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| 4/11/2015 10:00:00 PM

El papa, la paz y la política

La visita del papa a Colombia es claramente un gesto de respaldo político al proceso de paz. Pero no al gobierno de Santos.

Que un papa visite a un país mayoritariamente católico no es extraño. Se entiende como parte de la labor pastoral, sobre todo de una Iglesia que trata de recuperar a los fieles en el mundo entero luego de escándalos de pedofilia, corrupción en el Vaticano y posiciones frente al control de la natalidad y el celibato.

Pero que el papa Francisco, el más popular en muchos años, anuncie su intención de venir a Colombia justo cuando las conversaciones entre el gobierno y las Farc están en su fase más definitiva, hace difícil no pensar que es un gesto de respaldo político al proceso de paz. Por eso es estéril la polvareda que algunos uribistas han levantado a propósito de la eventual visita, acusando a Santos de estar “politizando” un viaje de carácter netamente religioso cuando, en realidad, la visita es claramente política. Pero no de respaldo al gobierno sino a la paz, que no es de Santos sino de todos los colombianos.

La carta que le envió el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de su santidad, el 31 de marzo, a monseñor Luis Augusto Castro, presidente de la Conferencia Episcopal, no tiene ninguna ambigüedad al respecto: sin mencionarlo, respalda el proceso en curso, y no de cualquier manera.

Además de recalcar que la construcción de paz es una tarea larga y compleja, plantea el deber moral de poner a las víctimas en el centro, y trabajar por la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición. Como si fuera poco llama a luchar contra la injusticia, la inequidad y la corrupción. Y además, dice que el papa quiere decir esto ante los colombianos y sus “pastores y autoridades”. Ahora, deducir de ahí que viene a bendecir a Timochenko es tan exagerado como caricaturesco.

Por supuesto la visita del papa también tendrá una dimensión pastoral, ya que es al mismo tiempo el jefe de un Estado y el líder espiritual de los católicos. Que el mensaje de su visita trasciende a sus feligreses no parece suscitar dudas. “Es un buen empujón para los acuerdos”, dice Ricardo Esquivia, líder de otra Iglesia, la menonita.

Jorge Mario Bergoglio llegó a ese cargo justamente para que la Iglesia recupere su espíritu más solidario e interprete con sabiduría los grandes problemas contemporáneos para sintonizarla con los nuevos tiempos.

En el terreno político, Francisco está jugando duro y con decisión para posicionarse como un apóstol de la paz. En solo dos años ha visitado zonas conflictivas como Israel y Palestina, donde se reunió con los principales líderes políticos de la región, incluido Benjamín Netanyahu; estuvo en Filipinas y Sri Lanka, países que están en pleno posconflicto; y ha llegado hasta países fuera de la órbita cristiana, pero claves en la geopolítica mundial, como Turquía y Corea del Sur.

Aunque no se sabe exactamente cuál fue su papel en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, tanto Barack Obama como Raúl Castro le agradecieron su contribución a dicho acercamiento. Y como si fuera poco ya ha anunciado que canonizará a monseñor Óscar Romero, considerado el mártir de la guerra civil salvadoreña, asesinado por miembros de la derecha de ese país en 1980.

Francisco, que es un convencido del perdón y la conversión, dada su propia experiencia durante la dictadura argentina, ha vuelto a poner a los católicos de América Latina en la senda de una Iglesia austera y más comprometida con los pobres, como la que se delineó en el Concilio Vaticano II.

Se sabe que vendrá a Perú, Chile y Argentina en 2015, pero no es seguro que durante esta gira incluya a Colombia, o si lo hará en año próximo. La definición de la fecha tiene que ver no solo con la agenda del papa, sino con el momento que sea más oportuno para dar un mensaje contundente de paz. Posiblemente cuando se acerque la firma o la refrendación de los acuerdos.

La Iglesia y la paz

En Colombia la Iglesia ha sido muy importante tanto en la guerra, como en la paz. En los años sesenta Camilo Torres, el cura guerrillero que se inmoló con un fusil al hombro en las filas del ELN, encarnó el mensaje de que no había opciones de cambio por las vías legales y democráticas. Torres se convirtió en el mito fundacional de esa guerrilla y sin duda tuvo seguidores entre monjas y sacerdotes de todo el mundo. Sin embargo, fue inmensamente mayor el movimiento de católicos pacifistas que se dedicaron a trabajar por las comunidades más atropelladas por la guerra.

Las Iglesias han sido históricamente el soporte de la labor humanitaria, y de resistencia al conflicto en regiones más apartadas del país, en especial el Pacífico, donde las diócesis de Quibdó y Tumaco, por ejemplo, han sido verdaderos escudos de protección a la guerra. La Pastoral Social fue la primera entidad en el país que hizo la tarea de crear un banco de datos sobre desplazamiento forzado; y sacerdotes y obispos han estado en medio de conflictos sociales muy encarnizados, como en el sur de Bolívar y el Magdalena Medio; el de los indígenas del Cauca, y las marchas cocaleras, en las que el propio monseñor Castro tuvo que actuar como mediador. También fue clave su papel en la devolución de 60 soldados y diez infantes de marina hechos prisioneros por esa guerrilla durante el gobierno de Ernesto Samper.

No obstante, una década atrás, cuando las FARC tenían en su poder a un centenar de secuestrados, y la Iglesia luchaba por el intercambio humanitario, la guerrilla optó por depositar su confianza en figuras abiertamente políticas como el entonces presidente de Venezuela Hugo Chávez y la senadora Piedad Córdoba. La Iglesia estuvo relativamente al margen del actual proceso de paz hasta hace un año, cuando la Conferencia Episcopal fue llamada para ayudar a seleccionar las víctimas que viajarían a La Habana.

Al frente de la Conferencia está monseñor Castro y ese no es un detalle menor. Como obispo que fue de San Vicente del Caguán, conoce personalmente a muchos miembros del secretariado de las FARC que hoy están negociando en Cuba, y es un hombre abiertamente partidario de la solución política.

Además de él, en estos años de conversaciones ha cumplido un papel muy importante Francisco de Roux, quien fue hasta hace poco provincial jesuita en Colombia, comunidad a la que por cierto pertenece el papa.

Pacho, como lo conoce todo el país, ha sido sobre todo un puente con los campesinos en las zonas de influencia de las guerrillas. También ha sido el gestor de un modelo de desarrollo rural basado en la construcción de paz y los derechos humanos en el Magdalena Medio, que ha sido replicado en muchas regiones a través de una red de programas similares, agrupados en la Redprodepaz, y que hoy es observado por el gobierno como un modelo interesante para el posconflicto.

Incluso el analista Alejo Vargas, que ha estado cerca a los diálogos de La Habana, no descarta que dada la importancia de la Iglesia en las zonas más conflictivas del país esta pueda hacer parte de una futura verificación de los acuerdos.

Ahora, el papel de la Iglesia católica es mucho más activo y crucial en el acercamiento con el ELN. Dada la influencia de Camilo Torres en su historia, esta guerrilla ha tenido en sus filas a decenas de sacerdotes, incluso extranjeros, como el español Manuel Pérez que comandó este grupo hasta que murió en 1997.

Aunque no es claro qué tanto puedan influir las sotanas hoy en día en las decisiones de los elenos, lo que sí es un hecho es que hay muchos esfuerzos de obispos y párrocos de las regiones de influencia de este grupo para convencer a sus dirigentes de que no dejen pasar esta oportunidad para dejar la guerra.

El arzobispo de Cali, monseñor Darío Monsalve, es uno de los más decididos en buscar contactos con el entorno de esta guerrilla, tratando de “despejar temas insalvables”. Tanto él como Castro y De Roux han recibido, por este motivo, constantes diatribas de los furibundos opositores del gobierno.

No obstante, el inminente viaje del papa Francisco es un espaldarazo al proceso de paz, y a los sectores de la Iglesia más comprometidos con él. “Su llamado es a la unidad espiritual y ética alrededor de una paz con justicia social, que está por encima de lo político, pero en el centro de la política”, dice monseñor Monsalve. Habrá que ver si la bendición de Francisco alcanza para unir a los católicos, sean del partido que sean, alrededor de este objetivo.
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