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| 2/28/1994 12:00:00 AM

EL NUEVO CAPITALISMO

Mas que nunca los colombianos sienten que el país se está quedando en manos de unos pocos. ¿Cuál es la realidad?

AL DIA SIGUIENTE DE LA SUBASTA DE LA TElefonía celular, hace 15 días, en todas las reuniones sociales el comentario era el mismo: "Increíble, Santo Domingo derrotó a los Santos por un pelo. Sólo por 5.000 millones de pesos". Esto representaba un poco más del uno por ciento del valor total del negocio.
Lo paradójico de todo esto es que hasta hace muy pocos años 5.000 millones de pesos en Colombia no eran considerados "un pelo". Ni era la cifra por la cual se perdía un negocio. Era más bien el costo total de un negocio? y de uno de los grandes. Es más: pocas empresas del país valían tanta plata. En 1989, hace apenas cinco años, el valor en Bolsa de una empresa como Avianca era del orden de los 5.500 millones de pesos de hoy.
Lo anterior ilustra. más que cualquier otro ejemplo, cómo el país ha cambiado radicalmente en los últimos años. Las cifras involucradas en los negocios que se realizán ahora en Colombia eran impensables en la década pasada. Hace apenas 10 años se afirmaba que ningún colombiano tenía un patrimonio superior a los 100 millones de dólares. Aun para el Gobierno era difícil conseguir un crédito de esa magnitud. En los primeros meses de la administración Betancur, el ministro de Hacienda de ese entonces, Edgar Gutiérrez Castro, realizó una extensa gira por los mercados financieros internacionales buscando créditos para Colombia, y con trabajo logró reunir 218 millones de dólares. Hoy, un audaz empresario de 36 años llamado Jaime Gilinski, recoge -por cuenta propia- una suma superior para comprar el Banco de Colombia.
Hay muchos ejemplos en el mismo sentido que evidencian el vertiginoso crecimiento del país. El controvertido terreno de las Sierras del Chicó fue adquirido en 1975 por el Grupo Grancolombiano por la suma de 100 millones de pesos, que equivalían a tres millones de dólares. Hoy, a precio de indemnización, está avaluado en 25.000 millones de pesos, algo más de 30 millones de dólares.
Y si esto ha sido en 20 años en finca raíz en el mercado de capitales el aumento ha sido comparable apenas tres años. Al terminar 1990 las 173 empresas inscritas en las bolsas tenían un valor de mercado de 1.909 millones de dólares. Menos de tres años después, en septiembre de 1993. ese mismo valor ascendía a 10.755 millones de dólares, lo que implica una valorización de casi seis veces.
La semana pasada fue particularmente representativa de los cambios que ha sufrido el país en materia económica en lo que va corrido de la década del 90, porque en ella coincidieron la adjudicación de la telefonía celular y la privatización del Banco de Colombia. Con esos dos negocios solamente, el Estado conseguirá recursos por un valor superior a los 1.500 millones de dólares, una cifra superior a la de cada uno de los famosos créditos con nombre de avión que contrató el país en la segunda mitad de los 80 -el Jumbo, el Concorde y el Challenger- que tantos dolores de cabeza les trajeron a los correspondientes gobiernos, no sólo por las dificultades de su contratación, sino por los compromisos que hubo que asumir con organismos como el Fondo Monetario Internacional.
Todas estas cifras multimillonarias, y el hecho de que se estén canalizando - a través de negocios donde participan unos pocos, le están dejando al país la sensación de que se están rompiendo todos los récords en materia de concentración de riqueza. Tal impresión fue recogida el miércoles por un editorial de El Tiempo el diario de los Santos afirmaba tajantemente que "Colombia asiste al proceso de concentración económica más grande de su historia".

TEMA DE MODA
El interés del país -y de los Santos- en este tema tiene su origen en recientes actuaciones de Julio Mario Santo Domingo que han movilizado a algunos sectores de opinión a considerar que el asunto se ha vuelto prioritario. Sin embargo cualquier debate que se quiera realizar sobre la concentración de la riqueza en Colombia, para que tenga alguna legitimidad, tiene que dejar de lado los nombres propios, pues, si bien estos son percibidos como el símbolo del problema, no acaban teniendo más que un valor anecdótico en un análisis real.
¿Cuál es la situación real de Colombia hoy? Paradójicamente se están presentando en forma simultánea dos fenómenos aparentemente contradictorios. Por un lado, se está dando una concentración de poder en los grupos económicos que no tiene antecedentes en la historia nacional. Por el otro, y aunque parezca increíble, se ha registrado una mejoría en la distribución del ingreso, lo que es bastante inusual en el contexto latinoamericano de la última década.
El problema de la distribución del ingreso es mundial y es histórico. El Tercer Mundo se llama precisamente así por su nivel de pobreza y desigualdad social. Colombia no ha sido la excepción. Por tanto, quienes hablan de una mejoría en la distribución del ingreso se refieren a la tendencia y no al nivel absoluto. Hace apenas 10 años, Colombia era el país con peor distribución del ingreSo en América Latina. O si se quiere, el que más concentrada tenía la riqueza. En la última década, no obstante, la situación ha variado de manera sustancial. Un estudio sobre la pobreza y distribución del ingreso, llevado a cabo en 1992 por el Banco Mundial, cuyas conclusiones fueron dadas a conocer recientemente, muestra que Colombia fue uno de los pocos países en los cuales la distribución no empeoró en la década del 80. Por el contrario, según el estudio, la distribución del ingreso en Colombia sufrió una "significativa mejoría" en el período, al punto que pasó del primero al sexto lugar entre los países con peor distribución del ingreso en la región. Según el Banco Mundial, de los 18 Estados del continente sólo cuatro mejoraron su situación en los últimos 10 años. De estos, Colombia fue el que más acortó la brecha. El segundo lugar lo ocupa Uruguay, el tercero Paraguay y el cuarto Costa Rica.
A una conclusión similar llegan otros estudios realizados recientemente en el país. En la tesis doctoral presentada a la Universidad de Harvard a finales de 1990, el actual ministro de Salud, Juan Luis Londoño, llegó a la conclusión de que "la desigualdad del ingreso creció rápidamente en el país a partir de los años 30, alcanzó el pico durante los años 60 y mejoró continuamente en las últimas dos décadas". Al mismo resultado llegó el actual gerente del Banco de la República, Miguel Urrutia, en un estudio que fue publicado en las notas editoriales de la revista del emisor en agosto del año pasado. Según el estudio -cuyas estadísticas llegan hasta el año 1992-, "en materia distributiva Colombia ha conseguido importantes progresos. En efecto, el coeficiente de Gini, el cual mide el grado de concentración del ingreso, disminuyó en los últimos 20 años en cerca de 10 puntos. Por otra parte, la estructura distributiva del ingreso mejoró tanto en el campo como en la ciudad".

LOS GRUPOS
A la gente que siente la presencia diaria de un puñado de dueños del país le cuesta trabajo aceptar que la distribución del ingreso esté mejorando. La verdad es que una cosa no implica la otra. En Suecia, por ejemplo, hay una sola familia -la Wallenberg- que; de acuerdo con un artículo publicado en diciembre por la revista The Economist, es propietaria del 40 por ciento de todos los activos que se negocian en las bolsas de valores del país. Y Suecia, según las últimas estadísticas del Banco Mundial, es el país con mejor distribución del ingreso en el mundo. Algo similar pasa en Corea, donde cinco grandes corporacioaes son dueñas de más de la mitad del aparato industrial y, sin embargo, ese país presenta los mejores indicadores de distribución del mundo en desarrollo. Para los coreanos, la presencia de esos grupos está estrechamente vinculada al acelerado desarrollo económico que ha vivido esa Nación.
En este momento en Colombia es algo diferente. Casi nadie sabe que el país se lleva la medalla de oro del continente en cuanto a la mejoría relativa en la redistribución del ingreso. Es más: la percepción es exactamente la contraria. El colombiano corriente considera que la situación se agrava cada día más y que el ponqué se está repartiendo entre muy pocos.
El nombre que primero aparece en todas las conversaciones sobre este tema es el de Julio Mario Santo Domingo. Según le informó a SEMANA el presidente de Bavaria, Augusto López Valencia, las ventas totales del grupo -tanto en Colombia como en sus sociedades internacionales- ascendieron a 2.700 millones de dólares en 1993. Esta cifra equivale al 5.5 por ciento del Producto Interno Bruto colombiano y es, a nivel mundial, una de las participaciones más grandes de un grupo en la economía de un país. Las utilidades declaradas del grupo en Colombia serán del orden de los 200 millones de dólares. El tamaño de esa cifra y lo que eso significa como capacidad de reinversión son un ejemplo de las dimensiones económicas que ha adquirido el país y que obligan a pensar en grande.
A pesar de todos los éxitos que el conglomerado tuvo el año pasado, está atravesando por su peor momento en términos de imagen. Cifras de esa magnitud desbordan la capacidad de absorción del país y es inevitable que los excesos de liquidez tengan que canalizarse hacia oportunidades de negocios en prácticamente todos los sectores de la economía. Este fenómeno económico ha creado una omnipresencia que en un país como Colombia requiere mucha sutileza en su manejo. Este no ha sido el caso, y la combinación de transacciones multimillonarias y arrogancia de poder han tenido un costo grande para el grupo y están generando problemas políticos.
El otro grupo considerado dueño del país es la Organización Ardila Lulle. Sus ventas en 1993 llegaron a 1.400 millones de dólares. Sin embargo, aunque las ventas son inferiores a las del Grupo Santo Domingo, la fortuna personal de Ardila, según la revista Newsweek, supera los 1.000 millones de dólares. Aun cuando está en menos sectores económicos que Santo Domingo y controla menos empresas, su fortaleza radica en no tener socios, puesto que es propietario del ciento por ciento de las acciones de sus empresas. Carlos Ardila es el empresario con mejor imagen de Colombia. Una encuesta realizada por Invamer-Gallup en las cuatro grandes ciudades con la pregunta ¿Cuál cree usted que es el empresario que más ha hecho por Colombia?, arrojó los siguientes resultados: Carlos Ardila Lulle, 32 por ciento; Julio Mario Santo Domingo, 16 por ciento, y Luis Carlos Sarmiento Angulo, 11 por ciento.

La causa de la imagen de Ardila responde no solo a su personalidad, sino a su estrategia de concentrarse en integrar sus líneas básicas de negocios sin pretender meterse en todo. Su reciente decisión de entrar a competir en la industria cervecera que comprometerá cientos de millones de dólares lo ha concentrado en un sector donde el país considera conveniente la competencia. Por esto ha mantenido un bajo perfil en una época de operaciones millonarias que han puesto a los ricos en la mira.
El tercero que ha ingresado a la liga de los dueños del país es Luis Carlos Sarmiento Angulo. El no tiene ni los problemas de imagen de Santo Domingo ni la popularidad de Ardila. Si bien su patrimonio no es todavía de la dimensión de los de éstos, va serlo muy pronto, pues es probablemente el colombiano cuya fortuna está creciendo en forma más dinámica en la actualidad. Los conglomerados de Santo Domingo y Ardila tienen huecos grandes en los, casos de Avianca y Coltejer. Sarmiento no tiene ese problema por ahora y todas sus empresas están funcionando a plena marcha. Para 1993 las utilidades de su organización serán de 120 millones de dólares. Además de los bancos de Bogotá y de Occidente, de sus corporaciones financieras y de sus actividades de construcción, se le viene lo que podría ser el más grande de sus frentes: la administración de pensiones.
Paradójicamente, el Sindicato Antioqueño, el más grande de todos los grupos colombianos no está para el grueso de la opinión pública en esta lista. La atomización accionaria en miles de personas no permite personificar la propiedad en cabeza de nadie. Esto combinado con el más discreto de los manejos se ha traducido en que a pesar de su poderío nunca ha tenido problemas de imagen.
EN LA MIRA
Pero independientemente de que los grupos económicos tengan una imagen buena, mala o neutra, el hecho es que son una realidad en lo que se podría llamar la nueva sociedad capitalista colombiana. Colombia está a las puertas de un despegue económico en una época en que el comunismo y la expropiación han dejado de ser alternativas. Esto hace que el desarrollo del país tenga que ir de la mano de grandes conglomerados económicos con la capacidad financiera para realizar inversiones que antes eran de dimensión estatal. Por eso no tiene mucho sentido hacer populismo simplista contra estos en una coyuntura histórica de transición entre modelos económicos. Hasta cuando alguien descubra una alternativa mejor, el desarrollo económico del mundo va a estar centrado en la libre empresa y en la ideología de centro derecha. En Colombia este viraje lo dio César Gaviria y no parece probable que vaya a ser cambiado sustancialmente a corto plazo.
La razón por la cual el tema de los grupos económicos está sobre el tapete con una connotación negativa es principalmente por cuenta de un problema de percepción que se ha generado frente al Grupo Santo Domingo. La realidad es que, en términos de generación de riqueza, de empleo, de inversión, en Colombia y como motor de desarrollo ese conglomerado ha jugado y sigue jugando un papel determinante en la economía colombiana. Sin embargo, la dimensión que ha adquirido ha desembocado en una actitud de desafío frente a la opinión pública. Esto está causando un considerable grado de fastidio y un malestar que han hecho que la situación haya escalado de la dimensión personal a la dimensión institucional. Concretamente el exceso de poder del grupo ha producido un desbordamiento en dos frentes: el manejo de los medios de comunicación y el financiamiento de las campañas políticas.
Existe un consenso de que el Estado va a tener que tomar cartas en este asunto. En privado, los candidatos a la Presidencia hablan con frecuencia sobre el tema y, aunque ninguno está en ánimo revolucionario, es evidente que durante el próximo gobierno tendrán que adoptarse medidas sobre la materia.
Los dos temas -el de los medios de comunicación y el de la financiación del Congreso- están estrechamente entrelazados. El Grupo Santo Domingo ha llegado a controlar las instituciones mediante una estrategia de zanahoria y garrote. Al que está con ellos se le apoya con dinero para sus campañas y pantalla en todos sus medios. El que no esté, ingresa inmediatamente a la lista negra en los dos frentes. Y esto con el agravante de pantalla para sus enemigos que en el mundo político equivale a la pena de muerte. En términos literarios esta tenaza se sintetiza en lo que podría denominarse la escogencia del metal: plata o plomo. Todo manejado por la mano maestra de Augusto López, quien se ha convertido en un verdadero aliado de la clase política.
La primera consecuencia que salta a la vista en este proceso es la enorme influencia del Grupo Santo Domingo en las tres ramas del poder público. La legislativa está controlada por la tenaza de dinero y medios de comunicación que constituyen el oxígeno de la supervivencia parlamentaria. Por la misma razón, aunque en menor grado, el ejecutivo no siempre cuenta con la posibilidad de tomar las decisiones que atañen al grupo con total independencia. Curiosamente la rama del poder que cuenta con más independencia frente al grupo en la actualidad es la Judicial. Como para ser juez no se necesita ni dinero ni salir en Caracol, la mayoría de las decisiones judiciales de estos tiempos de conflicto se han basado fundamentalmente en razones de derecho.
Pero que de las tres ramas del poder público haya una que esté controlada y otra que esté comprometida por cuenta de un particular, es un fenómeno de implicaciones institucionales enormes. Y el fenómeno es tan grave que su corrección se está convirtiendo en bandera política. Unos pocos candidatos a las corporaciones públicas y aun a la presidencia de la República han decidido apostarle políticamente a esa causa. El debate apenas comienza. -
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