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| 4/15/2010 12:00:00 AM

El padre Tiberio vive en la memoria de la martirizada Trujillo

Hace 20 años lo decapitaron y lo arrojaron a las aguas del río Cauca en una infinita masacre que acabó con la vida de al menos 342 personas. Prohibido olvidar.

No es ficción, ni mucho menos una novela de terror. Por las aguas del río Cauca, que atraviesan la población de Trujillo, comenzaron a bajar cadáveres como en la época de la violencia política de los cincuenta, cuando los ríos arrastraban a las víctimas de los enfrentamientos entre liberales y conservadores.
 
Lo de Trujillo comenzó en abril de 1990 cuando en las noches los campesinos de esta región del Valle del Cauca eran sacados de sus casas en forma violenta por hombres encapuchados que llegaban en camperos y, sin mediar palabra, los maniataban y se los llevaban. Los acusaban de ser informantes de la guerrilla. Con los días las rondas de medianoche en las fincas se convirtieron en rutina.
 
Pero la copa se rebosó el 17 de abril cuando un grupo de hombres entró en la casa cural de Trujillo y se llevó al párroco Tiberio de Jesús Fernández. La población se alborotó. Sentenció que al cura no lo devolverían vivo, como a los 50 campesinos que hasta ese momento habían desaparecido. Los días pasaron y el 24 de abril apareció el cuerpo decapitado y sin manos del sacerdote, en inmediaciones del municipio de Roldanillo.

En un principio esta ola de violencia fue atribuida a viejas rencillas políticas entre dos corrientes conservadoras que tradicionalmente han estado enfrentadas en la región, pero luego se conocería que fue una alianza macabra entre narcotráfico, paramilitarismo y miembros de fuerzas legítimas del Estado que torturaban y decapitaban con sierras a sus víctimas. Con la vida pendiendo de un hilo y el dolor de las heridas, sus verdugos roceaban sal sobre las carnes vivas antes de picarlos en pedazos y dejar que las aguas del río se tiñeran del rojo de la muerte.

El cura Tiberio fue asesinado al ser considerado como un auxiliador de la guerrilla porque corrió el rumor de un panfleto había sido elaborado en la casa cural.

El religioso fue retenido en compañía de su sobrina y los llevaron a una especie de "mesa de sacrificio", donde obligaron primero al padre a presenciar la violación y muerte de su sobrina. Luego fue torturado y desmembrado.

La masacre de Trujillo comprendió una secuencia de desapariciones forzadas, torturas, homicidios selectivos y detenciones arbitrarias de carácter generalizado y sistemático, ocurridas en los municipios de Trujillo, Riofrío y Bolívar entre 1986 y 1994. En estos hechos murieron, por lo menos, 342 personas.
 
Estos actos de violencia fueron llevados a cabo por una alianza regional, de carácter temporal, entre las estructuras criminales de los narcotraficantes Diego Montoya “Don Diego” y Henry Loaiza “El Alacrán”, junto a miembros de las fuerzas de seguridad del Estado como la Policía y el Ejército. Entre los objetivos de las estrategias de terror implementadas figuran la acción contrainsurgente, la ejecución de testigos para asegurar la impunidad del delito atroz, acciones de “limpieza social” y la intimidación de los campesinos para la apropiación de tierras.
 
Una de las particularidades del proceso de violencia en Trujillo, especialmente en 1990, fue la generalización de la sevicia o crueldad extrema como mecanismo de terror. A la secuencia que se estableció entre la desaparición forzada y el posterior homicidio, propia de la guerra sucia, se sumaron la tortura y la mutilación de los cuerpos de las víctimas. Esta última práctica se realizaba sobre las víctimas aún con vida, para luego arrojar los fragmentos de los cuerpos al río Cauca. Así el río se convirtió, simultáneamente, en fosa común y en mensajero del terror.
 
Por otra parte, el uso de instrumentos como la motosierra, para la mutilación de los cuerpos, se hace presente allí por primera vez en el contexto del conflicto armado. Se puede advertir en este caso un modelo de reproducción de las prácticas de terror empleadas por los narcotraficantes en el sur del país (Putumayo). “Don Diego” y “El Alacrán” las aprendieron allí cuando se encontraban al servicio del narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha.
 
Pasados 20 años, los habitantes de Trujillo preparan ceremonias en homenaje al padre Tiberio Fernández y no pierden las esperanzas de que algún día puedan conocer la verdad y con ella llegue la justicia.
 
Masacre de trujillo: una tragedia que no cesa
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