15 con calle 93, en Bogotá.

Eran las 11:30 de la mañana del 15 de abril de 1993. César Pinto y Adriana Palomino estacionaron su Fiat Mirafiori en la carrera 15, frente al Centro del Mueble. Iban a alquilar un smoking para un matrimonio y a reclamar un regalo en el Banco de Occidente. Los acompañaban la mamá de César, Rosa de Pinto, de 50 años, su tío Orlando y su hermano Leonardo, estudiante de ingeniería civil de la Universidad de La Salle. Su hijo Andrés Felipe, de 2 años y medio, venía dormido. Por eso, su mamá decidió dejarlo en la silla de atrás, en brazos de la abuela.

A los pocos minutos, un carro se situó al lado y explotó con un estruendo espantoso. César y Adriana estaban en el banco y salieron a buscar a su familia. Todo había cambiado. Vehículos en llamas, vidrios rotos, hierros y latas retorcidos, y un olor inolvidable de agua con gasolina y aceite en la calle. Sólo pudieron encontrar su carro 10 minutos más tarde, pues quedó volcado, lejos del cráter de la explosión. Lo reconocieron porque en el interior estaba el cuerpo destrozado de Leonardo, y porque a pocos metros estaba el cadáver mutilado de su tío. Pero no había rastros de su hijo ni de la abuela.

Tras horas de buscar desesperadamente, aunque fuera un prenda del niño, un policía les dijo que en la Clínica del Country había sido reportado uno como el que estaban buscando. Al llegar, Andrés Felipe había sido operado y se encontraba entre la vida y la muerte. En medio del desolador panorama de haber perdido a tres familiares, renacía la esperanza.

Después supieron cómo un hombre, que buscaba su carro, se había encontrado al bebé, con la cara ensangrentada, el ojo derecho colgando, y el cuerpo lleno de heridas. Y cómo ese hombre lo alzó cómo pudo y salió corriendo mientras pedía ayuda a gritos, en una imagen que quedó plasmada en SEMANA como prueba del horror que vivió en esos años el país. Un hombre que se convirtió sin quererlo en ángel de la guarda, y que sólo apareció varios años después, por casualidad, para contar la forma como había salvado a Andrés Felipe.

Por fortuna, el niño logró recuperarse pronto, pero debió pasar casi dos meses internado en el Country. Perdió su ojo derecho, mientras el párpado y la ceja fueron reconstruidos. Frente al abandono del Estado, los médicos y la institución no les cobraron los 50 millones y pico que costó su recuperación, y algunos profesionales, como la cirujana plástica Linda Guerrero y el oftalmólogo Gabriel Child, se comprometieron a atender al niño de por vida.

Fueron días difíciles. Leonidas, el abuelo de la familia, quedó devastado y con la obligación de terminar de educar a sus dos hijas, de 13 y 20 años, pero no pudo soportar la muerte de su esposa y su hijo de 20 años, y se dejó morir de pena moral en menos de dos años. Los papás de Andrés Felipe quedaron sumidos en un dolor y en una profunda tristeza que sólo comenzó a disiparse varios años después, cuando nacieron sus hermanitas Daniela Alejandra, primero, y después María Paula.

En su casa, de regreso, la vida debía continuar, pero las secuelas permanecerían, implacables. Su madre recuerda que duró dos meses prácticamente sin salir de su cuarto, no caminaba y se escondía bajo las cobijas cuando llegaba alguna visita. No soportaba los globos de las fiestas, pues Andrés Felipe pensaba que uno de ellos había sido la responsable de lo que le había pasado.

Las secuelas sicológicas y físicas del atentado le acompañarían durante toda su vida escolar. Andrés Felipe tuvo que soportar durante muchos años las burlas de sus compañeros del colegio. El tiempo iba borrando sus cicatrices, pero ello no impidió que con la crueldad propia de la infancia le dijeran 'doble cara', 'carequemado', sin saber la tragedia por la que había tenido que pasar. "Vivió muy solo su niñez y su adolescencia. Nunca un compañero fue a su casa a hacer tareas o a jugar", recuerda su mamá.

A pesar de la tragedia, hoy Andrés Felipe no recuerda nada, pero no olvida muchas de las cirugías por las que ha tenido que pasar y las burlas de las personas.

Su vida cambió hace dos años, cuando al repetir décimo, encontró amigos y personas que lo comprendieron, que entendieron las marcas en su rostro son las de un milagro. Amante de la salsa, buen bailarín, deportista, lector y ameno conversador, Andrés Felipe entrará, con préstamos que tuvo que hacer la familia, a estudiar medicina en la Universidad Javeriana. Quiere ser cirujano plástico, pero ni siquiera ahora, cuando quiere cumplir este sueño, el Estado lo ha ayudado. De hecho, la familia no sabe cómo va a seguir pagando más de 10 millones por semestre para que su sueño se haga realidad.

Después de 15 años, Andrés Felipe logró cerrar todas sus heridas y reconciliarse con la vida y con la sociedad. Al preguntarle por Pablo Escobar, dice que no siente nada, ni rabia ni dolor. Lo único que espera es que al salir a la calle o al llegar al campus de la Javeriana no lo señalen ni se rían de él. Simplemente que lo respeten como es: un joven normal, un sobreviviente que lleva en su cuerpo las cicatrices de una época que el país jamás debería olvidar.
 
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1850

PORTADA

El hombre de las tulas

SEMANA revela la historia del misterioso personaje que movía la plata en efectivo para pagar sobornos, en el peor escándalo de la Justicia en Colombia.