Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1999/05/03 00:00

EL OTRO PLAN B

A Estados Unidos no le tembló la mano para intervenir en Kosovo. La pregunta es si podría hacer <BR>lo mismo en Colombia, donde también hay miles de desplazados.

EL OTRO PLAN B

Al ver los misiles caer sobre Yugoslavia por televisión muchos colombianos se preguntan qué
tan factible es que algo parecido pueda suceder en Colombia de fracasar el proceso de paz. La
comparación no es del todo ilógica. Si los norteamericanos están dispuestos a movilizar las fuerzas de la
Otan para defender a la población musulmana de Kosovo, al otro lado del mundo, por qué no habrían de hacer
lo mismo en Colombia, país que padece el desplazamiento de población más grande en el mundo en los
últimos 10 años a raíz de la violencia. Además la importancia relativa de Yugoslavia con respecto a la
estabilidad europea podría no ser mucho mayor para Estados Unidos que una eventual
desestabilización en Colombia. No solamente por el tema de las drogas, cuya relevancia política en
Estados Unidos es enorme, sino porque una Colombia fuera de control afectaría a Venezuela y Panamá, dos
vecinos estratégicos para los gringos por el petróleo y por el canal. Como dijo la semana antepasada Jack
Sweeney, director de asuntos latinoamericanos de la Fundación Heritage, en Washington, "mientras la
atención nacional se concentra en Kosovo se está gestando una crisis más cerca de nuestras fronteras, en
Colombia".Con todos estos elementos no es sorprendente que muchos analistas colombianos, incluidos
varios columnistas de prensa, hayan llegado a la conclusión de que una intervención estadounidense en
Colombia no es del todo imposible. A todo esto se suma otro elemento: el de la opinión de un sector de las
Fuerzas Armadas de Estados Unidos, que por diferentes medios han tratado de ir ambientando esta
decisión. SEMANA conoció el último ejemplar de un documento llamado Strategic Assesment _elaborado
cada año por el Instituto Nacional de Estudios Estratégicos de la Universidad Nacional de la Defensa,
adscrita al Pentágono_, según el cual "si en el futuro Colombia enfrentase la pérdida de soberanía estatal a
manos de insurgentes o del crimen organizado transnacional, es factible que se busque la asistencia de
Estados Unidos para resolver la situación". Según el mismo documento, la intervención podría darse aun en
contra de la opinión de los colombianos. ''El llamado _dice el informe_ puede no venir directamente de
Colombia. La inestabilidad a lo largo de las fronteras podría propagarse a los países vecinos hasta el
punto en que podría formarse una coalición que serviría para contener la lucha o para ayudarle a las fuerzas
del gobierno a recuperar el control perdido a manos de las Farc, el ELN o de las mafias de la droga. (...) La
Junta Interamericana de Defensa debería crear un sentido de confianza entre establecimientos militares
vecinos, lo cual promoverá un entorno amigable para las fuerzas militares de Estados Unidos en caso de que
llegase a requerir su presencia".Y no se trata de ciencia ficción. Opiniones como la anterior son frecuentes
entre los analistas del Pentágono, cuya valoración de la situación colombiana es muy clara: ven 0 por ciento
de probabilidad de que el proceso de paz como está planteado llegue a buen resultado. Ven un 50 por ciento
de posibilidades de que la reestructuración de las Fuerzas Militares para encarar a la guerrilla tenga éxito. Y,
en consecuencia, ven un 50 por ciento de probabilidades de que sea necesario aplicar el 'Plan B'.No del
todoComo dice un adagio muy popular en Colombia, sin embargo, ''una cosa piensa el burro y otra el que lo
está enjalmando". Aunque para algunos militares gringos _que buscan desesperadamente seguir justificando
sus puestos y el presupuesto que manejan inventándose conflictos en el mundo_ no sería descartable
una intervención en Colombia, la realidad es que para el establecimiento de Washington, mucho más
conectado con la opinión pública norteamericana, una eventual invasión a Colombia, o un ataque al
estilo Irak o Kosovo, está completamente descartado. Las razones detrás de esto son tanto de fondo como
coyunturales. Por un lado, el problema de las drogas es visto en Washington cada vez más como una lucha
que se debe concentrar en el consumo más que en la producción. Los organismos antidrogas de Estados
Unidos parecen haber concluido que es más fácil y rentable educar a los norteamericanos y reprimir el
consumo que protagonizar guerras inciertas en terceros países contra verdaderos ejércitos de
narcotraficantes. Adicionalmente han llegado a una conclusión quizás más importante: que la guerra contra las
drogas no se va a ganar y que su consumo es un problema con el que hay que convivir, tratando siempre de
contenerlo y de reducirlo. A la luz de estas consideraciones, invadir a un país suramericano _con todos los
problemas que ello implicaría_ solamente porque se convierta en un narcoestado, como Birmania, no tendría
sentido.Hay, además, una explicación coyuntural _aunque no menos importante_ de por qué Colombia no
ameritaría una intervención militar: la orientación política de las personas que manejan las relaciones
internacionales del gobierno norteamericano. Si algo está claro sobre la presidencia de Bill Clinton es que él no
se inmiscuye demasiado en asuntos de política exterior y que ha delegado esta labor
fundamentalmente en tres funcionarios. Madeleine Albright, secretaria de Estado; William Cohen, secretario
de Defensa, y Sandy Berger, miembro del Consejo Nacional de Seguridad. Y ninguno tiene como prioridad
el sur del Río Grande.La verdad es que Albright, Cohen y Berger han hecho toda su carrera diplomática durante
la guerra fría y su visión de la política exterior norteamericana tiene un enfoque predominantemente
este-oeste. Es más, la secretaria de Estado es de origen checo y, por lo tanto, Europa tiene una importancia
radical para ella.Eso no significa, sin embargo, que no estén pendientes de América Latina. Hace poco fue
nombrado Kenneth Mackay, ex gobernador de Florida y conocedor de Colombia, como encargado
especial para las Américas de la Casa Blanca en reemplazo de Mac McLarty. Y Arturo Valenzuela, ex
decano de relaciones internacionales de Georgetown y especializado en Colombia, fue nombrado en el
Consejo Nacional de Seguridad para reemplazar a James Dobbins. Coincidencialmente este último fue
encargado por el presidente Clinton para apersonarse directamente del tema de Kosovo, por considerarlo
un esperto en asuntos europeos e intervenciones militares. No obstante dichos cambios no son
suficientes para pensar en un cambio de orientación de una política exterior bastante definida. Por eso lo
máximo que se puede esperar de Washington ante un fracaso del proceso de paz en Colombia es un esfuerzo
redoblado por ayudar al Ejército colombiano a ganar la guerra. Y si esto tampoco funciona, y la
desestabilización continúa, lo más probable es que los colombianos se vean abandonados a su suerte,
como le ha sucedido a no pocos países del mundo. Remember Ruanda.

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