Martes, 24 de enero de 2017

| 1995/08/07 00:00

EL OTRO GANADOR

Si Serrano fue el triunfador de la semana en materia de narcotráfico, Bedoya lo fue en materia de guerrilla: el gobierno le hizo más caso a su memo de lo que se cree.

EL OTRO GANADOR

EL DOMINGO 2 DE JULIO A las 11 de la mañana el consejero para las comunicaciones, Juan Fernando Cristo, llamó a Cartagena al presidente Ernesto Samper para decirle algo que terminó amargándole el descanso del puente. Cristo le informó a su jefe que acababa de recibir la edición de SEMANA y que en ella se revelaba un memorando interno del comandante del Ejército, general Harold Bedoya, con serios cuestionamientos a la eventual desmilitarización de La Uribe.
La rabia presidencial se trasladó a Pietra Santa, en Italia, adonde el ministro de Defensa Fernando Botero acababa de llegar con su esposa y sus hijos con el fin de pasar unos días de reposo en compañía de su padre, el afamado pintor y escultor. Botero se vio obligado a emprender el inmediato regreso para enfrentar la crisis suscitada por la divulgación del memorando de Bedoya. A juzgar por las palabras que le había escuchado al primer mandatario , las horas del general al frente de su cargo estaban contadas. Otros altos funcionarios del gobierno que dialogaron entre domingo y lunes con el Presidente tuvieron la misma impresión. Y la confirmaron cuando el lunes al mediodía escucharon su jefe decir en un discurso en la base naval de Cartagena una frase que habría de resonar durante toda la semana: "Aquí mando yo".
El martes a primera hora, Samper recibió a Botero en la Casa de Nariño y aunque seguía pensando que lo mejor era darle a Bedoya la baja del servicio activo, algunos elementos lo pusieron a dudar. El primero, un comunicado emitido por el general en la tarde del lunes, en el cual aseguraba no compartir algunas de las interpretaciones que SEMANA -y para ese momento casi todos los demás medios de comunicación- estaban haciendo del memorando. El segundo, el hecho de que definitivamente el texto del memorando no constituía un acto deliberante como los que prohíbe a la Fuerza Pública el artículo 219 de la Constitución y, muy por el contrario, estaba cobijado por una de las normas contenidas en dicho artículo, según la cual la Fuerza Pública podrá dirigir peticiones "sobre asuntos que se relacionen con el servicio".
El tercer elemento que puso a dudar a Samper fue la idea de que la filtración del documento podía haber sido promovida por algún enemigo del general, justamente para ponerlo en problemas y dejarlo a las puertas de un retiro abrupto. "Al Presidente le surgió de repente el temor de estar cometiendo una injusticia", explicó a SEMANA una fuente de la Casa de Nariño.
Fue así como el martes en la mañana, quienes habían pensado que ese día sería el entierro de Bedoya, entendieron que, por lo pronto, estaba siendo pospuesto. Y la suerte del general fue mejorando a medida que pasaban las horas. Los editoriales de El Tiempo, El Espectador, El Nuevo Siglo, La Prensa y buena parte de los diarios regionales le daban la razón. Los espontáneos telefónicos de las emisoras de radio, también. Y algo similar sucedía con la mayoría de los dirigentes políticos y, sobre todo, con los líderes empresariales. En esas horas Bedoya recibió un verdadero plebiscito de respaldo.
Al final de la tarde, el Presidente se reunió con los generales -más de 20- en el amplio salón del consejo de ministros. Las imágenes de esta reunión eran por sí solas un desmentido contra quienes seguían negando la existencia de una crisis y calificaban como rutinario un memorando que a las pocas horas de divulgado obligó a Samper a ordenar a su Ministro de Defensa que regresara de sus vacaciones apenas iniciadas, a dejar en claro que es él quien da las órdenes y a convocar a Palacio a tantos generales que su sola cantidad era un récord en la historia reciente. La ambivalencia del propio gobierno en actuar como si se tratara de una crisis mientras pretendía desmentirla se vio resumida en la declaración a la prensa de Botero -rodeado por los principales generales- en uno de los patios de la Casa de Nariño al término de la cumbre con el Presidente: "la supuesta crisis que algunos sectores señalaron entre el gobierno nacional y las Fuerzas Militares ha sido superada y me atrevo a decir que jamás existió".
Pero más allá de los anteriores asuntos, más bien anecdóticos, ¿en qué había parado el análisis de los cuestionamientos hechos por Bedoya, a los cuales la inmensa mayoría de los comentaristas les encontró sobrada razón? Las claves para responder estaban contenidas en la declaración de Botero. En ella, el Ministro aseguró que en el evento de que se celebrasen conversaciones de paz con la guerrilla en el municipio de La Uribe "el gobierno nacional estaría dispuesto a considerar el despeje de un sector rural del mencionado municipio durante un período delimitado en el tiempo y la concentración de las respectivas tropas en el área de la cabecera municipal". Lo que a primera vista parecía una reiteración de los puntos de vista que Samper había venido sosteniendo desde su discurso de Bucaramanga el 18 de mayo, era en realidad una aclaración de esas ideas, que demostraba que los militares habían logrado, al menos en parte, sus propósitos. En Bucaramanga el Presidente había dado a conocer el despeje militar como una decisión y no como dijo Botero el martes pasado como algo que el gobierno "estaría dispuesto a considerar". En Bucaramanga, Samper había hablado de desmilitarizar toda el área rural del municipio para concentrar las tropas -sólo con armamento defensivo- exclusivamente en la cabecera municipal. Ahora Botero se refería al despeje de "un sector rural del mencionado municipio" -o sea que ya no era todo el sector rural-y a la concentración de las tropas-ya no sólo con armamento defensivo- en "el área" de la cabecera municipal -algo que puede sugerir una zona alrededor de dicha cabecera-. Más adelante Botero fue especialmente categórico en señalar que esta oferta era la última que el gobierno iba a hacer: "No va más", sentenció el Ministro.
Los generales no ocultaban su satisfacción: la desmilitarización de La Uribe era cada vez más hipotética -el adjetivo que Bedoya había utilizado en su memo-, la oferta ya no incluía toda el área rural, sino sólo "un sector rural", mientras las tropas podrían concentrarse ya no sólo en la cabecera sino "en el área" de la misma y ya no se hablaba de que permanecieran allí sólo con armas defensivas. Y para rematar, el gobierno afirmaba, de la manera más categórica, que dicha propuesta era la última. "La divulgación del memorando de Bedoya logró, al menos por ahora, detener la cadena de concesiones a la guerrilla, algo que sin duda tranquiliza a los generales", explicó a SEMANA un funcionario civil del Ministerio de Defensa.
Al final de la larga jornada, el único garrote que blandía el Ministro -quien en realidad no tenía por qué estar descontento con el desenlace- era el de la amenaza de destitución contra quienes filtraron el memorando de Bedoya, como posible consecuencia de "la más exhaustiva y rigurosa investigación ". El comandante del Ejército se había salvado o, cuando menos, su salida había quedado aplazada hasta nueva orden, con la ventaja para él de que, pase lo que pase, el día que se presente es muy posible que sea por la puerta grande.
¿Y el proceso de paz? Aunque al final de la semana era bastante difícil medir las consecuencias de estos episodios en cuanto a ese proceso, lo cierto es que sólo parecen quedar dos opciones: que la guerrilla rechace esta última oferta del gobierno por considerar que el Presidente se dejó presionar por los militares, o que la acepte y demuestre con ello que algo de voluntad de reconciliación le queda a sus líderes.

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