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| 4/24/2005 12:00:00 AM

El 'pacificador'

Muchas voces le atribuyen a Adolfo Paz gran parte de la mejoría en las cifras de seguridad en Medellín. Su modelo es de una eficacia macabra.

En uno de los barrios más altos de la comuna nororiental de Medellín un grafito sorprende a quienes suben hasta allí: "Adolfo Paz es la paz de Medellín", dice. Igual mensaje se leía en decenas de pancartas durante una manifestación por las calles de la ciudad el año pasado, cuando se cumplió un año de la desmovilización del Bloque Cacique Nutibara. En Medellín el nombre del jefe paramilitar, uno de los negociadores de las AUC en Ralito, no deja indiferente a nadie. Para algunos es sinónimo de pacificación; para otros, de muerte. Para todos, de miedo. La figura de Paz, a quien en el bajo mundo se le conoce como 'Don Berna', gravita en una ciudad que otrora no escapaba de los titulares por sus descomunales cifras de violencia, y que hoy muestra un descenso de 58 por ciento en los homicidios en 2004, y del 42 por ciento en lo que va corrido del año.

Esta mejoría dramática se debe en parte a los esfuerzos de la Alcaldía de Medellín y de la Policía que han logrado desvertebrar algunas bandas delictivas. Así mismo, la política del gobierno local de hacer presencia en toda la ciudad "sin zonas vedadas", con programas sociales y de desmarginalización, ha repercutido positivamente en el clima de seguridad. Sin embargo, esta no es toda la historia. En voz baja muchas personas (inclusive funcionarios públicos) también le atribuyen el descenso de los crímenes violentos a la mano invisible de Adolfo Paz, quien aún controla una compleja red de grupos delictivos de la ciudad.

Paz, cuyo nombre verdadero es Diego Fernando Murillo Bejarano, se ha convertido en un mito urbano. Después de un paso fugaz por la izquierda, se vinculó al cartel de Medellín al lado de los clanes Galeano y Moncada. Aunque comenzó como conductor, luego ascendió en la estructura militar de esta organización. Se escapó de morir en La Catedral, cuando Pablo Escobar asesinó a sus jefes y en medio de la guerra intestina del cartel, se vinculó a los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), organización que fue clave para arrinconar y matar al gran capo. Años después, paradójicamente, Paz terminaría ocupando su lugar en Medellín. El fiscal David Kelly del Distrito Sur de Nueva York, en un

indictment (acusación) que profirió contra Paz el año pasado, lo señaló como "quien dirige todas las operaciones de narcotráfico en las AUC" y de "introducir miles de kilos de cocaína a Estados Unidos". Paz no ha sido pedido en extradición.

Pero, a diferencia de Escobar, Paz sobrevivió y salió victorioso de muchas más guerras. A finales de los 90 aniquiló a las milicias de las Farc y del ELN que se habían apoderado de las comunas de Medellín. Luego le disputó al Bloque Metro de las AUC la hegemonía del bajo mundo de la ciudad. Ganó esa batalla, así como la guerra contra la temida banda La Terraza. Finalmente, según aseguran fuentes de las mismas autodefensas, fue clave en la salida de Carlos Castaño de la comandancia de este grupo ilegal armado, luego de que este último dijo que había que romper el estrecho vínculo entre paramilitares y narcotraficantes. Salir inmune de todas estas guerras hizo que hasta los más malevos le temieran, al tiempo que le dio el poder para convertirse en el mediador del mundo del crimen en Medellín. A unos los doblegó con las armas y a otros los acogió en su estructura, y les impuso unas reglas del juego. Los pacificó a su manera.

Su primer experimento exitoso de apaciguamiento se consolidó hace un lustro en la cárcel Bellavista, que en esa época, más que una prisión era un infierno donde llegaron a contarse 50 asesinatos en una semana. Su influencia ha tenido bastante que ver con que hoy la cárcel haya podido cumplir dos años sin un solo homicidio. Varias de las fuentes consultadas para este informe coinciden en que desde allí se ha irradiado esta 'regulación' hacia varias bandas delictivas. "La consigna era que la ciudad debía ser el reflejo de la cárcel. Las AUC venían a tomarse a Medellín y se dieron cuenta de que tenían un aliado en las bandas. Adolfo Paz les dio la oportunidad del diálogo y empezó a funcionar como un 'Estado' dentro del Estado", dice un concejal de Medellín quien, al igual que una docena de fuentes, pidió que no se mencione su nombre.

Luego vinieron las barras bravas del estadio. Algunos domingos, cuando había clásicos, los muchachos más extremistas de los equipos de fútbol locales, Atlético Nacional y Deportivo Independiente Medellín, se enganchaban en peleas donde hubo heridos, saqueos, actos de vandalismo. Al punto que las familias no volvieron a un estadio convertido en polvorín. Hasta que Adolfo Paz envió a unos emisarios que se reunieron con los líderes de las barras. El mensaje era sencillo: se calmaban a las buenas, o a las malas. "Sólo conocimos las buenas. Las malas no llegaron porque se acabó la violencia", relata un hincha, quien considera que la intervención de 'Don Berna' fue muy efectiva: "Nos motivaron y además nos ayudaron con cuestiones económicas que siempre le habíamos pedido al municipio. Nos dieron 1.000 camisetas y boletería, que es lo que más nos motivó".

En cuestión de semanas los otrora enemigos en el estadio, se vistieron de blanco con un letrero en la parte delantera que decía "hincha de paz". El odio desapareció y se creó un ambiente de aparente amistad entre los rojos y los verdes. "Las barras son un fenómeno de violencia nuevo, urbano, con rasgos de xenofobia. La Policía nunca supo cómo tratarlo. Sólo se necesitaba un proyecto serio de seguridad", dice otro hincha. Ninguno de ellos parece recordar al 'Chiqui', un hincha furibundo y violento que apareció muerto por asfixia mecánica, meses después de que las barras recibieron el ultimátum. Tenía 14 años.

También contribuyó a la popularidad de Paz el hecho de que fue el primero en desmovilizar uno de sus frentes en el actual proceso de Ralito: el Bloque Cacique Nutibara. Los 874 jóvenes que entregaron las armas efectivamente se integraron a la vida civil y su reinserción, según todos los indicadores, marcha por buen camino. La misión de la OEA en su más reciente informe reconoce, por ejemplo, que las comunas donde viven los desmovilizados tienen el récord en disminución de los homicidios. El exitoso regreso a la vida civil de estos jóvenes se ha debido al empeño que ha puesto en ello la Alcaldía de Medellín, que ha invertido en este propósito casi todos los recursos que tenía para promoción de la convivencia en la ciudad.

Pero Adolfo Paz no sólo pacifica con diálogo y mediación. La misión de la OEA ha recibido varias denuncias sobre el poder que ejerce este jefe paramilitar en Medellín. Informes de inteligencia aseguran que Paz no desmovilizó toda su estructura militar y continúa a la cabeza de 'La Oficina', un grupo criminal de ajuste de cuentas que ya es leyenda. "Ellos se quedan con el 20 ó 30 por ciento del monto de la deuda que cobran, bien sea entre narcotraficantes o entre particulares", dice una fuente de un organismo de inteligencia a SEMANA. "La Oficina es una estructura similar a la que manejó Pablo Escobar pero con más dinero, sofisticación y tentáculos en varios negocios", dijo un funcionario judicial. El año pasado incluso la Fiscalía reveló a algunos medios de comunicación los nombres de 'Fabio Orión', 'Daniel' y 'Rogelio' como las cabezas de este grupo que funciona como nodo central de las principales bandas del delito de la ciudad.

Según un inventario realizado en noviembre pasado por la Alcaldía, Medellín es azotada por unas 200 bandas, desde las más especializadas hasta pequeñas células de delincuentes que mezclan el crimen, el narcotráfico y el paramilitarismo. Paz incide en varias de ellas y no puede decirse que las controle totalmente. Un desertor de las AUC le relató a SEMANA su experiencia con estas bandas.

"El trabajo mío era reclutar todas las bandas de Medellín, había que hacer un estudio barrio por barrio, censar cuántos pelaos había en cada combo, se les decía que si no se unían con nosotros, Don Berna los mandaba a recoger en volquetas; que si lo hacían les dábamos sueldos y armas y para los líderes los llevábamos en 'vueltas' y los poníamos a ganar. Sacábamos cuentas de las platas que los pelaos recogen por vacunas a las terminales de los buses, a los buseros, a los tenderos, a las casas por concepto de la celaduría, etc. Después de sacar en claro cuánto, se recogía por esto, verificábamos cuántas plazas de vicio había en el barrio y cuánto impuesto pagaban.

(...) El trabajo se consolidó en esos barrios y 'filamos' a trabajar a todos los combos de Medellín, les dábamos armas, los censábamos, les poníamos sueldos y les controlábamos todas las vacunas que cobraban (...) Se prohibió terminantemente el robo y 'desgüesar' vehículos, todos los vehículos que se van a robar en Medellín tienen que ser autorizados por La Oficina (...)".

A cambio de su 'protección', las bandas tienen un rentable negocio de extorsión. Varios organismos han documentado la existencia de estos grupos en las terminales de buses en algunos barrios, donde le cobran a cada carro 15.000 pesos diarios.

Hay denuncias de que las bandas de Medellín 'vacunan' a algunas juntas de acción comunal, cuando reciben recursos de la Alcaldía para obras. La tasa oscila entre el 5 y el 10 por ciento de cada contrato. Voceros de organizaciones sociales le dijeron a SEMANA que estas extorsiones son "endémicas".

La presencia de estos grupos se siente con mayor fuerza en el centro de la ciudad. Por la presión de estas bandas, muchos comerciantes de los locales más populosos se ven forzados a pagarles. Su 'vigilancia' muchas veces incluye labores de la llamada 'limpieza social' de ladronzuelos y otros delincuentes de poca monta. En el sector conocido como 'El Hueco', tal vez el sanandresito más grande del país, la extorsión se extiende a muchos vendedores ambulantes que pagan 5.000 pesos semanales por la seguridad.

A pesar de la cantidad de información que tienen las autoridades y muchos habitantes de Medellín sobre la conexión de Paz con estos grupos delincuenciales, no hay procesos judiciales contra él. La Fiscalía informó que el único caso que lo involucra es una resolución de acusación por secuestro extorsivo agravado de una persona. Tampoco cursan investigaciones formales contra los jefes de 'La Oficina'. "Tenemos quejas de la ciudadanía contra las acciones de La Oficina casi a diario, pero nadie se atreve a poner un denuncio formal", dijo un funcionario de un organismo de control de Medellín.

Es preocupante que parte de la baja en los homicidios en Medellín se deba a la influencia de Adolfo Paz porque no es el Estado legítimo el que recupera la convivencia ciudadana, sino una especie de 'Estado' paralelo que socava y debilita las instituciones democráticas. La sociedad puede obtener protección inmediata, pero pagan un alto costo por ello. "La gente ha terminado por entregar autonomía a cambio de seguridad", dice un analista que ha seguido de cerca el proceso.

Lo más grave de todo es que en un contexto como éste, la respuesta del Estado es demasiado precaria. Y cuando la justicia y la seguridad legales no operan, la gente busca otras alternativas; y de esa necesidad se alimentan las bandas ilegales.

Pero acabar con las bandas no es sólo un asunto de represión. En Medellín se han probado durante 15 años distintas estrategias para sacar a los jóvenes de la violencia. Muy pocas de ellas han tenido éxito y continuidad. Mientras la exclusión social siga galopando, las bandas delictivas y del narcotráfico seguirán siendo atractivas para los jóvenes, pues muchos sectores de la ciudad se han acostumbrado a pagarles a un puñado de pesos a muchachos armados para que les resuelvan los problemas. En lugar de acudir a cuerpos de seguridad en los que encuentran altos niveles de corrupción y una justicia inoperante, la gente señala al ladrón, y éste aparecerá muerto o será puesto en cintura por 'La Oficina'. Un modelo de seguridad que en Medellín ha sido de una eficacia macabra.
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