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| 6/23/2003 12:00:00 AM

El que pega primero.

El Congreso se adelantó al referendo de Uribe en materia de reforma política. Sin embargo los resultados dejan mucho qué desear.

Despues de 30 años de intentos fallidos de sacar adelante una reforma política en el país los colombianos se encuentran de la noche a la mañana con dos simultáneas: la del Presidente y la del Congreso.

Acusado el Congreso de querer obstaculizar cualquier intento de cambiar las costumbres políticas, éste se le adelantó al primer mandatario y en ocho debates modificó la Constitución e hizo lo imposible: autorreformarse.

En teoría, cambiaron las reglas del juego para los partidos políticos, el sistema electoral, la oposición, el trámite parlamentario y las inhabilidades. En la práctica, como sucede con toda autorreforma, los cambios se hicieron a la medida de quien los hace. En este caso los congresistas liberales y conservadores que provienen del bipartidismo tradicional.

Ante la espada de Damocles de la revocatoria del mandato y la incertidumbre de los resultados del referendo los dos partidos históricos se unieron y aprobaron este paquete de iniciativas. Y de paso le arrebataron al presidente Alvaro Uribe el honor de ser el primer gran 'reformador' de la política del siglo XXI.

El grueso del acto legislativo está destinado a cambiar el sistema electoral e introduce el umbral del 2 por ciento, la lista única, la cifra repartidora y el polémico voto preferente opcional. El umbral es el porcentaje mínimo de votos que se exige para que una lista obtenga curules. Si en Colombia hay una votación de 10 millones de votos el umbral del 2 por ciento significaría que lista que no saque más de 200.000 votos no entra al Congreso. La cifra repartidora es un número con el cual se asignan los escaños al dividirse por el total de votos de cada lista. Y en cuanto al voto preferente, la reforma inventa una fórmula salomónica sin antecedentes en el mundo mediante la cual lo convierte en opcional. En otras palabras, en Colombia habrá un sistema mixto en el que cada partido podrá escoger si quiere voto preferente o no. En caso de escogerlo el elector podrá votar por el candidato que quiera sin importar el orden de la lista.

Independientemente de sus bondades y fallas, la mayor parte de la reforma no preocupa tanto al colombiano promedio como sus problemas económicos o de orden público. La mayoría de la gente no las entiende y, por consiguiente, no le interesan mucho. Aún así Colombia necesitaba una reforma política, aunque no exactamente la que fue aprobada.

Cambia todo para que todo siga igual

Había quedado claro después de 1991 que era necesario solucionar una serie de fallas, que van desde la financiación de campañas hasta la independencia de la autoridad electoral, pasando por la fórmula matemática de asignación de curules. Líderes políticos, académicos y formadores de opinión le vendieron la idea al país de que la reforma era la poción mágica que al ser aprobada cambiaría las costumbres.

Nada más lejano de la realidad. Los cambios institucionales no son neutros y tienen ganadores y perdedores. No existe un sistema electoral ideal que simultáneamente resuelva los dos más fuertes problemas de la política colombiana: la inexistencia de partidos políticos cohesionados y la inclusión de minorías políticas. La reforma aprobada la semana pasada escogió fortalecer los partidos por encima de facilitar la participación política a las terceras fuerzas. Como afirmó un reciente artículo de la revista inglesa The Economist: "El Congreso colombiano está promoviendo una reforma política que escasamente merece llamarse así".

El umbral, la lista única, la cifra repartidora, el castigo a la doble militancia y los requisitos para la personería jurídica son iniciativas que buscan reducir el número de partidos políticos. La reforma premia la unión y castiga a los aventureros e individualistas. Sin embargo la inclusión del voto preferente opcional fue una jugada de último momento que atenta contra este objetivo fundamental. Pudo más el interés personal de los parlamentarios por sobrevivir la próxima elección que la idea original que tenían de fortalecer los partidos a través de disciplina interna.

Clase preferencial

El voto preferente opcional es el error más grande de la nueva reforma política. Esta medida mantiene la actual dispersión de cientos de candidatos en decenas de listas avaladas por los partidos. Para el ex ministro Arturo Sarabia, autor del libro Las reformas políticas en Colombia, "si antes lo que convenía a los partidos para obtener más curules era presentar muchas listas ahora lo que les servirá será presentar el mayor número de nombres en su lista, única pues la suma de todos esos votos serán contados a su favor a la hora de repartir los escaños". ¿Cuál es el cacareado cambio de las reglas del juego? Al fin de cuentas el tarjetón electoral no sólo no disminuirá sino que podrá crecer con las cientos de fotos de los candidatos.

Los efectos del voto preferente van más allá de las matemáticas electorales. Para el representante uribista Luis Fernando Velasco, "con el voto preferente las maquinarias de los partidos tradicionales no perderán ni un solo voto y se mantendrá la relación individual entre el político y el elector". En otras palabras, cada político hará su campaña a nombre propio como se hace hoy. Si la lista única y el umbral obligan al candidato a unirse con otros, el voto preferente le da la excusa para mantener su microempresa electoral porque para salir elegido seguirá dependiendo de sí mismo y no de la organización política a la que pertenece.

Además, en aras de negociar en el Congreso, tanto la bancada uribista como el propio ministro Fernando Londoño aceptaron apoyar el carácter opcional del voto preferente. Esto no hace más que profundizar el caos. Es como si en un partido de fútbol un equipo decide que puede tocar la bola con la mano y el otro no. Es el peor de los escenarios posibles.

Otra medida desafortunada adoptada por la reforma es la elección de los nueve magistrados del Consejo Nacional Electoral por los congresistas. Mientras países como México mejoran su política mediante la independencia de una autoridad electoral, en Colombia el acto legislativo subordina este poder al de los políticos. En el caso en el que un congresista haga fraude, sería entonces juzgado por quienes ayudó a elegir.

En conclusión, el acto legislativo aprobado por una alianza entre liberales y conservadores contra uribistas e independientes no resuelve el problema de la personalización de la política. Si bien por un lado la reforma reduce el número de partidos y listas, por el otro el voto preferente mantiene la atomización. Ni las microempresas electorales, ni la compra de votos, ni la indisciplina parlamentaria, ni el cambio de apoyo por puestos serán eliminados por el contenido de la nueva reforma política.

Reforma versus referendo

Con la reforma política aprobada surgen las dudas sobre qué va a pasar con el referendo. La carrera para 'reformar' entre el Ejecutivo y el Legislativo era un pulso de poder que ganó el Congreso. ¿Qué le queda por reformar al referendo del presidente Alvaro Uribe?

Varios congresistas, como los representantes Gustavo Petro y Luis Velasco, opositor y uribista respectivamente, coinciden en alertar sobre efectos indeseables de tener referendo y reforma.

Por ejemplo, como el referendo no tiene lista única, la aprobación de este punto podría llevar a un sistema electoral híbrido con decenas de listas de partidos más cifra repartidora y voto preferente. La simplicidad, uno de los requisitos más importantes de cualquier sistema electoral, habría quedado irremediablemente perdida. Por lo tanto, al gobierno Uribe lo único que le quedaría de sustancia para su referendo sería la parte fiscal, que si bien es importante es completamente impopular pues consiste en congelar los salarios de los empleados públicos, que constituyen un importante caudal electoral.

La culpa en esta historia de desencuentros entre el referendo presidencial y la reforma parlamentaria la tiene el gobierno. Este no le puso atención al proyecto de reforma política hasta que fue demasiado tarde. Además, primero apoyó la idea del Plan B del referendo, luego retiró todos los artículos repetidos y ahora se arriesga a un caos electoral. Por eso no deja de llamar la atención que el día en que fue aprobada la reforma todo el mundo desfilaba para abrazar al ministro Fernando Londoño, quien tenía una sonrisa de oreja a oreja, cuando la misión que le había encomendado su jefe, el Presidente de la República, era hundirla.
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