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| 12/25/2010 12:00:00 AM

El personaje del año

Juan Manuel Santos obtuvo nueve millones de votos, presentándose como el heredero del uribismo. Al llegar al poder, ha hecho todo lo contrario de lo que haría su antecesor. ¿Cómo se explica entonces que todo el mundo esté tan feliz?

Durante la campaña presidencial, a Juan Manuel Santos le cayó un tsunami de ataques que lo dejaron desconcertado. Le dijeron arrogante, calculador, ventajoso, oportunista y todo vale. En ese momento su reacción fue decir que le asombraba cómo la búsqueda del poder sacaba a flote lo peor de la condición humana. La paradoja es que eso mismo fue lo que pensaron sus rivales políticos durante las dos décadas en que su única meta era llegar a la Presidencia de la República. La gran sorpresa ha sido que cinco meses después de su llegada el poder, los colombianos, incluidos esos mismos rivales, reconocen que en él han salido a relucir dotes de un verdadero estadista.

Antes de ser elegido presidente, Santos era un hábil manejador de situaciones. Sabía manejar las crisis, la economía, los medios, los empresarios, los manzanillos, los militares. Y, ante todo, su propia imagen. También muchos lo consideraban un hombre tan pragmático que carecía de convicciones. Así como Germán Vargas cree en la mano dura, Peñalosa en el TransMilenio y Mockus en la cultura ciudadana, Juan Manuel Santos tenía fama de no creer sino en Juan Manuel Santos.

Sin embargo, a esa maquinaria de poder que él encarnaba le faltaba alma. Y esto es precisamente lo que ha aparecido tanto en su personalidad como en su gobierno. Es decir, que un hombre que antes había sido definido por su ego y por sus intereses ahora es definido por sus ideas y sus convicciones. El Presidente resultó ser un liberal de veras, no en el sentido partidista, sino de espíritu. Desde el 7 de agosto ha mostrado un talante libertario, tolerante y respetuoso de las ideas ajenas. También se ha proyectado como enemigo de los dogmas y de las posiciones intransigentes. No refleja rencores ni intenciones de sacarse clavos. Ha sido generoso tanto con sus colaboradores como con sus contradictores. Y en el caso de estos últimos, incluso les ha dado espacio en su gobierno, no solo a ellos sino a sus ideas. Por eso no parece haber ahora un solo antisantista de antaño que no reconozca que está feliz con el nuevo Santos.

El Presidente ha sido valeroso y contundente en la forma como se la está jugando por causas que nunca fueron asociadas con él. Temas como el de las víctimas de la violencia o los problemas de la tierra eran vistos como ajenos al radar del primer mandatario y han sido banderas que ha empuñado históricamente la izquierda. En política internacional se esperaba una consolidación de la alianza con Estados Unidos y una guerra fría con Venezuela y Ecuador que, en el fondo, él mismo había generado como ministro de Defensa. Esta postura mucho menos bilateral con el imperio y más latinoamericanista ha sido bien recibida.

El hecho de que todas estas audaces reformas se hayan convertido en prioridades le puede llegar a dar a este gobierno una dimensión histórica diferente a lo que se esperaba. Porque lo que se anticipaba, en su calidad de continuista del uribismo, era matrimonio con el Tío Sam, mano dura contra la guerrilla y apoyo a la clase empresarial. Esos tres frentes no han sido descuidados, pero las prioridades sí han cambiado. Santos, al fin y al cabo, no es ni populista ni de izquierda. Pero si a estos frentes clásicos se les suman las nuevas banderas, como la de las tierras, las víctimas y las desigualdades sociales, el resultado es un importante consenso que se refleja en el 90 por ciento de la favorabilidad que ha llegado a registrar en ciertas encuestas.

Ese nivel de respaldo popular, combinado con una vida de preparación para el cargo, está produciendo el fenómeno Santos. Después de haber sorprendido como candidato, ahora sorprende aún más como Presidente. Es un hombre totalmente a gusto y familiarizado con el poder. Refleja simultáneamente autoridad, energía y tranquilidad. Una aparente contradicción en el estilo que, paradójicamente, parece gustarle bastante a la gente.

Este mosaico de felicidad se enfrenta a dos problemas enormes. El primero es que a la larga es imposible tener satisfecho a todo el mundo. Hoy, el Partido de la U, el Partido Conservador, el Partido Liberal, el Partido Verde y el PIN están compitiendo en santismo. Pero esos partidos tienen intereses diferentes e ideologías opuestas. Lo mismo sucede con los empresarios y la clase trabajadora. Tampoco es compatible satisfacer las necesidades de salud, educación y vivienda con la meta de reducir el déficit fiscal. Y no menos fácil va a ser devolverles las tierras a los despojados y mantener el aplauso de los grandes terratenientes políticos que hoy son los dueños de esas tierras. Como afirma la columnista Cristina de la Torre, durante esta luna de miel la avanzada reformista de Santos ha logrado convivir en frágil equilibro con la resaca neoliberal del último gobierno. Pero lo que hay hasta ahora son ilusiones y expectativas. Alguien necesariamente va a tener que perder. Y en ese momento, el idilio de esta luna de miel va a hacer tránsito hacia el mundo terrenal de la política donde un gobierno que quiere pasar a la historia como el gran reformador va a tener que enfrentarse a poderosos intereses que quieren preservar el statu quo.

El segundo obstáculo que enfrenta el nuevo Presidente puede ser hasta más grande que el anterior. La destrucción que ha producido el invierno genera unas necesidades económicas que no existían el día de la posesión de Santos y que lo obligan a hacer un gobierno totalmente diferente del que podía tener diseñado. La plata no va a alcanzar para las dos nuevas grandes prioridades: reconstruir a Colombia y compensar a las víctimas de la violencia. Y si además de esto hay que considerar que aún no se puede reducir el gasto en seguridad y que se está partiendo de un déficit fiscal bastante alto, el panorama en materia presupuestal es bastante sombrío. Santos va a tener que hacer gala de toda su audacia y de sus virtudes de jugador de póquer para apostarles a fórmulas económicas creativas y poco ortodoxas que harán sonrojar a la tecnocracia que él mismo tanto consiente.

El presidente Santos ha sido un malabarista extraordinario. Pero una cosa es hacer malabares cuatro meses y otra es hacerlos durante cuatro o incluso ocho años. El maestro de la política ha tenido un gran debut y el espectáculo no ha producido hasta ahora sino aplausos. Sin embargo, la función hasta ahora empieza.
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