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| 6/18/2016 12:00:00 AM

Los raizales: arrinconados en su territorio

Los pobladores raizales de la isla de San Andrés luchan por mantener viva su cultura en medio de la sobrepoblación, el narcotráfico y la llegada masiva de turistas.

San Andrés se paralizó a mediados de abril pasado. Decenas de raizales, como se conoce a los nativos que descienden de los primeros pobladores de la isla, perdieron la paciencia tras un mes sin recibir agua potable. Salieron a protestar, bloquearon algunas vías y no se movieron hasta que camiones cisterna repartieron el líquido en cada una de sus casas. El malestar era evidente: mientras la zona turística y el comercio tenían garantizado el servicio las 24 horas, ellos ni siquiera podían bañarse.

La situación, que se había agravado por la sequía, venía gestándose desde hace varias décadas por la sobrepoblación. Aunque San Andrés tiene solo 27 kilómetros cuadrados, alberga a cerca de 100.000 personas y el año pasado recibió 900.000 turistas. El agua no alcanza para todos, hay déficit de vivienda, los empleos no son suficientes, el servicio de salud es deficiente y la acumulación de las basuras se ha convertido en un problema de salubridad.

En medio de todo están los raizales. Un pueblo que se forjó hace seis siglos, cuando colonizadores británicos y holandeses llegaron a la isla en la que habitaban indígenas misquitos, y a la que luego llevaron grupos de esclavos africanos. Esa mezcla de razas dio como resultado una etnia particular de origen caribeño, que habla inglés y creole (un inglés caribe mezclado con algunos dialectos africanos), y en la que predomina la religión protestante. Su música –con ritmos como el reggae o el calipso–, su comida y sus tradiciones locales son diferentes a las del resto del país. “Somos gente que vive de nuestro entorno: del mar, que nos llenó de riquezas, y de la tierra, que cultivamos y en algún tiempo nos permitió exportar coco y madera”, cuenta Raymond Howard, pastor de la Primera Iglesia Bautista de San Andrés.

Pero hoy la realidad de esta etnia no es fácil. Son apenas el 35 por ciento de la población total, una minoría en un territorio que consideran suyo y que de a poco ha ido perdiendo su esencia, su cultura y sus formas de subsistir. El otro 65 por ciento está ocupado por continentales –como se refieren al resto de colombianos– y algunos extranjeros. Estar en desventaja en un territorio sobrepoblado tiene en riesgo a una cultura que es única en Colombia: la lengua que más se habla en la isla ahora es el español, la religión católica ha ganado mucho espacio, las tradiciones de los nativos se han ido acabando y la gastronomía tradicional está en riesgo porque el litigio con Nicaragua y el cambio climático les ha quitado espacios para pescar.

Convirtiéndose en minoría

“La cultura de la mayoría está predominando sobre la minoría”, dice Corine Duffis, sanandresana de 65 años, vocera del movimiento AMEN SD (Archipielago Movement for Etnic Native Self Determination), una organización de raizales nacida en 1999 que se ha fortalecido debido a los recientes fallos de La Haya, en los que el país perdió soberanía sobre parte del mar que rodea a las islas. “Nosotros exigimos que Colombia respete nuestros derechos ancestrales sobre nuestro territorio. Tenemos derecho a la autodeterminación”, señala.

AMEN ha logrado reunir el descontento de una parte de la población raizal, que siente que su cultura se ha visto perjudicada luego de que sus antepasados se unieron voluntariamente a la Gran Colombia en 1822. Ellos dicen que su territorio ancestral se ha perdido en tratados y litigios internacionales y que sus costumbres cambiaron desde que la isla fue declarada puerto libre, en 1953, por la llegada de masiva de colombianos del interior.

Entonces la fisionomía de la isla cambió. Las casas raizales dieron paso a grandes hoteles, algunos manglares fueron rellenados para hacer vías y en los colegios públicos se comenzó a hablar español, por lo que muchos raizales perdieron su lengua.

La Constitución de 1991 intentó cambiar las cosas, pues reconoció a los raizales como un pueblo ancestral. Las autoridades crearon una oficina encargada de controlar el ingreso a San Andrés, se decidió que los colegios fueran bilingües y se ordenó que todos los empleados públicos hablaran el idioma de los nativos. Los raizales, sin embargo, dicen que muchas de esas disposiciones son letra muerta.

La llegada de miles de turistas al año empeora la situación, pues los hoteles consumen la mayor parte del agua que produce la isla. “Este año están felices porque van a llegar más de 1 millón de turistas, cosa que a nosotros nos preocupa mucho”, cuenta el pastor Howard.

El otro problema es el narcotráfico que, según él, llegó a la isla a comienzos de los años ochenta, cuando San Andrés era un ‘descansadero’ para los capos. Luego se convirtió en un lugar de paso de drogas ilícitas hacia Estados Unidos o Centroamérica. Los negocios ilegales atrajeron a personas con grandes cantidades de dinero. Los raizales les vendieron sus tierras y, desde entonces, los lugares más estratégicos de la isla fueron ocupados por continentales. Hoy, según cálculos de los propios nativos, ellos solo son dueños de menos de la mitad del territorio.

Los jóvenes raizales, por otro lado, comenzaron a involucrarse en los negocios ilícitos, al llevar cargamentos de droga en pequeñas embarcaciones. “Muchos de ellos han desaparecido, otros han muerto y muchos están presos en Estados Unidos”, cuenta Graybern Livistong, uno de los coordinadores de RYouth, organización de jóvenes que trabaja por preservar la cultura raizal en la isla.

Eso trajo inseguridad. En las calles de San Andrés, antes pacíficas, hoy están bandas criminales que se pelean por el manejo del tráfico de drogas. Entre 2010 y 2014 fueron asesinadas unas 70 personas y desaparecieron otras 15. La situación ha mejorado, pero todavía se dice en voz baja que “toca tener cuidado”.

Emiliana Bernard, raizal y exsecretaria de desarrollo social de San Andrés, reconoce que esa crítica situación también es responsabilidad de ellos. “Nosotros también tenemos la culpa. Casi todos los gobernadores, excepto el actual, han sido raizales. Falta autocrítica”.

Hasta ahora, según ella, la acción más concreta para aliviar esta problemática es la creación conjunta, entre gobierno y locales, de un Estatuto Raizal, que dictará unas pautas para mejorar el diálogo y la toma de decisiones entre ambos. Desde 2013 se crearon unas mesas de trabajo y se construyó un documento en el que plasmaron varias de sus peticiones: mayor autonomía, que les permitan decidir sobre su territorio, regular el turismo y tomar medidas para reversar la sobrepoblación. El siguiente paso es que el documento sea aprobado por el Congreso.

“Por primera vez estamos organizados y estamos de acuerdo en que la solución pasa porque nos den mayor autonomía”, dice Corine. “Hicimos un congreso y logramos elegir una autoridad raizal. El gobierno debe tenernos en cuenta para tomar sus decisiones”.

La idea es que San Andrés vuelva a vivir sus días de gloria, esos que recuerdan con nostalgia los raizales como Vecas Jay, un vendedor de pescado local: “Esta isla era un paraíso, dormíamos con las puertas abiertas y nos íbamos en la noche de un lugar a otro. Eso ya no lo podemos hacer y me preocupa porque yo me voy a la tumba, pero mis hijas y nietos se van a quedar acá y la situación cada día es más difícil”.

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