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| 11/26/2011 12:00:00 AM

El noviazgo va bien

Se están dando los primeros pasos para una fusión entre el Partido Liberal y Cambio Radical. Sin embargo, llegar al altar no va a ser fácil.

Nadie lo quiere decir de frente, pero en reuniones privadas no se habla de otra cosa: la reunificación liberal ya empezó. No es cuestión de si es posible o no, sino, más bien, de cuándo, cómo y con quién. Y eso es precisamente lo que se está empezando a definir. Los próximos 10 y 11 de diciembre tendrá lugar la Constituyente Liberal, un gran encuentro de más de 1.000 miembros del partido, entre los que se incluyen senadores, representantes, expresidentes, gobernadores y alcaldes electos y delegaciones liberales de todo el país. Hasta ahí todo sería rutinario. La novedad es que la dirección del partido, en una movida audaz, decidió invitar a los directivos y congresistas de La U y de Cambio Radical a la convención. Como esta iniciativa definitivamente no es rutinaria, cada uno de los invitados le ha dado un tratamiento diferente. Cambio Radical la aceptó de una y mandará una delegación. Por parte de La U la cosa es menos automática, y mientras un sector integrado por dirigentes como Juan Lozano y Roy Barreras se opone, otro, integrado por senadores como Armando Benedetti y Karime Mota, la ven con buenos ojos y no descartan asistir como observadores.

La razón por la cual esta constituyente y sus invitaciones han sido objeto de atención y controversia es porque en el fondo significan el primer paso de la reunificación liberal. Sería el despegue de un proceso para que el antiguo glorioso partido rojo, agonizante en los últimos años, se vuelva a convertir en la primera fuerza política del país.

Para esto es necesario que regresen al redil todas las ovejas descarriadas que se fueron a otros rebaños. Es decir, todos los jefes liberales tradicionales que abandonaron el oficialismo de su partido para formar parte de nuevas colectividades: Cambio Radical y el Partido de la U. El origen de esa desbandada fue el hecho de que el liberalismo haya sido el partido de oposición al gobierno de Álvaro Uribe. Como en Colombia los políticos están donde están los puestos y las prebendas, los caciques tradicionales se desplazaron a los partidos uribistas, que era donde se repartía esa piñata. Esto dejó al liberalismo reducido a tal punto que desembocó en la vergonzosa derrota de Rafael Pardo en las últimas elecciones presidenciales, en las que quedó de cuarto detrás de Germán Vargas y de Gustavo Petro, con apenas 600.000 votos.

Todo eso ha cambiado con la llegada de Juan Manuel Santos al poder. Los liberales volvieron a los desayunos en Palacio y hacen parte de la Unidad Nacional. Fueron los autores de la Ley de Víctimas y hoy ocupan cargos como el Ministerio de Trabajo y el de Justicia. Por si fuera poco, hace un mes se posicionaron como la primera fuerza política a nivel regional, pues a pesar de una barrida en Bogotá, tuvieron un muy buen desempeño en las elecciones locales.

Por todo lo anterior, hay quienes piensan que llegó el momento de volver a pensar en grande. En otras palabras, que los hijos pródigos vuelvan a casa. Sin embargo, tanto los interesados dentro del partido como por fuera saben que sin el guiño del presidente no pasa nada. "Todo esto es especulación hasta que Santos dé una señal en público o en privado", afirma Armando Benedetti, senador de La U con ascendencia liberal.

Y no le falta razón. Santos es el dueño de la piñata y el futuro de los partidos depende de cómo quiera él jugar sus cartas. Aunque es cierto que fundó el Partido de la U y llegó a la Presidencia avalado por este, para nadie es un secreto que su estirpe y su espíritu son liberales. Por eso, así como Álvaro Uribe acabó siendo el verdugo del liberalismo, el actual presidente puede ser el salvador. Y el primer paso en esa dirección sería una fusión entre Cambio Radical y el Partido Liberal. Este último cuenta hoy con más fuerza que líderes.

Por su parte, Germán Vargas necesita masa crítica para sus futuras aspiraciones presidenciales. Él, en el fondo, pertenece a una de las grandes dinastías de esa colectividad. Por otro lado, Cambio Radical tiene tantos miembros judicializados por parapolítica que no es una plataforma presentable para un presidenciable. Por lo tanto, ese matrimonio ideológica y políticamente es inevitable a mediano plazo. La gran pregunta es cuándo, pues los intereses de Vargas ya no necesariamente coinciden con los de otros dirigentes de Cambio Radical, quienes tienen su propia agenda y tendrían que ser convencidos de las ventajas de esa unión.

Pero aunque la fusión a mediano plazo es inevitable, no va a ser ni fácil ni rápida. Como todo matrimonio, no deja de tener bastantes complicaciones. Hay obstáculos tanto de forma como de fondo. El primero es de plata. El Consejo Nacional Electoral otorga una partida presupuestal a los partidos en función de los resultados electorales, el tamaño, los afiliados y la bancada. El Partido Liberal recibe aproximadamente 4.800 millones al año y Cambio, la mitad de esto. Si se fusionan, en el futuro se perdería una parte de la tajada de Cambio. El segundo obstáculo es que literalmente no hay cama para tanta gente. Las listas para Senado, Cámara y autoridades locales tienen un cupo definido y no todos cabrían en la lista de un partido único. Lo que lleva al tercer obstáculo: el ego y la sensibilidad política de los senadores y representantes liberales, lo cual hace que no vean con buenos ojos la llegada de otros jefes políticos de la misma región a competir por ese espacio. A pesar de todos estos obstáculos y de que ninguna de las dos partes quiere reconocer públicamente sus intenciones, el noviazgo con Cambio Radical va viento en popa. Solo falta la ceremonia y la bendición.

La seducción del Partido de la U aún no ha comenzado y será bastante más difícil. Y la razón es una sola: el factor Álvaro Uribe. Los integrantes de esa colectividad quieren puestos pero no quieren ser desleales ni ingratos con su antiguo jefe. Por lo tanto, mientras Uribe sea antisantista no habrá fusión. Como las deserciones individuales, por la ley de bancadas, requieren renunciar a la curul, no habrá muchos voluntarios. Y el proyecto que se promueve actualmente en el Congreso sobre escisión de partidos políticos y disidencias y que podría llegar a solucionar este impasse aún está en etapa inicial.

Por lo tanto, en las elecciones de 2014, lo más probable es que si Santos decide buscar un segundo periodo, cuente con el aval de los tres partidos de la Unidad Nacional: La U, los conservadores y el Partido Liberal, que a estas alturas ya incluiría a Cambio Radical. En un escenario reeleccionista, la prioridad del presidente será mantener una plataforma política lo más amplia posible. Por lo tanto, no tendría ningún interés en pelearse con los conservadores ni de acabar con La U mientras estos les sirvan a sus intereses. Si la oposición del presidente Uribe hace esto imposible, siempre tendrá la posibilidad de hacer desertar a muchos de sus integrantes para las elecciones de 2014 y dejarle a Uribe el Partido de la U convertido en un cascarón. De una u otra forma, tendrá asegurado el respaldo de su antigua casa: un Partido Liberal cada vez más dinámico y fortalecido. Aunque en la próxima constituyente se nombrará una dirección colegiada, la expectativa de una fusión con Cambio Radical ha creado una nueva realidad política. Y es que, en la práctica, los verdaderos jefes del liberalismo serán dos: Juan Manuel Santos y Germán Vargas Lleras.
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