Viernes, 20 de enero de 2017

| 1989/12/18 00:00

"El Monstruo"

SEMANA reproduce apartes de "Laureano el grande", el libro recién publicado de Raimundo Emiliani Román, que seguramente levantará ampolla.

"El Monstruo"

No se puede entender la lucha frontal entre Laureano Gómez y la República Liberal, o sea el régimen liberal iniciado con el triunfo de Olaya Herrera en 1930, si no se analiza su contexto general. Sólo así se explica su aparecimiento, su razón de ser, su totalitarismo y su apasionamiento.
El Partido Liberal venía acumulando, a lo largo del tiempo, un sordo sentimiento de revancha contra el Partido Conservador desde 1885, por su derrota en La Humareda, en la guerra que injustamente le decretó al gobierno del doctor Rafael Núñez. El Partido Conservador en un momento crítico de aquella contienda fratricida decidió apoyar las huestes del gobierno legítimo de Núñez, lo que indudablemente inclinó la victoria a su favor. Y por un proceso de gravitación histórica, ante la deserción del liberalismo de los gobiernos nacionales que siguieron a aquel magno acontecimiento, quedó como sucesor de los ideales de Núñez en el poder.
Ese sentimiento revanchista se acrecentó con el fracaso de otra guerra, llamada de los Mil Días por su duración, que en su obsesión de reconquistar el poder le declaró al gobierno conservador de José Manuel Marroquín en 1889 con luctuosos y lamentables perjuicios para toda la nación.
A pesar de que por su sentido nacional de la política, los gobiernos conservadores nunca marginaron de la administración pública a los liberales, al punto de que coaliciones y pactos llegaron en diversas ocasiones a celebrarse entre los dos partidos históricos para gobernar el país o comprometerse en campañas orientadoras de opinión, siguió rumiando el amargo sabor de su sentimiento retaliativo.
Cuando en 1930 el doctor Olaya Herrera, candidato liberal de una coalición con el conservatismo, llegó por fin al poder, no pudo controlar la avalancha vengativa por tanto tiempo reprimida. El ímpetu de un liberalismo triunfante se ensañó contra el Partido Conservador, cuyos adeptos en todo el país, especialmente en Boyacá y los Santanderes, fueron víctimas de una persecución implacable, en sus diversas manifestaciones, desde la simple amenaza, pasando por el desconocimiento de sus derechos políticos, hasta el asesinato y la depredación de sus bienes.
La ambición del liberalismo fue acrecentándose ante un conservatismo disperso y la perspectiva de un absoluto dominio del poder público para la realización fácil de sus entelequias revolucionarias, y ningún obstáculo pudo impedirle su propósito de entronizar en el país lo que, adecuadamente, se llamó la República Liberal. La misión histórica de esta República recién nacida y exótica era la de sustituir la estructura política y su entorno cultural, de la República de Colombia, obra del Partido Conservador durante sus largos años de ejercicio nacional del poder, período que los liberales calificaban como la Odiada Hegemonía Conservadora, expresión que por sí sola demuestra los sentimientos que abrigaban los fundadores de la nueva República.
Como es obvio suponerlo, la primera tarea de los modernos revolucionarios consistió en radicalizar y generalizar la persecución contra el Partido Conservador. Fue sistemáticamente excluído en todas partes de la administración pública, consolidándose una hegemonía liberal en la burocracia. Y los sitios donde pudiera subsistir una mayoría de ese partido fueron objeto de persecución y fraude para desvanecerla.
Se originó así la violencia política mediante asesinatos a veces masivos para ahuyentar al electorado conservador, facilitar la comisión del fraude electoral que consolidara mayorías liberales y aún ocupando las posesiones de los agricultores, que eran desterrados.
Resulta ridículo hoy atribuirle al Partido Conservador el origen de la violencia. Ella viene de atrás de la irrupción violenta del régimen liberal, y más concretamente de la instauración de la llamada República Liberal. Después de la nefasta fecha del 9 de abril. Fue una de las batallas más resonantes del doctor Laureano Gómez denunciar esos atentados y clamar por el valor cristiano de la vida humana, que se había depreciado hasta el menosprecio, y denunciar insistentemente al responsable, el liberalismo y su República, pues el Partido Conservador había entregado un país en plena paz, cuyo territorio podía ser recorrido íntegramente sin temor a atentado alguno.
Pero los proyectos liberales no se limitaban al exclusivismo burocrático y al predominio de sus mayorías violentas, sino que tenian el propósito totalitario de destruír la cultura elaborada por el conservatismo a lo largo de los años, para sustituírla en todas sus manifestaciones por otra liberal en cada una de estas.
En política pretendían "romper las vértebras de la Constitución de 1886", como repetían sus corifeos; en materias religiosas, modificar el Concordato; en educación, desterrar la influencia católica; en cuestiones laborales, fomentar la agitación demagógica y marxista; en historia, elaborar una santanderista para desplazar la influencia bolivariana; en literatura y artes liberales, remplazar el perfeccionismo y optimismo clásicos por formas decadentes, y así sucesivamente.
Con su actitud, el liberalismo había decretado, en medio de la agitación general, una lucha política de carácter totalitario, para inficionar el morbo liberal en todos los aspectos de la cultura, erradicando cualquier atisbo de lo que pudiera considerarse como conservador.
El doctor Laureano Gómez tuvo conciencia de los peligros que entrañaba para la tradición colombiana aquel fundamental cambio de rumbo de nuestra historia, que el superficialismo generalizado no percibía, y asumió dos actitudes trascendentales que vienen a explicar la trama de su vida política: la de encarnar en su persona con garantía de su vida, honra y bienes, la representación de un partido perseguido implacablemente en sus derechos más elementales por un gobierno soberbio y poderoso; y la de combatir a esa fiera de la hegemonía liberal en todos los terrenos que pretendiera usurpar, frontalmente, sin tregua ni cuartel, hasta derrotarla, como finalmente lo consiguió.
Para semejante empresa que desafiaba las leyes de la posibilidad, el doctor Gómez no contaba sino con las armas de su sola personalídad: su inteligencia y su voluntad, expresadas por su voz y su pluma; y su valor y su moral. De estas dos últimas, por cierto, tuvo que dar muestras insuperables, para soportar sin una queja los grandes infortunios con que el destino señala a los auténticos redentores del pueblo.
El gobierno, por el contrario, disponía de todo: poder, presupuesto, ejércitos, armas, prensa, medios de comunicación, en fin, todos los instrumentos de que puede disponer un gobierno hegemónico en trance de conquista, para someter, influír y corromper.
Este contraste viene a ser como la reproducción en vivo del episodio bíblico del pequeño David contra el gigante Goliat, sólo que nuestro David estaba totalmente inerme, pues no contaba ni con la honda con que el David bíblico pudo derribar a su adversario.
¿Cómo es posible, todavía se pregunta uno hoy, que un hombre, solo e inerme, haya podido poner permanentemente en jaque a un gobierno beligerante y todopoderoso, hasta derrotarlo? No hay al respecto sino una contestación: el caso del doctor Gómez es único en nuestra historia y sólo él podía protagonizarlo.

LA GRANDEZA DE UN LIDER
La clave interpretativa de las actuaciones de Laureano Gómez y de su personalidad es la grandeza. Por eso fue el centro del acontecer nacional mientras vivió; por eso cuando actúa llena el espacio en que se desarrolla la historia; por eso sin él dejan de tener sentido las demás personas y los sucesos; por eso, al fin, pudo hacer lo que para sus contemporáneos era un imposible: vencer a un adversario todopoderoso, asfixiándolo en la enrarecida atmósfera de las alturas, sacándalo de la costra de la mediatización conformista y generalizada.
Vivió, pues, estremeciendo al país, sencillamente porque era grande, de modo que aquello resultaba ser un fenómeno connatural al desenvolvimiento de su personalidad. Esa grandeza provenía, ante todo, de la elevación de su motivación política. Esta actividad no era para él, como suele creerse vulgarmente, una astuta manipulación de intrigas para satisfacer pequeños intereses y pasiones, sino una militancia infatigable hacia la forjación de lo que solía llamar la República Perfecta, mediante la ejecución del bien común a través de la moral, la justicia, el derecho, como emanación de Dios en la tradición histórica, y su reflejo en la dignidad y libertades humanas.
En el doctor Gómez todas estas palabras no eran simples conceptos, sino creencias auténticas y vitales. Esta sinceridad, como siempre lo he dicho, hacía de él un hombre único, integral, compacto, con una idéntica postura en sus diversas actividades y en las variadas facetas en las que se refracta el prisma de la cultura. No había, pues, un Laureano Gómez en el pensamiento y otro distinto en el arte, uno en el sentimiento y otro distinto en la decisión o la acción, uno en la vida pública y otro distinto en la privada, uno en la oratoria y otro distinto en la escritura, uno en el parlamento y otro distinto en la conversación familiar pues era uno y el mismo en todo, ni siquiera distinto cuando se expandía en el placer de una broma. Una lógica vital y cerrada lo compactaba sólidamente, dando la impresión de un tanque de guerra.
Iluminado por semejante ideal, rescataba la política del albanal de las pequeñeces e inmundicias en el que otros la sumen para hacerla tributaria de sus bajos apetitos, para exaltarla a la dimensión del más alto y noble quehacer de las actividades del hombre. Por eso deslumbraba a quienes lo escuchaban; a tirios y troyanos.
Siguiendo el curso de esa vía láctea de su grandeza, el doctor Gómez se mueve en un mundo platónico, en el que las ideas no son la simple representación abstracta de realidades normales, llenas de defectos, sino que representan la perfección esencial de cada ser. La inspiración de los valores esenciales de la existencia lo conduce a la perfectibilidad de la idea de cada cosa, que viene a constituirse en su verdadero mundo, su verdadera realidad. Y el sentido de su vida es una lucha incesante contra la conformidad mediatizada para lograr el ideal de cada ser. Es la militancia para construír la República Perfecta.
Gran parte de su esfuerzo es el de limpiar la política de la impureza de sus vicios habituales, la resignación el conformismo, la insinceridad, la deslealtad, la hipocresía, la traición. Leamos algunos apartes de sus calumniadas conferencias del Teatro Municipal de Bogotá en 1928, los cuales parecen escritos para la actualidad:
"El país está organizado actualmente a base de una vasta jerarquía burocrática, que se siente tranquila entre las dulces aguas del presupuesto... Fuera de las actividades rigurosamente individuales y con propósitos individuales, la vida colectiva de la nación sufre una parálisis. Todos los estímulos de índole intelectual han desaparecido, sustituidos por las intrigas, la eficacia del caciquismo, la preponderancia de las roscas. Es mejor ser pariente de un funcionario que ser un intelectual. Da más resultado afiliarse a una rosca que ser competente y que ser probo; y no hay elevados pensamientos, ni profundos estudios, ni conducta irreprochable que valgan nada parecido a la matrícula en la servidumbre de un cacique... La virtud que triunfa en el momento actual del país es la hipocresía... La práctica de la hipocresía puede ser llevada a los extremos más inverosímiles. La amistad, la lealtad, la consecuencia, son pamplinas. Se acepta un puesto en el gabinete ejecutivo... Se comparte la intimidad y se ocupa el primer asiento al lado del mandatario y se le simula adhesión y se le finge acatamiento mientras la elección se asegura. Ah, pero al día siguiente todo eso en que se ha colaborado y participado, se convierte en farándula y trapacería.
Aprenda la juventud que la política que triunfa es la que pisotea la amistad y la consecuencia y se apoya en la insinceridad y el disimulo: al que no tome acciones en la explotación burocrática, al que crea todavía en las añejas ideas de probidad, de libertad y de justicia, en el servicio desinteresado del país y en el celo por el bien público y no le sea posible, por tanto, ingresar en el tropel gregario se procura desautorizarlo declarándolo fuera de la comunidad" (Capítulo XI: Un País Espiritualmente Enfermo).
Para entender, pues, al doctor Gómez hay que acomodarse a su grandeza, que no es exageración como se le ha criticado, sino perfeccionismo de la realidad, transmutándola en su ideal, como justamente hace todo hombre grande. Cuando, pues, él se refiere a la República, entiende la República Perfecta; si al hombre, trata del ciudadano ejemplar; si a la cultura, señala al siglo de Periclessi al escritor, entiende a los del Siglo de Oro; si a los pintores, a los del Renacimiento. Y no abandona su realidad ideal ni cuando se refiere a las cosas comunes: si se refiere al ganado, pues entiende razas seleccionadas; si a los caballos, se trata de ejemplares de exhibición; si a ciudades, son París o Londres; si a avenidas, alude a los Campos Elíseos, y así sucesivamente.
Conviviendo con los valores y las esencias, sus temas van al fondo de las materias tratadas, ajenos a todo superficialismo. Y, concordes con esta fundamentalidad, su oratoria y su prosa están sostenidas por los músculos y nervios del pensamiento existencial, aprisionando a oyentes y lectores.
Su enemigo acerrimo es la apagada penumbra de la mediocridad. Ella se resiste a su ímpetu regenerador, como una alfombra afelpada se traga el ruido de los tacones. Y, consciente de su estólida indiferencia, la apostrofa, la denigra, exhibiéndola como un reino de insensibilidad, ignorancia y tinieblas. Con pasión irreprimida, entonces, se desata contra su encarnaión en el Hombre Mediocre representativo del país:
"Comparto en su totalidad la opinión de quienes afirman que la desgracia de nuestra época, es el predominio sin contrapeso de la mediocridad y la incompetencia. Esa preponderancia existe a favor de la falta casi absoluta de análisis de los actos de interés público, y de una crítica apropiada de los hechos y dichos de quienes han tomado sobre sí la tarea de elaborar la felicidad de esta tierra. Muchos de los que figuran como corifeos de las generaciones actuales semejan alcuzas, barnizadas por fuera, y por dentro llenas de viento. Lo mismo en el orden científico que en el literario, en lo que debiera ser altas especulaciones intelectuales que en la eficacia de las cosas realizables, estamos llenos de valores convencionales, ídolos y fetiches que no resisten el más ligero contacto con el ácido de prueba de una crítica imparcial. En la reducida palestra hay mucho abalorio de vidrio que pretende brillar como fino, mucho reflejo de similar, y demasiadas baratijas de tumbaga.
En medio de una recíproca complicidad y tolerancia, se han adueñado de la dirección del país, y el secreto de su imperio reside en la ataraxia a que han sabido reducir el espíritu nacional; en la quietud de agua estancada a que han logrado estrechar lo que debiera ser vibrante vida del pueblo. Aquí cupiera casi todo el estudio de Ernesto Hello sobre el hombre mediocre. Parece que el ilustre filósofo católico hubiera conocido a mucho de nuestros prohombres para formular su síntesis admirable: el hombre mediocre, dice, admite a veces una idea, pero no la sigue en sus diversas ampliaciones; y si se la presentas en términos diferentes, ya no la reconoce, la rechaza. Admite a veces un principio; pero, si llegas a las consecuencias de ese principio, te dirá que exageras. Si la palabra exageración no existiera, el hombre mediocre la inventaría. El hombre mediocre admira un poco todas las cosas; no admite nada con calor... El calor es lo que detesta por encima de todo. El hombre mediocre sólo tiene una pasión: el odio a lo bello... El hombre mediocre está henchido de sí mismo henchido de la nada, henchido del vacío, henchido de vanidad ¡Frialdad y vanidad!
El personaje se halla entero en esta dos palabras".
Como toda verdadera grandeza, la del doctor Gómez se fundamentaba en sus convicciones sinceras, auténticas, vitales, que profesaba, por lo tanto, con calor y pasión. Era, pues una grandeza, no de muestrario para admiración de impasibles coleccionadores de especímenes embalsamados sino, como se ha dicho, militante, actuante, lanzada a conquistar adeptos y derrotar adversarios, con el calor humano de las convicciones auténticas.
De consiguiente, además de la mediocridad, el otro enemigo de la grandeza del doctor Gómez era la falacia perniciosa que desarrollaban los moderados alrededor de sus tesis y actitudes. Como rémoras, constituían un lastre en sus campañas, y amortiguaban con frases sinuosas y ambiguas el impacto de sus raciocinios y sus retos. No entendían o no querían entender el contexto totalitario de la lucha que se libraba entre el doctor Gómez y la República Liberal, como un escenario específico de la que se libraba en el mundo entre el marxismo y la cultura cristiana. Los frentes populares habían proliferado por doquier, como agentes solapados de la revolucion comunista, más audaces en la medida en que consolidaban conquistas, y si se les queria derrotar no podía eludirse el choque frontal de los partidos arraigados en la cultura occidental. Los moderados pretendían convertirse en el algodón entre vidrios que evita las fricciones, abriéndole campo a la revolución. El doctor Gómez semejaba un águila acosada por esa manada de "goleros", como alguien dijo de la soledad de Napoleón asediado por la manada de sus adversarios.
El doctor Gómez, en página inmortal, los demostó y denunció ante la opinión pública en el discurso pronunciado en Barranquilla ante la Convención Conservadora del Atlántico el 7 de diciembre de 1938, del cual son estos apartes, que vale la pena recordar:
"Los dos extremos del campo de batalla están mantenidos de un lado por el concepto cristiano de la cultura y de la vida, y por el otro por la doctrina cerradamente impía del materialismo histórico y de la preponderancia de los hechos económicos. La primera posición la defendemos los conservadores. La segunda los comunistas. En medio se encuentra un espectro de varios matices que arranca de los tonos azules desvanecidos en la extremidad de nuestro propio partido y en sus inmediaciones y va hasta el rojo profundo, para confundirse con el infrarrojo de las posiciones marxistas... Es una postura intelectual erróneamente cómoda, la que permite con leves movimientos, dictados por el cálculo de las conveniencias, desalojarse dentro de la gama de matices indefinidos, buscando el arrimo a la moda preponderante. Las posiciones extremas son de la lucha continua, imponen deberes, aparejan responsabilidades, y en caso de contraste o derrotas, comprometen la tranquilidad del futuro. Los temperamentos apocados y egoístas se hacen la ilusión de que manteniéndose fuera del campo de la lucha o en la penumbra de los colores intermedios protegen mejor su tranquilidad y preservan el porvenir tranquilo de su egoísmo. El tipo del moderado se encuentra desde las propias fronteras del conservatismo doctrinario -y por desgracia abunda en ellas- hasta las que señalan las ciudadelas claramente marxistas. Comienza por el tipo de hombre que está persuadido de la verdad y la exactitud de los principios conservadores pero se inclina a que no se proclamen en toda su extensión, ni en todos los momentos, ni se procure su preponderancia completa en los asuntos públicos. Cree que después de que el entendimiento ha conocido la certeza, puede la voluntad equipararla con errores o con verdades incompletas; que es amplitud y largueza de miras aceptar los unos y las otras no sólo en el conocimiento sino en el ascenso y que la equidistancia resultante es indicio de ponderación, sabia mesura y útil reserva. Consecuencia de esta postura mental en el terreno de la acción política es el anhelo de que no se haga cosa alguna que pueda disgustar al adversario; el afán de conseguir su consentimiento previo para cualquier actividad. La subordinación del propio criterio a la benevolencia del enemigo. Es obvio que esta actitud favorece en sumo grado los pertinaces avances revolucionarios... Sigue en la escala el moderado que se coloca en el espectro entre los diversos tonos del rojo. Es el liberal de centro que presume pensar bien, se dice católico, afirma y jura que siente un respeto profundo por las ideas ajenas, las actividades extrañas, los derechos de los demás. Creyó poder ser un conjunto de normas políticas para resolver los problemas de la vida humana, y ante el rudo contraste de la experiencia que ha demostrado la inanidad de sus fórmulas, se aferra a ellas impertérrito y cierra los ojos ante la catástrofe que las teorías que profesa han desencadenado sobre el mundo, con intrepidez semejante a la del avestruz acosado cuando esconde la cabeza bajo la arena... Es el capitalista que contribuye para la propaganda comunista con el concepto de pagar una prima de seguro para el día de la revolución... El moderado no concibe la resistencia moral ante la desgracia; no comprende la entereza contra la adversidad. El moderado está listo siempre a claudicar, a esconderse, a tomar la fuga. Quiere ser grato al que manda o al que detenta el poder. Es el sumiso, flexible, no crea complicaciones. Todo le es indiferente siempre que le dejen en calma. No es partidario jamás de las soluciones totales. Ante todo busca la transacción, aunque la contraparte sea el diablo... Alcalá Zamora, Portela Valladares, Miguel Maura significaron en España los diversos tintes del moderado. ¿Quién no conoce los funestos resultados de sus actividades alocadas, que fueron a desembocar a la infame presidencia de Azana y en la sangrienta tiranía comunista de Largo Caballero?".
El platonismo perfeccionista del doctor Gómez conducía a considerar que el hombre valía en la medida que fuera intérprete de aquellas esencias y valores que le daban sentido y razón de ser a la vida. En cierta forma pero en sentido inverso que respeta la personalidad moral del hombre, y su consiguiente responsabilidad, viene a ser una especie de la concepción griega del mundo, según la cual la conducta de las personas era un reflejo del querer de los dioses, que los maniobran a través de sus pasiones. Este fatalismo teológico en el que el hombre es una marioneta del destino, llevado al teatro le dio a la tragedia griega su gran intensidad pasional, pues en ella los actores son máscaras por cuyo medio los dioses van realizando sus designios, de modo que la representación adquiere majestuosidad inusitada.
El doctor Gómez concibe la conducta de los hombres en una forma inversamente similar, según que participen o no de los grandes valores morales ya enunciados, que ordenan la vida según una ley natural que emana de Dios. Valemos o no valemos según esa medida. Las ideas y los valores morales son el gran juez del hombre que adquiere significación por lo que representa de ellos. "Los hombres no somos sino briznas de yerba en las manos de Dios", dijo al finalizar su discurso de posesión de la Presidencia de la República.
La política, una de las actividades supremas del hombre, viene a ser la liza de ese combate de ideas y valores y los hombres sus meros intérpretes, sometidos al juicio de la fidelidad a aquellos principios. El escenario adquiere la majestuosidad y la intensidad pasional de la tragedia griega, que es el adecuado para la grandeza de Laureano Gómez.

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