Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2008/12/20 00:00

El personaje del año

Con muchos éxitos y algunos errores, el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, fue el protagonista de la noticia en 2008.

El personaje del año

Juan Manuel Santos quiere ser Presidente, pero puede que sea recordado como el mejor Ministro de Defensa. Este año que termina pasará a la historia como el más importante para las Fuerzas Militares. Aunque la guerrilla venía en un proceso paulatino de debilitamiento, en 2008 recibió golpes mortales. Detrás de cada una de estas hazañas militares hubo mucha gente trabajando. Pero la conducción política y militar de estas operaciones estuvo en cabeza de Juan Manuel Santos. Gran parte del éxito que tuvo el gobierno en la guerra se debió a tres cualidades del Ministro: su carácter, que le da peso para conducir a las Fuerzas Militares; su audacia, que le hace tomar decisiones riesgosas, y su buena suerte.

De todos los riesgos que Juan Manuel Santos ha tomado en su vida, la Operación Jaque es quizás el mayor. El 2 de julio, en los minutos que transcurrieron mientras un grupo de inteligencia militar timaba a los guerrilleros del Frente I de las Farc y les arrebataba de las manos a 15 secuestrados, incluidos tres norteamericanos e Íngrid Betancourt, Santos se jugaba no sólo su cargo como ministro de Defensa, sino su futuro político.

Santos se había opuesto al despeje de los municipios que pedía la guerrilla para un eventual intercambio humanitario y era percibido por muchos sectores como un saboteador de los esfuerzos por lograr una liberación negociada de los rehenes. Su apuesta era el rescate y no era fácil pensar en un plan donde los secuestrados pudieran sobrevivir, sobre todo después de los intentos que terminaron en tragedia, como el de Urrao, donde murieron el ex ministro de Defensa Gilberto Echeverri y el gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria. Por eso, cuando le presentaron el plan de Jaque, fue exhaustivo en las preguntas, pero no dudó en darle el visto bueno. Convenció al presidente Álvaro Uribe de que la estratagema de una misión humanitaria era viable. La apuesta era ganarlo todo o perderlo todo. Y lo ganaron todo. La Operación Jaque fue brillante: les dio la libertad a los cautivos, les infligió a las Farc la mayor derrota política de su historia y puso al gobierno, a las Fuerzas Armadas y al propio Santos en el cenit de la gloria militar.
 
No era la primera vez que Santos sentía el vértigo del riesgo. Había empezado el año apostando duro contra las Farc. El 31 de diciembre de 2007, el presidente Uribe le anunció al mundo que las Farc no tenían en su poder a Emmanuel, el hijo de Clara Rojas que la guerrilla había prometido liberar, por cuya liberación estaban en Colombia representantes diplomáticos de toda América Latina. La insólita historia que contó Uribe, y que le había transmitido Juan Manuel Santos, era que el niño estaba en un hogar de Bienestar Familiar en Bogotá hacía dos años. Para entonces había indicios pero no pruebas contundentes de que el niño hallado en Bogotá fuera realmente Emmanuel. Muchos creyeron que era una patraña de Santos para obstruir el gesto unilateral de la guerrilla. Pero después de las pruebas de ADN, el Ministro terminó teniendo la razón y las Farc quedaron ante el mundo como unas farsantes. Este episodio le devolvió al gobierno la iniciativa en el tema de los secuestrados, después de que Chávez lo había convertido en su bandera propagandística.

En marzo Santos volvió a demostrar su afición por romper esquemas y por tomar decisiones audaces y difíciles. Las Fuerzas Armadas, en coordinación con la Policía, bombardearon el campamento de ‘Raúl Reyes’ en territorio ecuatoriano. Era el primer miembro del Secretariado de las Farc que moría bajo las balas oficiales. Caía abatido el mito de que los jefes de la guerrilla eran inexpugnables.

Santos, que es un conocedor de las relaciones internacionales y un pugnaz contradictor de los gobiernos vecinos, no ignoraba que esto revolvería las aguas ya de por sí agitadas de la región. El gobierno colombiano llevaba años viendo cómo las fronteras se convertían en la ruta de escape de los guerrilleros acosados por el Plan Patriota y en una importante retaguardia política que le daba oxígeno a su proyecto insurgente de toma del poder.

Uribe, como siempre lo ha hecho, cogió las riendas de las tensas relaciones con Ecuador y asumió la responsabilidad política de haber violado la soberanía ecuatoriana. Pero fue Santos, con el computador de ‘Reyes’, quien le dio un giro a la geopolítica del continente. Las agendas de seguridad y defensa se convirtieron en el centro de las relaciones internacionales de Colombia, y el computador en el principal instrumento diplomático. Los vínculos de las Farc con políticos influyentes de México, Costa Rica, Ecuador, Venezuela, Argentina y Brasil, por ejemplo, quedaron al desnudo. Y también sus tentáculos con el narcotráfico en estos países. La diplomacia guerrillera en Europa y Estados Unidos, que muchos creían una leyenda, quedó en evidencia. El grave error que cometió el gobierno colombiano al violar el territorio ecuatoriano se convirtió a la postre en una victoria política internacional gracias a la información encontrada en ese computador.

Como si fuera poco, a Santos lo acompañó la suerte. Las Farc no habían logrado reaccionar a los golpes recibidos, cuando su máximo líder, Manuel Marulanda ‘Tirofijo’, moría de viejo en la selva. Una muerte significativa, puesto que ‘Tirofijo’ encarnaba el mito fundacional y la cohesión de esta guerrilla. En otra arriesgada decisión, Santos dio la noticia ante los medios de comunicación incluso antes de que el Secretariado la confirmara.

Pero ni la Operación Jaque, ni el ataque al campamento de ‘Reyes’, ni el insólito hallazgo de Emmanuel son golpes de suerte, ni de la audacia de un hombre como Santos. Todos ellos son resultado del paulatino proceso de modernización que han vivido las Fuerzas Militares en la última década –donde se incluyen varios ministros y comandantes de fuerza–, que Santos, desde cuando llegó al Ministerio de Defensa, ha catalizado y cosechado fuertemente.

Si el Plan Colombia ha servido para modernizar tecnológica y logísticamente el sector defensa, Juan Manuel Santos ha contribuido de manera especial a modernizar el pensamiento de los militares y su doctrina sobre la guerra.

Por un lado, hizo realidad algo que, aunque estaba planteado, no funcionaba en la práctica: la coordinación entre las diferentes fuerzas. No están muy lejanos los tiempos en los que Policía y Ejército competían entre sí y se ocultaban información mutuamente. Santos logró hacer realidad el intercambio de información –aunque falta mucho aún– y el trabajo en equipo. El Ministerio de Defensa se ha metido en procesos de largo plazo que van al alma del problema y que consisten en definir muy bien los roles y funciones de cada uno, para que no compitan entre sí. Esto se vio reflejado en muchos golpes como el ataque a campamentos como el del ‘Negro Acacio’, José Antonio Lozada y ‘John 40’, y en la puesta en marcha, bajo el mando del general Freddy Padilla de León, de un grupo elite de operaciones especiales con capacidad de infiltrarse en la selva por semanas.

Quizás el mayor aporte que ha hecho Juan Manuel Santos a la dinámica de las recientes victorias militares ha sido en materia de inteligencia. Uno de sus mayores aciertos fue buscar asesores de Israel que ayudaran a encontrar el ‘eslabón perdido’ de la inteligencia, es decir, a conectar la información con las operaciones tácticas, y a modernizar los métodos y procedimientos en la toma de decisiones. Los resultados están a la vista.

La agresiva –y muy controvertida– política de recompensas y deserciones ha dado sus frutos. La penetración que tienen las Fuerzas Armadas en casi todos los niveles de las Farc les permitieron este año capturas como la de ‘Martín Sombra’, y deserciones increíbles como la de la temida ‘Karina’, quien llevaba 20 años en las Farc.

Si bien muchos sectores cuestionan el pago de altas sumas de dinero a guerrilleros que traicionan a sus propios camaradas, lo cierto es que esta ha sido una manera eficaz de lograr objetivos como la liberación de secuestrados que posiblemente nunca hubiesen sobrevivido sin esta estrategia. Es el caso de Óscar Tulio Lizcano, que recuperó la libertad este año porque en ‘Isaza’, el guerrillero responsable de su seguridad, caló hondamente el incentivo de una recompensa y una nueva vida en Francia. Caso aparte merece ‘Rojas’, el guerrillero que mató al miembro del Secretariado Iván Ríos y luego le cortó la mano como prueba para cobrar la recompensa. Este escabroso y vergonzoso episodio le mostró al país los límites morales de una política controvertida que puede llevar a una mayor degradación de la guerra, si no se controla.

Lo que más daño le ha hecho políticamente a Santos son los falsos positivos. Este es un episodio gravísimo para el país en el cual si bien el Presidente y el Ministro no tienen ninguna responsabilidad directa, son indudablemente los mayores afectados por actos bárbaros de esta naturaleza dentro de las Fuerzas Armadas.

La verdad es que dentro del concepto de responsabilidad política, Santos es vulnerable, entendiendo por responsabilidad política que si bien no tenía nada que ver con los hechos, estos ocurrieron bajo su gestión. El Ministro logró neutralizar las críticas cogiendo el toro por los cuernos. Pensando en el impacto que una transgresión de esta magnitud podría tener sobre la legitimidad de la Fuerza Pública y de la propia política de seguridad, el presidente Uribe y Santos tomaron la decisión de retirar del servicio a 27 militares, incluidos tres generales.

Muchos consideran que la decisión de Santos es tardía. Posiblemente. Pero lo cierto es que en las Fuerzas Militares estas destituciones solían hacerse discretamente, con el argumento de no afectar la imagen ni la moral de la institución, o se hacían mediando una decisión judicial. Aquí, en cambio, el Presidente y su Ministro demostraron por primera vez que la política de seguridad –que incluye el respeto a los derechos humanos– está por encima de la institución militar.

A pesar de las dificultades, durante la gestión de Santos por primera vez se aprobó una política de derechos humanos, bien vista por Naciones Unidas, y se inició la modernización de la Justicia Penal Militar y hubo una activa cooperación con la Fiscalía en casos tan difíciles como Jamundí, San José de Apartadó y las ejecuciones extrajudiciales.

¿Por qué ha logrado Juan Manuel Santos sentar las bases de estos cambios? Porque pocas veces ha habido un Ministro de Defensa que tenga tanto peso político y con la autoridad para alinear a los militares. Aunque en varias ocasiones su ambición política lo haga cometer errores.

Así le ocurrió cuando este año lideró un consejo de seguridad comunitario en una localidad de Bogotá, lo cual, con toda razón, ofendió al Alcalde de la capital. O cuando en una reunión de académicos en Washington expuso sus opiniones personales sobre el gobierno del presidente Hugo Chávez de Venezuela y generó una tormenta diplomática innecesaria. Una cosa es tener peso político específico, y otra, actuar con arrogancia por creerse el mejor Ministro del gabinete.

En el círculo cercano a la Casa de Nariño se sabe muy bien que Santos es el único Ministro al que Uribe trata con respeto por su peso específico en el gabinete. Como un domador de tigres, el Ministro de Defensa ha sabido alinear los recursos humanos y financieros en virtud de mejorar el desempeño de la seguridad. Esto es menos visible que las hazañas militares, pero es lo que en el largo plazo garantiza que se pueda consolidar el esfuerzo de estos años en los que Uribe ha gobernado.

Santos es un hombre que no esconde su ambición de ser Presidente de Colombia. Por eso, últimamente se le ha visto recorriendo el país de pueblo en pueblo y se le ha criticado cuando ha llegado al extremo de entregar regalos a las comunidades e invitar a periodistas a distintas regiones. Hoy, nadie duda de que será candidato a la Presidencia y que los éxitos de este año han sido clave para que catapulte su futuro político. Antes de ser ministro, Santos estaba en el 2 por ciento de popularidad, hoy encabeza las encuestas de intención de voto a la Presidencia.

Si bien Juan Manuel Santos ha logrado asumir bien los retos de la guerra y ha demostrado en su vida pública ser un político muy hábil, para conquistar su sueño de ser Presidente tendrá que desplegar toda su audacia y su talento. Y por eso tendrá que prepararse para la más dura batalla de su vida: la lucha por los votos, que hasta ahora le han sido esquivos.
 

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