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| 11/14/2004 12:00:00 AM

El otro rey vallenato

El trabajo y las buenas relaciones han sido claves en la carrera del nuevo Procurador, Edgardo Maya, un hombre que a pesar de sus triunfos lleva un duelo por dentro.

Edgardo Maya Villazón tiene una mirada triste. Tan triste como la corbata negra que no se quita desde el 29 de septiembre de 2001, cuando se enteró de que las Farc habían asesinado a su esposa, la ex ministra Consuelo Araújo. Ese día, la vida le cambió de un tajo.

Ni siquiera el martes pasado, cuando las mayorías del Senado lo reeligieron Procurador, pudo desprenderse del luto. Ese día, como los últimos, se levantó a las 5:30 de la mañana, leyó la prensa, hizo media hora de ejercicio en su bicicleta estática y se puso una de las tantas corbatas negras que guarda en su armario. Antes de salir de su casa ya sabía, como todo el país, que continuaría al frente de la entidad que siempre anheló dirigir.

Después de una jornada como cualquier otra, en la que contestó 28 llamadas y coordinó las 50 audiencias que en promedio atiende cada semana, salió con sus más cercanos colaboradores al edificio del Congreso. Allí, en el televisor de una oficina prestada, siguió la corta votación que lo reeligió. La comitiva costeña que lo acompañaba contaba eufórica "van 50, 60, 70....". Pero hasta que no se terminó el escrutinio, el Procurador no bajó al recinto. El apoyo de los senadores fue contundente: 90 votaron por él; dos, por Ricardo Hoyos; tres, por Manuel Urueta y dos, en blanco. Incluso habría tenido un voto más, si el avión en que viajaba el senador Carlos Moreno de Caro no se hubiera retrasado y hubiera llegado a tiempo a la plenaria.

Y aunque ha hecho la mayor parte de su carrera en los estrados judiciales y en las altas Cortes, a sus 52 años Maya Villazón ha alimentado el político que lleva por dentro. Eso quedó demostrado cuando convocó en torno a su nombre, a sectores tan opuestos como el uribismo, el Polo Democrático, los conservadores y el liberalismo oficialista. "Soy distante, pero cordial", dice Maya cuando define una clave que lo reeligió. La otra es que asegura que aunque no le tiembla la mano para sancionar a servidores y funcionarios públicos que cometan fallas éticas o disciplinarias, son muchos los políticos que sienten afinidad por él. El secreto está en que "él impone su autoridad, se enfrenta con quien tiene que enfrentarse y castiga duro, pero con anestesia", dijo Carlos Gómez Pavajeau, su viceprocurador, que como varios de los otros funcionarios del Ministerio Público le admira a Maya el respeto con que trata a sus subalternos. "La gente le hace caso porque lo respeta y no porque sea el jefe", dice una de sus secretarias que lo conoce bien.

La personalidad del Procurador se debate entre la calidez vallenata y la formalidad de Bogotá, las dos ciudades de su vida. De Valledupar está lleno de recuerdos. Los paseos de infancia al río Guatapurí, los primeros años de colegio en el Liceo Nuestra Señora del Carmen, las 'atemperadas' en la Sierra Nevada de Santa Marta, los festivales vallenatos junto a su esposa y sus pocos amigos cercanos y las parrandas en las cuales compuso más de un vallenato. Y donde proféticamente cantó una y otra vez una de sus canciones preferidas: La honda herida.

Pero en Bogotá cursó la mayor parte de sus estudios. Se graduó del Gimnasio Moderno en 1969, justo cuando en el país y en el mundo millones de jóvenes clamaban por nuevas libertades. Y esto de alguna manera incidió en su gusto por el derecho. "Aunque todos los gimnasianos se iban a Los Andes, yo estudié en la que considero la escuela de derecho más liberal de Latinoamérica: la del Externado".

Porque ya, desde esa época, Edgardo Maya se definía como un acérrimo liberal. Siempre, según él, con el sueño de una sociedad incluyente e igualitaria. Por eso le gusta que en América Latina lleguen al poder "presidentes progresistas como el de Brasil, Argentina o Uruguay", y que el pensamiento del ex presidente Alfonso López -su amigo de fiestas vallenatas y tertulias- siga teniendo vigencia política. "Al fin y al cabo es el único ideólogo liberal que queda", dice.

Su carrera profesional, después de graduarse con honores de la universidad, empezó en Valledupar. Primero fue contralor auxiliar del Cesar y después, abogado litigante y gerente de los Seguros Sociales. También fue concejal y diputado departamental. Y aunque esta incursión en la política fue corta, lo marcó más de lo que él mismo cree.

Trasladó su vertiginosa carrera a la capital en 1990, cuando fue nombrado magistrado auxiliar de la Corte Suprema de Justicia y magistrado del Consejo Superior de la Judicatura. Su paso por estas entidades le permitió construir buenas relaciones que 10 años después lo catapultaron a ser el candidato de la Corte Suprema de Justicia para ocupar el cargo de Procurador General. Para esto ayudó el talante político de Maya. "A estas cosas hay que aspirar, pedirlas, buscarlas, presentar propósitos, justificar la hoja de vida. Porque un puesto de estos no se lo regalan a uno", afirma.

Pero a diferencia de hace cuatro años, en la elección del pasado martes estaba cantada su victoria. Tan cantada que apenas salió del recinto del Senado, empezaron a circular invitaciones para la parranda vallenata con la que se festejó su triunfo. Y como Maya Villazón no cree en agüeros, no vio problema en que sus seguidores le montaran la fiesta de celebración antes de saber el resultado.

A las 7 de la noche fueron llegando los invitados al Club de Ejecutivos. Uno de los primeros en aparecer fue su amigo el contralor Antonio Hernández Gamarra. También llegaron a felicitarlo magistrados, funcionarios y políticos de todas las corrientes. Y de nuevo se hizo evidente que detrás de la actitud estricta del juez, Maya es un seductor político. Como bien lo dice una representante a la Cámara, "más que votos, tiene buenas relaciones. Y el buen manejo político lo aprendió en parte de la familia de su esposa".

Según sus críticos, parte del poder político de Maya se basa precisamente en el amplio poder acumulado por su familia política. Tiene un cuñado magistrado de la Corte Constitucional, un sobrino es senador y otra, Ministra de Cultura. Incluso el gobernador del Cesar, Hernando Molina, tiene el apoyo político de los Araújo. Sus críticos, sobre todo en su tierra natal, aseguran que es difícil que pueda mantener la independencia cuando se trata de vigilar a los integrantes de este clan.

El Procurador asegura que nada de eso le quita su independencia y que como lo ha demostrado con su gestión, él le aplica la ley a todo el mundo.



La tristeza

A pesar de su origen vallenato, Maya es un hombre que no tiene una intensa vida social. Sobre todo después de la muerte de Consuelo Araújo, su esposa. Desde ese día no se volvieron a oír los vallenatos de Rafael Escalona y Freddy Molina que traspasaban puertas y ventanas de su casa en Valledupar. Maya tampoco volvió a tomarse un trago ni a ir a fiestas. Y eso, en su ciudad natal, es síntoma de que algo no anda bien. Como lo reconoce Alfredo Maestre, uno de sus amigos de la infancia, "Él tiene una tristeza larga y profunda. Todavía le manda flores a Consuelo a la tumba". Flores que también mantiene todos los días al lado del retrato que de ella tiene en su oficina.

Para sanar algo de su soledad, Maya se refugia en la compañía de su hijo Edgardo José, abogado y externadista como él. También lo hace en la lectura. En su escritorio reposan El Príncipe de Maquiavelo y las biografías de Napoleón y Alejandro Magno. Porque una de sus aspiraciones es la de ser un gran justiciero. Y de alguna manera así se siente cuando habla de las decisiones que ha tomado en los cuatro años que lleva en el cargo.

Entre sus fallos más sonados está la petición de llamar a juicio a los ex gerentes y al liquidador de Foncolpuertos por haber defraudado al Estado por más de 70.000 millones de pesos, la solicitud de cancelar la conciliación entre el Ministerio de Transporte y Dragacol por 26.000 millones de pesos y la petición de anular el fallo que obligaba a la Nación a pagar 63 millones de dólares a la firma Termorío.

Con los políticos no ha sido menos firme. Denunció fraude electoral en las elecciones parlamentarias de 2002 ante el Consejo de Estado (pero el caso se estancó allí y no ha sido resuelto), sancionó a 31 congresistas por haber recomendado hojas de vida a la Contraloría, les quitó la investidura a tres concejales de Bogotá sindicados de soborno e inhabilitó al ex ministro Fernando Londoño para ocupar cargos públicos por 10 años. "Soy indiferente a las reacciones de los procesados. No los escucho en radio, no leo sus columnas, no me generan ninguna prevención", señala.

Frente al gobierno, dos posiciones han marcado sus distancias con el presidente Álvaro Uribe. El 16 de mayo le pidió a la Corte Constitucional declarar inexequibles 14 de los 19 puntos del referendo y puso en claro sus dudas frente al proyecto de reelección presidencial inmediata. En su opinión, en el país no existe una cultura política madura para asumirla y al aprobarla se corre el riesgo de que los funcionarios públicos usen los recursos oficiales para favorecer a sus candidatos.

Precisamente estas posiciones son las que han hecho que muchos de sus contradictores vean a Maya como un procurador que ha utilizado el poder para perpetuarse en el cargo. Son varios los que lo acusan de hacer nombramientos para favorecer los intereses de los congresistas, "hubo días en que llegó a nombrar 28 personas. Y a quienes no pudo complacer les dijo, tranquilos, los voy a tratar bien", dijo a SEMANA un funcionario que prefirió no revelar su nombre.

Pero independientemente del debate que se pueda generar alrededor de sus fallos o de su campaña reeleccionista, con Maya la Procuraduría se ha convertido en una entidad más eficiente. En estos cuatro años invirtió muchos de sus esfuerzos en conseguir millonarios recursos internacionales para modernizar la entidad y recortó los gastos de funcionamiento. Al mismo tiempo, redujo las investigaciones y procesos acumulados de 61.000 a 36.000. "Hacemos lo que se requiere con nuestro personal. No contratamos consultorías, porque ellas son la expresión más decadente de la corrupción y del rebusque", afirma Maya.

Las metas del Procurador no son pocas, al fin y al cabo los segundos períodos siempre son más exigentes. En esta etapa deberá continuar con la modernización de la entidad y mantener la independencia frente a temas cruciales que ocuparán la agenda política. En lo que concierne a la reelección presidencial deberá ser imparcial cuando remita su concepto a la Corte Constitucional sobre el acto legislativo que la aprueba. Tiene además que garantizar la igualdad de condiciones entre todos los aspirantes para evitar que los bienes del Estado sean puestos al servicio de una campaña. De su desempeño dependerá su futuro como juez o, porqué no, como político.

Pero para el Procurador esta segunda vuelta también será un reto personal. Porque de la mano de sus logros podrán venir nuevas satisfacciones. Esas que, como él mismo lo señala, algún día le permitirán cambiar la corbata negra por una roja. Roja liberal, como su partido. O roja como la que usan quienes superan el duelo y recuperan la alegría.
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