Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1987/04/06 00:00

EL OTRO DELGADO

Un celador mata a su patrón y a dos policías, y hiere a tres personas más, afectado al parecer por el síndrome de Pozzetto.

EL OTRO DELGADO

Después de la matanza de diciembre pasado en el restaurante Pozzetto al norte de Bogotá, hubo mucha gente que le tomó aguero a ciertas cosas: a los ex combatientes de Vietnam, a los restaurantes italianos, a los Campo Elías, e incluso a un plato de espaguetis. Sin embargo, fueron pocos los agoreros que se detuvieron a pensar en el apellido Delgado. Y fue precisamente por ese lado por donde se reventó la pita. El lunes y martes de la semana pasada, un celador del mismo apellido del asesino de Pozzetto, protagonizó una serie de hechos que, por sus características, revivieron en la mente de muchos colombianos, la masacre de principios de diciembre.
Manuel Delgado Mahecha, un vigilante de 42 años nacido en La Calera, Cundinamarca, mató a su patrón, hirió a la hija de este, y al día siguiente asesinó a dos agentes de Policía e hirió a otros dos, en una jornada que finalmente acabó también con su vida. El "Mocho" Delgado, como lo llamaban quienes lo conocían debido a que le hacía falta la mano derecha, inició su loca carrera hacia la muerte el viernes 27 de febrero, cuando cumplió 3 años de labores como celador de la empresa de cereales La Segadora, de propiedad de Obdulio Torres Cubillos. Ese día, lo primero que hizo al levantarse fue tomar todas sus pertenencias y prenderles fuego después de rociarlas con gasolina, de acuerdo con la versión de Rosita, empleada de La Segadora, quien desde hace más o menos dos años, le había arrendado un cuarto a Delgado en su casa del sector de Bosa.
El sábado por la tarde el vigilante fue, como de costumbre, y recibió las llaves y el revólver de manos de Rebeca Torres, hija del patrón. Le preguntó si pagarían la quincena, y ella le dijo que el lunes lo harían. El domingo, también como de costumbre, don Obdulio Torres fue hasta La Segadora y le llevó el almuerzo al celador. Hacia las tres de la tarde, cuando llegó al sitio en compañía de su hija, notaron que la puerta de la reja estaba abierta y que Delgado se había ido.
Al entrar, encontraron una nota escrita a mano que decía: "Ahora sí van a saber que Manuel no seguirá siendo el mismo bobo de siempre". Después de cerrar el establecimiento, don Obdulio se dirigió a la Policía y denunció lo sucedido, advirtiendo que Delgado no parecía ser alguien normal y que además se había llevado el arma de la empresa. Una de las cosas que sorprendió a los dueños de La Segadora, fue que el vigilante no se llevara el dinero, a pesar de que había violentado los escritorios y cajones en donde normalmente se guardaba.

EL BAÑO DE SANGRE
El lunes a las 2 y media de la tarde, Delgado reapareció por la empresa y, después de saludar, le preguntó a don Obdulio dónde podía dejar el revólver. El patrón le dijo que lo entregara a su hija Rebeca, como lo había hecho siempre. En ese momento, Delgado sacó el revólver con su mano izquierda y le disparó a don Obdulio, hiriéndolo mortalmente en la cabeza. Inmediatamente se dirigió hacia donde estaba Rebeca y, a quemarropa, también le disparó, pero ella tuvo más suerte y sólo resultó herida en el brazo. Segundos después, el asesino huyó y no se supo más de él por varias horas.
El martes, fue visto por algunas personas del sector de Bosa y del barrio San Isidro. En horas de la tarde, se dedicó a deambular por Chapinero y a hacer algunas llamadas desde teléfonos públicos a personal de la empresa al que le decía: "Alístense que todavía tengo mucho por hacer".
Tomó tinto en varias cafeterías, pero nunca pagó, rezongando siempre por la situación económica. Los dueños de los establecimientos no se atrevían a cobrarle "al ver su cara de loco", según pudo establecer SEMANA. Hacia las 7 y media de la noche, Delgado caminaba por la Avenida Caracas con calle 60, cuando de pronto se encontró frente a frente con dos agentes de Policía que acababan de salir de turno. Sin que mediara palabra y al parecer creyendo que venían a capturarlo, sacó el arma y con precisión impresionante, le dio un tiro mortal a cada uno en la cabeza. Así murieron los agentes Luis Hernando Sierra y Luciano Salazar Castaño. Poco después, fue a esconderse en las Residencias Caracas, en la calle 58, a donde llegó la Policía a buscarlo. En medio de una balacera de algunos minutos, logró herir a dos agentes más y sostener el fuego hasta pasadas las 8 de la noche, cuando cayó muerto por las balas de la Policía.
Algunas versiones aseguran que el martes, estuvo llamando a la empresa para averiguar en dónde estaban velando a don Obdulio Torres y en qué clínica estaba recluida su hija Rebeca, y se presume que sus intenciones eran las de ir a estos sitios y agrandar su número de víctimas. SEMANA pudo establecer que Delgado tenía por lo menos 5 solicitudes judiciales por homicidio en Tunja y Otanche, y había estado preso en la isla de Gorgona durante más de 12 años. Era un experto tirador, y sorprendía por la puntería de que podía hacer gala sin necesidad de levantar la mano arriba de la cintura. Todo lo anterior hace un tanto inexplicable que se hubiera convertido en celador y que se le suministrara un arma, a este hombre que al parecer, puede ser un afectado por el síndrome de Pozzetto.

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