Sábado, 23 de julio de 2016

| 2016/02/06 00:00

Colombia tiene sed

La sequía está teniendo graves estragos en todo el país. ¿Por qué después de este fenómeno de El Niño nada puede volver a ser igual?

Río Magdalena, Puerto Nare, Antioquia. El principal afluente de los colombianos registró los niveles más bajos de su historia. La gente ahora hace picnic donde antes pasaban sus aguas. Foto: Juan Antonio Sanchezo

Bogotá se llenó de humo el martes pasado. Una nube gris se fue apoderando rápidamente del centro de la capital frente al asombro de millones de personas. El olor a quemado y el aspecto lúgubre parecían una estela cruel de una gigante fogata que nadie quería encendida. A pocos metros, en el barrio San Cristóbal, cerca de 20 hectáreas de los cerros ardían sin clemencia. El fuego tomó fuerza, los eucaliptos que cubren esas montañas y las llamas pasaron por entre las hojas velozmente. Aunque aún no se sabe qué pudo haberlo ocasionado, todos apuntan a un mismo responsable: El Niño.

Ni siquiera en la época del terrorismo se había visto un despliegue semejante. Las universidades, los colegios, la Procuraduría, el Congreso, el Palacio de Justicia y decenas de entidades fueron evacuados. Más de 1.000 personas participaron en el rescate de ese patrimonio natural de los bogotanos, 650 de las cuales estaban en la ‘línea de fuego’, mientras seis helicópteros atravesaban la ciudad con agua del lago del parque Simón Bolívar. En episodios así, durante el actual fenómeno, el país ha vivido cerca de 5.000 incendios, que han afectado más de la mitad de los municipios de Colombia y destruido cerca de 120.000 hectáreas de bosques.

Los dos aguaceros que cayeron el miércoles y jueves en la capital llegaron como una bendición, al punto de que el alcalde Enrique Peñalosa se los agradeció en Twitter a san Pedro. La lluvia le devolvió a la ciudad el tinte gris que había perdido en los últimos meses de pleno verano. Como muchas otras ciudades, la capital ha registrado temperaturas de hasta 26 grados cuando su promedio es de menos de 20.

Sin embargo, nada le ha hecho más daño al país que esas momentáneas alegrías. El Niño estaba más que anunciado y los impactos que se viven hoy se deben, sobre todo, a la falta de planeación y acciones preventivas. Un ejemplo de que sí se puede es el sector eléctrico. Después del apagón de 1991 se reinventó y hoy, a pesar de que el 75 por ciento de la energía del país viene de las hidroeléctricas, no hay ninguna crisis en ese frente.

En Uribia, los indígenas wayúu tienen que abastacerse de agua por medio de tanques ubicados cerca del río Rancherías. En la alta Guajira no lluev desde 2014.

Manaure, La Guajira: en Uribia, los indígenas wayúu tienen que abastecerse de agua por medio de tanques ubicados cerca del rio Rancherias. En la alta Guajira no llueve desde 2014.

El fenómeno de El Niño se presenta desde 1950 entre cada dos y siete años. El director del Ideam, Omar Franco, advirtió su llegada desde mayo de 2014 y la oficializó en marzo de 2015. Había motivos para asustarse pues, por ejemplo, en 1991 y 1997 cuando ha sido crítico, el país ha perdido hasta el 2 por ciento de su PIB. Sin embargo, como en octubre pasado cayeron algunas lluvias, muchos esfuerzos preventivos se perdieron por falta de entusiasmo.

El problema de El Niño no es que desaparezcan las lluvias, sino que disminuyen. Los científicos lo explican como un “fenómeno de variabilidad climática” que se origina por corrientes de agua cálidas en el océano Pacífico que hacen caer las precipitaciones en el trópico. Eso para Colombia ha significado que en los últimos siete meses ha caído 65 por ciento menos agua que en años anteriores.

El impacto es enorme. En lo que va de este año, el país registró la temperatura más alta de su historia: 45 grados centígrados en Puerto Salgar. Hace tanto calor que sus habitantes aseguran que se acerca el fin del mundo. Las sequías se han vuelto extremas y han arrasados cultivos. Algunas ciudades tienen racionamiento y las autoridades catalogaron 316 municipios en riesgo de sufrir desabastecimiento de agua potable (ya han sacado a muchos de esa categoría, pero hoy permanecen 96 con desabastecimiento parcial y 90 con racionamientos).

En las regiones ese fenómeno se ha vivido con mucha mayor intensidad. En el Caribe, por ejemplo, la sequía ha agudizado problemas ya existentes como el que viven los wayúu en La Guajira. En Mompox, la alcaldesa, Nubia Quevedo, cuenta asombrada que el río se puede cruzar caminando y la bocatoma del acueducto solo capta barro. En municipios como Plato y Barranco de Loba, las ciénagas son enormes extensiones de arena. Algunos de sus corregimientos están aislados porque la lancha es la única forma de llegar y transportar los víveres.

La situación de los ríos Cauca y Magdalena es crítica pues han llegado a mínimos absolutos (es decir, que corre tan poca agua que ni siquiera se puede medir). “Ya no hay ni para alimentarnos”, dice Floresmiro Amaya, un pescador de 53 años, que lamenta que este año tampoco llegó la subienda. La semana pasada el país se conmovió con las imágenes del Sambingo, el primer río del país en desaparecer por completo, y con el retrato del lago Calima, un embalse artificial que ha perdido el 82 por ciento de su espejo de agua.

La semana pasada el país se conmovió con la desaparición del caudal de este río en el Cauca. En esa tragedia también influyó la minería ilegal.

Río Sambingo, Cauca: la semana pasada el país se conmovió con la desaparición del caudal de este río en el Cauca. En esa tragedia también influyó la minería ilegal

El Niño ha puesto a temblar a los colombianos. Sus efectos han dejado ver que lo que se viene frente a los eventos extremos del clima no corresponde a exageraciones de ambientalistas radicales. “Lo que vivimos hoy es lo nuevo normal y lo anormal será vivir como antes”, explica Julio Carrizosa, uno de los mayores conocedores de los recursos naturales del país. 

El cambio climático no solo aumenta las temperaturas, sino que hará que tanto las sequías como las inundaciones sean cada vez más fuertes. El país necesita con urgencia replantear su crecimiento en torno al agua. Los impactos de no haberlo hecho en el pasado son profundos y ya están pasando la factura. Es muy probable que después de El Niño en Colombia nada pueda volver a ser como antes.

Colombia puede perder la oportunidad de ser un país estratégico en un mundo en que la carencia de recursos naturales será cada vez más grande. El Niño es una noticia mundial porque afecta todo el trópico, es decir, una de las principales despensas de comida del planeta. De hecho, la Nasa ha advertido que puede ser uno de los peores de la historia y que por eso “no importa donde usted viva, sentirá sus efectos”.

Un reciente estudio publicado en la revista Nature muestra que las sequías han hecho perder el 10 por ciento de la producción mundial de alimentos como los cereales en los últimos 70 años. La cifra no es despreciable si se tiene en cuenta que hoy 800 millones de seres humanos padecen de hambre y que se calcula que, al ritmo que crece la humanidad, se necesitaría aumentar la producción de comida en un 60 por ciento para 2050.

Río Magdalena, Honda, Tolima: los pescadores como Pedro Elías Rodríguez lamentan que este año no ha llegado la subienda. Lo que pescan hoy no les alcanza ni para el sustento diario.

Río Magdalena, Honda, Tolima: los pescadores como Pedro Elías Rodríguez lamentan que este año no ha llegado la subienda. Lo que pescan hoy no les alcanza ni para el sustento diario.

Según el presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), Rafael Mejía, Colombia podría jugar un papel en ese reto, pero el mayor desafío será el manejo del agua para evitar que el país dependa de la producción extranjera. Hace 15 años Colombia exportaba más de lo que importaba (5 millones de toneladas contra 4,2 millones anuales); hoy esa cifra es al revés (4,2 millones contra 11 millones de toneladas).

La sequía ha aumentado esos efectos porque ha golpeado sobre todo a los campesinos que en el día no tienen agua para regar sus cultivos y en la noche no tienen con qué protegerlos de las fuertes heladas. Y los colombianos sienten esa situación, sumada a la trepada del dólar, en cada plato. Por ejemplo, gran parte del aumento de la inflación se debe a la falta de lluvias, pues en los alimentos este índice llegó al 10,85, lo cual fue definitivo para que la cifra total llegara al 6,7 por ciento al final del año.

Los impactos que la falta de agua tiene en la zona rural afectan variables macroeconómicas, pero golpean esencialmente a los campesinos, y así a la lucha contra la inequidad y la pobreza. “El Niño representa una verdadera catástrofe rural”, reconoce el presidente de Fedegán, José Félix Lafaurie. Cerca de 50.000 animales han muerto de sed y las pérdidas ascienden a los 850.000 millones de pesos. El presidente de La Alquería, Carlos Enrique Cavelier, cuenta que la producción de leche en el país ha caído el 20 por ciento. Pero agrega que este fenómeno tiene que traducirse en una modernización del campo para que los ganaderos suban “su productividad y mejoren su situación económica”. Según él, solo así se podrá evitar la deforestación producida muchas veces por el interés de tener más pastos.

Las imágenes de la sequía han hecho a muchos colombianos preguntarse cómo es posible que el país sufra de escasez si tiene tanta agua. La verdad es que esa creencia en parte equivocada ha tenido consecuencias nefastas. “Creer que somos una potencia hídrica es un engaño que nos ha hecho mucho daño. El país ha crecido de espaldas a sus fuentes de vida y por años ha desperdiciado este recurso”, señala el exdirector del Ideam Ricardo Lozano.

El científico explica que Colombia sí es rico en agua, pero que esta no se encuentra donde viven las personas. Del total de los recursos hídricos, el 70 por ciento es subterránea. De este 30 por ciento restante, el 77 por ciento está en la Amazonia, Pacífico y la Orinoquia, y solo el 22 en la región Andina y Caribe, en donde vive el 80 por ciento de los colombianos.

La distribución de la demanda es totalmente contraria a esa realidad. Mauricio Alviar, rector de la Universidad de Antioquia y experto en recursos naturales, aclara que la sequía se siente porque las cuencas de los ríos Magdalena y Cauca, los más afectados, surten el 67 por ciento de las necesidades de agua del país. De los 35.987 millones de metros cúbicos que se utilizan al año, el sector agrícola usa el 46,6 por ciento; la generación de energía, el 21,5 por ciento; el sector pecuario, el 8,5 por ciento y los hogares el 8,3 por ciento.

En el agua se hace realidad ese concepto de la teoría del caos que dice que el aleteo de una mariposa puede causar un huracán al otro extremo del mundo. El agua no puede entenderse sin su ciclo, que la transforma todos los días de estado sólido a líquido y a gaseoso. Cualquier impacto generado en alguno de ellos afecta drásticamente a los demás.

Y a Colombia no le va bien en esto. Por ejemplo, el país ha perdido en los últimos años el 80 por ciento de su masa glaciar y de los 17 nevados que tenía hoy solamente le quedan seis que también agonizan. Los bosques del país que cuidan las cuencas del agua pierden por deforestación 140.000 hectáreas al año, es decir, el equivalente a Medellín. La erosión, un cáncer para el suelo, afecta cerca del 40 por ciento del territorio nacional.

Los ríos se han convertido en cloacas de las ciudades en gran parte porque solo el 37 por ciento del agua que consumen los colombianos recibe algún tratamiento. Eso quiere decir que el 63 por ciento restante llega a los caudales con los mismos aceites, jabones y desechos fecales depositados en los grifos. Es tanta la contaminación que El Niño trajo una noticia irónica. Como el Magdalena bajó su caudal y ya no arrastra sedimentos, la bahía de Cartagena recuperó el color azul turquesa que había perdido hace décadas.

“Lo que estamos viviendo no es solo producto de El Niño, sino de años y años de deterioro de los ecosistemas”, advierte Omar Franco, director del Ideam. El funcionario asegura que a ese ritmo de degradación los conflictos se lucharán por el agua y que por eso es importante planear el crecimiento alrededor de esta. De hecho, Colombia ya registró una señal de alarma pues en el Atlas Mundial de Conflictos Ambientales quedó en un ‘honroso segundo lugar’, después de la India.

Las zonas urbanas, que hoy albergan el 75 por ciento de la población colombiana, terminarán sufriendo los mayores impactos. El ministro de Vivienda, Luis Felipe Henao, asegura que “si no tomamos ya decisiones sobre políticas amigables en las ciudades, donde más personas viven y más amenazas hay, estas van a terminar siendo insostenibles”. El ministro de Ambiente, Gabriel Vallejo, cree que hay que transformar la cultura del consumo y, por eso, el gobierno lidera una campaña para que los colombianos ahorren agua que ha mostrado buenos resultados.

Esas decisiones tienen que darse a todo nivel y en todos los sectores. Seguramente, se necesitarán grandes inversiones en infraestructura y tomar decisiones radicales. Pero, sobre todo, se necesitará un cambio de actitud en un modelo económico que debería conservar la naturaleza en vez de extraer sus recursos. Como se ha visto en los debates de los últimos meses, el agua terminará siendo un tema de primer orden en la política nacional que necesitará liderazgos con más conocimiento y menos pasiones. Hay quienes proponen incluso un cambio institucional para que el agua deje de depender de las CAR y se cree una agencia nacional para este recurso como la que existe para el petróleo y la minería.

Lamentablemente, Colombia siempre reflexiona sobre estos temas en los tiempos de El Niño, pero todo vuelve a ser igual una vez llegan las lluvias. Como dice Carlos Gustavo Cano, “el agua tiene que comenzar a ser tratada como el primer bien público en orden de importancia para la supervivencia humana, la estabilidad del poder adquisitivo de las monedas y el sustento macroeconómico de la equidad”. Un país que está ad portas de firmar la paz debe volcar su mirada a este recurso, porque de nada valdría parar un conflicto que ha costado 50 años de guerra para comenzar otro por la escasez de un recurso que, con responsabilidad y conciencia, los colombianos deberían tener a borbotones.

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