Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/09/17 00:00

La increíble fuerza del perdón en el proceso de paz

Las víctimas le están dando al país una lección de reconciliación. Las Farc empiezan a pedir perdón por las atrocidades cometidas y el Estado también encara su responsabilidad.

El encuentro entre los familiares de los diputados del Valle y los dirigentes de las Farc en La Habana, el pasado 10 de septiembre duró cuatro horas en las que hubo llanto y alivio con una oración colectiva.

Algo muy profundo está cambiando en Colombia, pues el país empieza a experimentar en serio la posibilidad del perdón. Una vez cerrada la mesa de La Habana entre el gobierno y las Farc, ambas partes están cumpliendo lo que genéricamente quedó planteado como actos tempranos de reconocimiento de responsabilidad. Y no de cualquier manera.

El pasado 10 de septiembre, antes de salir de Cuba, un grupo importante de dirigentes de esa guerrilla se enfrentó por primera vez con los familiares de los 11 diputados del Valle secuestrados en 2002 y asesinados a sangre fría cinco años después. El encuentro fue estremecedor. Dolor y vergüenza se entremezclaron con lágrimas. Al principio todos temblaban, hubo reclamos, llanto y rabia. Especialmente de parte de tres jóvenes hijos de los políticos sacrificados: Carolina Charry, la primera en hablar, les dijo “soy hija del diputado Carlos Alberto Charry, secuestrado y asesinado por ustedes en cautiverio”; Sebastián Arismendi les confesó con rabia que algún día quiso matarlos y cobrar venganza; y Daniela Narváez, aunque no asistió al encuentro, envió una carta demoledora que hizo llorar a todos.

Las Farc mostraron una faceta hasta ahora desconocida: con humildad acogieron los reclamos y asumieron sin ambigüedades su responsabilidad. Iván Márquez lo hizo primero de manera genérica cuando dijo que estos episodios tenían que ver con la degradación de la guerra. Pero Pablo Catatumbo, quien comandaba el bloque que cometió ese aterrador crimen, pronunció las palabras que todos esperaban. “No vamos a evadir la responsabilidad. Estaban en nuestras manos, y no se puede reparar lo irreparable, se trata de resarcir el daño, que es distinto (…) La  muerte de los diputados fue lo más absurdo de lo que he vivido en la guerra, el episodio más vergonzoso, no nos enorgullecemos de él. Hoy, con humildad sincera, pedimos perdón. Ojalá ustedes nos puedan perdonar”.

Tras cuatro horas intensas, y luego de que las Farc asumieron compromisos concretos con las familias en términos de contar toda la verdad sobre lo ocurrido, todos se unieron en una oración que propiciaron los guías espirituales presentes. Los familiares expresaron un sentimiento general de alivio luego de una catarsis colectiva. La mayoría de los que han hablado públicamente han dicho que creen que los guerrilleros actuaron con sinceridad y que seguirán apoyando el proceso de paz.

Un día después de este encuentro, las Farc se reunieron con delegados del barrio La Chinita, de Apartadó, en el Urabá antioqueño. Allí esta guerrilla cometió una masacre indiscriminada contra 35 personas, la mayoría desmovilizados del EPL, en enero de 1994. En los próximos días se hará en este barrio un acto de reconocimiento similar al que ya se hizo en Bojayá, Chocó, en noviembre del año pasado, cuando Pastor Alape viajó para admitir, con voz quebrada, que no hubo misericordia para las 79 personas que murieron bajo la pólvora y la metralla de un cilindro disparado por las Farc en medio de un combate.

Y en un hecho también histórico, y esperado hace meses, Iván Márquez le habló al país por medio de un video en el que reconoció que las “retenciones”, es decir, el secuestro, causaron “un gran dolor” en las familias y la sociedad. También dijo que esas prácticas deben quedar “sepultadas para siempre”.

Como los actos atroces cometidos en la guerra provinieron de todos los bandos, y hay un compromiso de que todos hagan actos de reconocimiento, el pasado jueves el presidente Santos admitió que “el Estado no hizo lo suficiente para evitar la tragedia de la UP”, en un auditorio donde se le rendía tributo a los militantes de ese grupo que cayeron bajo las balas de la guerra sucia. Usó en varias ocasiones, citando al Consejo de Estado, la palabra “exterminio” y se comprometió a que esa historia no se repetirá nunca más. Este es un acto de contrición trascendental porque es recíproco con los gestos que vienen haciendo las Farc, y es el reconocimiento tácito de que el Estado también fue parte en la degradación del conflicto.

¿Qué importancia tiene el perdón?

Posiblemente lo más revelador de estos actos de perdón es que demuestran que el proceso de paz ha transformado a los guerrilleros. Las Farc habían sido reticentes a reconocer sus errores. Cuando se instalaron las conversaciones de paz en Oslo, Noruega, a finales de 2012, Jesús Santrich dijo que “quizás, quizás, quizás” reconocerían a sus víctimas, lo cual se convirtió en una bofetada más para ellas. Timockenko y otros jefes de esa guerrilla habían dicho en varias ocasiones que no pedirían perdón porque no tenían nada de que arrepentirse. A su vez desde el gobierno se ha hablado de que los crímenes de guerra cometidos desde su orilla eran producto de unas cuantas “manzanas podridas” y no del Estado como tal.

Ese cambio es importante porque demuestra que hay una voluntad de no repetir la historia. También que las narrativas heroicas propias de la guerra están llegando a su fin, lo cual es un giro en la ética política que ha predominado en el país.

A eso se suma que los actos de perdón superan la retórica porque están acompañados de compromisos prácticos de verdad exhaustiva y de reparación. En el caso de los diputados, la guerrilla intentará devolverles a los familiares las pertenencias que tuvieron en el cautiverio, y en el de la UP, el gobierno se compromete en el esfuerzo de proteger y no estigmatizar este movimiento y otros similares.

En segundo lugar, el perdón, aunque no está contemplado como tal en el acuerdo de La Habana, puede asimilarse a un acto de reparación en la medida en que eleva las demandas de las víctimas por encima de los intereses de las partes involucradas. No en vano los familiares de los diputados expresaron la sensación de haber alcanzado algo de justicia con el acto de los guerrilleros. Adicionalmente, estas peticiones de perdón se están dando en un contexto de fin del conflicto, en el que habrá un sistema de justicia integral, basado en la verdad y la restauración, en el que también habrá sanciones y castigos. No son por tanto hechos aislados que puedan considerarse banales, cosméticos o rodeados de oportunismo político.

Finalmente hay que considerar que, como lo ha dicho Óscar Tulio Lizcano, quien también estuvo secuestrado por las Farc, el perdón es una virtud política en la medida en que permite a la sociedad asimilar el pasado y mirar al futuro. El perdón como experiencia personal y colectiva sienta las bases de la reconciliación. Así ocurrió en Sudáfrica donde hubo una verdadera catarsis de las injusticias del apartheid en diversos espacios. “Sin perdón no hay futuro”, decía el obispo Desmond Tutu, guardián espiritual de ese proceso de transición a la democracia.

Dado que el tiempo del perdón apenas comienza, el país verá en el futuro muchos de estos actos. Pero serán puntuales y sobre los hechos más atroces cometidos. Aunque algunos sectores esperan un arrepentimiento general de la guerrilla y otros esperan lo propio del Estado, eso difícilmente ocurrirá. Las Farc están dispuestas a reconocer los excesos de la guerra y de sus actos de barbarie pero no van a renegar de todo su pasado, pues consideran que alzarse en armas contra el régimen político, con toda la violencia que ello implica, tenía una justificación histórica.

Por el momento, las víctimas le están dando al país una lección ética y política. Están diciendo que en Colombia pueden convivir víctimas y victimarios, en una nueva relación humana, si se quiere que las nuevas generaciones tengan un país diferente. Eso expresa la desgarradora carta que publicó Sebastián Arismendi en su Facebook. Las víctimas le están enseñando al país un nuevo alfabeto para reescribir las páginas del futuro.

crónica de una catarsis
Sebastián Arismendi, hijo del diputado Héctor Fabio Arismendi, contó en Facebook cómo transformó su vida el encuentro con las Farc.

“Hoy siento una tranquilidad que nunca en mi vida había sentido, siento una paz interior que necesitaba desde hace mucho tiempo, hoy puedo decir que por fin mi padre se puede ir a descansar en paz. 

No les voy a mentir, antes de acostarme a dormir en la noche anterior tenía muchos miedos, pensaba cómo iba a ser ese momento cuando viera a los que asesinaron a mi padre: Iván Márquez, Pablo Catatumbo, Rodrigo Granda y Joaquín Gómez. Simplemente creía que no iba a soportar tanta presión y sencillamente saldría corriendo de allí implorando por justicia. 

Al amanecer, la ansiedad no me abandonaba, los mareos y el estrés eran los que primaban en mí. Por lo tanto, no fui capaz de desayunar y partí a mi encuentro con el estómago vacío pero lleno de miedos y dolores en mi corazón. El momento había llegado, miré al cielo implorando al Espíritu Santo que me diera la fuerza para afrontar la situación. En ese momento, ellos entraron, y les confieso que no sentí nada, me llené de fuerza y me puse de pie a exigirles la verdad. Mostré todo mi dolor y sufrimiento durante todos estos años, les dije algo que siempre había querido decirles: yo juré matarlos a todos ustedes cuando solo tenía 9 años, con lágrimas en mis ojos y con el alma destrozada, por el asesinato de mi padre.  Sin embargo, les dije que ya los había perdonado y también ya me había perdonado y por eso yo era libre y feliz.

Pero ellos como nunca lo esperaba (nunca esperé nada de ellos) me escucharon con respeto y ponían atención a todas mis palabras. Al final, Pablo Catatumbo tomó la palabra y nos dijo: ‘No nos orgullecemos del asesinato de los diputados, eso nunca debió pasar. Hoy hacemos un reconocimiento público y pedimos perdón. Ojalá ustedes también nos perdonen’ e Iván Márquez aseguró: ‘Desde lo más profundo de nuestro ser sentimos su dolor. Permítanos que nuestros sentimientos los abrace, y pedirles perdón por esta situación’. Además de muchas otras palabras que decían sin un libreto en sus manos.Sinceramente, jamás esperé que ellos pidieran perdón, siempre se caracterizaron por ser duros y orgullosos, ayer desconocí al Iván Márquez de siempre, se veía triste y no reprochaba ninguno de nuestros requerimientos. Por todo lo anterior, algo muy extraño pasaba en mi cuerpo, el sufrimiento se fue desapareciendo de mí, y sentía que había obtenido justicia, porque me di cuenta de que viéndolos en la cárcel no me traería a mi padre de vuelta, pero obligándolos a escucharme y escucharlos arrepentidos por lo que hicieron, me hizo sentir grande y a ellos verlos muy pequeños. Finalmente, salí con una sonrisa en mi rostro y veía cómo mi padre se sentía orgulloso de mí en el cielo, porque comprendí que su vida fue entregada para que Colombia fuera una mucho mejor.

Te amo papá, siempre estarás en mi mente y corazón, y te juro que mi vida será para cumplir el sueño que ambos tuvimos: ver a Colombia como una mucho mejor para todos nosotros”.

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