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| 1/4/2014 3:00:00 AM

El ‘testaferro’ de Jojoy

Esta es la increíble historia de un colono que lleva diez años tratando en vano de convencer a la Justicia de que no es el mayor testaferro de las Farc.

Darío Polanía tiene 78 años de edad. Camina con gran dificultad y unas protuberancias en sus manos hacen que casi no las pueda mover debido a una artrosis degenerativa. Desde hace varios años debe conectarse a una máquina de diálisis durante seis horas al día para sobrevivir a la diabetes crónica que también lo aqueja. Lo cuida su esposa, Luz Cecilia Espinoza, diez años menor que él, y con los achaques típicos de alguien que roza los 70. Estos dos ancianos, que viven en una casa en un barrio de clase media en Neiva, Huila, son, para las autoridades los mayores testaferros que han tenido las Farc. Una historia sorprendente que encierra un drama que comenzó hace una década.

El 16 de octubre de 2003 Polanía conducía su camión por la calle 13 al suroccidente de Bogotá cuando fue detenido. Le informaron que quedaba arrestado por ser testaferro de las Farc. Su esposa fue arrestada ese mismo día. Él terminó preso en Cómbita por ser considerado un peligro y su mujer en el Buen Pastor. Tras las rejas, se enteró por medio de una concurrida rueda de prensa hecha por la Fiscalía que estaban señalados de ser los más grandes depositarios de bienes de la guerrilla. Polanía y su familia no entendían qué estaba pasando. A los tres meses de estar detenida, la esposa quedó en libertad pues nunca se presentó un cargo en su contra. Pero Polanía seguía detenido. Los siguientes tres años pasó por diferentes estrados judiciales contando su historia con la esperanza de quedar libre.

Polanía llegó a San Vicente del Caguán en 1974 como muchos a buscar suerte en una tierra inhóspita. Durante seis años trabajó como conductor llevando productos a Huila. En 1980 comenzó a trabajar explotando madera y con un crédito compró por 400.000 pesos, en 1984, una finca de 405 hectáreas de tierra baldía a otro colono, que bautizó La Herradura.

Cuando comenzó la zona de distensión, en 1998, Polanía y su mujer abrieron una pequeña fonda que ofrecía alojamiento en la vereda La Sombra, cerca de San Vicente, un sitio que fue muy conocido por políticos, periodistas y todos quienes iban al Caguán, pues quedaba en la vía obligada para ir hasta donde estaban algunos de los campamentos de las Farc. Con dos créditos por 200 millones de pesos Polanía había comprado dos viejas tractomulas para continuar con el negocio del transporte de madera.

“Todos teníamos que ir a donde la guerrilla. A la gente se le olvida que ellos mandaban en esa época en el Caguán. Mi desgracia ocurrió cuando un día apareció mi foto en un medio cuando Jojoy bajó al pueblo y se acercó a mi carro. Ahí quedé marcado. Yo estaba hablando con él porque la guerrilla se había llevado a la fuerza a mi hijo de 14 años y después de un año de tenerlo Jojoy aceptó soltarlo a cambio de que le pagara 10 millones de pesos”, recuerda Polanía, quien repitió esta historia a las autoridades y entregó documentos que demostraban el origen de sus bienes que habían sido incautados por el Estado.

En 2006 los jueces, la Procuraduría y el Tribunal lo absolvieron y ordenaron su libertad, así como que le fueran regresados sus bienes. El tiempo tras las rejas agravó las enfermedades del anciano, que decidió demandar a la Fiscalía y al Estado. “Reclamar mis derechos fue otro error. Por cuenta de eso comenzó otra vez la pesadilla”, dice Polanía.

A mediados del año pasado el Ejército y la Fiscalía anunciaron que había realizado una gigantesca ocupación de bienes a las Farc. Nuevamente salió el nombre de Polanía y su esposa como los dueños de 56.000 hectáreas de tierra. “La fiscal que me metió a la cárcel la primera vez y a quien yo demandé ahora estaba en otra unidad. Un desmovilizado me llamó y me pidió 50 millones a cambio de no decir falsamente que yo era testaferro. Yo no accedí a la extorsión. Con base en eso, esa fiscal que ahora está en Justicia y Paz armó este nuevo proceso”, dice Polanía.

El caso lleva años en etapa preliminar, pues la Justicia no ha podido probar que Polanía y su esposa sean los dueños de las miles de hectáreas que les adjudican. Aunque existe una orden de un juez desde hace años para que le devuelvan sus tractomulas y su finca, tampoco ha sido posible que alguien dé razón o cumpla el mandato judicial. Postrado en una cama, Darío Polanía dice estar cansado y sigue sin comprender por qué, si escasamente tiene para sobrevivir, la Justicia lo dejó marcado para siempre como el mayor testaferro en la historia de las Farc.
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