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| 9/22/1997 12:00:00 AM

EL PASTRANA QUE CONOCI

Misael Pastrana se anticipó a su tiempo. ¿Un visionario? Tal vez... pero sobre todo joven de espíritu. La ecología, la informática, la paz, lo social... estuvieron en su agenda política mucho antes de que se impusieran por la fuerza de la necesidad en la vida colombiana. Cuando en el país nadie hablaba de ecología, se convirtió en experto mundial del tema. Cuando aquí nadie imaginaba el descomunal avance de la informática como herramienta del desarrollo, del mundo moderno, insistió en que la inversión en ese sector era la clave para que Colombia diera el gran salto como luego lo harían los llamados tigres del sureste asiático. Cuando estaba en boga el intervencionismo de Estado, su respuesta fue la economía social de mercado. Cuando la mayoría de los gobiernos se concentraban en gastar, él predicó la disciplina del ahorro como pilar del crecimiento económico. Cuando aún la subversión no ponía en jaque la estabilidad del Estado, él avizoró que llegaría el momento de hablar de paz como un proyecto de largo aliento y no de coyuntura. Nunca abandonó su vocación de servicio a un país que en muchos momentos no lo sintonizó o le desconoció el alcance de sus ideas. No cabe duda, Misael Pastrana fue un hombre que supo anticiparse al futuro. Como último presidente del Frente Nacional, participó de la fórmula de los gobiernos compartidos, de los gobiernos nacionales. Con ellos aprendió a conciliar, pero nunca a rendirse. Por eso frente a las administraciones liberales de los últimos 12 años, prefirió la oposición como camino para convertir de nuevo a su partido en alternativa de poder. Su legado para las nuevas generaciones, para las generaciones que crecieron dentro de la filosofía del consenso, que han visto cómo se perdieron los principios y las doctrinas, y que se acostumbraron a la transacción como única forma de hacer política, es el de que nunca hay que bajar la guardia, que nunca hay que darse por vencido. En el ejercicio activo de la oposición, tildado por el régimen deconspiración, libró sus últimas batallas. Así fue como murió. Como los grandes generales. Con las botas puestas. Tuve el privilegio de conocerlo en la intimidad. Hizo de su familia y de los valores familiares el eje de su existencia. En María Cristina, su esposa, encontró su más discreto y firme apoyo. Fue el amor de su vida. Para sus hijos nunca faltó tiempo. Cariñoso en extremo, siempre estuvo al tanto de sus inquietudes, pero respetó sus decisiones y sus desacuerdos. Solía decir, para recalcar la independencia de sus opiniones, que "conozco animales de 100 pies, pero no de dos cabezas". Los nietos fueron el broche de oro de su felicidad familiar. Nunca como durante el secuestro de Andrés lo vi más triste, pero al mismo tiempo más grande en su dignidad. Entendía que el secuestro era político y que, por consiguiente, no admitía negociación alguna. Era el mayor convencido de que los principios del Estado estaban por encima de cualquier interés particular.Saboreó las mieles del triunfo desde muy joven, recibió el respeto de amigos y detractores. Y aunque la gloria del poder no le fue ajena, también sufrió derrotas que no lograron amilanar su espíritu. Muy pocas cosas le negó la vida. Tal vez sólo uno de sus deseos no se cumplió: ver a Andrés como presidente de los colombianos. Sin embargo, siempre tuvo la seguridad de la victoria de su hijo cuando dijo: "A lo que Andrés aspira es a la reelección". Tenía el don de sintetizar los grandes momentos en breves frases lapidarias. A la muerte de Luis Carlos Galán , que estremeció a Colombia, sentenció: "Con Galán murió la esperanza". Creo, ahora, que con la muerte de Misael Pastrana, murió la dignidad.
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