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| 3/19/2001 12:00:00 AM

El plan Colombia

Los cultivos irán cambiando de sitio. Si se destruyen en el Putumayo crecerán en el Vichada, o en el Guainía, hasta que se acabe la tierra

El general Barry McCaffrey, ‘zar’ antidrogas del gobierno de Bill Clinton, explica que las críticas del Pentágono a la ayuda prometida al ‘Plan Colombia’ se deben a que los del Pentágono "están insatisfechos con la parte que les ha tocado del pastel". El señor Lawrence Meriage, vicepresidente de la Occidental Petroleum Company, explica que las críticas de las ONG a la explotación petrolera en las ‘tierras sagradas’ de los indios u’wa se deben a lo mismo. "Lo único que les interesa es el dinero", dice. "No tienen ningún interés en Colombia ni en los u’wa. Necesitan un tema para recolectar fondos". Es curioso que organismos en apariencia tan opuestos como el Pentágono y las ONG ecológicas estén hermanados por la codicia. Qué diferencia, ¿no?, con organizaciones puramente altruistas, como las empresas petroleras y las agencias antidrogas, a las que sólo mueve el amor al prójimo. Si McCaffrey presionó la concesión de la ayuda militar es por salvar a Colombia de la droga. Y si el vicepresidente de la Occidental hace lo mismo es porque está "comprometido con Colombia" con generoso desinterés: "Damos trabajo —dice—, sustento a la economía, construimos puentes, escuelas, colegios, fluido eléctrico". Pero no: nadie dona escuelas. Ni siquiera la Oxy. Lo revela el propio señor Meriage, cuando dice que su única crítica al plan de ayuda militar es que "debería ser más balanceado". Es decir, debería servir no sólo para "recuperar el control del Putumayo", sino también "el norte del país" (Caño Limón), y "Norte de Santander, donde estamos próximos a comenzar operaciones", y "la frontera con Ecuador, donde también estamos operando". ¿Donando escuelas? No: sacando petróleo. Porque nadie dona escuelas. Nadie dona nada. Ni las agencias antidroga, ni el Pentágono, ni las empresas petroleras, y tal vez ni siquiera las ONG ecológicas. Y, sobre todo, no los gobiernos. No el de los Estados Unidos: ni siquiera su invariable ayuda a Israel es desinteresada, sino dictada por consideraciones electorales internas. Y tampoco los de los países europeos, que el de Colombia aspira a ver reunidos en una generosa ‘mesa de donantes’. Espera de ellos 978,9 millones de dólares para sustitución de cultivos de droga por caucho, palma africana, cacao y madera. Pero si de verdad quisieran donar ¿no sería mucho más sencillo condonar la deuda externa? Colombia paga por ella cada año más de ocho mil millones de dólares: más de un Plan Colombia entero cada año. ¿Dónde está el don? No, nadie dona. Las relaciones internacionales no se rigen por el altruismo, sino por los intereses nacionales. Es natural. Pero esa obviedad parece no entenderla el gobierno colombiano. El asesor presidencial Jaime Ruiz (el mismo que en el colegio le hacía las tareas al Presidente) lleva su ingenuidad, o lo que sea, al extremo de creer que en esos proyectos de cultivos tropicales Malasia podría brindar asesoría técnica. ¿Para que el caucho colombiano entre a competir con el malayo? Debería recordar que las plantaciones de caucho de Malasia se hicieron con semillas robadas en la Amazonia colombiana en los años 20. Nadie dona nada, y eso es natural. Existen intercambios y contraprestaciones. Y, como es natural, también la ‘ayuda’ al Plan Colombia las tiene, y consisten en la participación en el pastel de que habla McCaffrey. Pero consisten, sobre todo, en la erradicación por parte colombiana de los cultivos de coca y amapola, que generan el único producto de exportación competitivo y rentable que tiene Colombia. Erradicación, por supuesto, imposible, pues la producción se mantendrá mientras exista el consumo. Simplemente los cultivos irán cambiando de sitio, como teme —con razón— el vicepresidente de la Oxy: si se destruyen en el Putumayo crecerán en el Vichada, o en el Guainía, o en el Amazonas. Porque seguirán siendo rentables: más rentables que el caucho (aún con la fantasmagórica asistencia técnica de los competidores de Malasia). De manera que lo que veremos es una progresiva destrucción de las tierras de la frontera agrícola colombiana de 50 en 50.000 hectáreas. Fumigadas unas, se abrirán otras en la selva, que a su vez serán fumigadas para ser la selva, que a su vez serán fumigadas para ser trasladadas más lejos: hasta que se acabe la tierra. Y, además, a tiros. Al precio de la tierra habrá que sumar el precio de los muertos.
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