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| 5/10/2013 12:00:00 AM

El otro milagro que le hacía falta

Toda su vida religiosa dedicada al servicio de los indios es un milagro ininterrumpido de amor a los más pobres y débiles de la sociedad.

A la Madre Laura le hace falta un milagro para ser canonizada, informó el diario El Tiempo con cierto apremio.

De ser así, se sumaría la beata colombiana a los centenares de nombres que están en la sala de espera de la Congregación para las causas de los santos. Uno de esos nombres parece una causa perdida. El papa Inocencio XI espera desde 1741; obtuvo la beatificación en 1956, más de dos siglos después,  pero los interesados en su canonización, si los hay, se desesperan: no hay quién le pida milagros y, por tanto, no tendrá la prueba definitiva.

La legislación canónica exige certezas de santidad para que alguien pueda ser canonizado; esas certezas o señales divinas han sido ligadas a milagros de índole médica, anota Kurt Peter Crumpel, veterano investigador de la Congregación. Extráñense: La canonización de la madre Laura depende de los médicos antes que del Papa, porque ellos son los que proveerán las certezas cuando determinen que una curación no se hizo por las vías ordinarias sino por esos atajos de lo extraordinario y científicamente inexplicable.

Sin embargo, en la Congregación hoy se discute esa metodología: “Hay una indecorosa dependencia de la Iglesia frente a los médicos”, anota Crumpel. Lo debió sentir así Juan Pablo II cuando prescindió de la prueba “milagro” para una de sus beatificaciones. En este caso bastó el otro milagro: la santidad de vida.

Pero, tal como están las cosas, hoy estos milagros cuentan menos que el poder científico de los médicos, a pesar de que los “milagros” pueden dejar de serlo cuando el progreso científico explique lo que en el momento de una canonización se tuvo por inexplicable: “Muchos de los supuestos milagros de siglos pasados no se aceptarían hoy”, advierte Kenneth Woodward en una investigación sobre el tema. Se refiere a milagros que fueron dados como señales de Dios para aprobar una canonización y que dejaron de serlo cuando la ciencia aportó una explicación natural del hecho. Mientras la ciencia ha avanzado, los métodos para determinar la santidad de alguien siguen estancados.

¿De qué otra manera se podría demostrar la santidad de la madre Laura?

En la misma Congregación que le da tanta importancia al argumento racional del milagro, hay investigadores dedicados a escudriñar  en las vidas de los candidatos a santos, su ejercicio heroico de las virtudes.

Es posible que estos investigadores se hayan librado de la trampa racionalista que hay detrás de los milagros, que opera así: Si veo el milagro y me lo prueban los científicos, creeré que Dios intervino, razonamiento que es un eco de las palabras de Tomás el que necesitó hundir su dedo en las llagas y su puño en el costado, para creer. Estos racionalistas corren, además, el riesgo de que, al evolucionar, la ciencia demuestre que lo que se llamó milagro no era tal. Como todos los procesos de razonamiento que se usan para llegar a Dios, estas operaciones solo dan por resultado una construcción de la razón humana, y la santidad no se prueba con silogismos. En cambio, una vida santa es un milagro que nunca pierde su esplendor como manifestación de la gracia de Dios.

Esa es la parte del formulario que la madre Laura Montoya aprobó con honores. Toda su vida religiosa dedicada al servicio de los indios es un milagro ininterrumpido de amor a los más pobres y débiles de la sociedad. Fue una presencia del amor de Dios entre los indios que ella, maestra de escuela, probablemente creía asociada a sus métodos de enseñanza, cuando lo cierto es que los indios no necesitaron fórmulas ni sermones para conocer al Dios que los ama, porque en ella pudieron ver y sentir al Dios que los  amaba.

Cuando uno de los finqueros de la región las vio en uno de esos caminos de la selva conduciendo de cabestro los caballos en que llevaban a Dabeiba unas indias enfermas, preguntó asombrado en conversación con su esposa: ¿Qué quieren estas señoritas? ¿Qué esperan de estas indias tan pobres y asquerosas? La pregunta y la escena lo persiguieron varios días, hasta cuando creyó haber encontrado la respuesta: “Si yo hubiera conocido así el catolicismo, me habría hecho católico hasta el meollo de los huesos. No puede recordar eso sin estremecerme”, le dijo a su esposa. No había necesitado sermones, ni milagros. Le bastó ese prodigio del amor de estas mujeres por los indios.

Este es el milagro que hace falta incluir en los formularios y cartillas con que se examina a los candidatos a santos. Digo mal: el ejercicio heroico de las virtudes sí está incluido, pero no tiene tanta importancia como la cambiante y frágil prueba que avala la ciencia de los médicos.

*Texto de la Revista Vida Nueva (Edición 65)

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